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Raul Zibechi

Las reacciones al triunfo del Brexit entre las izquierdas han sido contradictorias. Una mayoría parece entenderlo como un avance de la derecha nacionalista que rechaza a los inmigrantes y se separa del resto del continente. Un sector minoritario, lo interpreta como el rechazo de los trabajadores a las consecuencias de la globalización.

Por mi parte, el Brexit debe entenderse como un crecimiento del caos sistémico global que está golpeando la gobernabilidad y la estabilidad en todo el mundo. En el caso de Europa, estamos ante una creciente debilidad de la Unión Europea, que se debate en una crisis de larga duración. El importante crecimiento de las extremas derechas es parte de esa crisis, ya que potencian la incipiente fractura de la integración regional y ponen en jaque toda la arquitectura de la Unión.

El sentido común de las izquierdas las lleva a rechazar todo lo que huela a extrema derecha y nacionalismo anti-inmigrante, pero también hay una apreciación positiva de las integraciones regionales como le Unión Europea. Han dejado de criticar la globalización y sólo se concentran en denigrar los aspectos negativos que conlleva.

Del conjunto de análisis que se emitieron en las últimas semanas, en absoluto diferente a lo que vienen promoviendo desde hace largo tiempo, hay una suerte de sobrevaloración de la estabilidad, del crecimiento de la economía y un visceral rechazo a situaciones de crisis y caos político, económico y sistémico

La impresión es que en el imaginario de las izquierdas tiene un peso enorme la idea de que los cambios se procesarán en sentido acumulativo y progresivo, sin grandes sobresaltos, en contextos nacionales y globales de estabilidad. La hegemonía de los escenarios electorales está relacionada con esta imagen, pero también sigue pesando la conciencia iluminista decimonónica, a pesar de que lo sucedido en las tres últimas décadas pautadas por la caída de socialismo real y el triunfo del neoliberalismo.

Llama la atención que las izquierdas apenas tomen en cuenta las experiencias históricas, sobre todo las grandes revoluciones como la francesa, la rusa y la china, todas ellas hijas de grandes conmociones sistémicas, períodos de guerras e invasiones que cambiaron profundamente la realidad mundial.

Este conjunto de creencias lleva a falsas interpretaciones, como en el caso del Brexit. O, peor aún, a pretender cerrar rápidamente las crisis políticas con la convocatoria de elecciones, punto en el que suelen coincidir con los intereses del sistema, ya que apelan a una forma de democracia en la que se imponen siempre las tendencias más conservadoras, entre otras cosas por el desmedido peso de los mayores de 50-60 años en el conjunto de la población.

Para quienes deseamos cambios profundos, no sólo cosméticos, las crisis son bienvenidas, necesarias para remover el conformismo que nace de las rutinas que imponen las inercias de la vida cotidiana. Se trata de una cultura temerosa de los cambios, retardataria, incapaz de comprender que el lento devenir de la cotidianeidad suele remachar el estado de cosas existente y dificulta en extremo la imaginación de que otro mundo es posible.

Por eso el reciente comunicado del Congreso Nacional Indígena y del EZLN es bienvenido, en particular en la parte final, cuando que “una tormenta, además de tempestad y caos, también hace fértil la tierra de donde nace siempre un nuevo mundo”.

En efecto, la tempestad trae dolor y sufrimiento, pero abre también la posibilidad de que las cosas cambien, de que la intervención humana a través de procesos colectivos consiga torcer el rumbo de la historia. Por cierto, para explicar que las crisis tienen aspectos positivos hay que nadar contra la corriente cultural hegemónica que apuesta todo a los cambios sin traumas, preferentemente electorales. Pero esa cultura es, justamente, una de las principales trabas que dificultan los cambios.

Todo indica que la crisis del sistema-mundo capitalista está atravesando apenas sus primeras fases y que habrá de profundizarse. Muchos compañeros y compañeras se horrorizan cuando decimos que la guerra nuclear está más cerca en este período que en los anteriores. Suelen pensar que deseamos una guerra que sería desastrosa para la humanidad, cosa absolutamente equivocada.

Lo que buscamos, con todas nuestras energías, es hacer comprender que los cambios de verdad, el mundo nuevo que necesitamos los sectores populares, no vendrá sino de nuestros esfuerzos colectivos y de la capacidad que tengamos para enfrentar las violencias y crímenes de los de arriba.

One thought on “Sin desorden no hay cambios sistémicos

  1. Está bien pero me preocupa que imaginemos que esto tiene algo que ver con una situación pre-revolucionaria. En realidad se parece, de momento, más a una situación proto-fascista como la que sufrió Europa en los años 30. Por qué digo esto? Porque en cualquier situación pre-revolucionaria, sea el referente francés o el ruso, la mentalidad subyacente y los desarrollos previos no eran de tipo nacional-fascista, sino que las fuerzas de progreso (aunque en muchos casos no fueran aún decididamente revolucionarias) dominaban claramente el espacio intelectual y político. Este no es el escenario que vemos en gran parte de Europa, la verdad. En realidad lo que vemos hoy día es muchísimo más parecido al ascenso del nazismo en Alemania, pero sin o casi sin, la amenaza roja.

    Me temo que estamos en una situación catastrófica (no por el Brexit sino en general: muchas razones, primariamente socio-económicas) pero no aún en una pre-revolucionaria. Por qué? Porque falta la consciencia de clase y la construcción intelectual que lleva a declarar este sistema caduco (casi nadie lo hace, ni siquiera en la izquierda) y ambiciosamente esbozar uno nuevo y mejor. La semilla de la revolución humanista de dirección proletaria sigue ahí pero está latente y no acaba de germinar.

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