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“…Mientras que la Ley siga siendo la conservación de todas las peores tiranías impuestas por el hombre sobre su prójimo a través de toda nuestra larga y sangrienta historia, mientras que el orden no sea más que un sinónimo de la presentación servil de los esclavos sin espíritu, el socialista seguirá siendo un enemigo de la Ley, y un perturbador del orden”.
James Connolly, “Law and Order” 1899

Hoy se cumplen 100 años desde su cobarde ejecución tras el levantamiento de pascua el  12 mayo de 1916 que acabó con la vida  de uno de los mayores teóricos y revolucionarios que ha conocido el  republicanismo irlandés.

Textos  de James Connolly:

Norte de irlanda

Socialismo y nacionalismo

James Connolly, 1897. Actualmente en Irlanda trabajan una serie de organismos que buscan mantener el sentimiento nacional en el corazón del pueblo irlandés. Estos organismos, como el movimiento por la Lengua Irlandesa, las Sociedades Literarias o los Comités de Conmemoración, sin lugar a duda están haciendo un trabajo de provecho atemporal para este país ayudando a salvar de la extinción la preciada historia humana y nacional, la lengua y las características de nuestro pueblo.Sin embargo, existe el peligro de que a través de una excesiva afinidad a sus métodos de propaganda, y por consiguiente a una negligencia sobre los aspectos más importantes de nuestra sociedad, sólo triunfen unos estudios históricos estereotipados y una adoración del pasado, o un nacionalismo producto de una tradición —gloriosa y heroica— pero únicamente una tradición.

Hoy las tradiciones pueden, y frecuentemente lo hacen, aportar la base para un martirio glorioso, pero nunca podrán ser lo suficientemente fuertes como para soportar la tormenta de una revolución como para que ésta llegue a buen puerto.Si el movimiento nacional de nuestros días no se limita a rememorar antiguas tragedias de nuestra historia, debe demostrarse capaz de estar a las alturas de las exigencias del momento.

Debe demostrar al pueblo irlandés que nuestro nacionalismo no es en exclusiva una morbosa idealización de nuestro pasado, sino que es capaz de formular una clara y definitiva respuesta a los problemas actuales y un modelo político y económico capaz de ajustarse a las necesidades del futuro.

Este ideal político y social, estoy convencido, puede alcanzarse a través de la franca aceptación de los afligidos y serios nacionalistas de la República como su objetivo.No una República, como en Francia, donde una monarquía capitalista con un líder electo parodia los abortos constitucionales de Inglaterra y que en abierta alianza con el despotismo moscovita hace alardes de su apostasía a las tradiciones de la Revolución. No una república como en los Estados Unidos, donde el poder del dinero ha establecido una nueva tiranía bajo formas de libertad; donde, cien años después que los pies del último casaca roja contaminara las calles de Boston, los señores y financieros británicos imponen sobre los ciudadanos americanos una servidumbre que comparada con los impuestos prerrevolucionarios los convierten en meras pequeñeces.

¡No! La republica que quisiera presentar ante nuestros compatriotas será de tal carácter que el mero hecho de mencionar su nombre servirá por siempre como faro para los oprimidos de cualquier lugar, siempre manteniendo por delante la promesa de libertad y abundancia como recompensa a los esfuerzos realizados.

Al campesino en régimen de arrendatario, base del terratenientismo por un lado y la competitividad americana por la otra, como si estuviera entre las piedras de moler de un molino; a los asalariados en las ciudades, sufridores de la carga del capitalista que convierte en esclavo al trabajador del campo, que se matan trabajando por un sueldo que apenas es suficiente para mantener juntos cuerpo y alma; de hecho, para todos aquellos millones de explotados sobre cuya miseria se sustenta el aparentemente espléndido tejido de nuestra moderna civilización, la República Irlandesa pronunciaría la palabra que evocaría un punto de encuentro para el descontento, un asilo para el oprimido, un punto de partida para el socialista, entusiasta en la causa de la libertad humana.

Esta unión entre nuestras aspiraciones nacionales con las esperanzas de los hombres y mujeres que han elevado el estandarte de la rebelión en aquel sistema de capitalismo y señoritismo, del que el Imperio Británico es el más resuelto y agresivo defensor, no debería, bajo ninguna circunstancia, ocasionar elementos de discordia entre las filas de los nacionalistas consecuentes, y serviría para hacernos con frescas reservas de fuerza moral y física suficientes para levantar la causa de Irlanda hasta una posición de más autoridad que haya ocupado desde el día de Benburb.

Se puede replicar que el ideal de una República Socialista, implica, como así es, una completa revolución política y económica que de manera segura enajenaría a todos nuestros partidarios de clase media y aristocracia, quienes temerían la pérdida de sus propiedades y privilegios.

¿Qué quiere decir esta réplica? ¡Que tenemos que aplacar a las clases privilegiadas en Irlanda!

Pero la única manera de desarmar su hostilidad es asegurándoles que en una Irlanda libre sus “privilegios” no se verán afectados. Esto es, garantizar que cuando Irlanda sea libre de la dominación extranjera, los soldados irlandeses protegerán los fraudulentos beneficios del señorito capitalista de las “delgadas manos de los pobres” sin remordimientos y la misma eficacia que los emisarios de Inglaterra hoy día. Bajo otra condición no se unirán las clases a nosotros. ¿Cree alguien que las masas lucharán por esos ideales?Cuando se habla de liberar Irlanda, ¿hablamos en exclusiva de los elementos químicos que componen la tierra de Irlanda? ¿O hablamos del pueblo irlandés? Si es éste el caso, ¿de qué se supone que se les va a liberar? ¿Del dominio de Inglaterra?

Pero todos los sistemas de administración política o la maquinaria gubernamental son sólo el reflejo de las formas económicas sobre las que se sustentan. La ley inglesa en Irlanda no es muestra del hecho de que los conquistadores ingleses forjaron en el pasado un sistema de la propiedad fundado en el expolio, el fraude y el asesinato; lo que hace que el ejercicio actual de los “derechos sobre la propiedad” creado en esa época implique una continua práctica de expolio y fraude legalizado. La ley inglesa se presenta como la forma de gobierno más válida a través de la cual el expolio es protegido, y el ejército inglés la herramienta más flexible con la que ejecutar el asesinato legal cuando los miedos de las clases pudientes lo reclaman.

El socialista, que destruiría completamente la totalidad del sistema de una civilización absolutamente materialista, que como la lengua inglesa hemos adoptado como propio, es, reitero, con creces, mayor enemigo a las leyes y tutela inglesas que el pensador superficial que imagina que es posible conciliar la libertad irlandesa con esas insidiosas y desastrosas formas de sometimiento económico basado en la tiranía terrateniente, el fraude capitalista y la corrupta usura; frutas podridas de la conquista normanda, la impía trinidad de los que Strongbow y Diarmuid MacMurchadha —ladrón normando y traidor irlandés— fueron apropiados precursores y apóstoles.

Si mañana echáis al ejército inglés e izáis la bandera verde sobre el Castillo de Dublín, a menos que emprendáis la organización de una república socialista todos vuestros esfuerzos habrán sido en vano. Inglaterra todavía os dominará. Lo hará a través de sus capitalistas, de sus terratenientes, a través de todo el conjunto de instituciones comerciales e individuales que ha implantado en este país y que están regadas con las lágrimas de nuestras madres y la sangre de nuestros mártires. Inglaterra os dominará hasta llevaros a la ruina, incluso mientras vuestros labios ofrezcan un homenaje hipócrita al santuario de esa Libertad cuya causa traicionasteis.Nacionalismo sin socialismo —sin una reorganización de la sociedad bajo una base de una forma más amplia y desarrollada de esa propiedad común que fue la base de la estructura social de la Antigua Erin— no es más que cobardía nacional.

Sería el equivalente a una declaración pública hacia nuestros opresores, que hasta ahora habían logrado inocular en nosotros sus pervertidos conceptos de justicia y moralidad, de que nosotros los hemos decidido finalmente aceptar a nuestra manera. No necesitamos un ejército ajeno para forzar esas ideas sobre nosotros nunca más.Como socialista, estoy preparado a hacer todo lo que un hombre es capaz de hacer para que nuestra patria alcance su legítimo derecho: la independencia; pero si se me pregunta si modificaría una coma en la reclamación de justicia social para así apaciguar a las clases privilegiadas, entonces debo rechazar este derecho. Tal acción no sería ni digna ni realizable.

Recordemos que el que camina de lado del Diablo nunca alcanza el cielo. Proclamemos abiertamente nuestro credo, la lógica de los acontecimientos está de nuestra parte.

Liberemos Irlanda

Liberemos a Irlanda. Tanto hacen de las mezquinas consideraciones relacionadas con el trabajo y el salario, sitios saludables o libres de la pobreza.

Liberemos a Irlanda. El latifundista que exige una renta abusiva, ¿no es también irlandés? ¿Vamos a despreciarlo? No puede ser, no hablemos mal de nuestro hermano, aunque nos suba la renta.

Liberemos a Irlanda. El capitalista devorador de lucros, que roba tres cuartas partes de nuestro trabajo, que nos chupa los sesos cuando somos jóvenes y después nos echa a la calle como una herramienta gastada cuando quedamos viejos prematuramente al servicio de él, ¿No es también irlandés o quizá un patriota? ¿Vamos a decir algún mal sobre él? ¿Vamos a decir que es malo?.

Liberemos a Irlanda. “La tierra en la que nacemos y nos crió”, y al latifundista a quien tenemos que pagar para que nos permita vivir en ella. ¡Un grito por la libertad!

“Liberemos a Irlanda”, dice el patriota que no quiere saber nada de socialismo. Juntémonos todos y aplastemos al brutal sajón. Juntémonos todos, dice él, todas las clases y credos. Y, pregunta el trabajador de la ciudad, después de aplastar el sajón y de liberar a Irlanda, ¿qué haremos? Bien, entonces podréis volver a vuestras chozas tal como antes. ¡Un grito por la libertad!

Y, pregunta el trabajador del campo, después de haber liberado a Irlanda, ¿qué es lo que va a pasar? Bien, entonces podréis continuar agotándoos para pagar la renta del latifundista o los intereses de los prestamistas, tal como antes. ¡Un grito por la libertad!

Cuando Irlanda sea libre, dice el patriota que no quiere saber nada de socialismo, tendremos que proteger a todas las clases y si tu no pagas la renta, habrás de ser desalojado, tal como ahora. Pero el grupo de desalojo, a las ordenes del alguacil, llevará uniforme verde y la arpa sin la corona, y la orden judicial de desalojo que te echará a la calle, llevará el sello de la República de Irlanda. ¿Piensas que no adelanta luchar por eso?

Y cuando no hayas conseguido un empleo y, en la desesperación, renunciaras a continuar la lucha, entrando para el asilo, la banda del regimiento del Ejército Irlandés más próxima ha de escoltarte hasta la puerta del asilo a tocar “El día de San Patricio”. Vas a ver qué bonito es vivir en esos tiempos.

Con la bandera verde por encima de nosotros y un creciente ejército de desempleados a pasear envueltos en la bandera verde y a pedir algo para comer. Lo mismo que ahora. ¡Un grito por la libertad!

Amigo mío, yo también soy irlandés, pero soy un poco más acertado. El capitalista, afirmo, es un parásito de la industria, tan inútil en la fase actual de nuestro desarrollo industrial como otro parásito cualquiera del mundo animal o vegetal es para la vida del animal o el vegetal del que se alimenta.

La clase trabajadora es víctima de este parásito, de esta sanguijuela humana, y tiene el derecho y el deber de utilizar los medios al alcance para expulsar a esa clase parasitaria de la posición que le permite alimentarse de las fuerzas vitales del trabajo.

Por tanto, yo digo, organicémonos para enfrentarnos a nuestros dominadores y deshacer su dominio; organicémonos para tomar el control que ejercen sobre la vida social por medio de su poder político; organicémonos para arrancar de sus garras de ladrón la tierra y las fábricas en las que nos esclavizan; organicémonos para limpiar de nuestra vida pública la mancha del canibalismo social, la mancha de la explotación del hombre por el hombre.

Organicémonos para una vida plena, libre y feliz PARA TODOS O PARA NADIE.
Publicado en las publicaciones obreras irlandesas Worker’s Republic, en 1899, y Socialism Made Easy, en 1908.



Sindicalismo industrial y socialismo constructivo

No hay cabeza socialista en el mundo actual que pueda indicar con un cierto grado de claridad cómo podemos llegar a la comunidad cooperativa fuera de las líneas sugeridas por la organización industrial de los trabajadores.

Las instituciones políticas no están adaptadas a la administración de la industria. Sólo las organizaciones industriales se adaptan a la administración de la comunidad cooperativa por la cual trabajamos. Incluso sólo la forma industrial de organización nos ofrece un programa socialista constructivo teórico. No hay ningún socialismo constructivo fuera del campo industrial.

Los extractos anteriores del discurso del delegado Stirton, editor del Wage Slave, de Hancock, Michigan, reflejan tan bien mis ideas sobre esta cuestión que he creído oportuno ponerlas como texto para un artículo que explique la forma estructural de la sociedad socialista. En un capítulo anterior he analizado la debilidad de la forma gremial o sindical de organización tanto como arma de defensa contra la clase capitalista en el conflicto cotidiano en el campo económico, y como generador de conciencia de clase en el campo político, y señalé la mayor efectividad de ambos objetivos en la forma industrial de organización.

Organizar constructivamente

En este artículo quiero mostrar como los que se implican en la construcción de organizaciones industriales con el objetivo práctico de hoy, preparan a la vez el marco de la sociedad del futuro. Es la realización de estos fundamentos la que de hecho marca la emergencia del socialismo como fuerza revolucionaria, del estadio crítico al positivo. Hubo un tiempo en el que los socialistas, si se les preguntaba cómo se organizaría la sociedad bajo el socialismo, respondían invariablemente, y airadamente, que estas cosas se decidirían en el futuro. La realidad es que no habían considerado la cuestión, pero el desarrollo del capital corporativo y organizado en general, que hace imperativas las organizaciones industriales del trabajo en una línea similar, nos ha aportado una respuesta a la vez más completa para nosotros y más satisfactoria para nuestros interlocutores.

Ahora analizaremos brevemente las consecuencias lógicas de la posición expresada en la cita anterior.

“Las instituciones políticas no están adaptadas a la administración de la industria.”

Aquí hay una afirmación que ningún socialista con un claro conocimiento de las esencias de su doctrina puede discutir. Las instituciones políticas actuales son simplemente las fuerzas coercitivas de la sociedad capitalista de dónde han brotado, y que se basan en las divisiones territoriales del poder en manos de la clase dominante de las épocas pasadas, y que serían introducidas en la sociedad capitalista para cubrir las necesidades de la clase capitalista cuando esta clase derribó el dominio de sus predecesores.

El viejo orden y el nuevo

La delegación de las funciones de gobierno en manos de representantes elegidos en ciertos distritos, estados o territorios, no representa ninguna división natural real adaptada a los requerimientos de la sociedad moderna, sino que es un desecho de un tiempo en el que las influencias territoriales eran más potentes en el mundo que las influencias industriales, y por esta razón son completamente inadecuadas para las necesidades del nuevo orden social, que debe basarse en la industria.

El pensador socialista, cuando dibuja la forma de la estructura del nuevo orden social, no se imagina un sistema industrial dirigido o gobernado por un órgano de hombres y mujeres elegidos de una masa indiscriminada de residentes de unos distritos dados, es decir de residentes que trabajan en una conjunto heterogéneo de oficios y de industrias. Poner el gobierno, el control y la dirección de la industria a manos de un órgano así sería una completa locura.

Por lo que se decanta el socialista es que bajo una forma socialdemócrata de sociedad la administración de los asuntos estará en manos de los representantes de las diferentes industrias de la nación; que los obreros en los talleres y en las fábricas se organizarán en sindicatos, y cada sindicato comprenderá todos los obreros de una determina industria; esta unión controlará democráticamente la vida económia de su propia industria, y elegirá a todos los gestores, etc., y regulará el programa de trabajo de aquella industria subordinada a las necesidades de la sociedad en general, a las necesidades de sus sectores aliados, y a los departamentos de la industria a la cual pertenece; estos representantes escogidos de estos diversos departamento de industria se encontrarán y formarán la administración industrial o gobierno nacional del país.

Empezar en el taller

En pocas palabras, la socialdemocrácia, como indica su nombre, es la aplicación a la industria, o a la vida social de la nación, de los principios fundamentales de la democracia. Esta aplicación deberá empezar necesariamente en el taller, y proceder lógicamente y consecutivamente hacia arriba a través de todos los grados de organización industrial hasta que llegue en su punto culminante de la dirección y poder ejecutivos nacionales. En otras palabras, la socialdemocriacia debe proceder desde abajo hacia arriba, mientras que la sociedad política capitalista se organiza desde arriba hacia bajo.

La socialdemocracia será administrada por un comité de expertos elegidos por las industrias y profesiones de la tierra; la sociedad capitalista es gobernada por representantes elegidos por distritos, y se basa en la división territorial.

Los órganos locales y nacionales de gobierno, o más bien administrativos, tratarán toda cuestión con una mentalidad imparcial, armados con el mejor y experto conocimiento que nace de la experiencia; los órganos de gobierno de la sociedad capitalista deben recurrir a un caro profesional experto para que los instruya sobre cualquier cuestión técnica, y sabemos que la imparcialidad de estos expertos varía con, y depende del tamaño de su paga.

Ningun ‘estado servil’

Se verá que este concepto del socialismo destruye de un solo golpe todos los miedos a un estado burocrático, que dirija y ordene las vidas de todos los individuos desde arriba, y por lo tanto da la seguridad que el orden social del futuro será una extensión de la libertad del individuo, y no su supresión. En pocas palabras, mezcla el control democrático más completo con la más absoluta supervisión experta, algo impensable de cualquier sociedad basada en el estado político.

Pora haceros una idea adecuada no debéis hacer más que daros cuenta de como la industria actualmente trasciende todas las limitaciones de territorio y cruza ríos, montañas y continentes; entonces podréis entender como de imposible será aplicar a empresas tan extensamente intrincadas el principio del control democrático de los trabajadores a través de las divisiones políticas territoriales.

Bajo el socialismo, estados, territorios o provincias existirán sólo como expresiones geográficas, y no tendrán existencia como formas de poder gubernamental, si bien pueden ser sedes de órganos administrativos.

Ahora, tras haver mostrado la idea de que la fuerza administrativa de la república social del futuro funcionará a través de sindicatos organizados industrialmente, que el principio del control democrático operará entre los trabajadores correctamente organizados en fuertes sindicatos industriales, y que el estado político territorial de la sociedad capitalista no tendrá lugar o función bajo el socialismo, comprendemos de buenas a primeras toda la verdad que se esconde en las palabras de aquel miembro del partido socialista que apenas he citado, que “sólo la forma industrial de organización nos ofrece un programa socialista constructivo teórico.”

El estado político y sus usos

Por algunas mentes el socialismo constructivo se encuentra en el trabajo de nuestros representantes en los diversos órganos públicos por los que han sido escogidos. Las diversas medidas contra los males de la propiedad capitalista puestas por, o como resultado de, la agitación de los representantes socialistas en los órganos legislativos son consideradas como de la naturaleza del socialismo constructivo.

Cómo hemos mostrado, el estado político del capitalismo no tiene lugar bajo el socialismo; por lo tanto, las medidas que desean poner las industrias en las manos de, o bajo el control de, este estado político no tienen cabeza ni sentido bajo aquel ideal; pero son medidas útiles por restringir la codicia del capitalismo y para familiarizar a los obreros con el concepto de la propiedad común. Esta última es, de hecho, su función principal.

Pero el agrupamiento de los obreros en sindicatos con una forma estrechamente atada a la estructura de las industrias modernas, y que siga las líneas orgánicas del desarrollo industrial, es la forma por excelencia más rápida, más segura y más pacífica de trabajo constructivo a la cual se puede adherir el socialista. Prepara dentro del marco de la sociedad capitalista las formas de trabajo de la república socialista, y así, a la vez que incrementa el poder de resistencia del trabajador contra los abusos actuales de la clase capitalista, lo familiariza con la idea de qué el sindicato que contribuye a construir está destinado a suplantar aquella clase en el control de la industria dónde trabaja.

El sindicato puede construir la libertad

El poder de esta idea para transformar el frío trabajo de detalle de la organización sindical en el trabajo constructivo del socialismo revolucionario, para hacer así del sindicalista poco imaginativo un potente factor en la creación de un nuevo sistema social, no se puede sobrestimar. Inviste los detalles sórdidos de los incidentes diarios de la lucha de clases con un significado nuevo y precioso, y los presenta bajo su luz real como acometidas entre los dos ejércitos enfrentados, de la luz y la oscuridad.

A la luz de este principio de sindicalismo industrial cada nuevo taller o fábrica organizada bajo su consigna es un fuerte arrebatado al control de la clase capitalista y dotado con los soldados de la revolución que lo sostendrán para los trabajadores.

El día que las fuerzas políticas y económicas del trabajo rompan finalmente con la sociedad capitalista y proclamen la República Obrera, estos talleres y fábricas llenos de sindicalistas industriales quedarán a cargo de los obreros que trabajan, y se dará fuerza y efectividad a esta proclamación. Entonces es así como la nueva sociedad brotará, ya equipada por realizar todas las funciones útiles de su predecesora.

El Socialismo Básico

Luego de que Irlanda sea libre, dice el patriota que no se considera socialista, protegeremos a todas las clases, y de no pagar la renta, serás desalojado igual que ahora. Pero quien te desalojará, bajo el mando del comisario, usará uniforme verde y llevará por emblema una harpa sin la corona, y la orden que te dejará en la calle, será estampada con el emblema de la República de Irlanda.

Ahora bien, ¿vale la pena luchar por esto?Y cuando no puedas encontrar trabajo, al abandonar desesperado la lucha por la vida, ingreses al hospicio, la banda del regimiento más cercano del Ejército irlandés te servirá de escolta a la puerta del hospicio, con las melodías del día de San Patricio. Ah, qué grata será la vida cuando ese día llegue… Ahora bien, amigo, yo también soy irlandés, pero poseo un poco más de lógica que esto. Los capitalistas, afirmo, son parásitos de la industria…

La clase obrera es víctima de estos parásitos –de estas sanguijuelas humanas, y es el deber y el interés de la clase obrera el utilizar todos los medios en su poder para derrocar a esta clase parásita de la posición en que se le permite depredar así las fuerzas vitales de los trabajadores.

Consecuentemente, afirmo, organizémonos como clase para enfrentar a nuestros amos y destruír su dominio; organizémonos para expulsarlos de su control sobre la vida pública mediante su poder político; organizémonos para arrebatar de sus garras ladronas la tierra y los talleres sobre los cuales y en los cuales nos esclavizan; organizémonos para limpiar la vida social de la mácula del canibalismo social, de la rapacidad del hombre sobre sus semejantes.

Queremos a Irlanda para los irlandeses. Pero, ¿quiénes son los irlandeses? No los usureros del negocio inmobiliario que poseen las villas miseria; no el capitalista que saca sus ganancias del sudor ajeno; no los siúticos y grasientos abogados; no los proxenetas –mentirosos a sueldo del enemigo. No son estos los irlandeses de quienes depende el futuro. No son estos, sino que la clase obrera de Irlanda, la única base segura sobre la que criar una nación libre.

La causa de los trabajadores es la causa de Irlanda, y la causa de Irlanda es la causa de los trabajadores. No pueden ser separadas. Irlanda busca la libertad. Los trabajadores buscan que una Irlanda libre sea la única compañera de su propio destino, poseedora suprema de todo cuanto hay de material sobre y bajo su suelo. Los trabajadores buscan hacer a la nación libre irlandesa la guardiana de los intereses del pueblo de Irlanda, y para asegurar tal objetivo harán que en la nación libre irlandesa todo derecho de propiedad sea contrario a los derechos del individuo, con la finalidad, en nuestra mente, de que los individuos han de ser enriquecidos por la nación, y no por la usura a sus semejantes.

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