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Autor: Borroka garaia da!

Hoy Arnaldo Otegi, futuro candidato a lehendakari del parlamento autonómico vascongado nos relata en el diario Gara que aquí, en Euskal Herria, sí se puede. Lo que no queda demasiado claro es exactamente qué es lo que se puede, más allá del genérico “cambio” del que hablan todos los partidos desde que Felipe González inventara el lema “por el cambio” allá en los 80 para gestionar las instituciones. Por lo que habrá que remitirse a que “lo que se puede” sea a la necesidad de como bien afirma “sacar a nuestro pueblo de la situación de impasse en la que se encuentra, para que avance, para que se mueva”.

Arnaldo propone para ello elaborar una “hoja de ruta que comience a recuperar nuestra soberanía nacional y social”, lo cual me parece muy bien y estoy de acuerdo. Lo que ya no me parece tan bien es el planteamiento que promueve para ello y los paradigmas planteados para salir del impasse. Por un lado porque son los mismos que los llevados a cabo durante los últimos años y en una parte importante son responsables precisamente del impasse (y retroceso) del proceso de liberación y por otro lado porque a la izquierda abertzale junto al soberanismo de izquierda les ha hecho entrar en una crisis de difícil salida que incluso les ha llevado a cosechar los peores resultados electorales de toda su historia. Y aun siendo siempre de relativa importancia los resultados electorales son incluso otros también los apartados donde la alarma roja está dada. Tanto en el movimiento popular, como en la generación y activación de la militancia hasta incluso la dinámica sindical.

Todo esto no se puede solventar sacando pecho y diciendo lo muy vascos y diferentes que somos y votamos los vascos en contraposición al español, mientras el proceso de liberación nacional y social hace aguas por todas partes y la clase trabajadora vasca se encuentra sin apenas referencias y siendo pasto de las consecuencias de la crisis. Indefensa.

Y es que no solo como afirma Arnaldo“este Estado y las políticas de sus diferentes gobiernos nos han empobrecido, lastrados por una estructura socioeconómica decadente y sin futuro” sino que también y muy visiblemente el gobierno autonómico del PNV lo ha hecho. La inoperancia de una izquierda abertzale que no ha querido asumir compartidamente ante unas condiciones objetivas que lo pedían a gritos que una clase trabajadora vasca sea oposición y alternativa y haya regalado al PNV su preponderancia en nombre de la “nueva estrategia” le ha reforzado en el centro del carril político vasco. Esta situación de dependencia ha posibilitado tanto la incapacidad para abrir un proceso soberanista decidido, como el ahogamiento de la respuesta social ante la ofensiva capitalista pasando por el encierro autista en las paredes de la institucionalidad española.

Cuando la crisis ha estado y está golpeando sin piedad a cada vez más familias vascas, en vez de alzar el grado de conciencia de las masas y actuar en consecuencia se ha salido con el vivir mejor y la eficacia económica, con el compararnos con los estados burgueses europeos de alta escala. “Inhibiendo no solo nuestras capacidades generadoras de riqueza, sino incluso imposibilitándonos el reparto más justo de la misma” afirma Arnaldo, pero no se puede contentar a la clase burguesa vasca que cuenta con los generadores y al mismo tiempo a la clase trabajadora. Se apela al egoísmo de los sectores populares más atrasados o desideologizados y a los intereses de clase de la pequeña y media burguesía; ello en detrimento de otros razonamientos más ideológicos y políticos, como es el de la explotación social. A nadie se le explica que es eso de los generadores de riqueza y quién cuenta con el monopolio de ellos (los medios de producción). Si así fuera no se hablaría tan alegremente de “nuestras capacidades generadoras de riqueza”.

La falta de sensibilidad que el Gobierno Vasco ha demostrado en el tema de los convenios colectivos con la mayoría sindical vasca o las reservas manifestadas por Podemos hacia las consultas organizadas por Gure Esku Dago van precisamente en la dirección contraria a lo que estoy planteando”. Y nada indica que incidir en una estrategia basada en esa dirección sea practicable. En primer lugar porque no es de esperar que el gobierno vascongado, el PNV y la burguesía vasca tengan sensibilidad social, sería tanto como esperar que la clase burguesa cedería sus privilegios porque un día se levantaran de la cama sensibles. La estrategia interclasista del capitalismo amable para el cambio social se agota nada más plantearla porque los intereses de clase siempre prevalecen. Y en cuento a Podemos no se puede pedir peras al olmo. Podemos no defiende el derecho de autodeterminación emanado libremente de la sociedad vasca sino emanado de la constitución española ( y eso en la teoría).

El planteamiento de Arnaldo en definitiva está en la centralidad institucional española: “los Parlamentos de nuestro país”,“el impulso democratizador tendrá sus únicos epicentros en Iruñea, Gasteiz” y en el acuerdo entre PNV, EH Bildu y Podemos mediante un compromiso trilateral que los englobe junto al resto de agentes “PNV, Podemos o EH Bildu, necesitamos un compromiso que englobe además de a estos tres, al conjunto de agentes sociales, para sacar a nuestro pueblo de la situación de impasse”. Este paradigma toma a los partidos y al institucionalismo como eje y deja en segundo plano al pueblo trabajador vasco, al sujeto real. El único que puede activar verdaderamente un proceso soberanista y un proceso de cambio social. A parte de reforzar el partidismo, los activos sociales quedarían como meros espectadores de la competición electoral “ese cambio puede empezar a materializarse en las próximas elecciones de otoño”.

Esta perspectiva institucionalista y electoralista no deja apenas espacio para que verdaderamente se pueda iniciar proceso soberanista. Esa perspectiva interclasista tampoco deja espacio para procesos populares y de cambio social. La dependencia hacia PNV o Podemos también bloquea que sea la sociedad vasca en toda su expresión la que por encima de intereses partidistas avance. Y es que los acuerdos políticos por arriba entre direcciones de partidos de darse siempre son fruto de correlaciones de fuerza y procesos sociales que los ponen contra las cuerdas en muchas ocasiones, por lo que revertir el proceso a parte de empezar la casa por el tejado te deja sin sus pilares o bases.

El proceso soberanista vasco de iniciarse realmente responderá a movimientos de la sociedad vasca, no de partidos que lo querrán en todo caso bloquear, absorber, ralentizar o direccionar por lo que estar a la espera de las cúpulas políticas de los partidos es un suicidio político. Los que tienen que desarrollar una agenda nacional y social en primera instancia son los interesados e interesadas en ello y las formas de adhesión no tienen que ir enfocadas al partidismo sino sobre todo a las personas y también a los colectivos. Sin un movimiento popular fuerte en todos los sentidos, sin una sociedad organizada no hay nada que hacer sino esperar a las elecciones de otoño y luego a las siguientes y así siempre. Hasta que se agoten las rentas del proceso de liberación nacional y social, que por si alguien no se ha dado cuenta se están agotando mientras el independentismo retrocede y la apatía social avanza.

Porque aquí, en Euskal Herria, sí se puede, desde el soberanismo y la izquierda, solo cuando confiemos realmente en que solo el pueblo trabajador organizado puede solucionar sus problemas y no ningún partido o partidos por muy grandes que sean.

Se nos está escapando una situación objetiva perfecta para poner en marcha a una clase trabajadora vasca rebelde, solo si sabemos dejar atrás los viejos paradigmas institucionales de la socialdemocracia. EH Bildu debe recorrer ese camino antes de que sea tarde. Esa es la verdadera autocrítica necesaria a día de hoy y mirando al futuro.

2 thoughts on “Aquí sí se puede (pero no con estos fardos)

  1. De acuerdo también, al menos en principio. Se den o no las “condiciones objetivas” (difíciles de evaluar desde la mera teoría), de lo que no tengo duda alguna es que hace ya tiempo que echo de menos, al menos, poder votar a una opción tipo CUP, poder participar en ella incluso (algo que no me parece viable ni en EHB ni en Podemos-IU, ya que están demasiado a la derecha de mis planteamientos).

    Una observación importante que creo que hay que hacer respecto a estas dos fuerzas políticas es que ambas están de alguna forma ancladas en la distancia; la primera cada vez más en la distancia temporal: tiene fuertes raíces locales en el pasado pero en el presente cada vez parece más un mero fantasma, movido por mera inercia, sin vigor propio; la segunda tiene raíces más recientes sin duda pero distantes en lo geográfico, con lo que tiene una categoría de sucursal, de cáscara vacía, de proyecto alienígena (foráneo) con una autonomía muy limitada y un vigor meramente electoral.

    La gente que, más o menos pensamos así, se divide a la hora de votar entre estas dos opciones y la de la abstención (más raramente en el voto protesta a listas “raras”). Los que votamos lo hacemos por eso del “mal menor” o más correctamente el “bien menor” (mejor obtener algo que otra vez nada de nada, mejor que ganen los reformistas que otra vez la derecha burguesa pura y dura), pero he de decir que me preocupa sobremanera esa actitud de acercamiento discursivo al PNV por parte de EHB, en concreto de Otegi en este caso, ya que imita casi al dedillo el discurso fracasado de Iglesias en el estado respecto al PSOE, que es sin duda una de las causas principales de su sangría electoral, ya que aliena al “núcleo duro” de sus votantes de izquierda sin atraer a prácticamente nadie de aquellas fuerzas “de centro” a las que amaga aproximarse.

    Ambos están pensando más en clave de alianzas post-electorales que en clave de movilizar los apoyos propios, en clave de reformas concretas negociadas que en clave de establecer una base programática radical y ética que aglutine en torno a sí a los sectores más conscientes del pueblo, que amase fuerzas para intentar cambiar las cosas. Ya se verá luego exactamente cómo y qué es posible, pero a priori, ese no es el quid de la cuestión: los líderes políticos no deben ser analistas, deben reservar esa capacidad para los debates internos, no los mensajes externos, no son tertulianos que pueden dar una de cal y otra de arena, sino que deben ser catalizadores de la voluntad y la esperanza de las masas, atractores extraños que generan vórtices de cambio, revoluciones en potencia.

    En Euskal Herria, como en España, con el discurso de la moderación y las reformas no vamos a ninguna parte sino a más de lo mismo. Es cierto que esta “vía reformista” es, casi con certeza, parte inevitable de la dialéctica, de las contradicciones de la lucha de clase, definidas en gran medida por la dominación discursiva por parte de la burguesía, que controla tanto el estado como los medios, negando la mayor, la posibilidad o necesidad revolucionaria, pero también es cierto, más cierto aún si cabe, que hay que ir más allá y disputar activa e inteligentemente el terreno a los reformistas. Va siendo hora…

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