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Carlos Fazio – La jornada
 

A diferencia del personaje de la novela de Robert Louis Stevenson El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, el presidente de EEUU, Barack Hussein Obama, no presenta lo que en siquiatría se conoce como trastorno disociativo de la identidad (anteriormente conocido como trastorno de personalidad múltiple), mismo que hace que una persona tenga dos o más identidades o personalidades con características opuestas entre sí.

No hay un Obama bueno y un Obama malo. El cuadragésimo cuarto mandatario de EEUU es un político racional y pragmático, que como los 10 anteriores inquilinos de la Casa Blanca no quiere un cambio de dirección en la política estadounidense hacia Cuba, sino un reposicionamiento táctico. Al igual que todos sus predecesores desde Dwight Eisenhower hasta George W. Bush, Obama, como ha dicho y repetido desde diciembre de 2014 −cuando se anunciaron las negociaciones para el restablecimiento de las relaciones diplomáticas−, y ratificó en La Habana, persigue un cambio de régimen por otras vías.

Quiere el desmantelamiento íntegro del sistema político y económico estatal socialista cubano, y, debido a una serie de circunstancias internacionales, durante su segundo mandato se vio obligado a modificar lo que no funcionó durante más de 50 años, amén de que su visita a Cuba significa un genial golpe de marketing para un presidente saliente.

Desde su toma de posesión, en enero de 2009, el carismático Obama destacó por su dominio escénico, sus capacidades histriónicas y el manejo de un lenguaje simbólico siempre cuidadoso y calculado –las más veces simplificador y banal, aderezado con frases hechas y trucos chistosos−, que merced a un hábil y eficaz uso del teleprompter (apuntador óptico como herramienta de lectura) ha buscado ocultar a las grandes audiencias electrónicas las aristas más violentas del capitalismo y el imperialismo rapaces de nuestros días, que él encarna como representante de los intereses estratégicos de la plutocracia y los poderes fácticos, verdadero poder detrás del trono en la Oficina Oval.

Como en otros escenarios antes, todos los actos simbólicos y los discursos-show propagandísticos e ideológicos del seductor Obama en la isla estuvieron signados por sus dotes de comunicador, que combina miradas, gestos y poses con una refinada retórica manipuladora y demagógica −mitificadora del capitalismo− que no es percibida por la gran masa, pero que no pasa desapercibida para un público medianamente politizado. Menos, para una dirigencia como la cubana, que durante más de 50 años ha tenido que lidiar con todas las formas de guerra, abiertas y encubiertas, del Pentágono y la Agencia Central de Inteligencia.

La actuación de Obama se ciñó a las nuevas concepciones del Pentágono sobre la definición de enemigos, lo que ha derivado en los conflictos irregulares o asimétricos y las llamadas guerras de cuarta generación de la actualidad, donde el enemigo es la sociedad toda y uno de los objetivos centrales es la destrucción de la cultura del país objetivo.

Dicha modalidad forma parte de la dominación de espectro completo, que abarca una política combinada donde lo militar, lo económico, lo mediático y lo cultural tienen objetivos comunes. Dado que el espectro es geográfico, espacial, social y cultural, para imponer la dominación se necesita manufacturar el consentimiento. Esto es, colocar en la sociedad sentidos comunes, que de tanto repetirse se incorporan al imaginario colectivo e introducen, como única, la visión del mundo del poder hegemónico.

Eso implica la formación y manipulación de una opinión pública legitimadora del modelo de dominación capitalista. Como plantea Noam Chomsky, para la fabricación del consenso resultan claves las imágenes y la narrativa de los medios de difusión masiva, con sus mitos, mentiras y falsedades. Pero también, como en el caso de marras, se necesita un gran comunicador. Con esos elementos, y apelando a la sicología y otras herramientas, a través de los medios se construye la imagen del poder con su lógica de aplastamiento de las cosmovisiones, la memoria histórica y las utopías.

Más allá del clima respetuoso y constructivo que primó en todas sus representaciones, de sus propios dichos se desprende que Obama no ha renunciado a intervenir en la política interna cubana y seguirá apostando a formas más sutiles de penetración. Derrotado en el terreno de la fuerza −que incluyó una invasión mercenaria, el criminal bloqueo económico, comercial y financiero, guerras bacteriológicas, del éter y del ciberespacio, así como atentados terroristas, todos de manufactura estadounidense−, Washington insistirá en una estrategia de poder blando (soft power). Como advirtió Fidel Castro en 2000, el establishment demócrata insistirá en el método de la seducción, como el que han bautizado política de contacto pueblo a pueblo.

En particular, Obama quiso seducir a la juventud, sector de la sociedad cubana que, según sus estrategas, presenta las mejores condiciones para los intereses estratégicos que él representa. Lo que no se logró durante muchos años con la llamada disidencia interna −gru­púsculos financiados por Washington que dieron origen a la lucrativa industria de la contrarrevolución− se intentará ahora a través de jóvenes emprendedores. El objetivo es fragmentar a la sociedad cubana con el propósito de restaurar el capitalismo dependiente en la isla.

Con los instrumentos del poder inteligente (smart power) se busca erosionar la cohesión de la sociedad cubana; de ahí el marcado énfasis en potenciar un sector privado en Cuba con el apoyo financiero y tecnológico de EEUU, y crear un movimiento político que reclame el fin de la revolución. En ese sentido, fueron notorias las oposiciones discursivas de Obama: Estado/pueblo, empresa estatal/privada, jóvenes/viejos. No en balde, tres días después de que dejó La Habana, el De­partamento de Estado [Cancillería] anunció un programa de orientación de prácticas comunitarias por 754 mil dólares pa­ra jóvenes líderes emergentes de la sociedad civil cubana.

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