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Algunos precedentes

Históricamente se la conoce como la “Kristallnacht”. Su traducción al castellano es “la noche de los Cristales Rotos”. Con esta denominación se identifican los sucesos acaecidos en Alemania entre el 9 y el 10 de noviembre de 1938. Durante aquella jornada nocturna, los nazis iniciaron toda una cadena de violentos ataques combinados en contra de los bienes y personas de otros alemanes de etnia judía.

Aquel “pogrom” fue presentado por la prensa de entonces como una reacción espontánea de la población alemana contra los judíos, por el asesinato dos días antes del secretario de la embajada alemana en París, Ernst vom Rath, a manos de un joven alemán de origen judío.

Hoy está ampliamente probado, sin embargo, que aquellos actos de “repudio” antisemita fueron previamente organizados por el ministro de propaganda del Reich, Joseph Goebbels, y ordenados personalmente por el mismo Adolf Hitler.

Setenta y seis años después de aquella trágica noche, en marzo del 2004, en los trenes suburbanos que conducen a la ciudad de Madrid tuvo lugar un bárbaro atentado que acabó con la vida de 193 pasajeros que viajaban en ellos. El ministro del Interior de entonces, Ángel Acebes, dictaminó que la organización responsable de aquella masacre era el grupo armado vasco ETA. El gobierno ultraconservador de José María Aznar, a su vez, dio rápidas instrucciones a su cuerpo diplomático para que la información que proporcionara a los medios de comunicación exteriores tuviera una sola orientación: “la organización responsable del atentado era ETA”. Con la atribución premeditada del atentado, el PP pretendía reconducir los resultados de las elecciones que iban a tener lugar tres días después.

Tanto en una como en otra circunstancia la búsqueda y la señalización de hipotéticos “culpables” abrigaba un solo propósito: hacer que la ira de la población coincidiera políticamente con los intereses gubernamentales del momento.

Las dos referencias aludidas no son hechos históricos aislados. Hechos similares se han repetido en infinitas ocasiones, tanto ahora como durante nuestro pasado más inmediato. Esta retorcida forma de proceder es usual entre los grupos que detentan el poder. Su finalidad es instrumentalizar a su favor a la opinión pública. Podría incluso decirse que se trata de una herramienta habitual en la práctica de la gobernanza, tanto en las sociedades de hoy como en las de ayer.

UNA CADENA DE CONTRADICCIONES Y MENTIRAS

Especular sobre este tipo de acontecimientos ha estado siempre rodeado de riesgos. Primero, porque no se cuenta con los datos suficientes para poder encajar las piezas de los rompecabezas que los acompañan. En segundo lugar, porque al tratarse de un intento de manipular los sentimientos colectivos por parte de los aparatos del poder y de sus grupos mediáticos, quienes se atreven a emitir un juicio divergente al discurso oficial corren el peligro de ser fulminantemente descalificados, sin que cuenten nunca con la más mínima posibilidad de réplica en los medios de mayor alcance.

Desde las primeras horas de la noche en la que tuvo lugar el brutal atropello colectivo de centenares de ciudadanos que conmemoraban en Niza la fecha del asalto revolucionario a la Prisión de la Bastilla, empezó a estar claro que en el relato oficial transmitido, tanto por los medios de comunicación galos como por los internacionales, había datos que no casaban, que resultaban contradictorios y que no respondían a los patrones de un atentado yihadista clásico. Generalmente, la recogida de testimonios a pie de calle no suele coincidir con las versiones elaboradas en las salas de redacción de los grandes medios, o en los discretos laboratorios de los servicios de inteligencia. Y este caso no fue una excepción.

La información emitida por los organismos oficiales deseaba dejar como muy sentado que se trataba, sin margen para la duda, de un acto más de “la guerra abierta que el Islam ha emprendido contra Occidente”.

Para corroborarlo, acompañaron su atribución con datos que luego resultaron ser inciertos:

– que el camión iba cargado de armas;

– que se había producido una toma de rehenes en un importante hotel de Niza;

– que el conductor del camión y un acompañante iban disparando desde el vehículo en contra de los viandantes, testimonio desmentido por un español que presenció personalmente el acribillamiento del camión y de su único conductor;

– que desde diferentes puntos de la ciudad balneario se estaba oyendo múltiples ráfagas de ametralladoras, lo que hizo cundir una pavorosa estampida que puso doblemente en peligro la vida de la gente, etc., etc.

Pero en el transcurso de las jornadas siguientes, aunque el contenido del mensaje para la ciudadanía continuó siendo que se había tratado de un atentado yihadista, los datos que se empezaron a filtrar a cuenta gotas ya no permitían aceptar la hipótesis, no abandonada hasta el momento que escribimos este articulo, de que dicho atentado fue el resultado de una organizada conspiración del Isis.

Lo que hoy podemos saber de manera fehaciente es que:

1º) De acuerdo con los testimonios de sus familiares y vecinos, el conductor del camión no respondía al arquetipo de un musulmán. No era de religión musulmana, se emborrachaba con frecuencia, comía carne de cerdo y permanecía frecuentemente bajo los efectos de las drogas que tomaba.

2º) Según manifestó su primo, Mohamed Lahouaiej, Bouhlel no iba nunca a la mezquita. Jamás se le pudo ver practicando la oración musulmana y nunca ayunó en el Ramadán.

3) Por el testimonio que han proporcionado sus parientes más cercanos, entre ellos su propio padre, Bouhlel era mentalmente un desequilibrado que había estado en tratamiento. Violento con los que le rodeaban y agresivo con su propia esposa, terminó empujando a ésta a divorciarse de él.

4) Bouhlel, igualmente, tenía una conducta laboral pésima. Había perdido su trabajo por quedarse dormido mientras conducía, provocando una grave colisión con cuatro automóviles que permanecían aparcados. Por esta razón perdió su empleo.

5) Bouhlel era conocido por la policía de Niza. Figuraba en sus ficheros. Sin embargo, no constaba en la lista de los terroristas potenciales o adscrito ideológicamente a los ultraconservadores religiosos del Isis.

Sin que hoy se pueda entrar todavía en otras estimaciones a causa de la ausencia de datos verosímiles, lo único que sí se puede afirmar rotundamente es que el presidente Holland ha prorrogado el Estado de Excepción en Francia por tres meses más.

No es este un hecho que se pueda considerar “casual”, ni que carezca de importancia en el marco de la situación social por la que atraviesa Francia. Para dentro de apenas un mes y medio, los sindicatos y las organizaciones sociales francesas han anunciado que reiniciarán su dura carga en contra de la Reforma laboral que la patronal gala quiere imponer a los asalariados. Se trata de una virulenta confrontación social en la que ambas clases sociales, la burguesía y la clase trabajadora, se están jugando el futuro.

Para desentrañar las claves de lo que ha sucedido tras los dramáticos eventos de Niza quizás sea preciso recordar que, durante meses, el Ejecutivo socialdemócrata francés ha utilizado las leyes de excepción como herramientas legales para paralizar las multitudinarias movilizaciones y confrontaciones sociales generadas por un intenso combate social.

Escóndase lo que se esconda tras la evidente manipulacion informativa del suceso de Niza, la actuación individual de un desequilibrado mental ha venido a coincidir, milimétricamente, con los intereses de la gran patronal francesa y de sus mandatarios en el Ejecutivo de ese país.

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