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Autor: Borroka garaia da!

Los orígenes y desarrollo de la crisis capitalista que vivimos están siendo documentadas y explicadas por casi todo la izquierda del mundo y sus intelectuales orgánicos e inorgánicos. La derecha y el capital también hacen lo propio solo que con mucho más esmero y además cuentan con una ventaja insoslayable: las bases materiales de la realidad están en su control. La crisis parte de su propio proceso material.

En cuanto a la crisis se pueden hacer diversas valoraciones y análisis pero posiblemente el más importante sea éste: El no hacerlo o el pensar que simplemente es un debate académico de un hecho coyuntural que no tiene relación en cómo desplegar las luchas de la izquierda.

Para los y las que creemos que la lucha de clases y de los pueblos es el motor de la historia, es decir que el conflicto entre antagónicos solo puede dar un resultado y no dos, y que el conflicto por tanto siempre está presente mientras existan clases desposeídas y pueblos oprimidos, el no tener en cuenta que esta lucha se dilucida en ese terreno de conflicto u obviar que la crisis es el carril en el que se está también dilucidando todo lo que afecta transversalmente al planeta (incluido en él a la izquierda y a Euskal Herria), pues puede llevar a pensar que la suerte que pueda correr esa izquierda internacional y nuestro querido pueblo con su no menos querida izquierda sea dependiente de las fases lunares o de lo bien o mal que podamos escribir textos o dar discursos. Pero la lucha ideológica son palabras en el viento de no existir un proceso material que arrastre el estadio anterior en el cual estamos ahora inmersos. Por lo que nuestro accionar en realidad es hijo y producto del enemigo. Somos consecuencia de él, de la misma forma que la clase trabajadora y los pueblos oprimidos son una realidad también hija y producto de ese enemigo. El haber sido “creados” por la opresión. Luego aunque suene grueso, nuestra victoria sería en realidad nuestra auto-destrucción como pueblo oprimido o clase desposeída. El problema es que la base material que genera pueblos oprimidos y clases desposeídas está diseñada para que esa situación se reproduzca una y otra vez de forma adaptativa y debido a ello las opciones que tenemos son adaptarnos a ello o romper con ello.

Adaptarse o romper son en definitiva las dos únicas opciones que se presentan en cada momento histórico y dependiendo de ello la clase trabajadora y los pueblos en lucha avanzan o retroceden, pierden o ganan. El momento actual no es una excepción y explica en cierta manera la desorientación, retroceso e ineficacia de la izquierda a escala global tanto para dar respuesta a la avalancha y ofensiva del capital (ellos tienen claro que existe un conflicto y de hecho lo están ganando) como para que se abra paso una alternativa que si no está basada en un proceso material que destruya el proceso material existente es tan válida como la mera lucha ideológica, o sea, palabras al viento y alternativas al viento.

En definitiva. ¿Qué leches está pasando para que la izquierda sea tan incapaz en una situación objetiva donde en teoría todo podría apuntar a un cambio radical y no solo eso, sino que los retrocesos y la situación general se degrada por momentos para la clase trabajadora mundial y los pueblos oprimidos no dejan de estarlo?

Lo primero es obvio, una situación objetiva para romper y unas condiciones que apuntan a una subversión por acumulación de injusticias seguirá siendo objetiva hasta que la subjetividad se abra paso o sino pues se normaliza la injusticia. Solo puede haber un resultado y no dos. Sin embargo, y volvemos otra vez a la lucha ideológica y alternativas al viento, tampoco es suficiente con que la conciencia se abra paso, con que la subjetividad entienda su objetividad.

El esquema que se está repitiendo a escala global muy paradigmáticamente en América latina y Europa es el siguiente. El movimiento popular y obrero durante años o en contextos electrizantes aporta conflictividad y desestabilización lo cual abre puertas para el cambio, para romper su situación, e incluso cuenta con ciertas alternativas pero cuando se llegan a puntos de inflexión concretos y las oportunidades son delegadas y gestionadas por “la socialdemocracia institucional” que es la expresión histórica de la adaptación, se tiende a apagar el movimiento popular y obrero y se pierden las oportunidades y llegan las derrotas o retrocesos, de una manera directa y brusca como en Grecia o el 15M español o con efectos retardados como algunos gobiernos progresistas en américa latina basados en el extractivismo capitalista. En realidad todo nos lleva a una misma cosa, el no operar cambios estructurales, el no poner en marcha un proceso material que sustituya al pre-existente, en definitiva el no romper hace que el actuar meramente bajo las bases materiales de la opresión tienda a reproducirla una y otra vez y en el caso de que la energía popular sea vehiculizada al marco institucional de la opresión quede absorbida e incapacitada.

Esto indica dos cosas, que el reformismo funciona diferente en forma pero igual en resultados que en el siglo XIX y principios del XX solo que debido al contexto actual del capitalismo no revierte ya en conquistas sociales y políticas debido a la ausencia de amenaza directa al capital por parte del movimiento popular y revolucionario, y que lo revolucionario se encuentra subjetiva y relativamente acomplejado no solo para desplegar conflicto sino sobre todo para llegados a puntos de inflexión desplegar bases materiales diferentes y no delegar en facciones superiores del organigrama de clases. Lo que sintéticamente significa que el progresismo ha fracasado y está fracasando estrepitosamente y no da respuestas a las problemáticas pero se ha adelantado al movimiento revolucionario. Por lo que el ciclo actual va a abrir posiblemente a escala global una depresión para la izquierda y una oportunidad para que la izquierda revolucionaria haga sus deberes y retome el pulso perdido, y esto debería suponer que aprenda de sus errores históricos, uno de los más importantes: el no despliege del poder popular y obrero en toda su extensión como una de las bases materiales.

De esta manera, nos encontramos en que el posmodernismo izquierdista que sería un enganche ahistórico con el conocido vulgarmente como progresismo que está basado en las teorías socialdemócratas, estaría sirviendo en esta fase histórica como colchón de aguante de la crisis capitalista actual. Mientras que el supuesto acelerador de contradicciones, o sea la izquierda revolucionaria, estaría básicamente en babia.

Estar en babia tiene sus pegas y su propia contradicción que se puede resolver: dejar de estarlo. Sin embargo, el progresismo no tiene salidas ya que al ser parte intrínseca del capitalismo se mueve con él. Y si entendemos que el capitalismo no puede ofrecer salidas al género humano para que se abra la justicia y la igualdad, nos encontramos con que el progresismo no tiene alcance estratégico.

Esto explicado con otras palabras significa que la base del posmodernismo izquierdista solo se mueve en el terreno del discurso, de las ideas y las apariencias, sin ninguna proyección material alternativa ya que se proyecta sobre el capitalismo. Es por ello que la hegemonía en sentido progresista se circunscribe a la victoria sobre “el discurso” y en la desaparición del sujeto histórico. Esto teorizado quiere decir que a partir de supuestos “significantes vacíos”, rellenarlos en un sentido requerido y que esto sea asumido por mayorías sería conseguir la “hegemonía”. Pese a que la cruda realidad es que solo serían palabras en el aire.

Debido a lo predecible del recorrido capitalista y por ende del progresismo a escala global, es decir, las vueltas a la rueda del hamster, y debido a la no disputa de legitimidades en su marco, la izquierda revolucionaria tiene todo el campo abierto para la lucha hegemónica en el momento en que salga de su estado en babia. Haciendo una interpretación adecuada de los núcleos principales donde poner la línea del frente. El posmodernismo izquierdista en base a las derrotas de la izquierda revolucionaria se ha reinventado en lo que ya era, poniendo en marcha su tracción que es  hacia  el sistema actual. ¿Podrá la izquierda revolucionaria reinventarse entendiendo sus derrotas  para crear tracción  hacia una nueva realidad y transformarlas en victorias además de poder rescatar a la masa social que se ha defraudado o será defraudada? ¿Podrán los  y las de abajo romper, crear, ganar y no delegar?

4 thoughts on “¿Podrán los y las de abajo romper, crear, ganar y no delegar?

  1. A ver si acierto en mi comentario: hay dos temas un tanto mezclados en tu análisis: (1) revolución vs reformismo y (2) delegación vs masas en acción. Creo que son dos problemas distintos, relacionados quizá pero distintos: el primero atañe al programa de la organización o movimiento y el segundo a su estructura organizativa o funcional. Vamos por partes.

    El primer punto tiene dos cuestiones, a mi entender:

    1. La dialéctica, que apuntas, entre condiciones objetivas y subjetivas, su diferente grado de desarrollo, el freno que supone el “pensamiento único”, que proclama que sólo hay sistema posible y que las “utopías” socialistas o comunistas no sólo son inviables sino incluso malignas sin contemplaciones. Esto pertenece al estado de las cosas en el aquí y ahora y sólo podemos trabajar para que cambie: el paradigma ideológico de la sociedad no es fácil de cambiar, mucho menos sin medios y sin un discurso muy elaborado, adaptado a la realidad presente y con propuestas de futuro seductoras en su radicalidad revolucionaria.

    2. La existencia (o no) de organizaciones explícitamente revolucionarias. Personalmente encuentro muy indeseable el clásico sectarismo purista revolucionario, que sólo conduce por lo general a la marginalidad y la disolución cual azucarillo, pero también el discurso posibilista sin claro análisis ni programa a medio/largo plazo que sea revolucionario, que es lo que hay en este momento, y me da igual que miremos a EH Bildu/Sortu, a Podemos o a Corbyn en el laborismo inglés porque el problema es el mismo: la potencialidad revolucionaria sólo se entrevé en la medida en que su programa reformista está condenado a enfrentar inconmensurables obstáculos, que quizás les lleven en esa dirección… o no. Al tiempo.

    En este sentido quizá no sea deseable competir (hoy por hoy, o quizás mientras quede esperanza de reconducción a la radicalidad, aunque sea por las malas de la violencia capitalista) con estas organizaciones a nivel electoral pero sin duda sí que hay que establecer un punto de anclaje (o varios si fuera el caso) para que ese discurso revolucionario pueda existir y servir, al menos, de “Pepito Grillo” de las organizaciones con veleidades reformistas. Probablemente la forma más adecuada de hacerlo es con un medio de comunicación y cuando uso este término no me refiero al típico altavoz vertical sino a algo más multifacético, horizontal y potente en consecuencia.

    Respecto al segundo punto, creo que es donde más te equivocas quizá: las masas son (somos) relativamente apáticas, inertes, excepto en situaciones concretas de ebullición, sea esta más localizada (pongamos una lucha sectorial) o generalizada (momento revolucionario). La inmensa mayoría de la gente no está pensando en como dedicar sus vidas a la revolución, probablemente no está pensando siquiera en la revolución en absoluto, sino en sobrevivir y vivir. Puede tener cierta consciencia e incluso implicación puntual pero no una dedicación continua. Esperar otra cosa es ingenuo (un error izquierdista en términos leninianos). La gente que se dedica a la revolución de forma más o menos continuada por motivación altruista es por necesidad un subconjunto muy minoritario y en este sentido hay que subrayar lo valiosas que son estas personas, los “imprescindibles” que decía Brecht con toda la razón.

    Por eso desde siempre la formación de organizaciones revolucionarias o equiparables se hace a partir de juntar grupos relativamente reducidos de estos “cuadros” (no confundir con funcionarios o liberados) que sirven de “atractor extraño” en torno al que articular las olas intermitentes y variables de la acción de las masas propiamente dichas, potenciándolas a menudo gracias a sus recursos latentes (sobre todo know-how organizativo, político y mediático).

    En otras palabras, yo no hablaría tanto de “delegación” (inevitable, sobre todo en contextos urbanos, donde tratamos con cientos de miles de personas) sino de liderazgo. Por supuesto el liderazgo no debiera de depender demasiado de personas concretas (eso lo haría frágil en muchos aspectos) sino que tiene que estar distribuido en lo posible, y una de las funciones principales del liderazgo es crear nuevos líderes (y no auto-perpetuarse), pero el liderazgo en sí es inevitable y debe ser asumido como una necesidad impepinable de toda organización humana y en consecuencia debatido abiertamente por lo que es, sin caer en buenismos voluntaristas que tienen muy poco recorrido.

    Y respecto a si las masas se movilizan (cuando lo hacen y si lo hacen) con programas de mínimos, “reformistas”, no podemos olvidar que muchas revoluciones han empezado así: exigiendo mínimos “posibles”, p.e. “pan”, pero llevando en poco tiempo a cambios muy profundos por mera necesidad de estas demandas tan “posibilistas” (unido quizá a la acción de minorías organizadas con programas más radicales, sí, también). Yo diría que si queremos ser revolucionarios tenemos que estudiar las revoluciones históricas en detalle, tanto las superficialmente burguesas como las pretendidamente proletarias: cómo se desencadenan, cómo se aceleran o empantanan, por qué se fracasa, cómo se triunfa (en la medida en que esto ocurra), por qué se produce el agotamiento que lleva a Termidor, si triunfa en apariencia la reacción, que efectos a medio plazo perduran de todas maneras, qué tendencias de fondo llevan a que se den las condiciones revolucionarias (crisis, falta de reformas o reformas ineficientes/insuficientes), cómo se organizan los y las revolucionarias (no sólo hay partidos: hay sindicatos, medios, soviets, mil historias…) El resultado de este estudio no puede ser en cualquier caso una teoría rígida (la sociedad es caótica, no mecanicista: su curso concreto es impredecible más allá del corto plazo, sobre todo en situaciones de crisis) sino una intuición agudizada sobre los parámetros de la revolución, sus tiempos, sus formas, etc.

  2. Ez dakit lortuko dugun, baina hori da gure erronka.
    Jendeari ulertu arazi beharko diogu ez dagoela besterik. Edo hori, edo suntsipena.

  3. La conclusión final del artículo la deja clara el autor.

    La izquierda está en babia, que viene a significar, según un dicho popular muy común, lo que se aplica a la gente que esta ensimismada o despistada.

    Podría haberse ahorrado todo lo demás él y todos los que en el mundo teorizan y dan vueltas sobre el asunto.

    De ahí al izquierdismo infantiloide que muchos achacan a las teorías de Podemos, un paso.

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