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Autor: Borroka garaia da!

En primer lugar a la hora de tratar cuáles son las condiciones requeridas para el cambio político en Euskal Herria habría que definir qué se entiende por cambio. En este texto, el cambio político no se entiende por una sustitución de partidos gobernantes en las instituciones españolas (sean autonómicas o de cualquier otro tipo), ni tampoco por cambios políticos (reformas) al interior del régimen vigente. El cambio político se entiende aquí por el salto cualitativo de pasar de una situación de dependencia nacional a la independencia y de quebrar las lógicas capitalistas que mantienen a la clase trabajadora vasca en situación de dependencia (tanto a nivel nacional como de clase y género). Por lo que el cambio político sería una nueva realidad material que radicalmente quiebra la anterior y donde el poder desaparece de la clase dominante de los estados español y francés y todas sus instancias superiores en el organigrama capitalista mundial para pasar a manos exclusivas de la clase trabajadora vasca pero siendo a su misma vez un poder cualitativamente diferente: Es decir, la independencia socialista que es la antítesis de la dependencia capitalista actual. Sin una Euskal Herria independiente y socialista no hay cambio político sino reproducción del marco de dependencia nacional capitalista.

Por lo que la primera condición obvia que se desprende debido al propio contexto vasco y sus situación de opresión nacional y social es que el cambio político en Euskal Herrria por fuerza sea un proceso convulso y de ruptura. Que esto sea así no responde a la voluntad del pueblo trabajador vasco y ni siquiera en principio una supuesta buena voluntad de los estados (que nunca ha existido) podría evitarlo ya que la realidad material de éstos no podría abstraerse de una independencia vasca o catalana bajo quedar tocado de muerte como proyecto del capital (y al mismo tiempo abriendo la puerta al cambio político en su interior). Simplemente no darían los números y la fuerza ciega del capital lo impediría haciendo tracción brutal sobre toda fuerza política y social. La opresión nacional y social no responde simplemente a una falta de voluntad democrática sino que ésta es consecuencia de una realidad material ya asentada previamente. Esta es la razón básica para que cualquier proceso de negociación basado en voluntades haya sido siempre fallido en Euskal Herria y que siempre la fuerza material se haya impuesto.

De la misma manera que el cambio político en Euskal Herria requiere la condición de ser un proceso convulso y de ruptura, todo proceso convulso y de ruptura requiere una deslegitimización ascendente de todas las fuentes de legitimidad de los estados, sin lo cual por razones obvias no se puede abrir paso lo nuevo. El ordenamiento político-económico, su institucionalidad, y todos los estamentos de los estados tienen que alcanzar un alto nivel de desprecio popular.

Para Lenin, uno de los maestros históricos del cambio político, existían tres condicionantes básicos que procuran las bases sin las cuales se hace imposible éste: 1. Que los de abajo no quieran vivir como hasta ahora y que los de arriba no puedan vivir como hasta entonces. 2. Situación especialmente delicada para el pueblo oprimido 3. Intensificación considerable de la actividad de las masas que en tiempos de «paz» se dejan expoliar tranquilamente, pero que en épocas turbulentas son empujadas, tanto por toda la situación de crisis, como por los de arriba, a una acción histórica independiente.

Esta situación de posible cambio, donde se producen estas tres bases y está asentada sobre la deslegitimización de lo existente es lo que abre paso a un posible proceso convulso y de ruptura. En otras palabras, una crisis general que afecte tanto a oprimidos como opresores donde las acciones de las masas son suficientemente fuertes como para romper una situación dada que no se caerá por sí misma (ni aun en la mayor de las crisis) sino que se le hace caer.

Este “hacer caer” viene dado solo cuando se comienza a buscar una salida no sobre los carriles de la vieja sociedad y ordenamiento sino por el camino de la ruptura contra el orden existente. Que no sería un objetivo a alcanzar con el tiempo sino una práctica continuada en el tiempo. Esa sería la condición subjetiva más importante de todas, la intensidad de los sentimientos de ruptura en las masas.

En definitiva, el cambio político se produce por la simbiosis de factores objetivos y subjetivos siendo indispensable la intervención organizada en su desarrollo. Lo que nos lleva a otra serie de condiciones, siendo la organizativa una muy importante. No se conoce la ruptura con el orden existente sin organizaciones revolucionarias de clase que impulsen a la acción histórica independiente por fuera de los carriles del ordenamiento. Es por ello que la acción de masas y de los movimientos sociales tienden a quedarse aislados y sectoriales en su inexistencia cuando no dependientes de la vieja sociedad y sus marcos. Lo mismo ocurre pero en otro sentido en la acción institucional en las fuentes de legitimidad del ordenamiento.

Por lo que de la condición organizativa surgiría otra condición paralela y en dependencia a ésta; La activación social. Cuando se entiende por activación social el movilizarse, adquirir compromisos o votar, lo que realmente se está haciendo es colocar la activación social de manera subsidiaria y secundaria a otras cosas. Es decir, la activación social sería un elemento necesario para otras cosas pero no en sí mismo algo autónomo y de valor creando al mismo tiempo una dependencia. Que puede ser una dependencia a una estrategia, a un partido o a cualquier otra cosa. Los ejemplos pueden ser muchos; Plantear la movilización social para ganar unas elecciones, utilizar el movimiento popular con fines partidistas, plantear la necesidad del voto como eje de cambio etc..

Sin embargo, la activación social para que realmente sea tal cosa debe suponer que los sujetos activados sean protagonistas y ejecutores de su propio destino. O sea, romper las cadenas del delegacionismo. O como dicen los modernos, ejercer la empoderación popular.

¿Al fin y al cabo qué es la independencia? ¿No es acaso que el pueblo sea sujeto de su destino?. ¿Y el socialismo? Tres cuartas partes de lo mismo. De cada cual según su capacidad; a cada cual según sus necesidades.

Sin embargo la izquierda en general históricamente muchas veces se ha empeñado en desplegar lucha de masas sin entender en algunas ocasiones que la propia masa es la que tiene que alcanzar el poder y todo lo demás no son más que instrumentos accesorios para que así sea. No un partido, no una organización, no una estructura ni siquiera un movimiento por muy diversificado que sea puede dar repuesta total a esto. La cultura del delegacionismo no solo crea espectadores, sino también activación social no empoderada que a la larga o a la corta está condenada a fracasar.

La condición de la activación social a su vez tiene otra condición. El cambio político tendrá éxito y culminará si la clase trabajadora se pone al frente, y se quiebra la división fusionando definitivamente a las capas trabajadoras vascas que hasta ahora han estado bajo la manipulación españolista o regionalista de la burguesía en un proyecto atractivo y palpable de liberación nacional con alternativas más que claras y contundentes en lo social. Única forma de acabar con esta división de la clase trabajadora. Si eso ocurre Euskal Herria estará muy cerca de la ruptura. Esta batalla no partidista se va a decidir principalmente en el Gran Bilbao (precisamente donde surgió el nacionalismo vasco y el nacionalismo revolucionario) así como en Nafarroa y en las macrozonas industriales y de mayor densidad obrera de Euskal Herria. Es decir, el surgimiento de la clase nacional constituyente (que constituye lo nuevo barriendo lo viejo) siendo el pueblo trabajador vasco y sus intereses los únicos que pueden ser convocados para este proceso convulso y de ruptura. Que ineludiblemente tiene que tener su base en el poder popular. Algo a desplegar ya en todos los frentes. Y no solo en los sectores más avanzados de la juventud como se ha hecho hasta ahora en la historia de este país.

One thought on “Algunas condiciones requeridas para el cambio político en Euskal Herria

  1. “la izquierda en general históricamente muchas veces se ha empeñado en desplegar lucha de masas sin entender en algunas ocasiones que la propia masa es la que tiene que alcanzar el poder y todo lo demás no son más que instrumentos accesorios para que así sea.”

    Sí y no. La masa sin organización no es nada, es como el mar que bate la costa: necesitas una central mareomotriz para extraer su energía (por poner un ejemplo un poco pillado por los pelos pero que espero que se entienda). Sin algo así, produce erosión, inundaciones puntuales quizás, pero nada estable.

    Esto no sólo se aplica a la clase obrera, a la clase burguesa le pasa lo mismo, aunque individualmente tengan más poder y sus números sean mucho menores: un burgués desorganizado tiene muy poco poder, puede que algo más que un proletario aislado pero no mucho más. Por eso los burgueses se organizan en sus partidos, patronales, masonerías, etc., porque eso les da poder colectivo. Incluso los muy poderosos oligarcas de rango alfa, el 1% del 1% tienen un poder limitado de forma aislada y continuamente se coordinan entre ellos, por encima de las rivalidades puntuales, para preservar y consolidar su poder. Lógicamente entre pocos y con muchos medios es mucho más fácil organizarse pero no deja de ser una necesidad.

    Es cierto, sí, que un partido de clase obrera que no desea, que no tiene como programa real, establecer el empoderamiento de las masas, organizarlas de forma real y consolidada, está condenado a fracasar de una u otra manera, aunque a menudo no lo bastante obvia, porque puede mantener el apoyo popular durante un tiempo a pesar de sus limitaciones (el mal menor o el bien menor), hasta que la paciencia se agota y las masas desertan. Cuál es el problema? Que si el partido delega mucho poder en las masas populares, como debería, pierde poder propio y es casi natural que las élites dirigentes (que naturalmente forman una subclase, un grupo de interés especializado) se resistan a ello, incluso contra sus convicciones explícitas (el subconsciente, el miedo a lo desconocido, la presión del grupo pesan demasiado) — siempre habrá algunos trepas natos, reformistas que desconfían de los “excesos revolucionarios” o agentes infiltrados que ayuden a que eso ocurra. También siempre habrá demasiada gente que no tenga del todo claro el qué se busca o el cómo se puede conseguir, susceptible de ser “redirigida”.

    Por eso hay que desconfiar del partido, como hacía Mao. Pero también hay que establecer instituciones profundamente democráticas (asambleas y “soviets” a todos los niveles) que sirvan como motor real del proceso revolucionario. Y eso no es nada fácil en nuestro tiempo al parecer (y esta dificultad alimenta la partitocracia con el argumento de “lo hemos intentado pero no funciona” o similar). Es un desafío tremendo, la verdad, pero, en el lado bueno, eso lo hace aún más interesante, no?

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