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Marcos Roitman Rosenmann – La Jornada

Los cambios profundos ocurridos desde los años 70 del siglo pasado han puesto de relieve la gran capacidad del capitalismo para absorber el conflicto social. Es más, sus crisis no han llevado a una superación de las contradicciones capital-trabajo, en beneficio de las fuerzas productivas. Por el contrario, ha sido el capital el que se ha erguido victorioso en la batalla. Del capitalismo no ha surgido, como esperaba Marx, una conciencia liberadora y emancipadora de clase, para alzarse con el triunfo bajo la hegemonía de las clases populares.

Las opciones de crear una sociedad democrática se han visto reducidas y las posibilidades de construir una sociedad socialista se esfuman, bajo la crítica feroz al comunismo realmente existente. Igualmente, el capitalismo, sistema profundamente injusto, fundado en la explotación más abyecta y en la economía de mercado, ha logrado torcer la mano a la izquierda política. Me refiero a la renuncia, no sabemos si por incapacidad o por méritos de la derecha, además del poder real de las trasnacionales, de los valores que identifican la lucha por la dignidad, la justicia social, la igualdad y la emancipación mental y política. El caso más reciente es Grecia. Syriza ha pasado a ser la mano que mece la cuna de la troika, cuyo plan de rescate ha sido asumido, con la consiguiente frustración de quienes veían en su dirigencia y organización una alternativa de futuro. Hoy se habla poco de Grecia, salvo para señalar que el camino de la izquierda está bloqueado o cerrado por reformas.

Parece que el cansancio sugiere renunciar al principio de realidad y asumir los valores del capitalismo neoliberal. Como en su día adelantó el sociólogo ecuatoriano Agustín Cueva, los conversos han inventado el modo de producción democrático, unidos por el anticomunismo. Es notorio que la crítica al neoliberalismo, incluso al capitalismo, no es patrimonio de la izquierda socialista ni marxista o democrática radical. Curiosamente, el fascismo y el nazismo, tanto como el franquismo, se autodefinieron antiliberales a la par que rechazaban el capitalismo y su individualismo extremo. Por no decir la Iglesia santa de Roma, como sucediera con Pablo VI y en la actualidad con el papa Francisco. Reflexión que en términos absolutos compartimos, pero ello no supone que su ideario sea de izquierdas o democrático. Tampoco se le exige ni se busca una autocrítica. La cosmovisión del nazismo o la Iglesia católica no responde a postulados democráticos. Ejemplos sobran. Por ende, no se trata de pedir peras al olmo. Asimismo, un banco no es una asociación económica, caritativa. Es una entidad que busca el beneficio de sus accionistas, ganar dinero mediante la especulación y la usura. No tiene como fundamento el bien común. Tampoco un empresario busca crear empleo, sino obtener réditos mediante la explotación del trabajador.

Ahora bien, si queremos poner un velo y señalar que tales realidades poco importan a la hora de ganar elecciones, es no tener en consideración las transformaciones del capitalismo durante las últimas décadas. Hoy, el capitalismo, bajo la economía de mercado, ha revolucionado el orden social. La despolitización, unida a la pérdida de la centralidad política, le permite hacer entrega del poder formal, sin por ello dejar de tener el real, aquel que no se transparenta ni es sometido a crítica.

Efímera e irrelevante en el medio y largo plazos, la política, defendida por los nuevos partidos emergentes, es capaz de modificar el mapa electoral en lo inmediato. Sin embargo, travestido el ciudadano en consumidor, el voto se transforma en acto emocional y desideologizado. Hoy voto “A”, mañana “B” y luego “C”, o se abstiene.

He querido señalar dichas cuestiones para plantear el problema que parece ser el sol que alumbra el nacimiento de una izquierda que lucha contra el neoliberalismo, pero deja intacto el capitalismo. Mientras más desigualdad se produce y más explotación se genera, las preocupaciones por obtener cuotas de poder institucional crecen. En otros términos, se trata de cumplir las aspiraciones que el neoliberalismo no ha podido llevar a cabo, fundamentalmente una juventud frustrada y desencantada. Juventud sin futuro, sin casa y sin trabajo. Pero una juventud de clase media preparada para el éxito individual.

Como sucediera en el cuento de los hermanos Grimm, el lobo se convierte en oveja. Ahora bala alegremente, tras asumir como estrategia un cambio, en principio para devorarlas. Primero una pata, luego la cola, posteriormente el pelaje, la voz y, en definitiva, todo su ser, hasta convertirse en la más sumisa de la familia y formar parte del rebaño.

Parece que el desánimo de la razón crítica genera una sensación de frustración que lleva a cuestionarse si es conveniente defender abiertamente los principios de justicia social, dignidad y democracia radical articulados al socialismo. Mejor buscar votos, ganar elecciones y mejorar el nivel de vida de las clases medias desesperanzadas. Abanderar sus demandas resulta cómodo y además tiene un efecto positivo de coste cero.

Reivindicar desde la obviedad no supone romper ni cuestionar el capitalismo como relación social. Pero sí levanta el ánimo y es emotivo, aunque no cambie nada. Son el espacio kitsch de la política. Como señala Tomas Kulka, el kitsch representa un objeto o tema comúnmente emotivo, rápidamente reconocible, no enriquece nuestra conciencia ni cambia el objeto representado. Funciona como estímulo y supone un gran atractivo popular. Ese es su secreto. Los nuevos partidos emergentes son el kitsch político. Es política sin valor, de mala calidad e indecente estéticamente. O como lo identifica Walter Benjamin en su obra Kitsch onírico, glosa sobre el surrealismo: es el camino directo hacia la banalidad.

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