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Artículo de colaboración para Borroka Garaia da!. Autor: Amigos de Gramsci (Venezuela)

“Somos lo que hacemos” afirmó el periodista y escritor uruguayo Eduardo Galeano. Es por ello que en tiempos confusos como estos que vivimos, cuando la palabra se desliga de los hechos solo queda un discurso devaluado. La palabra del Gobierno de Maduro ya no penetra en la cabeza ni en el corazón de los trabajado@s venezolan@s. Cualquiera que pasee por las calles y campos de Venezuela, se encontrará con caras abatidas, cansadas, frustradas, rabiosas, quizás despidiéndose de una historia que al fin y al cabo es la de ellos y ellas, una historia de lo que se ha llamado “el chavismo”, la historia que no se pudo.

La Revolución de Chávez fue la Revolución contra el capitalismo en su representación “democrática burguesa”. Derrotó su forma política en su propio terreno colocando la cuestión social en el primer plano de la agenda política de un país dominado por un bipartidismo que hacía tiempo, se deslizaba por la pendiente del agotamiento y cuya máxima expresión de su decadencia se manifestó durante el “Caracazo”. El “Socialismo del siglo XXI” llegaba para implantarse de la mano de una nueva hegemonía social denominada chavismo que se fraguó como una apuesta subversiva que supo en su momento recoger todas las fuerzas que quedaron pendientes luego de los grandes fracasos de las izquierdas armadas y reformistas. El chavismo reclamaba a Venezuela para quien la trabaja, buscando respuestas en la relación existente entre los valores que rigen las relaciones entre los seres humanos y las relaciones económicas. Sin duda, la historia nos muestra que los valores que dominan las relaciones humanas cambian, y lo hacen acompañando el cambio en las relaciones económicas. Por tanto, el modelo económico y los valores en las relaciones humanas, forman un complejo material-cultural que se influyen mutuamente y en esas estaba el pueblo bolivariano.

Nada es permanente, todo cambia. Con la muerte del Comandante Chávez también murieron las advertencias, las alertas que se expresaban en las cuestiones inacabadas del proceso venezolano, la más urgente, salir de la renta petrolera que ha marcado la vida del país en sus aspectos más negativos (que Chávez no pudo o no supo resolver tampoco) y en las que el actual presidente Nicolás Maduro parece haber quedado atrapado sin salida tras la caída de los precios del barril. En el plano material y social, los hechos que se vienen sucediendo en Venezuela de colas interminables, saqueos, desbordes sociales y corrupción, que no sólo toca el alimento sino en general toda la existencia física de la población venezolana, contienen el fracaso político del chavismo más evidente. De manera inmediata ya no se pueden sostener los subsidios a los alimentos y a los medicamentos de primera necesidad (incrementándose las tarifas y precios día tras día y que son objeto de la especulación y el contrabando), desarrollar un transporte público eficaz y mucho menos garantizar las inversiones en infraestructura. Es decir, frente a la baja de los precios del petróleo, que es un fenómeno cíclico propio de las crisis periódicas del capitalismo, no se preparó a la población para afrontarla, al contrario, se ahondó en el sistema clientelar para conseguir el voto y la sumisión política.

Y como la realidad es tozuda y ha irrumpido de manera brutal, de nada valen las evasivas gubernamentales, imágenes de televisión, adulaciones o aludir constantemente a la guerra económica que lleva adelante la oligarquía (¿acaso dejó de practicarla en algún momento?) para justificar el desmoronamiento del aparato productivo nacional, el fracaso en la creación colectiva de poder popular, de la capacidad social de la defensa revolucionaria, el retroceso de los pasos adelantados respecto a la conformación de espacios nuevos de sociabilidad educativa, de salud, de cultura, la deriva y mal manejo de las tierras recuperadas y puestas en producción no contaminante, la generación de una estrategia militar de defensa de todo el pueblo… y un largo etc. Las consecuencias culturales y si me apuran espirituales de la situación económica (material) son clarísima señal de la urgencia de rectificar.

Si hablamos de contextualizar ahora la situación en Venezuela debemos definir bien la fase en la que nos encontramos. Nos referimos pura y llanamente al deber de afrontar la realidad de una crisis económica y social negada por parte gubernamental que luce terminal y que avanza como una bestia, dejando un vacío que todo lo trastoca, que no obedece a reglas, las explicaciones no funcionan, las medidas son inútiles, los liderazgos se ponen a prueba, se presiente el agravamiento de todo y la urgencia domina la escena. Se implantó el “sálvese el que pueda”, el individualismo, agarrar lo que sea a costa de cualquier cosa y una corrupción que se instala como algo normalizado. Mientras tanto, en la escenificación política, el afán de permanencia del gobierno de Maduro y la obsesión de la oposición reaccionaria en sustituirlo configuran actualmente un cuadro de tensiones que pone en peligro incluso a la propia “democracia burguesa” que ha regresado como fantasma amenazante del Socialismo del siglo XXI. Desde que las fuerzas derechistas se sobrepusieron y se equipararon al chavismo con su triunfo en las parlamentarias, la tensión entre el ejecutivo y el legislativo se viene resolviendo con las intervenciones del poder judicial.

Somos lo que hacemos y si no se pone remedio, en Venezuela puede repetirse la historia de otras Revoluciones que sucumbieron sin disparar un tiro, víctimas de la falsa disciplina de unos líderes que no corrieron el riesgo de defender a la Revolución, que prefirieron la comodidad, el refugio de su situación personal, que perdieron la visión de la transformación social y todo esto ante la indiferencia de una clase trabajadora que observa en silencio como el proceso se transformaron en su contrario.

El conflicto sigue siendo entre restauración y ruptura. Cabe pensar que las fuerzas derechistas han avanzado mucho y que el margen de maniobra se ha acortado, pero sigue existiendo.

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