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Víctor M. Toledo

Para todo devorador de libros, las vacaciones ofrecen una excelente oportunidad para leer aquellas obras (de ficción y no ficción) que han permanecido dormidas en el estante, involuntariamente relegadas por las urgencias y obligaciones cotidianas. Estas semanas he dedicado buena parte del “tiempo libre” a la lectura pausada y reflexiva del reciente libro y obra cumbre del biólogo Edward O. Wilson, La conquista social de la Tierra (2012).

El libro de Wilson culmina una obra de más de 60 años dedicada al estudio profundo de las sociedades animales, su origen y evolución, en especial la de los insectos sociales, y sus repercusiones para la sociedad humana. Por la dimensión de sus aportes y la originalidad de sus descubrimientos, Edward O. Wilson puede ser considerado el gran evolucionista del último siglo y el más notable continuador de Darwin (y no los genetistas, bioquímicos o biólogos moleculares). Creador de la sociobiología (1975) cuyas tesis audaces provocaron una verdadera sacudida en el ámbito de la ciencia, Wilson sigue manteniendo la idea de que explorar a las sociedades de insectos sociales y aprender de ellas, es una tarea crucial, necesaria y urgente para entender el significado del género humano e intentar descifrar su futuro.

La historia no comienza ni termina con la humanidad. Creer lo contrario es un acto de soberbia elevada no de la especie humana, sino de la ciencia o más precisamente de la tradición intelectual surgida en Occidente. Escudriñada con detalle, la evolución cósmica revela un patrón: el paso de sistemas simples a sistemas cada vez más complejos u ordenados. Esta secuencia de miles de millones de años incluye sistemas astrofísicos, químicos, biológicos y finalmente sociales. Estos últimos no son un invento humano, pues en el torrente de evolución de la vida existen sociedades animales en al menos cuatro momentos cumbres: con los invertebrados coloniales, los insectos, los mamíferos y los primates. No obstante su rareza, el éxito y predominancia de las especies sociales por sobre las especies solitarias es un hecho comprobado, a tal punto que hoy por hoy la sociedad humana comparte con los insectos sociales, y especialmente con las hormigas, el dominio de los espacios terrestres del planeta. Este hecho es probable que ponga nervioso a más de un científico social o a un humanista, pero la abundancia de los estudios sociobiológicos llevados a cabo por decenas de investigadores no dejan duda alguna.

Hoy existen más de 20 mil especies conocidas de insectos sociales, no sólo hormigas, sino abejas, avispas y termes que dominan el mundo de la pequeña escala por su número, peso e impacto en los ecosistemas. Se trata de un mundo invisible a nuestras miradas, pero de la misma magnitud que el nuestro: juntas todas las hormigas del mundo pesan lo mismo que los 7 mil millones de seres humanos. El censo completo de los organismos presentes en una hectárea de selva amazónica reveló que las hormigas por sí solas pesaban cuatro veces más que todos los vertebrados ahí registrados, es decir, mamíferos, aves, reptiles y anfibios. Y no sólo eso, las sociedades de hormigas inventaron la horticultura (cultivan hongos), la ganadería (ordeñan pulgones chupadores de savia) y los graneros (guardan semillas). Las hormigas surgieron hace unos 120 millones de años y en un lapso de esas magnitudes realizaron una verdadera revolución al generar sociedades complejas capaces de crear colonias o nidos bien defendidos y protegidos, al mismo tiempo que crearon mecanismos avanzados para localizar y transportar alimentos desde distancias remotas. Este mismo patrón fue reproducido y perfeccionado por nuestros parientes, las especies de homínidos surgidos hace apenas 2 millones de años.

El salto espectacular de una especie solitaria a una especie social ha comenzado a ser explicado por la llamada selección natural de grupos que remonta y enriquece la teoría general de Darwin enfocada en la selección de individuos. Mientras que esta última permite explicar la evolución por competencia, la primera exalta la cooperación como única manera de generar organización social exitosa. Tras la aparición de la teoría darwiniana, que alimentó los fundamentos ideológicos del capitalismo (para reflejar como espejo la competencia entre mercancías), se desencadenó una polémica aún vigente: ¿Es el ser humano un individuo por naturaleza individualista y competitivo o altruista y cooperativo? Fue el famoso científico e ideólogo anarquista ruso Piotr Kropotkin uno de los primeros en cuestionar el uso sesgado de las ideas de Darwin y llamar la atención en el esfuerzo altruista y en la cooperación, convirtiéndose en uno de los precursores de la futura sociobiología. Lo que Wilson y otros sociobiólogos terminaron revelando es que el eterno dilema entre egoísmo y cooperación, entre el demonio y el ángel, o entre tanatos y eros, proviene en realidad de las dos modalidades contradictorias que la selección natural ejerce sobre las especies.

Por todo lo anterior, ¿no seremos simples hormigas promoviendo y realizando una revolución por la cooperación, la equidad y la ayuda mutua? ¿No estamos simplemente escenificando una batalla por la vida, es decir, en favor del proceso evolutivo y en contra de los parásitos y los depredadores (la élite política y económica que hoy domina y explota al mundo)? Parece que la humanidad está obligada a rescatar y continuar un proceso de millones de años actuado por muchos otros organismos, encabezados por las hormigas, como la única manera de salvarse y perpetuarse como sociedad, es decir, como cultura y como especie. Seguimos sin aceptar que somos el mono desnudo de siempre, que simplemente somos “una quimera evolutiva”.

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