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Miguel Mazzeo

El resultado de las elecciones del 6D en Venezuela posee sentidos que van más allá de los que se derivan de una simple derrota electoral en el marco de un sistema de partidos típico de una democracia capitalista más o menos convencional. Otras cosas, mucho más importantes, están en juego.

La Revolución Bolivariana, el proceso de liberación nacional y social más avanzado e influyente de los últimos años, vive una de sus horas más complicadas. Nos preocupa el destino del sueño integracionista de Nuestra América, el futuro del proyecto que tiene como pilares la paz y la cooperación entre los pueblos. Tememos por la soberanía y la integridad de Venezuela. Nos espanta la posibilidad de que la nueva Asamblea promulgue una ley de amnistía que beneficie a los políticos criminales, que derogue la ley orgánica del trabajo, la ley de precios justos, las leyes del poder popular, etc.. ¿Podrá la derecha imponernos una república antichavista? Lo cierto es que todo el andamiaje de la Revolución Bolivariana está erizado de peligros. La reacción burguesa e imperialista parece inminente. No nos consuelan los argumentos que apelan a la “dialéctica de las revoluciones”, a su carácter siempre a-rítmico y asincrónico.

Paradójicamente, los y las que insisten –con razones inobjetables– en que las revoluciones no responden a leyes históricas, se esfuerzan ahora en encontrarle regularidades. Ya sabemos que las revoluciones no son lineales, que presentan altas y bajas, idas y venidas, flujos y reflujos, que se puede ganar y perder. Son verdades de Perogrullo, saturadas de inocente optimismo, que no alcanzan para conjurar el desánimo. Lo importante es cómo se gana y cómo se pierde en qué terreno y en qué condiciones se gana o se pierde, en qué posición nos deja la victoria o la derrota. Lo importante es saber si la derrota puede trocarse en victoria. Lo importante es la captura de una prospectiva. El chavismo sabe de estas mudanzas y tiene con qué impulsarlas.

Creemos que en esta encrucijada, más que nunca, las tareas necesarias y urgentes no deben pensarse aisladamente, sino en el marco de una visión estratégica totalizadora que de cuenta de los condicionamientos históricos pero también de las capacidades revolucionarias del pueblo chavista. Ahora, todo pragmatismo se muestra inadecuado, todo reformismo es derrotista. Ahora, toda actitud defensiva (único reflejo de los y las burócratas) tiene muchas posibilidades de acelerar la descomposición.

Hay que repensar la transición al socialismo en Venezuela. Sin dilaciones, yendo en derechura al conflicto vivo y atacando sus costados más nítidos. Haciéndose cargo, al mismo tiempo, de los innegables méritos y de las limitaciones de la Revolución Bolivariana.

El 6D puso en evidencia algunas cuestiones trascendentales, no sólo para la Revolución Bolivariana sino también para cualquier proceso emancipatorio en cualquier parte del mundo.

Se mostraron, crudas y notorias, las limitaciones de los marcos institucionales de la democracia burguesa (procedimental, delegativa, etc.) de cara a la construcción del socialismo, inclusive de cara a la construcción de un orden más participativo, redistributivo y relativamente equitativo en los marcos del capitalismo (un capitalismo tolerable). Se nos impuso una vieja verdad: resulta un despropósito aspirar a objetivos extraordinarios apelando a medios ordinarios. Como dice el Evangelio de San Lucas, “No se pueden sacar higos de los espinos, ni de la zarzas se sacan uvas”. (San Lucas 6-7).

Afloró y se tornó visible una contradicción subyacente en el proceso bolivariano: un gobierno que insiste en defender una legalidad que lo depreda, un “protocolo” ajeno, unos dogmas hegemónicos, unas mistificaciones y unas alienaciones que conspiran contra el poder popular y la democracia revolucionaria. Salvando las distancias: la paradoja de Salvador Allende.

¿Cuál es el sentido de conservar un sistema constituido para reproducir la atomización a la sociedad civil (el “rebaño lógico”) y encubrir la esencia (“el ser”) de la realidad social cuando se ha asumido el horizonte del socialismo y se ha comenzado a transitar el camino de la comuna?

¿Cuál es el sentido de seguir interpelando a una aglomeración abstracta de individuos cuando a través de las instancias del poder popular y de la democracia revolucionaria se impulsa la conformación de sujetos políticos activos, críticos y protagónicos?

Es una faena ímproba la construcción del socialismo aceptando el terreno de la libertad formal y abstracta. Resulta imperioso resignificar ese y otros conceptos (igualdad, fraternidad), quitándoles su carga de formalidad y abstracción. Es imposible construir el socialismo con el pecho descubierto frente a la artillería económica y mediática de la burguesía y el Imperio, dejando intactas (o apenas abollando un poco) sus posiciones de poder materiales, políticas y simbólicas, sus instrumentos de dominio, menospreciando sus capacidades sediciosas y desestabilizadoras. Hace algunas semanas Javier Biardeau decía que la economía se estaba devorando el proceso bolivariano. Las consecuencias están a la vista.

La pedagogía y la moral, fundamentales en el proceso bolivariano, tienen temporalidades diferentes a las condiciones materiales. Además encuentran en ellas su límite. Esto es, la moral puede resultar insuficiente para combatir el carácter estructuralmente incontrolable del capitalismo, por ejemplo, el desabastecimiento y el desquicio en la vida cotidiana. Sobre todo si el desabastecimiento y el desquicio en la vida cotidiana se prolongan en el tiempo. Cargar las tintas en los componentes espirituales no alcanza para cubrir el déficit de iniciativas revolucionarias.

Las estridencias retóricas no expresan necesariamente una ruptura ni conjuran la apatía de algunas franjas del campo popular. Por otra parte, estos componentes espirituales no son inagotables ni estáticos. Además, si el pueblo chavista hace tiempo que tomó conciencia de “la base” en el terreno de las superestructuras (léase: de las ideas, la cultura y las representaciones en general), si el pueblo chavista alcanzó un altísimo grado de virtud, si ha dado pasos inmensos en su proceso auto-constitutivo como universalidad ¿qué hay que esperar para
actuar sobre la base para modificarla radicalmente? Esa inacción, acompañada de la inflación de los conceptos, no hace más que generar frustración y fatalismo; conspira además contra la auto-conciencia popular que, vale recordarlo, no es un dato dado de una vez y para siempre. Expresado en términos crudos: parecería que se están desperdiciando los cimientos excepcionales con los que cuenta la Revolución Bolivariana: la capacidad creativa y la conciencia del pueblo chavista.

El “equilibrio” de las clases en pugna, no ha sido favorable al pueblo. No ha servido para consolidar su hegemonía, no ha servido para consolidar una dominación política; por el contrario, ha contribuido a su subalternización. El equilibrio contribuyó a la articulación de las fracciones de la burguesía, y le aportó aliados, mientras que la iniciativa hegemónica del chavismo comenzó a deteriorarse y con ella las posibilidades de consolidar un bloque de poder, un bloque histórico.

Las transacciones “para ganar tiempo”, las soluciones híbridas, los temperamentos plácidos, los saberes maniobreros de los políticos profesionales, la apologética, han debilitado al pueblo chavista.
El 6D mostró que el viejo orden que se resiste a morir, difícilmente se muera de muerte natural, mientras duerme. Aunque haya que salirse de las estructuras de ideas basadas en la aceptabilidad, aunque suene políticamente incorrecto, no hay más remedio que decirlo con todas las letras: hay que matarlo. Esto es: erradicar sus lógicas reproductivas, su base material, axiológica y simbólica. En fin, minar su sistema metabólico de control social y económico basado en la división del trabajo, las estructuras de mando jerárquicas y orientadas a la concentración del poder y a la acumulación de capital. “Ahí donde se forjan las cadenas del capitalismo, allí deben ser rotas”, decía Rosa Luxemburgo. Parecería que esa es la única forma de que el nuevo orden pueda nacer alguna vez.

Las iniciativas –dignas, formidables– tomadas en ese sentido resultaron insuficientes. El desarrollo de la institucionalidad paralela –no homóloga– a la institucionalidad capitalista también puede considerarse insuficiente en función de la finalidad que consiste, nada más y nada menos, en la construcción del socialismo. El comandante Hugo Chávez dijo alguna vez que deberíamos ser enterradores y parteros a la vez. De cara a la construcción de una nueva sociedad, son funciones inseparables, las dos caras de una misma moneda. El libertador Simón Bolívar decía que sin fuerza no hay virtud.

Los objetivos estratégicos más sublimes se desprestigian, se esterilizan, si quedan relegados al terreno de las palabras y las buenas intenciones. Es más, terminan blindando la escala de valores de una clase media pro-capitalista y pro-imperialista. Hay batallas fundamentales pendientes que deben librarse en el terreno de la materialidad concreta, batallas por el control popular de la economía y de los medios de producción y distribución, batallas por el control del “mundo objetivo” que es la usina donde se genera la derecha fascista y la contrarrevolución. Si no se libran esas batallas, si no se acumulan triunfos en esta esfera de lo real-material, jamás se debilitará el viejo Estado (y el viejo derecho). También, en este contexto, el Estado aparece como un campo de batalla con sus propias especificidades. No se trata de rendirle culto ni al economismo ni al voluntarismo y vale aclarar que consideramos la eficacia de las superestructuras.

La dilación y el escamoteo de estos combates contribuyen al fortalecimiento ideológico y político de la burguesía y el Imperio, debilitan el desarrollo de la conciencia popular y atentan contra la mística revolucionaria (la vivencia colectiva de la unión con un ideal) y el sentido poético (creativo y vital) del proceso revolucionario. De esta manera, se clausura la transición.

La transición venezolana se parece más a un laberinto díscolo que a un sendero ascendente. No todo puede ser “de un día para el otro”, tampoco se puede vivir “de éxtasis en éxtasis”, pero hay que dar pasos ininterrumpidamente, a riesgo de retroceder frente a la presión de la burguesía y el imperio. El “gradualismo” de la transición al socialismo no puede ser apacible. Aunque suene simplista y maniqueo: o desgastamos a la burguesía y al Imperio o ellos nos desgastan a nosotros y a nosotras. Se trata, lisa y llanamente, de la lucha de clases y en todos los planos.

Si no se desestructura (o se debilita) el poder de las clases comprometidas con la supervivencia del capitalismo, tarde o temprano estas clases se encargarán de resolver los desajustes respecto de las estructuras objetivas del Estado chavista. El modo de producción (capitalista) terminará imponiendo la política: su dominación política.

Es necesario adelantar las jugadas, promover los estímulos, agitar la dialéctica, crear permanentemente condiciones para profundizar el proceso, mantenerse a la ofensiva. Si el huracán revolucionario se convierte en una leve brisa ya deja de arrastrar.

Existen signos de pérdida de fe un liderazgo moral e intelectual. Pérdida de fe en los objetivos propios y las perspectivas propias; en las posibilidades de propagarlos y de arraigarlos en un universo social más extenso. Pérdida de confianza de las clases populares en sus capacidades de organizar al conjunto de la sociedad a partir de sus intereses. Esto se relaciona con la perdida de iniciativa hegemónica que mencionábamos. Lo que no significa que Nicolás Maduro sea el responsable. En absoluto. No se le puede adjudicar ningún extravío. Asumió con entereza una tarea prácticamente imposible. Su compromiso con la revolución nos parece indeclinable.

Pero su situación siempre fue sumamente endeble al heredar un esquema de poder y de construcción hegemónica cuyo núcleo irradiador era la figura de Chávez. Y no se reemplaza fácilmente a un líder de las características de Chávez. Además, un cúmulo de adversidades (junto a las contradicciones internas, que son reales) terminaron imponiendo las actitudes defensivas y repetitivas. Pero ya no sirve lamentarse. Mucho menos sirve repetir hechos.

El gran desafío para la Revolución Bolivariana consiste en gestar un liderazgo colectivo, y reactivar esa fe. El gran desafío para el presidente y para los y las dirigentes revolucionarios y revolucionarias es alentar ese proceso con acciones contundentes, impulsando un viraje hacia la agitación de masas, hablando duro, motivando, aclarando el panorama, como proponía Chávez. El gran desafío consiste en transferir sus aspiraciones radicales al cuerpo social y convertirse en héroes y heroínas de multitudes activas.

La postal del 9 de diciembre es por demás alentadora, promisoria: el presidente Maduro, frente al Palacio de Miraflores, en medio de una asamblea popular, convocando desde la caja de un camión a la reconstrucción ideológica y política del pueblo, convocando a la
movilización, al debate callejero, a superar esta situación desde abajo y con más revolución. Apelando, de alguna manera, al espíritu del 13 abril de 2002.

La unidad de los revolucionarios es más necesaria que nunca pero, sin dudas, tendría alcances inconmensurables y una eficacia inédita si se plantea en torno a este tipo de ejes y actitudes. La unidad construida a partir de esos ejes y esas actitudes evitaría el contrabando de las desemejanzas irreductibles.

Creemos que el chavismo sólo podrá reconvertirse y retomar la senda revolucionaria desde las bases. En las bases anidan sus reservas morales, ideológicas, culturales, políticas y materiales. En las bases se conserva intacta la agenda utópica del chavismo.

En las bases late la fuerza social capaz de conjurar el caos capitalista y la prepotencia de la burguesía ¿Habrá llegado el tiempo de las comunas? Comuna o nada, dijo Chávez y después partió. ¿Será el momento de una ofensiva del chavismo plebeyo sobre las posiciones objetivas de la burguesía?

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