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Artículo de colaboración para Borroka Garaia da!. Autor: Jorge Badaraco (Argentina)

En la Argentina de posguerra que nos legaron los genocidas y consolidó a posteriori la cíclica alternancia – replicada a nivel continental – entre gobiernos neoliberales y neodesarrollistas, el campo popular, sistemáticamente agredido por una ceocracia voraz que promete prosperidad a partir de la segunda mitad del año, reagrupa fuerzas dando cientos de batallas a lo largo y ancho de toda la geografía nacional, sin atinar aún a confluir en un poderoso movimiento de protesta unitario capaz de sacudir la insensibilidad del gobierno nacional.

El desprecio político de quienes sólo existen para rapiñar riquezas

Con la impunidad de quien nació en lecho de rosas y nunca padeció privaciones, en el marco de los festejos por el Día del Trabajador, el presidente Mauricio Macri ofreció un discurso desde la sede del gremio gastronómico de la Ciudad de Buenos Aires en el que se refirió a la discutida Ley Antidespidos, soltando – en un contexto de hambruna que ya habíamos olvidado – la penosa frase “Si fuera cuestión de leyes, saquemos una ley que diga que somos todos felices”.

Pero es de suponer que este tipo de gestos, lejos de expresar una incapacidad para manejar la cosa pública, más bien transparentan que el poder real recae más sobre los ceos de empresas transnacionales que componen el gabinete nacional que en las marionetas que utilizan para presentar su gestión en sociedad.

Y si proceden con la desfachatez de anunciar nuevos tarifazos cuando aún resuena el eco de una manifestación de cientos de miles de trabajadores dispuestos a no dejarse avasallar, acaso no pasa porque durante la campaña se presentaron como gradualistas y al asumir cambiaron de parecer, sino porque el apetito – medianamente regulado hasta diciembre – de los grupos económicos que vienen convirtiendo a nuestro planeta en un lugar desgraciado ya no se detiene a medir las consecuencias de sus actos.

La hora de las bases

Si alguna lección dejó la reaparición en el espacio público del movimiento obrero organizado – que venía de ganar conflictos en Bancarios y Aceiteros -, fue la de exhibir una voluntad de lucha superior a la que muestra la mayor parte de su dirigencia.

Hay señales que no pueden dejar de tomarse en cuenta: Evidentemente, las bases vienen condicionando a un Moyano originalmente dispuesto a coquetear con el gobierno, tanto como al Massa dispuesto a dar quórum a la Ley Antidespidos.

En el escenario descrito, la instancia electoral se convierte en una escribanía legitimadora del sistema. Y si no se disputa el verdadero poder, cabe preguntarse para qué ir a elecciones.

Ante un presente suficientemente complejo como para seguir mirándolo desde el espejo retrovisor, las tradiciones otrora más intransigentes de lucha – libertarios, nacionalistas y marxistas revolucionarios – distan aún de encontrar una avenida común capaz de ser transitada sumando a las históricas banderas de la liberación nacional y social otras tan contemporáneas como el categórico enfrentamiento a la minería contaminante, al uso de transgénicos, o al creciente despoblamiento del campo.

En tanto, sigue configurándose un panorama que inevitablemente lleva a recordar a aquel que condujo al “Argentinazo” de 2001. Sería deseable que, si desembocáramos en semejante circunstancia, esta vez a los Lepratti y los Kosteki los pusieran los de arriba.

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