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Iraide Aurrekoetxea Urrutia

Inessa Armand, la primera dirigente del Departamento de la Mujer en la Revolución Rusa de 1917, hizo la siguiente observación: “Si la liberación de la mujer es impensable sin el comunismo, el comunismo es también impensable sin la liberación de la mujer”. Esta afirmación es un perfecto resumen de la relación entre la lucha por el socialismo y la lucha por la liberación de la mujer: no es posible una sin la otra.

Las marxistas tenemos claro que queremos construir el comunismo desde la igualdad, donde todas las personas sean libres sin distinción de sexo, raza o nacionalidad. Y siendo el marxismo un método científico que va más allá de la organización económica, debe estar sustentado en valores necesarios y concretos para que se dé de una forma lógica y factible: los valores feministas.

No es posible avanzar hacia una sociedad comunista, liberar a la humanidad, sin teoría ni práctica feminista.

Podemos cambiar el sistema económico, incluso la estructura social, pero si no existe una verdadera revolución sexual y de genero, si no destruímos los roles machistas y los modelos de relación que conllevan, el patriarcado seguirá resitiendo y explotando a la mitad de la población: las mujeres.

El capitalismo y el patriarcado son sistemas flexibles, cambiantes, no existe capitalismo o patriarcado puro; hay sociedades que incluso avanzando hacia el socialismo siguen siendo patriarcales. Con el desarrollo de la propiedad privada y más concretamente del capitalismo, aparece la jerearquía entre la clase obrera, en la que el reparto de trabajo es desigual, una parte de la clase trabajadora tiene mejores puestos de trabajo que la otra, y esto sólo se puede explicar a través del analisis que hace el feminismo marxista y antiimperialista: la jerarquía de sexo y raza. Por lo tanto, aquellos trabajos que nadie quiere, acaban siendo realizados por la inmigración, es más, por la mujer inmigrante.

El patriarcado ha ido cambiando a lo largo de la historia tanto en forma como en intensidad para adaptarse a los diferentes sistemas jerárquicos (esclavismo, feudalismo, capitalismo…) de manera que elementos como clase, raza, opción sexual o edad estén extrechamente relacionados. En este sistema capitalista y patriarcal, las características “ideales” (rol masculino) de los hombres y las que exalta el capitalismo son prácticamente las mismas: competitividad, efectividad, autoridad, dominación… otorgando así a quienes tienen estas características, ventajas y privilegios. Es decir, nuestra sociedad está construída a través de roles de genero en la que la mujer debe ser irracional y emocional, y el hombre racional y pragmático.

El sistema actual nos pretende vender que hoy día vivimos en igualdad de género, y nada más lejos de la realidad. Pretenden hacernos creer que con la incorporación de la mujer al mercado laboral somos iguales, cuando aún la responsabilidad reproductiva social es de la mujer y por lo tanto al acceder al mercado laboral tienen doble carga sobre sus hombros: el empleo y las labores domésticas y de cuidados.

La relación entre la pareja, la familia y el estado es imprescindible para sostener este sistema, y para ello promueve el modelo de pareja heterosexual y monógama encaminada a la reproducción, y no cualquier otro.

Desde la niñez nos enseñan a buscar esa pareja hombre o mujer que nos “complemente” y así formar la familia nuclear a través de la construcción del amor romántico que todo lo justifica.

Así, esta familia será la institución básica para la transmisión de la ideología hegemónica, donde nos enseñan “la esclavitud doméstica” como la llamaba Lenin.

De hecho, ya en “El origen de la famila, la propiedad privada y el estado”, es notable la cuidadosa atención que Engels dedica a los aspectos personales de la opresión de las mujeres dentro del marco familiar, incluyendo la extrema degradación sufrida por las mujeres a manos de sus maridos, con un grado de desigualdad desconocida en las sociedades anteriores. Engels califica el surgimiento de la familia nuclear como la derrota histórica del sexo femenino a nivel mundial”y sostiene explícitamente que la violación y la violencia contra las mujeres se iniciaron dentro de la familia, en sus mismos orígenes: “El hombre tomó el mando también en el hogar; la mujer fue degradada y reducida a la servidumbre; se convirtió en la esclava de su lujuria y en un mero instrumento para la producción de hijos.…Para asegurar la fidelidad de su mujer y por tanto, la paternidad de sus hijos, es entregada sin condiciones al poder del marido; si él la mata, solo está ejerciendo sus derechos.”

Engels también explicó cómo el ideal de la familia monógama en la sociedad de clases se basa en una hipocresía fundamental: “Desde sus inicios, la familia ha estado marcada por el carácter específico de la monogamia solo para la mujer, pero no para el hombre”. Mientras que los actos de infidelidad de las mujeres, son duramente condenados, sin embargo, se consideran “honorables en el hombre o, en el peor de los casos, un leve pecadillo contra la moral que se puede asumir alegremente.”
Huelga decir que la mujer era entonces propiedad privada de su hombre, una herramienta humana, algo así como una “incubadora parlanchina” como las denominaban muy acertádamente nuestras camaradas del PTS y Pan y Rosas latinoamericanas; y que debía servir para crear y preparar futuras generaciones de obreras y obreros al servivio de la propiedad privada, el capital, la burguesía.

Así mismo, mientras que la familia de las clases dominantes ha funcionado históricamente como una institución a través de la que transmitir la herencia entre generaciones, con el surgimiento del capitalismo, la familia de la clase obrera asumió la función de proporcionar al sistema una oferta abundante de mano de obra.

El surgimiento de la familia de la clase obrera también comenzó a diferenciar claramente el carácter de la opresión que sufren las mujeres de distintas clases: el papel de las mujeres de clase alta es producir descendencia para heredar la riqueza de la familia, mientras que la función de las mujeres de la clase obrera es mantener las generaciones de trabajadores para hoy y mañana dentro de su propia familia; esto es, la reproducción de la fuerza de trabajo para el sistema.

Los líderes de la Revolución Rusa de 1917 comprendieron no solo el papel central de la familia en la raíz de la opresión de las mujeres, sino también que las dificultades para lograr la igualdad de género dentro de la familia condicionaban la liberación de la mujer en el conjunto de la sociedad. Alexandra Kollontai escribió ya entonces:

“Hay algo que no se puede negar, y es el hecho de que ha llegado su hora al viejo tipo de familia. No tiene de ello la culpa el comunismo: es el resultado del cambio experimentado por la condiciones de vida. La familia ha dejado de ser una necesidad para el Estado como ocurría en el pasado.

Todo lo contrario, resulta algo peor que inútil, puesto que sin necesidad impide que las mujeres de la clase trabajadora puedan realizar un trabajo mucho más productivo y mucho más importante. Tampoco es ya necesaria la familia a los miembros de ella, puesto que la tarea de criar a los hijos, que antes le pertenecía por completo, pasa cada vez más a manos de la colectividad.

Sobre las ruinas de la vieja vida familiar, veremos pronto resurgir una nueva forma de familia que supondrá relaciones completamente diferentes entre el hombre y la mujer, basadas en una unión de afectos y camaradería, en una unión de dos personas iguales en la Sociedad Comunista, las dos libres, las dos independientes, las dos obreras. ¡No más “sevidumbre” doméstica para la mujer! ¡No más desigualdad en el seno mismo de la familia! ¡No más temor por parte de la mujer de quedarse sin sostén y ayuda si el marido la abandona!

La mujer, en la Sociedad Comunista, no dependerá de su marido, sino que sus robustos brazos serán los que la proporcionen el sustento. Se acabará con la incertidumbre sobre la suerte que puedan correr los hijos. El Estado comunista asumirá todas estas responsabilidades. El matrimonio quedará purificado de todos sus elementos materiales, de todos los cálculos de dinero que constituyen la repugnante mancha de la vida familiar de nuestro tiempo. El matrimonio se transformará desde ahora en adelante en la unión sublime de dos almas que se aman, que se profesen fe mutua; una unión de este tipo promete a todo obrero, a toda obrera, la más completa felicidad, el máximo de la satisfacción que les puede caber a criaturas conscientes de sí mismas y de la vida que les rodea.”

Lamentablemente, no todo marxista, ni en todo momento, comprendió la necesidad de defender el feminismo y de valorar los enormes logros del movimiento de mujeres, cayendo en teorías o corrientes que alejan contantemente el objetivo feminista.

EL REDUCCIONISMO: En su forma más pura, el reduccionismo supone que la lucha de clases resolverá el problema del sexismo por si misma, al revelar los verdaderos intereses de clase en oposición a la falsa conciencia. Este enfoque reduce los problemas de opresión a una cuestión de clase. También se acompaña, generalmente, de una reiteración del carácter objetivo de clase del interés de los hombres en acabar con la opresión de la mujer, sin asumir la pregunta más difícil: ¿cómo enfrentar el sexismo dentro de la clase obrera?

El Partido Bolchevique, tanto antes como después de la Revolución, dedicó considerables recursos a la divulgación y la educación de las mujeres trabajadoras y campesinas, a través de su Departamento de la Mujer, mientras que, al mismo tiempo, argumentaba en contra de las actitudes sexistas de los hombres de la clase obrera.

Kollontai recuerda: “Los trabajadores con conciencia de clase deben entender que el valor del trabajo masculino depende del valor del trabajo femenino y que, con la amenaza de sustituir la mano de obra masculina por mano de obra femenina más barata, el capitalista puede presionar sobre el nivel salarial de los hombres. Sola la falta de comprensión puede llevar a ver este tema como una mera cuestión de la mujer.”
O el mismo Lenin en conversaciones con la revolucionaria feminista alemana Clara zetkin apuntaba: “¿Podría haber una prueba más palpable (de la continua opresión de las mujeres) que la de la visión corriente de un hombre observando, tranquilamente, como una mujer se agota con un trabajo trivial y monótono, trabajo que consume mucha fuerza y mucho tiempo, como es el doméstico y viendo, en ella, como su espíritu se encoje, su mente ensordece, su corazón se debilita y su voluntad languidece?…muy pocos maridos, ni siquiera los proletarios, piensan en lo mucho que podrían aliviar las cargas y preocupaciones de sus mujeres o, incluso, eliminarlas por completo, si les echaran una mano en ese trabajo de mujeres. Pero no, eso iría contra el privilegio y la dignidad del hombre’. Él exige su comodidad y su descanso.…Debemos erradicar el viejo punto de vista de amo del esclavo, tanto en el partido como en las masas. Es una de nuestras tareas políticas, una tarea tan urgente y necesaria como es la formación de un núcleo de camaradas, hombres y mujeres, con una sólida preparación, teórica y práctica, para el trabajo del Partido entre las mujeres trabajadoras.

Así que nuestra praxis debería estar más en consonancia con la teoría y la práctica de los bolcheviques, no solo en cuanto a no minimizar el grado de opresión al que se enfrentan las mujeres, o cualquier grupo oprimido, dentro de la clase obrera, sino además, en realizar un serio esfuerzo, en todos los frentes, para combatirlo.

Construir un modelo de paja con el feminismo, basándolo en sus formas más burguesas, para luego tumbarlo y finalmente pensar que ya hemos hecho nuestro trabajo intelectual, hace un flaco servicio a la lucha contra la opresión de las mujeres. Hay importantes debates entre las feministas a los que hemos permanecido ignorantes en gran parte y que pueden jugar un gran papel para avanzar en nuestra comprensión tanto de la opresión de las mujeres como del marxismo mismo.

EL FEMINISMO BURGUÉS: Las mujeres de la clase dominante se enfrentan a la opresión, pero eso no significa que podamos confiar en que puedan seguir una estrategia que las lleve a abordar el sufrimiento de la vasta mayoría de las mujeres que están en la clase obrera.

Debemos entender el nacimiento de los primeros movimientos de mujeres antes de 1789, como fruto del aumento de mujeres del pueblo en la producción y no de la mano del feminismo burgués. Los estudios burgueses intentan demostrar la proliferación de los primeros movimientos feministas gracias a las reivindicaciones de poderosas mujeres como fueron Abigail Smith Adams, segunda primera dama de EE.UU., o la reconocida Olimpia de Gouges, propulsora de “la Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana”. Ellas realmente no supieron acercar sus reivindicaciones al conjunto de las trabajadoras ni ligar estas a la lucha del proletariado, buscando equiparar sus privilegios a los poseídos por los hombres capitalistas.

Este feminismo burgués, cuyas principales luchas son por la igualdad de derechos políticos y la oportunidad de acceso al trabajo para la mujer, cree haber conseguido que algunos países capitalistas atiendan sus reivindicaciones.

Así, la mujer tiene derecho a voto, a participación en la esfera pública, a una teórica libertad de acceso a todos los empleos y profesiones, a recibir ayuda para la maternidad, concesiones que parten del respeto que se han ganado las trabajadoras al convertirse en una fuerza de trabajo fundamental para la sociedad, y que, además, no han conseguido la eliminación de la problemática de la mujer.

Además, los estudios burgueses centrados en el feminismo ponen su foco de atención en la cuestión de la superioridad de un sexo sobre otro, en la negación de las diferencias biológicas o en la abolición del género.

El feminismo burgués no es nada nuevo y el punto de vista sobre él de los bolcheviques es muy instructivo para nosotros, hoy en día. Una vez más, Alexandra Kollontai nos presenta un enfoque aplicable a la situación actual. En un panfleto de 1909, titulado: “Los fundamentos socialistas de la Cuestión de la Mujer”, explicaba por qué no puede darse una alianza entre la clase obrera y las mujeres de la clase dominante, a pesar de algunos aspectos de su opresión compartida:

“El mundo de las mujeres se divide, como el mundo de los hombres, en dos bandos: los intereses y las aspiraciones de una parte la acercan hacia la clase burguesa, mientras que la otra esta en estrecha relación con el proletariado y su propuesta libertadora incluye una solución completa de la cuestión de la mujer. Así pues, aunque ambas partes persigan en general la liberación de la mujer, sus objetivos e intereses son distintos. Cada una de las partes, inconscientemente, establece sus propuestas iniciales a partir de los intereses y aspiraciones de su propia clase, lo que dota de un color específico de clase a los objetivos y tareas que establecen para si mismas.…A pesar de la aparente radicalidad de las demandas de las feministas burguesas, no hay que perder de vista el hecho de que no pueden, en razón de su posición de clase, luchar por la transformación fundamental de la sociedad, sin la que la liberación de la mujer no podrá ser completa.”

EL SEGREGACIONISMO: Hay otra corriente del feminismo que los marxistas y las feministas socialistas deben rechazar de plano, aunque desde los años 70 no se haya destacado: el segregacionismo, que insiste en que todos los hombres de la clase obrera comparten con todos los hombres de la clase dominante el sistema de patriarcado que oprime a las mujeres.

En contraste con el uso actual del término patriarcado, que se limita a describir un sistema sexista, el segregacionismo priorizó la opresión de las mujeres sobre todas las demás formas de opresión, incluido el racismo.

Como ejemplo, en el análisis que sobre la violación realiza Susan Brownmiller, en su libro publicado en 1975 Agains our Will: Men, Women and Rape”(Contra nuestra voluntad: hombres, mujeres y violación), llegó a conclusiones abiertamente racistas en su relato del linchamiento, en 1955, de Emmett Till.

Till, un joven de color, tenia 14 años cuando, durante una visita veraniega a su familia de Jin Crow, en Missisipi, cometió el “crimen” de silbar al paso de una mujer blanca casada, llamada Carolyn Bryat. Una mera travesura adolescente, por la que Till fue torturado y tiroteado antes de que su joven cuerpo fuera arrojado al río Tallahatchie.

A pesar del cruel linchamiento de Till, Brownmiller describe al joven negro y a su asesino como si compartieran el mismo poder, usando un planteamiento abiertamente racista: rara vez un solo caso, como el de Till, sirve para exponer, con tanta claridad, los antagonismos subyacentes en el grupo social masculino por el acceso a las mujeres. En términos concretos, la accesibilidad a todas las mujeres blancas estaba en discusión.

Otras corrientes del feminismo tienen un historial ambiguo, que en los años 90, despojaron a la teoría del patriarcado de su primacía, en un esfuerzo consciente por dar la misma prioridad a la lucha contra el racismo y por los derechos LGTBI, lo que supuso un enorme paso adelante. Pero, al mismo tiempo, los seguidores de esta corriente, cayeron en la trampa postmodernista del individualismo y se retiraron de la lucha colectiva, priorizando los cambios en el estilo de vida y el lenguaje a la construcción de un movimiento que podría desafiar el sistema.

Finalmente, merece la pena enfatizar que necesitamos, no solo una teoría marxista y feminista, sino también una práctica del feminismo marxista en la lucha por la liberación de la mujer.

Aunque el éxito de la revolución socialista no garantiza automáticamente la liberación de las mujeres, si que crea las condiciones materiales para ello.

Y es a través del proceso revolucionario, en todas sus etapas, desde la primera a la última, donde la militancia revolucionaria tiene un papel crucial que desempeñar combatiendo toda forma de opresión, no solo desde arriba, sino también desde el interior de la clase obrera. No hay sustituto posible en ese proceso. Marx lo dejo bien claro cuando sostuvo:“”La revolución es necesaria, por tanto, no solo porque la clase dominante no pueda ser derrocada de otra manera, sino porque la clase que la derroca solo puede alcanzar el éxito en la revolución si se desembaraza, ella misma, de toda esa vieja basura y se muestra capaz de construir una nueva sociedad”.

Si no minimizamos los desafíos a los que nos enfrentamos en la lucha contra el sexismo, dentro de la clase obrera, si los reconocemos y, sobre estas bases, somos capaces de desarrollar una estrategia que tenga como objetivo movilizar al conjunto de la clase obrera, conseguiremos la liberación de la mujer.

Cualquier cambio social comienza dando pequeños cambios personales. Dichos cambios, en vez de darse de una mera forma aislada, y teniendo en cuenta que tienen lógica y objetivos colectivos, son los primeros pasos para cualquier revolución social. “La revolución empieza por lo personal, eliminando actitudes reaccionarias para con las mujeres y construyendo feminismo en todos los frentes: en casa, en la calle, en el puesto de trabajo, de fiesta, en la militancia…

Muchas feministas, haciendo pequeñas cosas feministas suponen avances importantes para la colectividad, pero sin olvidar que debemos tener en cuenta todo el proceso y no solamente su final (reparando en lo que pasa tanto en el espacio público como en el privado). Porque demasiadas veces ponemos nuestras prioridades en el espacio “macropolítico”, es decir, en el espacio de las grandes teorías, quedandóse éstas en meros eslóganes, y olvidando la praxis.

4 thoughts on “Feminismo marxista o sucedáneos idealistas?

  1. El artículo en general me parece bien pero creo sinceramente que hay errores de bulto en la introducción antropológica, en particular cuando se cita (o más bien se le ponen palabras en la boca) a Engels. Me explico:

    “Engels califica el surgimiento de la familia nuclear como la derrota histórica del sexo femenino a nivel mundial”…

    De verdad? Yo creo recordar que que Engels (cuyo trabajo es en esencia una reproducción comentada del trabajo del antropólogo Lewis Morgan) hablaba de PATRIARCADO, no de “familia nuclear”, que no necesariamente es patriarcal y además, desde el punto de vista de la antropología, es a donde tienden todos los sistemas de relación “familiar”, siendo sin duda la forma más simple y, discutiblemente, la más antigua y extendida, y de la cual todas las demás son variantes.

    Veo en este artículo que dos veces se ponen palabras en boca de Engels sin comillas, cambiando la noción de PATRIARCADO por otras a conveniencia de la autora, lo que me parece muy extraño y sospechoso de manipulación. Donde pone “familia nuclear” y “familia monógama”, debería de leer “familia patriarcal”, que de hecho en muchos casos tiende a la poliginia, sea legal o irregular, puesto que, si manda el macho patriarcal, éste buscará su interés, sea en forma del trabajo semi-esclavo de las mujeres e hijos/-as, sea en forma de placer sexual más o menos caprichoso, sea en forma de multiplicar su capacidad reproductiva por medio de más úteros de su propiedad.

    Dicho esto, y yendo más allá de esta crítica concreta, hay que decir que el estudio de Engels y su base de Morgan, estaban muy avanzados para su época pero que hoy no nos podemos basar en ellos, porque la antropología (o incluso la arqueología) no ha estado estática en este siglo y medio. Creo que es importante entender que en el comunismo primitivo paleolítico, aún documentable en varios pueblos de África, Asia y Oceanía, ya vemos variedad de formas sociales y familiares. Y aunque en general son bastante igualitarias en general e incluso en el tema de género, hay ciertamente una tendencia a una división primigenia del trabajo por sexo, ya que ésta tiene ciertos fundamentos biológicos que no podemos ignorar: la crianza de los niños/-as pequeñas es una tarea mayormente de mujeres en todas estas sociedades y esto limita hasta cierto punto su movilidad, por lo que la caza mayor suele ser tarea de hombres casi en exclusiva, aunque es posible que las mujeres aún aporten una cantidad incluso mayor de alimentos a la célula familiar y/o a la comunidad, a través sobre todo de la recolección y caza menor. Otra tarea que suele ser exclusiva de las mujeres en muchas sociedades cazadoras-recolectoras es la construcción de las chozas (ni entre los pigmeos ni entre los bosquimanos los hombres colaboran en esta tarea tampoco, es posible que haya otras sociedades que sí que lo hagan pero no puedo confirmarlo), por contra la recolección de miel suele ser cosa de hombres (ya que a menudo requiere de la movilidad y asunción de riesgos comparables a los de la caza mayor).

    Sabemos también que el patriarcado no aparece sólo con la evolución post-neolítica a la que apunta Engels, ni que la matrilocalidad o matrilinealidad es tan primigenia como Engels imaginaba. En realidad los cazadores-recolectores suelen ser ambilocales (la gente elige comunidad con relativa libertad y a menudo se “vota con los pies”: no estoy a gusto, me cambio de campamento) y el matrimonio, bastante informal, suele ser monogámico secuencial (es decir: con divorcio libre, parejas a menudo inestables), aunque hay grupos que aceptan la posibilidad de poligamia (en ambas direcciones). La heteronormatividad suele ser la regla (no sé de excepciones pre-neolíticas, aunque es probable que sea un punto ciego en la investigación).

    Los primeros signos de patriarcado se divisan ya en la transición al Neolítico: a la economía agraria. Un ejemplo muy evidente son los pueblos papúes, en general ferozmente patriarcales y macho-céntricos, que, por mucho que vivan en la selva (una selva en gran parte replantada con el árbol del taro, cuya pulpa es comestible y la base de su dieta) y vistan taparrabos y plumas de casuario, son agricultores desde épocas muy anteriores a las de aquí. Otros ejemplos los encontramos en la arqueología neolítica del centro-sur de Turquía, donde hay un caso en el que clarísimamente las mujeres tenían condiciones de vida mucho peores que las de los hombres y otros en los que, sin ser tan extremas, se ve que tienen deformaciones que indican arduo trabajo doméstico (en particular en los molinos manuales), deformaciones que los hombres no tienen.

    Es probable que no todos los agricultores primigenios fueran así y creo que la herencia del derecho tradicional vasco, extremadamente igualitario, muestra que también había sociedades agricultoras e incluso metalúrgicas que no eran patriarcales o como mucho sólo tenían una tendencia muy ligera en esa dirección. Sin duda hay muchos otros ejemplos pero tendréis que excusar mi relativa ignorancia en este aspecto (aquí podrían encajar perfectamente los iroqueses de Engels también). Es precisamente con la agricultura cuando parece surgir, en algunos casos, la matrilocalidad (también llamada uxorilocalidad, por “el tío materno” que efectivamente funciona como “padre” de hecho en todo el tema hereditario de la línea masculina, lo que también tiene su problemática), quizá en paralelo a la patrilocalidad de otras sociedades. Curiosamente se ha argumentado que los pueblos matrilocales podrían ser más belicosos que los patrilocales, ya que la guerra actuaría como elemento unificador para los hombres de orígenes diversos. No sé hasta que punto es cierto pero conviene apuntarlo para desmitificar ciertas idealizaciones que se hacen a veces.

    Lo que sí que parece innegable, y en este sentido tanto Engels como Gimbutas son reivindicados al menos en parte, es que el Patriarcado se consolida con más vigor a partir de la metalurgia o al menos de la formación de sociedades más complejas, con división más marcada del trabajo (ya no sólo por sexos sino también por clases, fijadas en “castas” a veces), debido a la aparición de élites guerreras. No es un fenómeno exclusivo de ciertas etnias (indoeuropeos, semitas, etc.), sino que lo vemos también surgir en otras menos exitosas, p.e. en la civilización proto-ibérica de El Argar en el sudeste ibérico, donde a veces se aprecia una estratificación de clase muy marcada (que también tiene un componente sexista).

    Aunque p.e. no encontramos un pueblo indoeuropeo histórico no patriarcal, hay que decir que incluso dentro del patriarcado hay gradaciones. Así vemos que los indoeuropeos más “asilvestrados”, celtas o germánicos, p.e., garantizan a la mujer una posición más aceptable, de mayor igualdad, aunque sean sin duda sociedades macho-céntricas, que sus equivalentes mediterráneos (griegos en particular pero también los romanos). Cabe preguntarse (ya que conocemos sociedades mediterránea mucho más igualitarias como la etrusca) si esto se debe a la relativamente reciente conquista, con implicaciones de secuestro y esclavizamiento de las mujeres, como p.e. narra la leyenda del rapto de las sabinas, que quedaría entonces fijado en la cultura y ley.

    Con esto termino: hay que ir más allá, o más acá: hacia el presente, que tener meramente como referencia a los tatarabuelos (adoptados a la inversa) Engels y Marx. Ni la ciencia, ni la lucha de clases ni la lucha anti-patriarcal quedaron congeladas en un tiempo pasado.

    • Nada de los que dices contradice a Engels ni aporta nada que el no. Yo no iría tan de “superador” y estudiaría un poco más a esos que tachas de tatarabuelos

      • Tatarabuelo no es nada malo. Y yo he leído La Familia, la Propiedad Privada y el Estado con auténtica devoción, varias veces, como se debe hacer con los buenos libros, cuando era más joven. Luego he leído muchas (muchas!) otras cosas y me doy cuenta que Engels, aún siendo muy interesante, tiene sus limitaciones (que son las definidas por el transcurso del tiempo) y por eso las apunto.

        Es que al final cierto pseudo-marxismo, en la línea de lo que dices Jokin, parece religión del tipo: “toda la ciencia está en el Corán” y no es así.

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