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Autor: Borroka garaia da!

Cuando un Estado recibe ataques o se le plantean situaciones determinadas responde. Es una necesidad evidente aunque no suficiente. A parte de responder y resistir los embates, estratégicamente necesitará de ofensivas, anular las alternativas al status-quo que defiende, seguir construyendo su modelo asentándolo y destruir toda amenaza. Todo eso es necesario para que un régimen determinado no caiga, para que un estado determinado no se erosione.

Cuando un movimiento de liberación pretende liberar ocurre exactamente lo mismo. Se hace necesaria la resistencia, ofensiva, alternativa, construcción y destrucción.

¿Qué ocurre cuando una fuerza está siendo ejercida sobre un objeto que opone poca resistencia? Que esa fuerza condicionará el movimiento del objeto con más eficacia.

La voluntad de un pueblo o de una clase social es del todo insuficiente sin elementos que hagan imponer esa voluntad democrática frente a las fuerzas contrarias.

La resistencia técnicamente es la oposición a la acción de una fuerza. En el terreno más humano se entendería como la capacidad para resistir, para aguantar, soportar o sufrir. En términos políticos clásicos la resistencia es el Movimiento de los habitantes de un país invadido. Desde esa perspectiva política nunca dejará de haber un movimiento de resistencia, salvo en caso de absoluta derrota, hasta la plena soberanía e inevitablemente debido a la fuerza necesaria que necesitan los estados para mantener su acción opresiva han generado, generan y generarán sufrimiento mientras esa opresión se mantenga, sumando cargas que tendrán que soportar amplios sectores de la población.

Resistencia, ofensiva, alternativa, construcción y destrucción siempre serán elementos de cualquier fase del conflicto se expresen o se estructuren de cualquier forma. Perder la iniciativa en cualquiera de esos apartados puede afectar escalonadamente a todo debido a su interrelación.

Sin embargo, es muy diferente la resistencia y la autogestión comparadas con el resistencialismo y la gestión.

La resistencia sería la autodefensa frente a los ataques, una resistencia con doble carácter ya que en cualquier momento puede pasar a la ofensiva. No entender el factor de resistencia como siempre necesario en cualquier etapa de liberación es no compartir que el mundo se rige por una lucha de contrarios siendo el motor de la historia precisamente ello.

La autogestión en su sentido amplio serían los elementos de construcción unilaterales del proyecto al que se aspira, y debido precisamente a esa lucha de contrarios latente, resistencia/ofensiva frente a reacción (es decir confrontación), hace que para levantarlos o defenderlos la resistencia sea un componente ineludible. Por lo que la consecución de la independencia de Euskal Herria ha supuesto, supone y supondrá un enorme esfuerzo de resistencia frente a los estados y paralelamente un no menor esfuerzo de autogestión (construcción). De la misma manera la consecución de un modelo socialista vasco requiere ingentes demostraciones de resistencia frente al capital y a su misma vez no menos ingentes demostraciones de construcción del modelo al que se aspira.

Por su parte el resistencialismo no sería una aplicación de la resistencia enmarcada en un proceso amplio de liberación sino en el mantenimiento de lo que hay, lo cual puede ser perfectamente una derrota enquistada. El resistencialismo es sinónimo de reformismo, es decir, de intento de parcheo de lo existente sin una política estratégica que transcienda. Por ello el resistencialismo va unido con la gestión y no con la autogestión. La gestión de lo existente por tanto se convierte en punto final debido a la visión de embudo que imposibilita salidas estratégicas.

El sindicalismo y la lucha institucional casi siempre son paradigmas del resistencialismo y de la gestión debido al enorme poder tractor del sistema. Su labor rara vez puede salir del esquema sistémico porque precisamente son herramientas del propio sistema, no elementos de un nuevo modelo. Es por ello que su función no puede superar casi nunca los propios límites del sistema y se reducen a gestionar, no a construir un nuevo modelo (ellos son parte del viejo). Tanto el impulso del sindicalismo como de la lucha institucional burguesa, en su día fueron promovidos por la izquierda revolucionaria en la mayoría de países no con la conciencia de que a través de ellos se puedan alcanzar los objetivos sino con la conciencia de que sean partes instrumentales por una parte para favorecer mejoras en momentos determinados pero sobre todo para ser bombas de relojería que llegado el momento, cuando cualquier movimiento de liberación haya alcanzado un punto de inflexión que precisamente ponga contra las cuerdas a todos los estamentos políticos, sociales y económicos de una realidad concreta, estallen. Es por ello que su función no sería otra que la del caballo de troya. Claro que del dicho al hecho va un trecho, y en ausencia de tal movimiento de resistencia y autogestión, o ante su bloqueo o derrota, la lucha institucional o el sindicalismo se vuelven plenamente inútiles de cara a cualquier objetivo estratégico y la tendencia histórica es que acaben reforzando precisamente lo existente.

Por ello es importante que tanto la lucha institucional burguesa como el sindicalismo jueguen en la medida de lo posible con elementos de resistencia y autogestión. Es decir, que aporten en la vía de la deconstrucción sistémica. Convertir el poder sistémico que reciben en poder popular u obrero y defender el poder popular u obrero que nace fuera del sistema e intenta rebasar sus limitaciones son dos caras de la misma moneda sin la cuales el resistencialismo y la gestión institucional o sindical no salen de su laberinto. Si algo ha quedado medianamente claro en décadas y siglos de historia es que no existe ningún proceso institucional burgués ni sindical que haya creado ni conseguido nada por sí solo, son los procesos sociales que nacen fuera de la celda sistémica la palanca para ello. De ahí que entre otras cosas el centro de gravedad de todo proceso sea el movimiento popular, el revolucionario y el poder obrero, es decir el pueblo trabajador por sí mismo, no algunos de sus instrumentos por sí solos. Instrumentos que en muchas ocasiones no pueden más que gestionar una derrota cuando se piensan el centro de gravedad y ponen de satélite y en dependencia al resto (gracias al poder sistémico recibido que no lo transfieren). En esa falta de transferencia es donde se encuentran los múltiples choques entre movimiento popular e institucionalismo. Es una deriva burocrática que se conoce desde antes de los soviets, en los soviets, y hasta hoy, exquisitamente comprobada una y otra vez en uno y otro lugar.

Hoy Euskal Herria y su clase trabajadora necesita de la resistencia y de la autogestión en su sentido amplio, como agua de mayo y precisamente no haber acertado en ello es uno de los grandes motivos por los que lejos de estar en una buena situación, el proceso de liberación nacional y social vasco está haciendo aguas a la deriva durante años para tranquilidad de los estados y gozo de la burguesía interna.

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