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Artículo de colaboración para Borroka Garaia da!. Autores: José Luis Herrero, Antton Azkargorta (profesores despedidos de la UPV)

En un encuentro que Arnaldo Otegi mantuvo en abril con miembros del grupo Izquierda Unitaria Europea-Izquierda Verde Nórdica (GUE-NGL), el líder abertzale ofreció su punto de vista sobre el papel de la izquierda y la transformación social en el marco europeo actual. Todo ello bajo el prisma de la experiencia de gobierno de Bildu en la Diputación de Gipuzkoa. Según este dirigente “cuando se accede al gobierno de una institución se hace con la esperanza de lograr grandes transformaciones pero que luego se ven los límites que se imponen desde el Estado español y desde la unión europea. EH Bildu puso en marcha algunas políticas de cambio en materia fiscal, climáticas y de igualdad de género, pero también quedaron claros los limites existentes…” En cuanto a los cuatro años de gobierno de Bildu en la Diputación el balance que hace Otegi es bastante crítico con respecto a su propia organización: “cometimos un gran error. Pensamos que la victoria electoral nos permitía hacer políticas transformadoras que antes no teníamos ganadas en la sociedad vasca”. Según él, “tratamos de convertir las instituciones en vanguardia de un cambio político pero eso no ha funcionado”. Y para ilustrarlo puso el ejemplo del puerta a puerta.

El dirigente de Sortu siguió explicando su lección de realismo político sosteniendo que no se puede lograr en las instituciones aquello que previamente no se ha ganado en la calle a través de la lucha social. Más aún, para Arnaldo lo decisivo se encuentra en la confrontación por conseguir la hegemonía cultural e ideológica necesaria para “instalar nuevos valores y principios en su gente. Sin eso no va a poder ganar”.

Resulta ampliamente reconocido por numerosos teóricos de la política que el Estado y las instituciones no constituyen instancias de una política emancipadora. Representan, en situaciones normales, lugares políticos cuya función primordial es la gestión –reproducción del orden existente. Su actividad es fundamentalmente estabilizadora y administradora de una situación de poder dada y su dinámica temporal y funcionamiento dependen de las relaciones políticas de fuerza que actúen tanto en su interior como en la sociedad. En este sentido no son espacios propios de creación o innovación política y se encuentran sometidos en su discurrir legal a la lógica de la confrontación social. De todas formas, somos de la opinión que ni los gobernantes de la Diputación de Gipuzkoa, ni los miembros de Bildu pretendían convertir a esta institución, como a otras, en la vanguardia del cambio social. Ni que los proyectos defendidos supusieran una alteración profunda del orden social existente. A nuestro entender, estos se inscribían “en general” dentro del marco legal y lo que la coalición pretendía era un cambio en el rumbo de la anterior gestión, orientándola en un sentido más progresista de acuerdo con el programa de cambio presentado. Y tenemos que reconocer que, con todas las limitaciones de los marcos establecidos, la labor de sus gobernantes fue valiente, comprometida y fiel a lo prometido. Y si algunos de los proyectos no pudieron cumplirse ello se debió a la unidad de la oposición que, en plena sintonía con los poderes económicos reales, los abortaron. Sinceramente no creemos que fuera la ausencia de hegemonía ideológica y cultural en la sociedad de las propuestas de la izquierda abertzale la razón del fracaso de algunas iniciativas. Más bien al contrario, ya que las medidas tomadas eran consideradas como razonables, justas y adecuadas a las necesidades de una mayoría social. Lo que hubo, lo interpretamos más bien como la existencia de una relación de fuerzas internas desfavorables que no pudo ser compensada por un movimiento social poderoso. Fue más bien, según nuestro modesto criterio, una consecuencia de la debilidad política general de la propia Izquierda Abertzale -derivada de la manera en que se produjo el fin de la lucha armada y su posterior gestión de la misma- que un problema de límites sociales de carácter estructural o de ingenuidad vanguardista.

Lo que no podemos compartir es la conclusión a la que llega Arnaldo en su citado análisis ya que solicitó que “la izquierda no plantee desde la oposición políticas que no pueda hacer desde el gobierno”, y eso en virtud del criterio de credibilidad que en su opinión es lo más importante que tiene. Por lo que se deduce, siguiendo sus propios argumentos acerca de los limites sociales, es que el papel adjudicado a la oposición de izquierdas debe estar en consonancia con esos límites; es decir debe ser adaptativo a la realidad existente, adecuándose a lo que hay en vez de convertirse en un agente tanto desde fuera (oposición) como desde dentro (gobierno) del proceso transformador, siguiendo unos principios liberadores. Parece que lo que Otegi pide es que hasta que no haya una clara hegemonía cultural e ideológica a favor de los cambios emancipadores las organizaciones políticas de izquierda, tanto en la oposición como en el gobierno, no deben proponer -y por lo tanto intervenir activamente- en la consecución de esos cambios. A eso se le ha solido denominar históricamente, en la tradición revolucionaria de izquierda, política reformista. Este posicionamiento lo confirmó con el llamado símil del ciclista: “la izquierda tiene que mantener posiciones firmes, pero no se puede escapar del pelotón, porque cuando llegas al puerto más duro, te quedas sola”. Símil, por cierto, que ya utilizó el apreciado dirigente Jon Idígoras. Desde luego de aplicarse al propio ciclismo real seria la muerte de este deporte porque no hay nada más aburrido que llegar todos en pelotón en etapas de alta montaña. Creemos se trata de un símil desafortunado porque la verdadera política, la política transformadora no es asunto de un pelotón compacto y unido sino la labor casi siempre de militantes colectivos, de vanguardias políticas que, actuando a contracorriente de la situación normal política y en ocasiones en minoría clara, son capaces por su creatividad, compromiso y clarividencia política de escalar las más altas montañas en solitario, consiguiendo gracias a su capacidad de arrastre que los demás miembros de la carrera espabilen e intenten imitarlos y que los que se encontraban en calidad de espectadores vibren con sus logros y se incorporen como ciclistas o animadores a esa competición. Son los pioneros, pocos inicialmente en número pero ricos en virtudes políticas, los que de verdad dirigen el cambio y transforman las cosas. Pues no hay nada más espectacular y seguido que una carrera de montaña con estos escaladores. Ellos son los que crean conciencia y contribuyen al cambio de la situación política y muchas veces son denostados por aquellos otros que teóricamente muy revolucionarios se contentan con ir agrupados alrededor de una masa social bien intencionada pero acomodaticia, temerosa y con escasa capacidad para arriesgar.

La verdadera política revolucionaria consiste en impulsar desde dentro o desde fuera de las instituciones y los gobiernos aquellas reivindicaciones, minoritarias o mayoritarias, que se apoyen en principios e ideas de carácter emancipador sin que razones de orden electoral, de oportunidad política o de supuesta credibilidad social puedan condicionarlas. Como bien dice un editorial del Gara las respuestas negativas a propuestas positivas no cierran la puerta a estas últimas, “la mantienen abierta, a la espera de que el trabajo político dé sus frutos. Y ese trabajo, cuando se hace bien, siempre los da”. En lo que no estamos de acuerdo es en que los principios de bien común, igualdad, equidad, sostenibilidad o justicia estén subordinados a la opinión general, aunque esta se manifieste a través de una consulta como parece defender el mismo editorial citado. Debemos distinguir entre el concepto de Pueblo como categoría política del concepto de masa social, categoría sociológica. El Pueblo se refiere a una capacidad política emancipadora y no necesariamente cuantitativa. La masa social remite a un simple estado de opinión evaluado a través del número. Según esto no sabemos a cuál de las dos categorías se refiere Arnaldo Otegi cuando afirma que el mejor alcalde o el mejor Lehendakari es el pueblo. Una política revolucionaria debe defender lo cualitativo y los principios y no tanto lo cuantitativo y opinable, sobre todo cuando existe un choque entre ambas instancias. Porque lo segundo emana generalmente de la situación política existente que es precisamente lo que esa política revolucionaria se propone superar y transformar.

Algunos miembros de la Izquierda Abertzale, y posiblemente el propio Otegi por su mención a este tema, han achacado al puerta a puerta, entre otros “errores”, la razón de la caída de votos de la coalición Bildu. Nosotros no lo creemos y pensamos que hay otros factores políticos de calado más profundo y general los que han motivado la pérdida del Ayuntamiento y la Diputación Gipuzkoa. Sin embargo, aunque eso fuera verdad no por ello habría que descalificar la política de Bildu en las instituciones guipuzcoanas que consideramos como ya dijimos adecuada al momento político y a las responsabilidades de un grupo de izquierda que se precie de renovador. Lo que rechazamos es el balance negativo a posteriori realizado en virtud de los resultados electorales obtenidos. Koldo Campos critica estos juicios a posteriori en una de sus columnas de Gara: “¿Valió la pena que en el Estado español la mayoría decidiera en las urnas el triunfo de la República y los derechos y libertades que esta suponía?…” ¿Valió la pena, diríamos nosotros, la concesión del voto a la mujer en la República si luego ese voto fue aprovechado por la derecha católica para ganar las elecciones de 1933 y torpedear las reformas de esa República? ¿Valió la pena la política del puerta a puerta si eso supuso la pérdida de las instituciones? La contestación la ofrece de forma magistral el propio Koldo: “Y la respuesta es sí, valió la pena, si uno tomó en conciencia la decisión considerada correcta, así fuera tarde o estuviera solo. Valió la pena si uno terminó haciendo lo que creía justo. Con independencia de su resultado, vale la pena hacer lo que, honestamente, creímos debido. Eso es lo único que vale la pena”. Que valió la pena lo demuestran las movilizaciones actuales en contra de la incineradora, movilizaciones alimentadas en parte por la actitud coherente de Bildu durante sus años de gobierno en la Diputación. Quizá tengamos que hacer caso a Raimundo Fitero que en una de sus habituales intervenciones, asimismo en el diario Gara, y refiriéndose al traje y corbata lucido por Otegi en un acto ironizaba sobre el cambio político sufrido por la Izquierda Abertzale de esta manera extraordinariamente sintética: “No hay vuelta atrás. Una vez sales, tu discurso debe cambiar, ya no caben máximas, ahora toca recitar el catecismo socialdemócrata. Con matices. Soberanismo sin estridencias, independentismo en cuarentena. El panorama se va despejando. Agarrémonos a la corbata”.

Cuando la política existe, la política igualitaria y liberadora queremos decir, -y esto es algo muy raro y provisional que en contadas ocasiones ocurre- entonces atraviesa toda la sociedad. Está en la calle, en los movimientos populares, en los partidos, en las instituciones, incluso en nuestra vida comunal, familiar o privada. Y si en las instituciones aparecen -cosa tampoco muy frecuente- grupos o personas vanguardistas, entonces el espacio político institucional puede convertirse en un espacio de confrontación política real, donde la innovación y la creación política son posibles y sus logros y consecuencias pueden ser importantes de cara a conquistas sociales y políticas y el surgimiento de nuevos de valores y la extensión de una conciencia emancipadora. Y eso aunque las condiciones ideológicas y culturales que menciona Otegi para el cambio en la esfera política sean adversas y la relación de fuerzas políticas en el interior del sistema, desfavorable. Como ejemplo histórico, vamos a mencionar el logro del sufragio femenino en el Congreso de los Diputados en el año 1931 y el papel relevante que en esa conquista histórica tuvo la figura sin par de Clara Campoamor. Lo sucedido allí nos va a servir además para observar, a través de una reivindicación concreta, la diferencia entre una política revolucionaria y una reformista, diferencia que siempre surge en los grandes periodos de cambio social.

En 1930 de los doce millones de mujeres censadas en el estado español solo un millón cien mil eran activas. La principal actividad de la mujer era ser miembro de la familia; es decir una actividad de carácter doméstico y privado. De esa población empleada femenina la mayoría eran solteras y menores de 30 años, puesto que por regla general una vez casada la mujer abandonaba su trabajo. Las principales actividades desempeñadas eran las consideradas como “femeninas”, destacando el servicio doméstico al que pertenecía un tercio de la población activa femenina. Una elevada proporción de trabajadoras era asalariada y solo una minoría perteneciente a la clase media desempeñaba tareas empresariales, profesionales o de funcionarias. Las asalariadas eran remuneradas muy por debajo de los hombres y ocupaban las categorías más bajas y peor dotadas económicamente. Las profesionales de clase media ocupaban puestos subalternos en general y recibían igualmente emolumentos bajos. Existía por lo tanto una discriminación en el trabajo (segregación laboral y discriminación salarial). Las mujeres disponían de menos salidas profesionales, salarios inferiores y ejercían tareas menos especializadas.
El índice de analfabetismo femenino era en 1930 de un 47,5% y en el bachillerato y la Universidad la presencia de las mujeres alcanzaba el 20% y el 6% sobre el total de matriculados. En la enseñanza primaria de adultos este porcentaje se reducía a un escaso 2%.

En el aspecto legal se manifestaba una subordinación sistemática de la mujer con respecto al hombre, concebido este como el único sujeto con capacidad plena de obrar. Esta subordinación se construía tanto en el ámbito privado como en el público a través del Código Civil con las obligaciones atribuidas a la mujer casada respecto al marido, la potestad marital y la necesaria autorización para la realización de múltiples actos de la vida civil. No se podía hablar a la altura de los años 30 del siglo anterior de la existencia de verdadera ciudadanía para la mujer, entendida esta como la capacidad para participar de una manera completa en la vida comunitaria. No existía por supuesto tampoco la ciudadanía política por la carencia del sufragio tanto activo como pasivo de la mujer y la ausencia de otros derechos políticos. Se podía decir pues que la mujer carecía de valor político en términos jurídicos y disponía de muy poco en términos de presencia pública comunitaria. Esto daba lugar a una diferenciación de funciones, roles y tareas según el sexo -el hogar para la mujer y el trabajo y la actividad pública para el hombre- que se encontraba profundamente arraigada en general en la mentalidad española y era sostenida en especial por la Iglesia y las derechas pero que penetraba también en todos los reductos sociales y políticos incluso en el mundo de las izquierdas. Podríamos decir, en los mismos términos utilizados por Arnaldo Otegi, que en la sociedad española anterior al advenimiento de la segunda República la cultura y la ideología en relación con el papel social y político de la mujer eran mayoritariamente conservadoras y se encontraban ambas muy arraigadas en la conciencia colectiva española tanto masculina como femenina. Así, salvo en algunos grupos socialistas y republicanos y en varios círculos y asociaciones femeninos -bastante activos por cierto ya antes de la llegada de la República- la irrupción de ésta como acontecimiento del tiempo histórico no alteró en demasía las posiciones anteriormente existentes sobre el sufragio femenino. Sin embargo, las ideas y valores republicanos de igualdad, democracia, laicidad y modernidad, muy extendidos ya desde la caída de la dictadura de Primo de Rivera y los inicios de la República, influyeron poderosamente a que los derechos civiles, sociales y políticos de las mujeres, y entre ellos el sufragio universal femenino, se incluyeran definitivamente en las agendas de los partidos políticos, los sindicatos y los movimientos asociativos femeninos de cara a los cambios legislativos que tendrían lugar a lo largo del periodo republicano.

En el terreno político-institucional la gran batalla por el sufragio femenino se dio en el Congreso de los Diputados, surgido de las elecciones de 1931, que fue el encargado de redactar la Constitución republicana. En las sesiones que tuvieron lugar en ese espacio el mundo político de la época quedó bien retratado, y los debates que surgieron alrededor del voto femenino han pasado a la historia como algunos de esos momentos singulares donde la irrupción de una política de igualdad en el seno de una institución fractura y divide a los diversos grupos que actúan en ese espacio y genera ecos que atraviesan toda la sociedad, produciendo efectos que se alargan en el tiempo y no se agotan con el final de la aventura republicana. Esta experiencia demuestra la posibilidad histórica de la presencia de una política emancipadora en el interior de la estructura estatal y las consecuencias inevaluables en términos de expansión de una conciencia colectiva transformadora. Precisamente cuando la situación social y la relación de fuerzas políticas no podían ser más desfavorables inicialmente para la cusa defendida, en nuestro caso el voto femenino.

Veamos ahora cual era, en aquellos momentos, la posición de los distintos partidos políticos, tanto parlamentarios como extra-parlamentarios, de cara al sufragio universal femenino.

Anarquistas: El movimiento anarquista en España daba cobijo de antiguo a una importante participación femenina. Por su naturaleza ideológica no participó en el Parlamento constituyente y se mantuvo bastante al margen del debate sobre el voto femenino ya que no consideraba a este como algo prioritario de cara a la lucha de emancipación de las mujeres. Era conocido su canto, cargado de resonancias políticas negativas: “Ya han dado el voto a la mujer, para que Alfonso pueda volver”. El periódico anarquista Tierra y Libertad sostenía que la votante femenina española era “una calamidad” y que la concesión del voto femenino significaba que la segunda República “acabó de hundirse” con él. Coincidía con los republicanos y socialistas en que la Iglesia católica en España era un instrumento transmisor de la ideología conservadora entre la masa de mujeres y opinaba que la mayoría de ellas se encontraba bajo el dominio social e ideológico de la religión católica, dominio encarnado por el párroco y confesor. Aunque es necesario reconocer que dentro de las organizaciones anarquistas existían importantes corrientes femeninas defensoras de los derechos de la mujer. Lucia Sánchez Saornil fundadora en 1936 de la poderosa organización feminista “Mujeres Libres” denunciaba el comportamiento de muchos revolucionarios que seguían defendiendo el papel tradicional, adjudicado a las mujeres, de reducción de su actividad al ámbito doméstico.

Comunistas: Inicialmente el Partido Comunista mantuvo una actitud hostil hacia a la República a la que calificaba de burguesa. En las elecciones de 1931 no alcanzó representación y no intervino en los debates del Parlamento constituyente. Al principio su gran figura, Dolores Ibárruri, la Pasionaria, siguiendo una corriente de izquierda muy extendida en la sociedad, consideraba que la mujer española al no estar formada políticamente acabaría dando el voto a los partidos de la derecha siguiendo las instrucciones del cura de turno. Esta dirigente comunista, más adelante y cuando presidia la Unión de Mujeres Comunistas, reconocería que eran “sus propios camaradas los que se oponían a que la mujer intervenga en la vida política y social”.

El comportamiento de los comunistas -y de otras fuerzas de izquierda de matriz marxista- respecto al tema de la mujer, estaba bastante influenciado en esa época por los textos socialistas y comunistas del siglo XIX que atribuían la dependencia femenina al dominio de la forma burguesa de familia y a la explotación salarial como consecuencia de las relaciones capitalistas. La superación del capitalismo y la construcción de un sistema socialista traerían consigo por lo tanto, la superación de la esclavitud y la dependencia femeninas y su liberación como mujer y como trabajadora. El problema de la mujer se inscribía pues en el paradigma dominante de la lucha de clases y la emancipación obrera, no gozando, por consiguiente, de una autonomía propia. La lucha femenina debía integrarse en la lucha general, dirigida fundamentalmente por el sexo masculino, y subordinándose a los objetivos generales del partido. Este tipo de pensamiento impedía pues la constitución de un sujeto femenino autónomo en el interior de la corriente comunista y explicaba los comportamientos y la visión mayoritaria respecto al feminismo y las reivindicaciones específicas de la mujer, a las cuales se les otorgaba un papel secundario.

Socialistas: Constituía el partido mayoritario en el Congreso constituyente y se debatía entre la fidelidad a los principios republicanos y socialistas, como los de igualdad de género recogidos en su programa, y el temor general compartido por la coalición republicana-socialista a que el reconocimiento del voto femenino condujera a un debilitamiento de la República, por el gran peso conservador atribuido a la mayoría de las mujeres españolas. Su posición, a pesar de las proclamas teóricas a favor de la igualdad, resultaba defensiva en relación con el reconocimiento pleno de los derechos de la mujer. En su llamada a las mujeres para que se adhirieran al partido o en la petición de voto se apreciaba más un interés por promocionar el aspecto de defensa de la familia tradicional; es decir, hacía más hincapié en el rol femenino de ayuda a los hijos y al marido que en las necesidades emancipadoras de la mujer como sujeto independiente y libre. Conocidos dirigentes socialistas como Largo Caballero no eran demasiado favorables a la incorporación de la mujer a las actividades productivas: “Si la mujer y el niño trabajan, menor será el salario del hombre, y eso es lo que quiere el capitalismo. Nosotros queremos que se eleve el nivel cultural de la vida del trabajador y hay que procurar que la mujer no abandone el hogar y que el niño salga del colegio antes del tiempo”. Por su parte, la diputada socialista Margarita Nelken denunciaba el poco interés de los dirigentes socialistas por estimular la participación femenina dentro del PSOE, muy minoritaria y devaluada, según ella, en dicho partido, aunque achacaba también a las propias compañeras socialistas su situación de debilidad y subordinación por su excesivo conservadurismo.

En los debates por el voto femenino en el Parlamento constituyente hubo poca intervención de los diputados socialistas, ocupando un segundo plano en las discusiones, aunque al final la mayoría de ellos se decantó por el voto a favor. Se apreció, de todos modos, una cierta división en sus filas. Mientras uno de sus portavoces, el diputado Cordero, argumentó brillantemente el derecho de la mujer al voto, otro diputado socialista, el sr. Ovejero, propuso que se les concediera el derecho al voto solo a las mujeres trabajadoras, consideradas por él cómo las únicas capacitadas para ejercerlo. En un libro escrito por Clara Campoamor, cuenta la colaboración decisiva del primer Diputado citado en la aprobación del sufragio femenino ya que, al observar que varios compañeros de partido se ausentaban en el momento de las votaciones, se esforzaba para que volviesen a entrar y depositaran el voto, siguiendo las directrices propugnadas por la organización. Otro ilustre Diputado socialista, Indalecio Prieto, se reveló contra esas directrices y salió fuera de la sala, acompañado de un grupo de seguidores, negándose por lo tanto a votar afirmativamente y exclamando: “¡Es una puñalada, una puñalada trapera a la República!” Clara Campoamor en el libro citado afirmaba que desde las bambalinas Prieto se esforzó denodadamente por impedir que el Congreso aprobara el sufragio femenino. Margarita Velken, que aunque Diputada no pudo participar al principio en los debates sobre el voto de la mujer, afirmaba que las mujeres españolas espiritualmente emancipadas, que para ella se reducían en el campo socialista a “unas cuantas decenas de muchachas universitarias, unas cuantas decenas de muchachas afiliadas a las juventudes y agrupaciones socialistas, unos cuantos millares, incluso de mujeres proletarias o campesinas…” eran un número insuficiente frente al ejercito de mujeres que se dejaban “guiar por los explotadores de su natural conservadurismo femenino”. De ahí que dedujera que si la mujer votaba con los curas ello significaba “realizar uno de los mayores anhelos del elemento reaccionario”.

Republicanos de centro e izquierda: Lo formaban los grandes partidos republicanos: el Radical, el Radical Socialista y Acción Republicana. Entre ellos sumaban 183 escaños sobre un total teórico de 470, siendo por consiguiente sus votos casi decisivos (el PSOE disponía de 115 diputados). Aunque inicialmente parecía que iban a decantarse por apoyar el sufragio femenino, dado sus posicionamientos republicanos a favor de la igualdad y los derechos de las personas, a lo largo de las jornadas de debates en el pleno se fueron inclinando por su contrario con una radicalización verbal y de posturas sorprendente por las características políticas de estos partidos aparentemente fervientes defensores de la República y sus valores. Llegaron a generar un ambiente intimidatorio, tanto en el interior de la Asamblea como a través de sus medios de comunicación, influyendo mucho en el resto de partidos y creando un clima adverso a las aspiraciones de los defensores de aquella reivindicación, lo que predecía un voto negativo.

Los argumentos empleados por los diputados de este gran grupo para oponerse a conceder el voto femenino eran, simplificando, de dos tipos: Los que negaban la capacidad de la mujer por razones biológicas, emocionales, psicológicas o intelectuales; y los que reconociendo ese derecho a la mujer consideraban que en aquellos momentos no era conveniente otorgarlo por el bien de la República. Argüían que la mujer española carecía de la suficiente formación y criterio para ejercer de manera libre su derecho al sufragio ya que, según ellos, la influencia de las ideas religiosas y conservadoras la conducían a depositar su voto en las urnas de los partidos de derecha, contrarios a las reformas, lo que dañaría profundamente a la República. Repetían que estaban a favor de conceder ese derecho de ciudadanía pero a su debido tiempo. El diario republicano La Voz lo expresaba de esta forma: “No somos enemigos de la concesión del voto a la mujer; estimamos que debe concedérsele ese derecho de ciudadanía, pero a su tiempo, pasados cinco años, diez, veinte, los que sean necesarios para la total transformación de la sociedad española, cuando nuestras mujeres de hayan redimido de la vida de esclavitud a que hoy están sometidas, cuando libres de prejuicios, de escrúpulos, de supersticiones, de sugestiones, dejen de ser sumisas penitentes, temerosas de Dios y de sus representantes en la tierra y vean independizada su conciencia”. Resulta curioso que esta invocación, de matriz hegeliana, dirigida a un futuro potencial luminoso de los republicanos burgueses coincidiera con el de los partidos marxistas, aunque el enfoque de estos últimos iba en un sentido de emancipación económica de clase. En realidad lo que preocupaba a estos partidos republicanos era su convicción -muy extendida por cierto- de que el voto femenino les iba a perjudicar especialmente a ellos pues se suponía que las mujeres de familia de izquierdas iban a votar a las izquierdas y la de familias de la derecha a las derechas. Sin embargo, en el caso de las familias burguesas republicanas, pensaban que el voto femenino, por la influencia de la Iglesia, iba a dirigirse en sentido contrario al de los varones con la consecuente pérdida de peso político de estos partidos. Su radicalismo ideológico se daba de bruces continuamente con su pragmatismo y utilitarismo reales. Sus miedos a la desestabilización social y política y su defensa de una evolución ordenada de la República les restaron dinamismo en la toma de decisiones a pesar de sus proclamas progresistas y su radicalismo verbal.

Los pequeños partidos republicanos: En el Congreso constituyente tuvieron presencia una serie de pequeños partidos como los catalanistas, los galleguistas, los progresistas, federales y la Asociación al Servicio de la República. Algunos de estos diputados se pronunciaron en contra del voto femenino defendiendo posturas reaccionarias de corte biologicista. Por ejemplo el Dr. Novoa Santos de la Federación Republicana Gallega-PSOE, consideraba a la mujer en general incapacitada para la actividad política por “convicción Biológica”. Según este Diputado “…la mujer es toda pasión, todo figura de emoción, es todo sensibilidad; no es en cambio, reflexión, no es espíritu crítico, no es ponderación; la mujer es “histerismo”. Si la mujer vota haría el Estado conservador o teocrático”. Otro diputado federalista solicitaba que la mujer tuviera derecho al voto a partir de los 45 años pues ponía en duda la capacidad política y madurez “de la bella mitad del género humano”. A pesar de estas opiniones la mayoría de los diputados de este conjunto de organizaciones votaron a favor del voto femenino.

Derecha: La derecha no republicana u hostil a ciertas reformas, sobre todo las que tenían que ver con la Iglesia y las órdenes religiosas, estaba formada por una serie de partidos u organizaciones políticas como los agrarios, los monárquicos, el grupo de Gil Robles y los diputados vasco-navarros (PNV y Carlistas). Su representación en la Cámara de Diputados era exigua con respecto a su real penetración e influencia en la sociedad española. Contribuyó a ello su falta de alternativa después de la caída de Primo de Rivera, la fuerza inicial de la República y el sistema electoral que primaba las grandes coaliciones como la republicana-socialista que se impuso con amplia mayoría en las elecciones de 1931. La influencia de la derecha a través de la Iglesia era considerable y existían asociaciones de mujeres católicas algunas de las cuales agrupaban al final de la dictadura de Primo de Rivera a cerca de 100.000 componentes. Victoria Kent y Margarita Nelken se alarmaron por la movilización de las mujeres católicas que llegaron a entregar más de 1.000.000 de firmas en el Congreso para defender las prerrogativas de la Iglesia. Eso les puso a la defensiva y les hizo pensar que la conciencia social de las mujeres se inclinaba claramente por las posiciones conservadoras lo que para ellas hacía de la concesión del sufragio femenino una poderosa arma en contra de la República.

La mayoría de los diputados derechistas se inclinaba por ofrecer su voto a favor del sufragio femenino debido a razones de oportunismo político porque suponían, como la mayoría, que de ello obtendrían réditos electorales por la creencia arraigada de que la mujer española iba a ser más proclive a recibir la influencia eclesiástica. En las intervenciones en el hemiciclo de los diputados de la derecha se pudo observar una cierta aversión a conceder el voto a la mujer. Algunos preferían, como en la época de Primo de Rivera, que ese voto fuera solo parcial excluyendo de él a las mujeres casadas porque “para votar hay que ser plenamente libres”. En opinión del dirigente derechista José María Gil Robles: “…no son propios de la mujer los cargos que impliquen autoridad”, aunque luego depositase el voto a favor del al sufragio femenino. El periódico conservador El Debate expresaba su rechazo a la concesión del voto a la mujer en virtud de la tradicional posición conservadora que atribuía a esta el cuidado de los hijos y del marido en el hogar. Aunque en una primera votación la mayoría de diputados de esta tendencia dieron su voto al reconocimiento del derecho al sufragio femenino, su salida de la cámara con motivo de la Ley de Congregaciones puso a Clara Campoamor y a los debilitados defensores del voto de la mujer a los pies de los caballos de la “histeria masculina” de los grandes partidos republicanos y algunos aliados socialistas con el consiguiente peligro para su aprobación definitiva.

Podemos concluir que ni en la sociedad civil ni en el campo político-institucional existía una hegemonía de los partidarios de otorgar a la mujer el derecho al voto. Sin embargo, era manifiesta la expresión pública de una política liberadora durante la Dictadura primoriverista y el periodo de transición hacia el régimen republicano, una voluntad política de cambio en la situación de la mujer. Las exigencias de igualdad y el reconocimiento de los derechos políticos universales eran asumidos y defendidos por un amplio y creciente número de colectivos femeninos. La llegada de la República, con sus valores de libertad y progreso, no hizo más que intensificar y dar cuerpo a esa tendencia. Y esa política tiene un nombre propio subjetivo destacado: Clara Campoamor.

Clara Campoamor

Clara Campoamor era ya en la Dictadura una mujer muy respetada en ciertos círculos jurídicos e intelectuales por su profesionalidad, capacidad oratoria y defensa de los derechos de la mujer. En dos años había realizado el bachillerato y en otros dos la carrera de abogado. Pertenecía a la influyente Asociación, Nacional de Mujeres Españolas (ANME), grupo formado por mujeres de clase media y defensor de la laicidad y del sufragio universal. Asimismo, formó parte de La Juventud Universitaria Femenina y más tarde, en 1931, fundó la Unión Republicana Feminista encargada de difundir, desarrollar y ampliar los logros legales alcanzados por la mujer en la República. Su oposición a la Dictadura de Primo de Rivera le llevó a rechazar determinados cargos y condecoraciones en gestos de insumisión a ese régimen y a la monarquía, por lo que sufrió represalias pero que a su vez le atrajeron muchas simpatías -y antipatías- por su valor y coherencia en medios republicanos. Con la llegada de la República ella y otras mujeres que se habían destacado en el movimiento feminista buscaron acomodo en los partidos republicanos y socialistas para, a través de su presencia institucional, conseguir materializar los principios y las ideas por las que habían estado luchando.

Simpatizaba con el PSOE por la defensa que hacía de la igualdad de la mujer pero la colaboración con la Dictadura de este partido le fue alejando del mismo. Formó en 1929 la Agrupación Liberal Socialista, de corta duración. Como no consiguió encabezar ninguna de las listas de Acción Republicana, el partido de Azaña, aceptó presentarse en el Partido Radical Republicano de Lerroux y consiguió el acta de Diputada por Madrid para el Congreso Constituyente encargado de redactar la Constitución republicana. Pudo presentarse como candidata gracias a un decreto del Gobierno provisional que permitió las candidaturas femeninas aunque no el sufragio activo de las mujeres. Gracias a lo cual ella, Victoria Kent y Margarita Nelken salieron elegidas parlamentarias entre 470 diputados. El hecho de que a las elecciones se presentasen solo 11 mujeres señala la minusvalía política del género femenino en la época y las resistencias de los partidos políticos a incorporar a la mujer en sus listas.

Clara Campoamor utilizaba para la difusión de su mensaje plataformas como el Colegio de Abogados, El Ateneo, La Academia de Jurisprudencia y las asociaciones feministas pero ahora le tocaba incidir en el interior del escenario institucional legislativo, espacio en el que la mayoría de los diputados acogía a las mujeres con prevención, desconfianza e incluso temor. Clara Campoamor pidió y consiguió introducirse en la Comisión Constitucional, organismo clave encargado de elaborar las bases de la Constitución y formada por 21 diputados. Allí defendió con elocuencia y razones no solo el derecho al voto femenino sino otros aspectos fundamentales para la mujer como el divorcio, la no discriminación por razones de sexo y otros derechos. La Comisión reconoció el derecho a la igualdad de los sexos pero introdujo el término “en principio” que desvirtuaba ese derecho y permitía a través de enmiendas posteriores su eliminación en la práctica. Clara Campoamor gracias a su voto particular contrario al texto logró llevar el tema al Pleno defendiendo con poderosos argumentos la retirada de ese término.

A lo largo de varios meses Clara Campoamor tuvo que luchar denodadamente para sortear los continuos obstáculos que sobre todo los grandes partidos republicanos iban creando para impedir el reconocimiento pleno del voto femenino: La introducción del termino señalado, la maniobra de intentar intercambiar la reducción de la edad del voto con el sufragio femenino y las innumerables maniobras para hacer inoperante ese sufragio mediante su aplazamiento en el tiempo (dejarlo para una ley electoral posterior, la celebración anterior de una o más elecciones municipales o legislativas…) Clara Campoamor tuvo que salir al paso una y otra vez de todas estas zancadillas, utilizando su oratoria brillante, su lógica de principios aplastante, su serenidad y conocimiento de los partidos, su riqueza de argumentos, su vasta experiencia en el campo de los derechos y problemática de la mujer, su ardiente sensibilidad feminista, su tenacidad y fuertes convicciones… Sus discursos han pasado a la historia no solo por su grandeza expositiva del tema relativo al voto femenino y los derechos de la mujer sino por su valor universal, al exponer conceptos y categorías válidos para otros procesos liberadores. Su participación en la Comisión Constitucional fue de gran ayuda porque le permitió intervenir sin restricciones de forma continua en el hemiciclo. Cuando se votó a favor del sufragio femenino su incorporación en la Constitución por 161 votos contra 121, gracias al apoyo de la derecha, consideró que la batalla la tenía ganada. Pero la retirada de los diputados conservadores y la ofensiva posterior de los grandes partidos republicanos con sus intentos desesperados de aplazar el ejercicio del voto femenino pusieron en grave peligro ese derecho y creyó durante muchos momentos en la posibilidad de una derrota. En uno de sus libros reconoce la situación de agotamiento moral y su fatiga ante la enconada oposición de los componentes del frente centrista republicano-socialista. Ella confiesa en su libro “El voto femenino y yo” la soledad en que se encontraba, la falta de ayuda y el vía crucis que estaba padeciendo: “Se comprenderá lo ayuna de deseos que yo estaba de continuar indefinidamente luchando aislada en favor de este problema, que me perseguía implacable y con el que yo caminaba a cuestas como Sísifo con su peña. Hubiera deseado que alguien me ayudara a conllevarlo; pero este alguien no existía y no podía dejar yo a última hora lo que tanta lucha me costó”. Fue siempre muy consciente de su papel de vanguardia en ese proceso y de su contribución totalmente decisiva a su logro. Ahora que las vanguardias políticas están desacreditadas, el ejemplo de Campoamor nos señala que sin ellas, sin una minoría consciente, decidida e incluso heroica ningún proceso verdaderamente emancipatorio es posible. Las singularidades políticas siempre acompañan a los procesos políticos colectivos. La topología liberadora viene asociada siempre al algebra de las singularidades. Ellas conforman la doble dimensión del sujeto en los procesos emancipadores. Clara Campoamor, revolucionaria en procesos políticos que atañen a derechos ciudadanos democráticos como los relativos a la mujer, tenía un perfil moderado de centro-izquierda en los aspectos políticos-ideológicos generales, alejada de las posiciones de izquierda marxistas o anarquistas. Era una republicana que podía calificarse en términos de clase como “pequeño burguesa”. Pero por sus valores profesionales, su sentido crítico de la sociedad, los círculos intelectuales de clase media en que se movía, su vocación de activista, sus capacidades oratorias, su energía y decisión, sus criterios políticos independientes y la solidez de sus principios se convirtió en elemento clave para la introducción de la política de los derechos de la mujer en el interior del Estado, para conducir el proceso liberador en una de sus principales instituciones, impulsando desde allí de forma creativa el proceso de lo que hoy denominamos empoderamiento social de la mujer. Así, la topología del sujeto, el movimiento en favor de los derechos de la mujer, tuvo en una de sus principales expresiones algebraicas, Clara Campoamor, su complemento imprescindible, dentro de un ambiente de renovación política, social e ideológica, generado por la venida de la República. La lealtad a los principios de igualdad de la mayoría socialista y el apoyo de los pequeños partidos republicanos, entre ellos los catalanes, hicieron el resto.

Las consecuencias de romper con las directrices de su partido tuvieron sus consecuencias políticas. Ella no salió elegida en las elecciones de 1933 y se le achacó de forma injusta la derrota de los republicanos en ellas a mano de las derechas. Clara Campoamor, en un célebre artículo suyo, y otros estudios realizados con posterioridad demostrarían que las razones de esta derrota se debieron a otras causas. La principal, la ruptura de la entente republicano-socialista, consecuencia de sus disensiones internas provocadas por la discusión sobre la mayor o menor velocidad de la aplicación de las reformas y la represión de los anarquistas que hicieron una dura campaña contra el Gobierno republicano. La derecha unida en una gran coalición y utilizando la tensión creada fue la beneficiada ya que se aprovechó del sistema electoral que primaba claramente las grandes coaliciones. El triunfo en 1936 del Frente Popular demostraría que el voto femenino tenía un papel menos decisivo que el que se le quería otorgar y que eran los aspectos políticos y la unidad de las fuerzas políticas lo fundamental. En 1936 la unión de los republicanos con las izquierdas y la llamada de los dirigentes anarquistas a no abstenerse dieron el triunfo a las fuerzas progresistas. Clara Campoamor rompió en 1934 con su partido por su apoyo a la derecha y la represión de la revuelta de Asturias. Intento afiliarse a la Izquierda Republicana pero su pretensión fue rechazada de forma rotunda y humillante. Los republicanos de centro-izquierda no le perdonaron nunca las críticas ni su comportamiento en la discusión del voto femenino. Al final no encontró, como alma independiente, ningún partido que la cobijara y no pudo presentarse a la elecciones de 1936.

Hay que resaltar cuál era el funcionamiento del Parlamento de aquella época en comparación con la rigidez de los actuales. Ello posibilitó el gran protagonismo de Clara Campoamor en los debates debido a las oportunidades de plantear con entera libertad su pensamiento y las posibilidades abiertas por ello para convencer a los indecisos o titubeantes. Era una Cámara donde se debatían ideas y se defendían con argumentos y pasión. Y en estas circunstancias las capacidades persuasivas de una persona como Clara Campoamor tenían que ponerse de manifiesto. Las discusiones eran vivas y existía un reglamento que permitía una intervención más libre de los diputados sin los corsés que hoy día existen. Los partidos políticos tenían sus directrices pero estas no eran rígidas y en los grandes asuntos se podía votar en contra y, más a menudo, abstenerse. Los diputados podían hablar de forma nominal, por cuenta propia, responder a una intervención y manifestar su opinión particular y no estrictamente la de su partido. Como ejemplo y en relación al voto femenino, estrella del proceso constitucional, de los 466 que habían tomado posesión del escaño solo 258 tomaron parte en la votación y el resto se abstuvieron o desaparecieron del hemiciclo. En la votación decisiva 131 se posicionaron por el sufragio femenino y 127 en contra. El PSOE tuvo la defección de Prieto y su grupo. En el partido Radical de Clara Campoamor 5 diputados votaron sí, en contra de las directrices del partido. Los pequeños partidos republicanos y la derecha también tuvieron sus disidencias. Hubo, por lo tanto, una fragmentación de votos considerable consecuencia de la ruptura que produce toda política de verdad en el seno de las instituciones

El debate con Victoria Kent:

El debate en la Cámara entre Clara Campoamor y Victoria Kent ha pasado también a la posteridad y transcendido a su situación política porque en él se puede distinguir la diferencia entre un punto de vista rompedor de la norma social imperante y una visión reformista y timorata de la capacidad política de un colectivo subordinado para transcender sus condiciones objetivas iniciales. Un duelo pues entre el reformismo típico de la socialdemocracia y la posición transgresora de cualquier política que prescriba la igualdad, cualquier política de Verdad.

Victoria Kent apoya el aplazamiento del voto porque, según ella, no era el momento de defenderlo. Renunciaba así a un ideal por el bien de la República. Para esta feminista no era cuestión de capacidad sino de oportunidad.

Campoamor responde que según su convicción, ante un ideal lo defendería hasta la muerte y afirma que por íntima convicción nadie como ella servía mejor en esos momentos a la República. Campoamor no censura a Victoria Kent y reconoce la tortura en la que debía encontrarse su espíritu al negar en la práctica el derecho y la capacidad de la mujer. Y recuerda la amarga frase de Anatole France cuando hablaba de aquellos socialistas que, forzados por la necesidad, iban al parlamento a legislar en contra de los suyos. Como ocurre hoy en día con muchos llamados socialistas en el Estado español y en otros países.

Victoria Kent afirma que solo cuando en un clima social de libertad más apropiado y con las necesidades de sus hijos cubiertas y tomando conciencia de sus derechos de ciudadanía, la mujer se convertirá en la más ferviente defensora de la República.

Sin embargo para Campoamor un derecho democrático, como el voto universal femenino no debe estar condicionado a ningún interés particular, sea este de partido, electoral, ideológico, de opinión o de oportunidad, aunque se revista de interés general elevado, como es la defensa de la Republica. Según ella, para educarse políticamente es necesario actuar políticamente a pesar de las contradicciones que esto pueda dar lugar y menciona la frase de Humboldt cuando este dice que la única manera de madurarse para el ejercicio de la libertad y de hacerlo accesible a todos, es caminar dentro de ella. Campoamor viene a decir que no se puede hablar de un estado absoluto de libertad y Justicia, de emancipación humana y de la mujer definitivo. La Verdad y la Justicia son procesos que se conquistan en la acción cotidiana, aprovechando la oportunidad histórica del momento. Campoamor expresa en el fondo que solo puede alcanzarse la libertad liberándose, sin esperar. Solo se logra la Justicia haciendo justicia en los actos concretos, en su caso reconociendo el sufragio femenino. Como ella señala: “¿Es que creéis que dentro de un año (o de x años) la mujer si iba a estar capacitada. Es que creéis que para esa época vais a conquistar su ideología? Pues entonces porque no empezáis la cruzada rápidamente para conquistarla antes…?”

Aunque la realidad social e ideológica de la mujer en España era algo no desconocido por Campoamor, para ella representaba más un desafío a superar que un freno para negar un derecho como el del sufragio femenino. Campoamor se negaba a aceptar de forma resignada y pasiva aquella situación de opresión y dependencia femenina y a pesar de las tensiones y desequilibrios que el reconocimiento del voto -y otros derechos- a la mujer podían generar, defenderá hasta el final su planteamiento democrático, su política, apostando porque en el futuro ella conduzca a una mayor autonomía de la mujer y a un mayor desarrollo de sus potencialidades humanas. Campoamor distinguía perfectamente entre esa situación de postergación en la que se encontraba la mujer española y la capacidad política de esta, capacidad no derivada mecánicamente de las condiciones sociales en las que vivía, de su posición estructural. La política emancipadora, venía ella a decir, no está limitada por las circunstancias sociales. La política tiene sus propias reglas y la mujer española -y eso lo ilustraba ante los diputados con continuos ejemplos- había luchado históricamente por sus derechos, la mejora social, la libertad y contra la represión de los gobiernos.

Según Victoria Kent, la mujer “para encariñarse con un ideal necesita algún tiempo para convivir con el mismo ideal. Si todas las mujeres fueran obreras y universitarias y estuviesen liberadas en su conciencia, yo me levantaría, hoy frente a toda la Cámara para pedir el voto femenino”.

Campoamor niega esa aristocratización de las conciencias y esa jerarquización de la valía y defiende la capacidad de todas las mujeres con independencia de su condición social. Y se pregunta por qué los hombres no necesitan de largos años para su formación política y por qué se la supone a esta superior a la de la mujer. “¿Por qué unos tienen derechos y otras no?” Ella rechaza el olvido de Kent de aquellas mujeres -la mayoría- que no son universitarias ni obreras y responde:”¿No sufren estas como las otras las consecuencias de la legislación. No recae sobre ellas toda la consecuencia de la legislación que se elaboran aquí para los dos sexos, pero solamente dirigida y matizada por uno?…”

Debate entre el Diputado republicano Pérez Madrigal y Campoamor:

Este es un debate importante porque se contraponen, según Pérez Madrigal, dos principios: El Republicano y el derecho al voto femenino.

Campoamor defiende el derecho al voto femenino, la posibilidad real de que la mujer ejerza el voto no en el futuro sino en el presente, frente a la hipótesis defendida por el republicano de la posibilidad, si eso ocurre, de la desaparición de la propia República.

El Sr. Madrigal niega el principio del voto femenino para apostar por otro principio que él considera superior: el Republicano, bajo la hipótesis de su posible desaparición si el primero se consuma inmediatamente.

Campoamor defiende el voto femenino como garantía precisamente del mantenimiento de la República. Para ella, no existe contradicción alguna entre ambos sino complementariedad.

El Sr. Madrigal contrapone ambos principios y subordina uno de ellos, el derecho al voto de la mujer, en la hipótesis-imaginaria, de la desaparición del otro, el principal, el Republicano. Este Diputado no considera que el voto otorgado a la mujer sea un derecho compatible con la existencia de la República

Campoamor, por el contrario, muestra este derecho como parte fundamental de la República, entendida esta como un espacio político de defensa y ejercicio de los valores y principios democráticos y no solo como forma de Gobierno.

A lo largo de las intervenciones de Clara Campoamor en el hemiciclo va desgranando una serie de valores, enunciados y reflexiones que van más allá del derecho al voto sino que conciernen por extensión a cualquier otra situación política democrática:

Para ella no existe más patriotismo que el de los derechos democráticos, concretamente el derecho de las mujeres a la igualdad y la libertad. El principio democrático no admite jerarquía de derechos. En la defensa de los derechos democráticos de las mujeres no se encuentra exclusivamente la idea del feminismo, sino principalmente la idea del humanismo, la de ciudadanía y el deseo de colaborar al establecimiento y consolidación de la República. El respeto a los principios democráticos es el arco de triunfo de la República, el ser de la República. Los derechos no deben ser concebidos según el interés de cada grupo o según sus deseos. El peligro para la República no radica en el cura, en la reacción o en la propia mujer, sino en todos aquellos y en especial los republicanos y algunos partidos de izquierda que no han realizado los esfuerzos políticos necesarios para alterar la situación de dependencia de aquella. La política no puede ser cosa de uno sino de dos. La mujer no es un peligro para la República pues ella ha reaccionado frente a la Dictadura y ha luchado en favor de la República. El reconocimiento del voto femenino no solo constituye un principio democrático sino un problema de ética, implica reconocer a la mujer como ser humano, con todos sus derechos, por lo tanto se trata de un problema de decisión política.

Para Campoamor la postura de los republicanos detractores no se daba en la dimensión de un principio, en la defensa o rechazo de un principio, sino en la dimensión del temor, la conveniencia política, los intereses del partido y la convicción intima de la inferioridad de la mujer.

Campoamor habla de confianza frente al temor de los republicanos y las izquierdas. Confianza en la capacidad política de la mujer, con independencia de su situación social; es decir en la mujer considerada y tratada como un sujeto político. Ante el temor de tantos varones al contemplar de forma estática la realidad social del presente de la mujer, la confianza de Campoamor en su fuerza política, en su irrupción en la escena del cambio político a través de su lucha por la conquista de unos derechos, no solo propios sino comunes a toda la sociedad. Confianza en la configuración de la mujer como sujeto político y en la aparición de una ciudadanía política, presentada como una potencia dinámica de futuro. Según ella la República se salvará y se verá reforzada incorporando esa fuerza en la dinámica del cambio, a partir del cual vendrá su paulatina redención social. Campoamor expresa de esa manera el exceso de la política sobre la base social y el papel de motor que ella ejerce en la transformación social y en el papel de la mujer.

Las consecuencias de la conquista del voto femenino, así como del resto de derechos que la República otorgó a las mujeres, al contrario de lo que pensaron algunos timoratos fueron muy positivos, tanto para la creación de una conciencia femenina y una identidad propia como para la integración de la mujer en la dinámica de cambio republicana. Los efectos no fueron solo ideológicos sino también reales. Aunque no transformaron la realidad social de una manera acentuada concedieron oportunidades de promoción, sobre todo dentro de la clase media cuyas mujeres pudieron acceder a cargos y puestos públicos anteriormente vetados a ellas. La política Republicana con respecto a la educación con la creación de centros públicos y las campañas pedagógicas aceleraron los procesos de incorporación de la mujer a los diferentes grados de enseñanza y la reducción en 40% del analfabetismo femenino. En el bachillerato en pocos años se pasó del 20% de mujeres inscritas sobre el total de estudiantes a un 30%. En los estudios universitarios de un 6% a un 8% y en los cursos para adultos de un 2% a un 10%, aunque la crisis económica y el mantenimiento del rol anterior de la mujer impedían que esto se plasmase de forma general en un aumento de la población activa femenina. El voto femenino impulsó a los partidos a crear secciones femeninas prácticamente en todos ellos y a incorporar en ellas a un número importante de féminas, aunque se mantenía la discriminación política y funcional ya que se trasladaba la dependencia existente en el hogar a la arena política, continuando en ella la subordinación de la mujer. Campoamor se quejaba que los partidos republicanos no hacían esfuerzos para incorporar a las mujeres en las candidaturas ni en los puestos de relevancia de esas organizaciones.

La necesidad del voto femenino hizo que se introdujeran algunas reivindicaciones femeninas en los programas de los partidos y que aumentase el número de candidatas y electas aunque todavía muy moderadamente. De las tres mujeres elegidas en 1931 se pasó a 5 en 1933 y a otras 5 en 1936, aunque las candidatas se multiplicaron por cuatro, siendo la presencia femenina tanto en el primer caso como en el segundo mayoritariamente de izquierda (Partido Comunista y Socialista). La mujer estuvo muy presente en las campañas electorales y se considera que su movilización en las elecciones de 1936, que dieron el triunfo al Frente Popular, contribuyó de una manera relevante a ese resultado.

Además de la incorporación de la mujer a los partidos y sindicatos se crearon nuevas y poderosas asociaciones femeninas, tanto de derechas e izquierdas como simplemente republicanas, sobre todo a raíz del triunfo del Frente Popular y el levantamiento militar franquista. Las mujeres protagonizaron importantes huelgas sobre todo después del triunfo del Frente Popular. La polarización política en la República hizo que la dinámica social y política estuviese dominada por el paradigma de clase sin que el protagonismo de la mujer adquiriera perfiles propios definidos. Las conquistas de la mujer durante la República se tradujeron en un apoyo considerable de las mujeres republicanas y de izquierdas a esta, sobre todo a raíz del golpe de Estado. Las mujeres, tanto como milicianas como luchando en la retaguardia, participaron activamente en la contienda y la represión posterior franquista contra ellas fue una consecuencia de su implicación política. La República y la guerra dieron lugar a la aparición de un conjunto de mujeres que tanto en el desempeño de cargos públicos como en la esfera política, social, sindical y social constituyen símbolos mundiales del protagonismo femenino en el periodo republicano. El voto femenino y la figura que lo protagonizó, Clara Campoamor, no pueden desligarse de la aparición de un sujeto político femenino y de su contribución a la causa republicana.

Creemos que lo que hemos expuesto sobre la lucha por el voto femenino puede ser también aplicable en Euskal Herria al espinoso problema de la Amnistía. Somos de la opinión -aunque en este delicado tema al no estar directamente implicados se puede criticar, con razón, nuestra postura- que, de la misma manera que en el sufragio de la mujer, la Amnistía se trata de una reivindicación actual y no potencial a conseguirse en un cierto futuro cuando se haya logrado la libertad de nuestro pueblo o el cambio drástico de la situación política. La amnistía es una reivindicación totalmente legitima en el presente y existen argumentos jurídicos, políticos y de convivencia para reclamarla y luchar por obtenerla aquí y ahora. No es un obstáculo para la solución del conflicto, ni un peligro para el proceso de liberación nacional de nuestro pueblo. Al contrario, y como en el caso del derecho al voto de la mujer, es un componente indivisible de ese proceso, una pieza básica. Si se rechaza por motivos de eficacia, escasez de apoyo social o argumentos de imposibilidad entramos en una situación peligrosa. Su negación está llevando a la división del colectivo de presos, a su dispersión real, a la pérdida del contenido político y a hacer a los reclusos responsables individuales de la situación de opresión. Origina un pragmatismo que conduce a la aceptación de la legislación creada para destruirlos a ellos y al movimiento, aunque se trate de separar la ordinaria de una extraordinaria. Por el camino: renuncias éticas, condena a prolongar la salida de prisión sin fecha a un número considerable de presos y observación de comportamientos que se alejan mucho de las prácticas de honestidad que se predican. Todo ello está debilitando la imagen de la izquierda abertzale actual y su posibilidad de conducir a nuestro país hacia un horizonte real -y no solo virtual- de soberanía y libertad.

One thought on “Clara Campoamor y la política transformadora

  1. Un análisis lúcido. De los que escasean últimamente. Recuerda y demuestra que el progreso consiste en “ser realistas y pedir lo imposible”. Porque lo que importa no es cuántos tengamos razón, sino cuanta razón tengamos.

UTZI ERANTZUN BAT - DEJA UN RESPUESTA

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