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Artículo de colaboración para Borroka Garaia da!. Autor: Iñaki Gil de San Vicente

Nota: este artículo fue escrito a petición de hermanos de lucha de Nuestra América que enviaron el texto del compañero Gabriel Ángel a varios camaradas. Dudé en responder y lo medité. Recibí una segunda petición para que lo entregara en un plazo breve. Lo escribí y envié. En ningún momento me inmiscuyo en los debates latinoamericanos sino que deliberadamente me ciño sólo al artículo de referencia. Quien desee acceder a más opiniones puede hacerlo en http://www.abpnoticias.org y en http://www.boltxe.eus

El artículo del compañero Gabriel Ángel –Las vías para la revolución y el socialismo siguen siendo exploradas-, la respuesta del compañero Narciso Isa Conde, ambos en A propósito del artículo de Gabriel Ángel (FARC-EP) (13 de junio de 2016, http://www.abpnoticias.org); y el texto del compañero Dax Toscano –La firma de la paz en La Habana, las FARC-EP y las críticas de la «ultraizquierda» (8 de julio de 2016, http://www.abpnoticias.org) y también el del compañero Jorge Beinstein –Los embrollos de una exploración sin rumbo. Respuesta a Gabriel Ángel (18 de junio de 2016, http://www.abpnoticias.org)–, forman parte de una reflexión que trasciende a Colombia y Nuestra América

Como es comprensible el punto central del debate es el de la dejación de armas, cuestión sobre la que daré mi opinión al final. Dejando de lado las diferencias de matiz secundario que tengo hacia los artículos de Narciso, Dax y Jorge, que hago míos en su núcleo, sí creo que es necesario reflexionar sobre algunas cuestiones del texto de Gabriel. Ignoro hasta qué punto lo escrito por él refleja la opinión oficial de las FARC-EP, así que me ceñiré a sus palabras e intentaré respetar el espacio que el compañero Gabriel ha utilizado.

Gabriel Ángel dice: «Consideramos superado el viejo debate sobre el dogma marxista. Para todos es claro que como valiosa fuente del conocimiento económico y social, su invalorable herencia dialéctica impone considerarlo como una guía y no como un decálogo de mandamientos. Abraham Lincoln gustaba de repetir que una brújula nos señalaba donde estaba el norte y la dirección que queríamos seguir, pero no nos mostraba los abismos, los desiertos, ni los lodazales del camino». Hay una profunda contradicción entre la primera y la segunda parte de este párrafo: la primera refleja la dialéctica marxista, la segunda el instrumentalismo filosófico. Esta contradicción recorre el texto de Gabriel Ángel.

Desde el neolítico los humanos se orientaban con mapas, por el sol y los astros, por las corrientes, etc. La orientación era una técnica empírica y luego una protociencia en la que la brújula se integró como un instrumento más. Salvando las distancias, esto sucede con el marxismo: la subteoría estrictamente política es válida pero necesita de las subteorías económicas, históricas, sexo-género, filosóficas, éticas, psicológicas, antropológicas, estéticas, culturales, nacionales, etc., que también existen en el marxismo como método y guía coherente en su unidad y totalizante en su crítica radical a cualesquier forma de opresión. ¿Por qué entonces ha recurrido a un símil tan limitado y equívoco? Es el autor el que debe responder a esta duda. Nuestra hipótesis al respecto consiste en que el autor subvalora la importancia decisiva de la teoría en el sentido marxista arriba expuesto.

Para el objetivo de este texto, se puede decir que la teoría sustantiva del marxismo es la que muestra por qué se concentran y centralizan los capitales y se agranda la división entre la minoría propietaria y la inmensa mayoría expropiada. Semejante espiral destructiva genera más y más crisis parciales cada vez más interconectadas, e intensas, forzadas en definitiva por la tendencia a la baja de la tasa media de ganancia. Ahora mismo, sigue golpeando la Gran Crisis iniciada en 2007, sobre la que volveremos luego.

Sobre esta teoría se yerguen estrategias y tácticas concretas, parciales, continentales o locales, muchas derrotadas y otras integradas en el sistema, pero algunas victoriosas siquiera durante el tiempo suficientes para mostrar que es posible avanzar o resistir en la lucha de clases, de liberación nacional, antipatriarcal, anticonsumista, etc., una a una y en conjunto confirman la corrección de la crítica marxista al capitalismo. De ellas se extraen lecciones que reorientan los rumbos parcial o totalmente según sus lecciones particulares. Gabriel Ángel analiza la experiencia continental de Nuestra América diciendo que: «Consignas y tácticas nuevas, fundadas en el accionar multitudinario de las masas, nos ayudaron a ratificar que estábamos en lo cierto, las revoluciones no volverían a tener los moldes clásicos». La primera parte es cierta por lo que hemos explicado: las derrotas, las escasas y fugaces victorias, los cambios sociales y las nuevas represiones burguesas, las innovaciones introducidas por la inventiva de los pueblos explotados… son estudiadas autocríticamente por la izquierda revolucionaria. Pero es errónea la segunda si por «moldes clásicos» el autor se refiere a la crítica sustantiva que el marxismo hace al capitalismo, arriba resumida en lo básico.

Esperemos que no sea eso y que por «moldes clásicos» entienda el dogmatismo que denuncia. Aun así, pervive su minusvaloración de la teoría en su sentido dialéctico. Veamos. Gabriel Ángel habla de los cambios desde 1917: ¿y por qué no desde, por ejemplo, 1865? Hacia esa fecha se inició un cambio que Engels plasmó, en 1895, en un artículo –La Bolsa-, desarrollando las tesis de Marx sobre el capital ficticio. Siglo y medio después, la suerte de Nuestra América y del mundo es incomprensible sin las feroces luchas de los pueblos contra la tiranía del capital ficticio, que es una de las expresiones del capital financiero que, como fase histórica, estaba ya desplazando a la colonialista, agudizando todas las contradicciones del sistema. Gabriel Ángel tampoco se refiere a este cambio de fase, sino a esto: «Lenin no conoció el fascismo ni la doctrina de la seguridad nacional, no pudo teorizar sobre la crisis económica de 1929 ni sobre la capacidad del capital para reproducirse y concentrarse aún más como consecuencia de ella. En el año 2008 tuvo lugar la más reciente crisis mundial del capital, pero pese a su profundidad y alcance, al contrario de lo previsto por los clásicos, estuvo aún muy lejos de representar el quiebre del sistema. El viejo edificio todavía parece firme».

Lenin sí conoció el fascismo que apareció en 1918 junto a otros movimientos paramilitares y protonazis; también conocía los textos de Marx sobre el bonapartismo y las guardias armadas formadas por lumpen y pequeña burguesía y campesinado. El IV Congreso de la III Internacional de finales de 1922, viviendo Lenin, redactó un textito brillante sobre el peligro fascista. En vida de Lenin, la Internacional Comunista estudió muy minuciosamente las innovaciones represivas de la burguesía mundial. Lenin no vivió la crisis de 1929, pero sus causas decisivas –no sus formas secundarias– ya estaban adelantadas en las críticas marxistas anteriores a él, en la teoría del imperialismo contemporáneas a Lenin y de él mismo. Fue Lenin quien, criticando el catastrofismo mecanicista y la tesis de la inevitable caída del capitalismo, advirtió que siempre se recuperaría si no era destruido mediante la revolución socialista.

La Gran Crisis de 2007 descubre la interacción sinérgica del poder casi incontrolable del capital financiero en todas sus expresiones, con la ferocidad del imperialismo bajo la presión de la ley de la caída tendencial de la tasa media de ganancia. La expansión del capital financiero no responde solo a las presiones endógenas de la valoración del capital improductivo, como ya sucedía cada vez más desde el siglo XVII, sino también a las presiones exógenas, políticas, para activar esas masas de capital improductivo mediante la financiarización. La ferocidad imperialista es vital para la financiarización. Pues bien, semejante sinergia económico-política y militar, además de cultural, está a su vez presionada desde finales del siglo XX por la crisis socioecológica, el agotamiento de los recursos y la militarización termonuclear, bioquímica y cibernética.

Ahora se asume ya incluso en el reformismo duro la incompatibilidad entre el capital y la vida. Los primeros marxistas fueron ridiculizados cuando en 1848 afirmaron que la lucha de clases podía concluir en la destrucción mutua de los bandos enfrentados. En El Capital, como en toda la obra de Marx y Engels con diferentes énfasis y algunas contradicciones, se explica el antagonismo entre el capital y la naturaleza, las relaciones históricas entre salario y guerra, la tendencia a la militarización y hasta la «profecía» de una devastadora guerra internacional como sucedería en 1914. En 1915 Rosa Luxemburg expuso el dilema de: socialismo o barbarie, y los bolcheviques de 1919 el de comunismo o caos. Alguna izquierda revolucionaria de los años setenta y ochenta teorizó la fase exterminista del capitalismo. La crisis exacerba las contradicciones al fusionarlas sinérgicamente bajo la presión ciega de la necesidad de valoración de capital: la vida debe ser convertida en valor de cambio.

Gabriel Ángel sostiene que el capitalismo no ha estallado, «al contrario de lo previsto por los clásicos». Comete un doble error. Primero, si bien es cierto que en Marx y Engels se encuentran afirmaciones sobre la «inevitabilidad» del hundimiento más o menos próximo en su época del capitalismo, no es menos cierto que siempre corrigieron ese optimismo y que desplazaron el foco del estallido revolucionario de Inglaterra a Alemania, y de aquí a Rusia y a Asia, como ha sucedido: quiere esto decir que los errores de euforia momentánea fueron corregidos por una visión más crítica y realista. La socialdemocracia falsificó al viejo Engels amputando su fidelidad revolucionaria para presentarlo como un gradualista apegado al legalismo parlamentario. Y segundo y aún más importante, que ellos empleaban el concepto de «necesidad» en la que la posibilidad, el azar, la contingencia, la libertad y la irracionalidad, o sea, la lucha de clases en sí, también determinaban el desenlace de esa «necesidad».

Solamente una lectura parcial y mecanicista de Rosa Luxemburg puede intentar avalar la versión de su espontaneísmo determinista y del derrumbe automático del capitalismo. Hasta la segunda mitad de la década de 1920, el bolchevismo comprendía que su futuro dependía no de la «inevitabilidad del comunismo» sino de los desenlaces de la lucha de clases mundial. Con su tremenda experiencia, Fidel Castro reconoció que la revolución cubana podría ser vencida desde dentro, por sus errores, como muchas veces había insistido Marx sobre las revoluciones proletarias. Sin embargo, la corriente socialdemócrata neokantiana y antidialéctica sí sostenía que el capitalismo se transustanciaría por sí solo en socialismo sin necesidad de revolución alguna, mucho menos si era violenta.

Esta visión mecanicista y determinista estaba en el fondo de los posicionamientos procapitalistas de la socialdemocracia en países en los que el Estado burgués estaba a punto de ser vencido por las masas insurrectas. La historia real, no la ficción histórica creada por la propaganda burguesa, muestra muchos casos en los que la burguesía ha logrado contener y hacer retroceder luchas ascendentes gracias a la intervención del reformismo político-sindical: la oleada revolucionaria de 1905 fue contenida desde dentro por el poderoso aparato burocrático socialdemócrata; el mismo que luego, desde 1914, impulsó la participación de las clases explotadas en la carnicería de la guerra mundial, el mismo que desde 1916 hizo lo imposible para aplacar y contener el creciente malestar popular ante la guerra, y el mismo que en 1918 legitimó la contrarrevolución en Alemania.

Nos hemos limitado ahora al caso alemán a comienzos del siglo XX, pero exactamente lo mismo podemos decir prácticamente del resto de Estados al margen de su fuerza y desarrollo, porque en ellos el reformismo en cualquiera de sus formas se convirtió bien pronto en una fuerza de orden dentro de las clases y pueblos explotados, fuerza de orden que bien de manera directa y brutal, bien sutil e indirecta, ayudó a mantener la dominación del sistema del capital. Frecuentemente, ese reformismo se ocultaba bajo palabrería «marxista-leninista» que con la excusa de sesudos análisis de contexto desactivaba toda forma de lucha que cuestionara la sacrosanta «alianza con la burguesía nacional» en aras de la «democracia», y no solamente en Nuestra América, sino también en la Europa capitalista inmediatamente posterior a la derrota nazifascista de 1944-1945, o en la oleada de 1968-1978 en la que el eurocomunismo fue una fuerza activa en la salvaguarda del orden, por no citar más casos.

Gabriel Ángel peca de simplicidad cuando afirma parodiando al dogmatismo que «el capitalismo es un sistema decadente que está a punto de derrumbarse y por lo tanto su caída depende tan solo de la audacia y consecuencia del partido de vanguardia. La revolución ha estado siempre a la vuelta de la esquina y solo la han impedido las direcciones vacilantes.». Además de las vacilaciones de la izquierda, que las ha habido, mucho más responsable de esas derrotas ha sido el reformismo, sin olvidarnos de la propia capacidad de alienación, división e integración que tiene la burguesía, así como, en los momentos críticos, su capacidad de aplastar con la violencia extrema a las fuerzas revolucionarias paralizando con el terror a la población superviviente.

Gabriel Ángel sostiene que «el viejo edificio todavía parece firme», y que «no estamos viviendo una época de auge del movimiento revolucionario […] Vivimos en un momento de arrogancia absoluta del imperialismo. La capacidad y la rapacidad que este ha demostrado para sojuzgar a los pueblos no pueden ser ignoradas. Estamos obligados a reconocer la desbandada, el reflujo del movimiento revolucionario en que nos ha tocado actuar». Pensamos, primero, que el capitalismo está ahora más deteriorado que incluso cuando existía la URSS porque no hay que fijarse solo en la apariencia, sino sobre todo en sus contradicciones internas, más agudas ahora que hace un cuarto de siglo.

Segundo, que aunque parezca increíble el imperialismo no puede aplicar su «arrogancia absoluta», por ejemplo invadir Cuba y Venezuela, recuperar Bolivia y Ecuador, aplastar Siria, arrodillar a Rusia y China, etc. Y tercero, que estas dificultades muestran que la revolución no es un estallido corto, es un proceso largo, muy largo porque es una fase de transición revolucionaria del capitalismo al socialismo. Fase transicional de un modo de producción a otro radicalmente contrario: el viejo edificio del capital aún parece firme, pero no tiene la solidez de hace un siglo.

Pensar con esta triple perspectiva histórica es imprescindible para entender por qué hay que defender siempre el derecho a la rebelión contra la injusticia, el derecho a la rebelión armada al margen de si se practica o no en un período concreto. Una de las condiciones que la dictadura alemana dirigida por Bismarck, a finales del siglo XIX, quiso imponer a los revolucionarios ilegalizados para ser legales fue que renunciaran al derecho a la revolución, y otra de las condiciones que ponía la patronal alemana a los obreros despedidos por huelgas y luchas fue que, para ser readmitidos, renunciaran a sus principios socialistas. Hablamos de finales del siglo XIX. Un sector de la izquierda quería aceptar esa imposición para, así, poder hacer política en mejores condiciones, pero otro sector dirigido por Engels se negó radicalmente. Había surgido la fisura que más tarde rompería a la socialdemocracia en dos: la burguesa y la revolucionaria.

En aquellos años, la izquierda alemana no practicaba ninguna forma de violencia aunque la clandestinidad le obligaba a padecer cárcel, exilio y violencia represiva, pero a pesar de no ejercer la violencia defensiva no renegaron de su derecho a emplearla cuando lo viesen necesario. A buen seguro que estaría de acuerdo con Gabriel Ángel cuando dice que: «En política nunca será suficiente considerar que la razón está del lado propio, por más que sea eso lo que nos impulsa a seguir adelante. Siempre se necesitará el apoyo masivo de otros y eso no se produce por generación espontánea. Menos en las desiguales condiciones en que el movimiento popular enfrenta el poder de las clases dominantes. Ganar este impone crear las condiciones que permitan llegar a la gente, hablarle, crearle conciencia, organizarla y movilizarla». Aun así, la pedagogía teórica del derecho a la revolución era fundamental para aquella izquierda que, pese a todo, aumentaba su fuerza de masas y electoral como se demostraría desde 1890, cuando conquistó la legalidad con sus movilizaciones populares.

Gabriel Ángel tiene plena razón cuando explica los méritos de las FARC-EP hasta llegar a la Mesa de Conversaciones de La Habana mediante una política paciente de mostrar y explicar al pueblo soluciones concretas a sus problemas cotidianos, en vez de divagar en abstrusos debates sobre el socialismo. Había que mostrar en la experiencia diaria que se podían mejorar las condiciones de vida y que esos avances podrían cimentar ulteriores conquistas. Desde la década de 1830 se intensificó el debate sobre la dialéctica entre los objetivos irrenunciables, las estrategias y las tácticas adecuadas para acelerar la toma de conciencia obrera y popular. La interacción entre «programa máximo» y «programa mínimo» aparece brillantemente desarrollada en el Manifiesto comunista de 1848. Después, cada vez que se reeditaba la obra en un contexto diferente, se explicaban los cambios habidos pero demostrando la pervivencia de la valía sustantiva del Manifiesto.

Gabriel Ángel es fiel al mismo método cuando escribe que: «No eran propiamente las consignas de la revolución y el socialismo, pero estuvo claro para nosotros que de lograrse materializar, ellas generarían un inmenso protagonismo político y social a las víctimas del capital, les abrirían la posibilidad de organizarse y avanzar, de conquistar derechos y profundizar la lucha por ampliarlos. Las consignas de la vida, la tranquilidad, las libertades políticas, la tierra, el apoyo del Estado y demás, terminarían por convertirse en un huracán».

Sin embargo, y como hemos apuntado desde el inicio, la contradicción entre la teoría marxista y el instrumentalismo filosófico vuelve a aparecer claramente en esas palabras de Gabriel Ángel: «La revolución, al igual que cualquier otra actividad humana vinculada a la disputa por el poder del Estado, es fundamentalmente y antes que nada un hecho político. Y la política no consiste en otra cosa que en ganar el respaldo de otros para la propia propuesta. Político victorioso es aquel que consigue un número aplastante de seguidores».

Una vez más, la primera parte es abstractamente válida mientras que no se profundice en las contradicciones radicales del sistema. Pero es incorrecta cuando se penetra en ellas y se ve que además de política, la revolución es y deber ser socioeconómica, anti patriarcal, nacional de clase, cultural, normativa y de vida cotidiana, etc. Y es aquí cuando se descubre el peligro de esta frase: «Político victorioso es aquel que consigue un número aplastante de seguidores». Preguntamos: ¿Qué se puede hacer y qué no debe hacerse para obtener ese «número aplastante de seguidores». No podemos extendernos ahora a la siempre actual discusión sobre los fines y los medios en general, así que nos limitaremos al debate sobre la dejación de armas.

En la cultura popular de las clases y naciones oprimidas siempre han latido con fuerza los deseos de la justa y necesaria resistencia violenta a la injusticia. Muchas veces se han materializado en rebeliones, otras muchas en simples protestas y frecuentemente han sido ahogadas por el pacifismo, la cobardía o la legalidad. Prolongados ejemplos heroicos como los de las FARC-EP no ha sido raros si disponemos de una perspectiva histórica marxista. Guerrillas campesinas, urbanas o mixtas, así como pequeños grupos armados que se han enfrentado a los asesinos siquiera por unos días antes de ser pulverizados, tal experiencia recorre la historia humana y le dota de sentido y dignidad. Rendimos honor a las FARC-EP como a toda persona que practique el derecho/necesidad a la revolución. Es así y debe ser así. Nos enorgullece la rectitud ética de tantas guerrilleras y guerrilleros.

Las FARC-EP han vencido obstáculos inconcebibles y han llegado a una situación en la que piensan que deben y pueden dar un giro en su caminar para avanzar con más rapidez impulsándose en el trampolín de lo firmado en la Mesa de Conversaciones. Gabriel Ángel dice que: «Las FARC nos transformaremos en un movimiento político legal, conservando nuestra cohesión y unidad históricas, con todo el propósito de trabajar de manera amplia con las masas de inconformes en Colombia, por el cumplimiento de todo lo acordado en la Mesa de Conversaciones y al mismo tiempo por su profundización. No hemos abandonado ni abandonaremos nuestras convicciones ideológicas y políticas por la revolución y el socialismo. […] Resulta imposible, dada la objetiva correlación de fuerzas, pensar en seguir sosteniendo nuestra lucha armada en las nuevas condiciones de legalidad y garantías. La dejación de armas es la conclusión final de todo lo conquistado por ellas y la fuerza de masas».

No somos quienes para juzgar al detalle esta decisión desde fuera de la martirizada Colombia y Meso América. Tampoco este es el medio para entablar una conversación sincera entre camadas avezadas y compañeros acostumbrados a convivir a diario con el hedor de la brutalidad burguesa rozando nuestras nucas. Desconfiamos de las promesas de los demócratas y nos fiamos de la coherencia del pueblo. Es por esto que nos inquieta que Gabriel Ángel no diga una palabra sobre si la nueva legalidad negociada no anulará el derecho práctico de la práctica de la rebelión armada.

La posibilidad remota de transición pacífica al socialismo en algunos Estados fue admitida por los marxistas de finales del siglo XIX como excepción que no anulaba el principio general de que la violencia es la partera de la historia, la que facilita que nazca una nueva sociedad de las entrañas de la vieja con el menor dolor posible. La exigencia del pacifismo para obtener la legalidad parlamentaria fue muy discutida en su momento. Uno de los puntos de debate insoluble en la II Internacional en los momentos de auge electoral fue si se podría llegar al socialismo por métodos pacíficos. Las discusiones sobre la Huelga General como método en 1905 y antes de 1914 para hacer fracasar un llamamiento a la guerra imperialista, deben ser recordadas hoy. Los bolcheviques pensaron con razón durante unos meses que era posible avanzar pacíficamente al socialismo hasta que la realidad les despertó de aquel bello sueño. Pero Allende apenas pudo despertarse de su sueño, justo pudo artillar el Ak-47 y defender a tiro limpio la incipiente democracia socialista frente al bombardeo aéreo. Sería excesivo apabullar con ejemplos históricos.

Sin entrometernos en la decisión de las compañeras y compañeros de las FARC-EP, debemos decir dos cosas en base al texto de Gabriel Ángel: una, el desarme, la destrucción de las armas, es un error irreversible si significa la indefensión práctica del pueblo trabajador ante los seguros ataques criminales de las múltiples fuerzas armadas de la burguesía. Y otra, la indefensión material aumentará con la indefensión moral: en ningún momento del texto se asume la necesidad de seguir reivindicando el derecho/necesidad de la rebelión armada ante la injusticia, ni siquiera el derecho/necesidad de autodefensa ante los crímenes diarios de la burguesía.

En la Antigüedad el derecho a llevar y usar armas era una muestra de libertad práctica, aunque no se utilizasen. Los primeros imperios, desde Mesopotamia hasta el Inca pasado por Roma y los aztecas, por China e India, prohibían el uso de armas a los pueblos ocupados y a las clases explotadas excepto en el caso de que fueran fieles mercenarios sin conciencia ni escrúpulos, vulgares asesinos que buscaban oro y sexo en las masas vencidas. La burguesía impuso su monopolio de la violencia parejo a su monopolio de la propiedad, el mercado, la cultura y la ética: resistirse a la civilización del dinero era un pecado y una irracionalidad, pero resistirse violentamente era y es un crimen castigable con la más cruel de las leyes.

Hay muchas formas de resistencia, y muchas de violencia defensiva ante las violencias polícromas, polifacéticas y pluridimensionales del sistema. Independientemente de si se destruye o se guarda todo o parte del arsenal de autodefensa violenta, queda siempre el otro frente de combate diario, el de mantener vivo en el pueblo trabajador el orgullo y la dignidad de no dejarse pisar una vez que se ha aceptado el legalismo como única forma de acción política.

La experiencia indica que tarde o temprano la dejación de armas, la indefensión material decisiva en los momentos decisivos, la ideología del pacifismo pasivo, van pudriendo el interior de la conciencia de pueblos que fueron conscientes de sí y para sí. La experiencia indica que la moral de lucha se debilita y desaparece si no se defiende el derecho a la rebelión, aunque no se practique por las razones que fueran. Esta es la gran e inquietante debilidad del artículo del querido compañero Gabriel Ángel, que no dice que defenderá el derecho a la revolución aunque no se practique. Nosotros sí defendemos y defenderemos el derecho de Colombia y Nuestra América a defenderse cuándo y cómo lo estime necesario.

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