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“En cierto modo, estamos volviendo a las condiciones de trabajo del siglo XIX, que es a lo que apunta el proyecto neoliberal: reducir el poder de los trabajadores y ponerlos en una posición en la que no sean capaces de resistir los procesos de explotación masiva.”
David Harvey

En estos días estamos asistiendo a la irrupción de una nueva fiebre social denominada Pokémon Go, un juego informático que intenta hacer una mixtura entre realidad y ficción y que ya ha causado varios accidentes y situaciones peligrosas para la integridad de los jugadores mismos y de las personas que se encuentran a su alrededor. Se trata, claro está, de un mero síntoma de la grave enfermedad que padece el mundo occidental, o sea, el capitalismo desarrollado.

Si nos detenemos un momento a pensar, nos daremos cuenta de los cambios estructurales que se están produciendo en la economía gracias al desarrollo de tecnologías iinovadoras que son capaces de fomentar nuevas necesidades en el seno de la población. Por ejemplo los teléfonos móviles, que en teoría facilitaban la comunicación entre las personas, están logrando lo contrario, el aislamiento de cada uno con su terminal de última generación. Pero es que cuando se lanzó la primitiva telefonía móvil, ¿Era tan necesaria? ¿No había suficientes teléfonos fijos para comunicarnos? ¿Es necesario llamar desde la estación de tren a la familia para decirle que estás a punto de coger el tren de las ocho, cuando lo saben perfectamente, porque has salido de casa a las ocho menos diez?

Hay que reconocer que el capitalismo tiene una interminable capacidad de reinvención, de crear nuevos hábitos de comportamiento y de satisfacerlos con nuevos productos. Ahora ya no se fija la gente al comprar un coche en la potencia de su motor o en la confortabilidad para los pasajeros, sino en su sistema de aparcamiento automático o su conectividad a internet. Hace años el coche sublime era el que poseía cierre centralizado y elevalunas eléctrico, ahora esos detalles ni se mencionan en la publicidad. La cuestión central es que el vehículo aparque solo. ¡Gran avance de la industria de la automoción!

El siguiente paso, ya en periodo de pruebas, será el coche sin conductor. Un cambio estratosférico, que dejará obsoleta la frase-guía de los anuncios televisivos de automóviles: El placer de conducir. Al parecer el placer, a partir de nada, será el de no conducir, de modo que podamos viajar cómodamente en el asiento trasero de nuestro coche, como si viajáramos en un taxi hipertecnológico, a ser posible cazando pokémons sin parar.

Todas estas cuestiones cotidianas no pueden hacernos distraer de la batalla esencial que está librando el capitalismo global, tendente a que los ricos sean cada vez más ricos y los pobres sean más pobres, remedando la famélica legión que se cantaba en La Internacional. Dice el geógrafo marxista David Harvey, a quien se debe la cita que encabeza este comentario, que si uno se pone a leer el libro primero de El Capital se encontrará con una descripción que en cierto modo retrata fielmente lo que está ocurriendo a comienzos del siglo XXI, una vuelta al siglo XIX. Harvey dice que leer a Marx tiene sentido hoy en día, ejerciendo de pájaro de mal agüero de la clase universitaria estadounidense. Algunos pensarán que se trata de un viejo chiflado, otros pensamos que ya podía haber más gente como él. Mejor nos iría.

La clase trabajadora, pese a quien pese, sigue existiendo. Mientras haya personas asalariadas, muchas de ellas mal pagadas y sobreexplotadas, habrá clase trabajadora. Otra cosa es que los partidos políticos que se dicen de izquierda, o de abajo, que tanto da, y los mismos sindicatos, sigan creyendo en la existencia de esa clase y no se pierdan en concertaciones, acuerdos con la patronal, defensa de intereses de país y otras lindezas, que solo sirven para desteñir la realidad y facilitar las cosas a quienes siguen dominando la escena. Hay partidos y sindicatos, y no doy nombres, que llevan jugando al Pokémon demasiado tiempo.

Y mientras eso ocurre, la gran fábrica mundial radicada en Asia sigue produciendo artefactos tecnológicos de última generación -o ropa de marca- en condiciones infrahumanas para los trabajadores, a veces menores de edad. Y es que el patio trasero de de las flamantes empresas Forbes que cotizan en el índice bursátil Nasdaq se encuentra en China, en Vietnam, en Filipinas o en Bangladesh. Los occidentales ayudamos a que esa explotación se mantenga mirando para otro lado, a la vez que consumimos productos a precio de oro realizados por personas que cobran salarios de miseria. Ni Karl Marx exageró en el siglo XIX describiendo los males implícitos al capitalismo, ni exageramos en el arranque del XXI cuando recordamos la existencia de parecidas circunstancias.

La sociedad actual, dominada por el capitalismo neoliberal, puede perder el sentido de la realidad, tal vez en un intento desesperado de huir de un panorama demasiado aterrador. Es posible que el desempleo, los desahucios, la precariedad en el trabajo, la violencia machista, la siniestralidad laboral, la xenofobia, la corrupción, la inacción de la clase política y el enrarecido panorama internacional salpicado de atentados, bombardeos y golpes de estado contribuyan a alejar a la gente de la dura realidad y empujen al personal a dedicarse a la caza y captura del último pokémon. Pero también es posible que la razón última sea que la estupidez haya triunfado definitivamente y ya no haya vuelta atrás.

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