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Frédéric Lordon

Traducido por @comitedisperso.

En el punto donde estamos hay que estar ciegos para no entender que en el movimiento social se juega mucho más que una simple ley y sus artículos. Pero la ceguera es precisamente la característica de nuestros gobernantes y de sus comentaristas. Así todo, este pequeño mundo sigue agitándose como en un teatro de sombras y recitando una comedia cada día más absurda; unos ocupados en pesar en su balancita y sus concesiones de fachada, los otros en sus ganancias risibles, y los terceros intentando tejer los elogios de lo que es razonable u ocupados en preparar las futuras “primarias”. Y todos pidiendo cual puede ser el color más oportuno para volver a pintar las rejas del jardín que se han dedicado a cultivar, allí, al lado de un volcán tembloroso y humeante.

Como una paradoja típica, cuando se está en el fin de un ciclo, son estos mismos señores que aceleran los procesos de descomposición, del cual se percibe el progreso cuando los umbrales de corrupción del lenguaje se estrellan uno tras otro. En este sentido, hemos tomado la costumbre de utilizar a Orwell como medida de referencia. Pero Orwell era un jugador pequeño al cual le faltaba definitivamente la fantasía. Hay que ser honestos del todo: no estaba completamente privado de talento, se ha tenido que esperar un poco antes de verlo superado en las falsificaciones lingüísticas, pero este momento ha llegado. Y es Bruno Le Roux, presidente del grupo socialista en la Asamblea Nacional, quien se ha encargado de enseñarle a qué altura puede llegar el prodigio del giro de sentido de las palabras: “Se necesita que el contrato indefinido no se vuelva una jaula para los empresarios (1). Hay que reconocer que es difícil de comprender plenamente tanto genio y que debemos estar de pie para no tener vértigo. Quien recuerde pensará inmediatamente en un extracto de las Nouveaux chiens de garde (2) en el cual Bénédicte Tassart (RTL), queriendo deshonrar el secuestro de los propietarios (por parte de los sindicalistas), dijo que “es inaceptable obligar a la gente a estar en la oficina en contra de su voluntad“, obviamente sin darse cuenta de que, al hacerlo, muy agudamente, representa simplemente la condición salarial (sin duda, limitada al sector terciario, pero fácilmente generalizable). La pobrecita no era consciente del hecho de que las analogías carcelarias de Bruno Le Roux están mejor calibradas. Tan bien calibradas que casi queda la duda de que sean intencionales.

Efectivamente se podría pensar que todo lo que pasa en este momento ruede precisamente alrededor de la conexión, poderosamente destacada por Bruno Le Roux, del contrato salarial y la prisión. ¿Quién es el prisionero de verdad? Es este el punto de la disputa residual, sobre la cual, afortunadamente, no se paran aquellos que con un bote de spray en mano y de manera bastante enérgica vuelven a elaborar por su cuenta la gran intuición de Le Roux.

Y no solo de él, porque es sin duda un gobierno al cual no le faltan filósofos y que se destaquen en el arte de “hacer pensar”. Recordemos a Emannuel Macron, que sugería, meditando sobre los últimos fines existenciales, que “se necesitan jóvenes que quieran volverse multimillonarios”. Pasar al artículo indefinido para hacerle decir que se necesita que “los jóvenes tengan ganas de volverse multimillonarios” sería violar un pensamiento que, visiblemente, ¿Se abstiene de sacar todas las consecuencias por temor a reacciones retrógradas? Del uno al otro, entonces –de Le Roux a Macron– y aunque por caminos distintos, se trata de una idea general de la existencia que nos viene propuesta.

Hay una invitación y tenemos que demostrar sensibilidad. Tomamos las cosas al mismo nivel de generalidad con la que nos vienen propuestas –la única manera de responder adecuadamente. Decimos por honestidad que esta respuesta ha necesitado tiempo para llegar a su maduración. Es verdad que tanto la brutalidad del asalto neoliberal como la caída de la “alternativa comunista” no han facilitado la toma de conciencia. Treinta años de experimentación sobre la piel no podían más que producir alguna incomprensión. Pero lo “real” hace su camino, y lo hace cada vez mayor cuando se desarrollan lugares para compartir (primer ejemplo entre otros la web #OnVautMieuxQueCa), donde la gente descubre lo que está obligada a vivir contra su propia voluntad y compartido por muchos.

Además, tenemos que agradecer a este gobierno que nunca ha dejado de estimular la reflexión: la denominada “Ley del Trabajo” llega como una especie de apoteosis que nos permite las últimas aclaraciones. La idea de vida que nos proponen estas personas ahora aparece en toda su claridad. Es por eso que, ahora que estamos dotados del conocimiento necesario y después de largas reflexiones, podemos decir “no”. Subrayamos, para los sordos –y siempre hay muchos del lado del poder–, que lo que se trata hoy va de esto. No de cuantas veces el contrato indefinido pueda ser renovado o de la oportunidad de los voucher, o de otra cosa: se trata, más bien, de la idea de la existencia.

Alguien se puede convencer recurriendo a los principios, se puede hacer aún mejor a través de las imágenes. Para aquellos que no tienen todavía bien claro el tipo de mundo que la filosofía del gobierno desea por nosotros –en los dos sentidos de la palabra: en lugar de nosotros y para imponerlo a nosotros– sería suficiente tener en consideración una cosa o dos que pueden representar un desafío al poder. Nos referimos, y han sido vistas por todos, a las imágenes de una controversia muy encendida entre tres policías antidisturbios y un peligroso estudiante de bachillerato, o las imágenes de la vuelta de los equipos especiales de policía en los bancos de la universidad de Tolbiac, que arrojan una luz distinta a las palabras de François Hollande de 2012 –“Me gustaría volver a dar la esperanza a las nuevas generaciones”– o el discurso más reciente de la ministra de la Educación Najat Vallaud-Belkacem (24 de marzo 2016) – “Educación: lo que hacemos para la juventud”. Excepto que no era exactamente lo que querían.

La realidad del orden social se hace de otro modo explícita en dos vídeos: el primero, de testigo puro, fue filmado por el diario Fakir y muestra a Henri (su apellido no se conoce) contar cómo él, asalariado de un subcontratista, ha sido denunciado por la Renault donde intervenía a su empleador por haber señalado la película Merci patrón! a algunos sindicalistas del Technocentre (el centro de investigación de la Renault) fuera del horario de trabajo y a través de su correo electrónico personal…

Denunciado y, por supuesto, alejado del sitio donde desempeñaba su trabajo… ahora está luchando con un procedimiento de despido con su empleador. Aún más desconcertante, si se puede, es la escena grabada en una oficina de correos de Asnières: durante una asamblea frente a un grupo de robocop preparados y armados con flashball, llamados por la dirección. Sólo su cohesión y la reacción de un sindicalista cojonudo, blindado por sus derechos sindicales, pudo echarlos.

Quizás esta es la escena que resume el terror del poder: el encuentro entre estudiantes y asalariados. La vigilancia policial en última instancia, del asalariado ingobernable, es decir la fusión entre Estado y capital, paradójicamente aún más fuerte cuando se trata de capital público; la alternativa radical de la sumisión o de la lucha colectiva. Es más que evidente que frente a tal espectáculo, la claridad de la comprensión obtiene la ayuda de la imaginación. Y también una nueva mezcla de sentimientos y emociones. Y gracias a este buen impulso somos finalmente capaces de decir lo indecible: no reivindicamos nada. Entenderéis que después de décadas en las que nos habéis enseñado, vosotros y vuestros símiles, vuestras altas calidades y previsión, la idea de negociar con vosotros nos parece sencillamente sin sentido. El hecho es que “reivindicar” tiene sentido solo en un contexto en el cual se pueda reconocer como implícitamente legítimo. Llega el momento en el cual, a fuerza de negociar por unas migajas y también simplemente por reducir la reducción de las migajas, lo impensable vuelve a la mente. Ya no más como objeto de alguna “reivindicación”, sino como objeto de una transformación completa.

Es cierto, lo sabemos: para seguir manteniendo la ilusión podéis contar con el sindicalismo amarillo, el que ve “expectativas de progreso” (3) después de las peores regresiones, y que la ciencia heráldica ya tiene establecido tanto el escudo “de fregonas cruzadas” como el lema sempiterno “hundidos desde siempre”. Contra un cierto sindicalismo de rodillas, lo que nace ahora es un movimiento en pié. Como ya se sabe un movimiento entendido en este sentido, comienza por las asambleas y las reuniones. Entre la gente se extendió la idea de que simplemente manifestarse en las mismas rutas predeterminadas, en otras palabras “reivindicar”, ya no es suficiente. La consecuencia es que no volverán a casa después de la manifestación, se reunirán en algún lado para empezar algo distinto. “Nuit Debout” (Noche en pié) es el nombre de esta iniciativa, y su lema, copiado del mensaje de la película Merci patrón! es indicativo de la relación con la contraparte: “aterrorizarlos”… Reunirse, no disolver las manifestaciones, no reivindicar: efectivamente, un concentrado de anomalías inquietantes para los sabios administradores de la contraparte.

Y es cierto que, incluso si no conocemos bien nuestra fuerza, lo que está emergiendo es una pesadilla para el Estado, que se ve sus miedos expresarse en una coyuntura astral de lo peor: la negación de la mediación, el abandono de la reivindicación y su reemplazo con la afirmación.

Podríamos decir, de hecho, que estamos a punto de experimentar uno de estos benditos momentos de la historia en la que los grupos fragmentados entre sí redescubren lo que tienen en común, este común macizo establecido por el propio capitalismo: la condición salarial. No solo los empleados maltratados de hoy en día, los universitarios y los estudiantes de la escuela secundaria maltratados mañana, la precariedad de todo tipo, sino también todas las demás víctimas indirectas, se diría secundarias, de la lógica general del capital, los migrantes en situación irregular y explotables hasta el infinito.

¿Qué puede hacer un ministro, o su subsecretario, con todas estas personas que no quieren saber más de reivindicar? Nada, absolutamente nada, y lo saben, entre otras cosas, y eso es lo que les asusta. Cuando abandonan la práctica infantil de la reivindicación, la ciudadanía encuentra el gusto de la afirmación –la ruptura del monopolio estatal sobre el derecho a la afirmación. Para su desgracia, la ley El Khomri habrá sido la prevaricación de más, la que va más allá del umbral del escándalo, y genera el impulso en los espíritus para el cambio radical de perspectiva de las cosas, posiciones, roles. No tenemos ningún deseo de luchar para cambiar dos párrafos: queremos afirmar nuevas formas de actividad política.

Hay que sentir el llamamiento conmovedor de Michel Wievorka por “rescatar la izquierda de gobierno” (6) para comprender el nivel de integración de los intelectuales en connivencia al “marco” general de las cosas, y de consecuencia, su incapacidad total para entender lo que se mueve en la sociedad, también y sobre todo si son sociólogos. En un intento de redefinición performativa de las categorías políticas que explicita plenamente el desplazamiento a la derecha de este personal acompañante (siguiendo a sus maestros, que no pueden abandonar), Wievorka nombra representantes de la “izquierda de la izquierda”… Benoit Hamon y Arnaud Montebourg (izquierda socialista)! Una manera de indicar a esta gente donde está situada la frontera extrema del mundo político –porque, por definición, a la izquierda de la izquierda de la izquierda, no hay nada. O más bien sí: hay los locos, la izquierda “loca”, es la expresión preferida de todos los sorprendidos que no comprenden que se puede no querer elegir entre “la izquierda liberal-marcial de Manuel Valls” (sic), “la izquierda social-liberal de Emmanuel Macron” y entonces “la izquierda de la izquierda de Benoit Hamon y Arnaud Montebourg”. Encerrados en sus certezas, redibujan las fronteras de este dominio de la locura cada vez más cerca de ellos. Entonces hay que decirles, a Wievorka y a todos sus símiles, a los Olivennes (7), a los Joffrin (8), etcétera… es cierto, estamos completamente locos. Y estamos llegando.

République, la vida en pie

Amanda Andrades / ctxt

Definir qué es el movimiento de protesta Nuit Debout resulta difícil. En la boca de muchos de sus participantes se repite la idea de organicidad, de un movimiento que va evolucionando y mutando como un ser vivo.

Sentados en el suelo de la Place de la République, pequeños grupos discuten. Parecen amigos disfrutando del tibio sol del inicio de la primavera parisina. A las dos de la tarde del lunes 11 de abril, no hay demasiados  indicios que ayuden a identificar que esto es la Nuit Debout (la noche en pie), el movimiento nacido al calor de la protesta contra la propuesta de reforma laboral del gobierno de Valls y que ocupa esta céntrica y simbólica plaza desde el 31 de marzo. El único detalle que lo indica es la presencia de unas 20 furgonas de antidisturbios y gendarmes alrededor de la plaza. Los agentes de seguridad superan ampliamente a los miembros de las distintas comisiones de trabajo reunidas en ese momento. En la madrugada la policía ha desmantelado toda la infraestructura y los tenderetes instalados durante el fin de semana, los únicos dos días en los que las autoridades permitieron la creación de algo más parecido a una acampada.

Unas horas después, a las seis de la tarde, empieza la asamblea. La policía ha intentado impedir que el equipo de sonorización entrase en la plaza. Sin éxito. Entre mil y dos mil personas participan esta tarde de este espacio de discusión colectiva. El ágora ha ido creciendo a lo largo de las dos semanas  que dura ya la Nuit Debout. En las primeras jornadas participaban unas 200 ó 300 personas. Ahora varía cada noche, oscila entre mil y tres mil. Depende de si es laborable o no, de si llueve o hace buen tiempo.

París cuenta con casi dos millones trescientos mil habitantes, según los últimos datos oficiales, publicados en 2015. Algunos aún no saben que existe la Nuit Debout. “¿Hay manifestación en République?”, pregunta un taxista. “No me había enterado de nada y eso que mi mujer suele ver la tele y me llama para avisarme”.

En la asamblea los moderadores van dando la palabra. Primero a los miembros de las comisiones que exponen sus propuestas e indican a qué hora y en qué lugar se reunirán. Bajo ese árbol de allá, en el tercero de la fila de la izquierda, al lado de la fuente son las referencias espaciales. No existen otras, no hay estructuras fijas. La Nuit Debout se construye y se desmonta cada noche.

Cuando termina la primera parte de la asamblea, empieza la barra libre de intervenciones para expresar el hastío, el desencanto, la necesidad de unirse, los sueños… la toma de la palabra en una sociedad atemorizada y atomizada por la crisis económica, los atentados del 13 de noviembre y el discurso securitario de su clase dirigente.

“Por ahora, la gente viene sólo a vaciar su mochila, a respirar, a sacar fuera las tensiones acumuladas. Estamos todavía en el momento de liberación de la palabra. Aún no hemos pasado al tiempo de la escucha”, reflexiona Fahima, participante en la comisión para la extensión a los barrios. A sus 53 años esta militante asociativa de Montreuil, una localidad de la periferia parisina, parece saber de lo que habla. No es su primera revuelta ni su primera ocupación del espacio público para construir un mundo nuevo. En 2011 participó en el movimiento de Les indignés, la réplica francesa de Los indignados españoles.

En la asamblea, algunos de los oradores se marcan unos discursos dignos de un gran estadista. Otros agarran el micro con nerviosismo y piden disculpas, por adelantado, por no saber expresarse en público. Que unos y otros sean capaces de compartir micro no es baladí en una sociedad en la que, tal vez más que en otras, el uso de un registro formal o informal del idioma establece una clara línea de separación entre clases sociales. Esto es Francia. Aquí la oratoria no es una cuestión banal. Desde pequeños aprenden el poder de la palabra. Sólo ha de compararse un debate entre los políticos españoles y los franceses, formados en las Altas Escuelas de Administración. Puede que ninguno de ellos estén diciendo la verdad, pero el envoltorio es muy distinto.

Detrás de la asamblea, bajo unos plásticos, que les resguardan de las gotas que empiezan a caer, transmite Radio Debout, la radio del movimiento. Unos metros más allá, otros plásticos acogen a la comisión de acogida, la encargada de recibir a los recién llegados para explicarles cómo funciona la plaza.

“Hay comisiones estructurales y comisiones temáticas. Por el momento, habrá en total unas 20 o 25, pero cambia todos los días. Cada vez que se crea una nueva intentamos que nos lo comuniquen para tener la información actualizada”, describe Anne, estudiante de un master de Ciencias de las Gestión.

Esta joven de 23 años, a la que hasta hace 15 días “la política no le decía nada”, convive en la plaza con militantes de la vieja guardia que sueñan con “superar los errores de mayo del 68”, como Alan, de 43 años, integrante de la comisión de programas y perspectivas. “Necesitamos un movimiento que gane, no como en el 68. La burguesía sólo hace concesiones cuando está en una posición débil. El proletariado no puede ganar gran cosa en el marco de las instituciones”, afirma este “militante revolucionario”, cercano a la organización troskista Lutte Ouvriere.

La plaza de la République, la segunda en tamaño de  París después de la de Concorde, con sus 3,6 hectáreas, no resulta un lugar demasiado acogedor. Es más bien uno de esos espacios fríos en cuyas remodelaciones recientes –la de esta plaza se terminó en 2013– políticos y urbanistas apostaron por el cemento, la loza, el granito y las terrazas para aquellos que pueden permitirse un café o una cerveza a precios VIP. Para el resto, escasean los bancos donde sentarse. Anne, Mariama y Claude ocupan uno de ellos. Sobre sus cabezas cuelga de una cuerda atada a dos farolas un cartel, comisión Francia-África. Delante de ellas, un mostrador improvisado con cajas de cartón sobre las que se apilan revistas, folletos y hojas de recogida de firmas. “Somos de una asociación que lucha contra todo lo que Francia hace en África”, explica Mariama. Una vez que coge carrerilla no hay quien pare a esta activista de unos 60 años. De su boca salen disparadas las injusticias: el genocidio de Ruanda, la intervención en Malí, el saqueo de los recursos naturales.

En otro rincón de la plaza suena hip-hop, raï, chabi. Música de banlieue, de suburbio, de esa que acompaña las vidas de los racailles, los escorias. Así llamó Sarkozy en 2005, en su etapa como ministro del Interior, a los jóvenes de los suburbios franceses que se levantaron contra la violencia policial tras la muerte de dos adolescentes  electrocutados al resguardarse en una estación eléctrica cuando huían de un control. Así se les continúa llamando en el argot cotidiano.

“Muchos de nosotros habíamos venido individualmente y  nos dimos cuenta de que lo que estaba sucediendo aquí era muy white, muy de izquierda intelectual”, cuenta Melissandre, integrante de la campaña Contra los controles policiales por rasgos faciales, de Val- de-Marne. Militante de las Juventudes Comunistas, esta joven de 23 años, ha venido a la plaza para que las banlieues estén presentes.

Cómo trasladar el movimiento a los suburbios, a las cités, donde el Estado lleva décadas arrumbando a los beurs (hijos de árabes), los blacks (negros) o los gitanos, es una de las cuestiones recurrentes en République. “En los barrios hay desconfianza, hay rechazo. No se conseguirá en un chasquido de dedos”, recuerda Fahima, quien conoce en carne propia lo que es sufrir la discriminación por tener un color de piel más oscuro o unas raíces distintas. Un líder del sindicato en el que ya dejó de militar llegó a decirle que el problema no era ella, sino sus orígenes, argelinos. “Es importante que sean ellos los que se organicen. Nuestra labor ha de ser la de ilusionar, la de acompañar”, insiste. Ya han empezado a organizarse y a realizarse asambleas en algunos barrios y localidades de las afueras de París como Saint Dennis, Montreuil o Ivry sur Seine.

Para Melissandre, una de las claves para que esto suceda es acercarse a los problemas concretos que viven la gente de los barrios, como la violencia policial o la discriminación racial, frente a la tendencia a teorizar de la izquierda.

A las 12 de la noche acabada la asamblea, el ambiente resulta extraño, si pretende interpretarse con una mirada quincemayista. No hay puestos ni  tiendas de campaña ni comisiones reunidas. Pequeños grupos aquí y allá cerveza en mano, algunos visiblemente borrachos. El alcohol que en Sol se restringió, aquí está muy presente. El debate sobre su consumo o no en la plaza ya ha empezado a aparecer en las asambleas y comisiones.

Entre la 1 y las 2 de la madrugada una mani sauvage (manifestación salvaje) espontánea recorre las calles cercanas. No está claro hacia dónde se dirigen ni con qué objetivo. Algunos sólo gritan consignas como Paris debout, soulève-toi! (París en pie, sublévate). Otros cruzan las vallas de las obras cercanas y los contenedores de basura sobre la calzada. Alguien anuda una cuerda entre dos coches aparcados a cada lado de la calle para parar el tráfico o para jugar a pasar por debajo sin rozar el cordel. Un encapuchado rompe con una maza un par de escaparates. En un callejón se monta una barricada que se abandona a los cinco minutos. La policía no interviene en ningún momento. No es lo único sorprendente para un observador extranjero. Hay otro detalle: el mismo chico que lleva una barra de hierro en la mano pide disculpas hablándole de usted a otro manifestante al que ha empujado sin querer. Esto es Francia. Aquí nunca se pierde la politesse.

El desmarque radical o no de estas acciones violentas también se debate, sin que haya aún ninguna postura oficial. La posición más extendida parece ser la de dejar claro que la Nuit Debout no las respalda, pero que tampoco  puede condenarlas ya que son expresión y consecuencia del malestar social existente. “No queremos desolidarizarnos con estas personas. No las alentamos, no las condenamos”, resume Jean, electricista de 31 años. Una postura similar a la que se lee entre líneas en el comunicado de prensa enviado este martes: “Abrimos el espacio para las ideas que son oprimidas continuamente en otros lugares: ¿cómo extrañarse entonces de que la rabia legítima de alguno/as se exprese de forma diferente? El movimiento no es responsable de las iniciativas personales.”

Al día siguiente, el ambiente en la plaza es otro, muy diferente. La hora a la que uno llegue a République, y las que permanezca en ella, pueden cambiar completamente la percepción de  lo que allí ocurre. En la boca de muchos de los participantes se repite la idea de organicidad, de un movimiento que va evolucionando y mutando como un ser vivo.

Esta mañana las reuniones de las comisiones son mucho más numerosas. La presencia policial es escasa. Cómo evitar que las fuerzas de seguridad bloqueen las iniciativas del movimiento es uno de los puntos que están abordando la cincuentena de participantes de la comisión de acción. Grupos clandestinos de afinidad, comunicaciones cifradas, logística. Son hombres, en su mayoría, los que hablan. “Hasta el momento el 80% de las intervenciones han sido masculinas”, advierte uno de los moderadores como toque de atención. Justo después le toca el turno a Clementine, trabajadora de la asociación Les Enfants de Don Quichotte. Esta joven de 27 años, votante decepcionada del PS, trae una propuesta muy concreta, crear un grupo de apoyo para acudir allá donde haya un desahucio. “Hay 125.000 familias al año que reciben una orden judicial de desahucio por impago del alquiler. La mitad encuentra algún tipo de solución, la policía acaba desalojando a 12.000 y hay otras 40.000 familias que desaparecen, se marchan antes de que llegue el desahucio y no se sabe qué pasa con ellas”, desgrana.

Sobre las 18:30 llegan a la plaza unos 300 universitarios de Paris I, Paris VIII, Nanterre, SciencesPo. Vienen de la estación de Saint Lazare, donde han intentado cortar las vías para mostrar su solidaridad con los trabajadores ferroviarios que llevan desde principios de marzo protestando contra un decreto gubernamental que empeorará sus condiciones laborales.

La idea de hacer converger las distintas luchas sociales está en el ADN de la Nuit Debout. El colectivo, de entre 30 y 40 personas, del que surgió la idea de ocupar la plaza se bautizó precisamente así, Convergence des luttes. El grupo impulsor sigue presente en la plaza, diluido en las comisiones que se han ido creando. El movimiento cuenta también con el apoyo logístico, de manera discreta, de algunas organizaciones. Así, por ejemplo, miembros de la asociación Droit au logement (DAL), el sindicato Solidaires o Attac se han encargado de presentar ante la Prefectura la declaración de “manifestación estática” que les permite permanecer en la plaza entre las 6 de la tarde y las 12 de la noche.

A medida que avanza la tarde, van apareciendo tenderetes de distintas organizaciones y asociaciones y grupos improvisados de discusión y debate. Conviven con los puestos ligados al movimiento como la radio, la cantina o la enfermería. Una editorial libertaria vende sus libros; un grupo de poetas bajo un cartel improvisado en un cartón, Poétes debout, comparten sus creaciones; con traje y corbata, cinco abogados, colegas en el mismo despacho, del que no dan el nombre, se han instalado esta noche por primera vez para ofrecer asistencia jurídica. “No somos ninguna comisión. Es espontáneo. Pretendemos venir todas las tardes y queremos que se unan otros juristas”, explica uno de ellos mientras alguien se le acerca para vacilarle por su vestimenta. “Aquí no nos gustan  los burgueses”, le bromea.

En la asamblea esta noche hay más gente. La del día siguiente está previsto que sea “extraordinaria” para centrarse en debatir los mecanismos de organización, coordinación y toma de decisiones del movimiento.

El tenderete de lucha contra los controles raciales de la policía vuelve a animar la noche con aires de realidades de barrio. “Oh, emigrante, ¿dónde vas? Finalmente, debes volver. Cuántas personas ignorantes lo han lamentado antes que tú y que yo”, nostalgia para bailar en la voz del cantante franco argelino Rachid Taha, integrante en los ochenta del grupo Carte de séjour (Permiso de residencia).  Esta noche también le ponen a la plaza olor a especias. Venden falafel a cuatro euros.

“La esperanza es una lámpara de mano” se lee en un cartel del consorcio de transportes de París junto a la puerta de entrada de un vagón de la línea 8, una de las que lleva a République. “La pregunta es con o sin pilas”, ha escrito alguien con un bolígrafo. La cuestión podría ser también válida para la Nuit Debout. Las baterías en este caso son los interrogantes que aún están sin resolver: ¿serán capaces de organizarse más allá de la plaza?, ¿se extenderá a los barrios?, ¿permitirá articular nuevas expresiones sociales y políticas amplias en ruptura con el marco institucional?

UTZI ERANTZUN BAT - DEJA UN RESPUESTA

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