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Guadi Calvo/Resumen Medio Oriente

El viernes 16 de diciembre último fue encontrado con un disparo en la cabeza el Auditor General de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), Yves Shandelon, quien era el responsable de la lucha e investigación de la financiación del terrorismo.

El cuerpo sin vida del auditor general, de 62 años, se encontraba en el interior de su auto estacionado junto a una ruta, en las cercanías de la ciudad belga de Andenne, en la región de las Ardenas, casi en mitad de camino entre su oficina y la ciudad de Lens, donde vivía a unos 240 kilómetros de distancia.

Según las declaraciones del fiscal de la provincia de Namur, “la autopsia demostró que fue un suicidio” y según el examen que fue practicado cuatro días más tarde. El fiscal incluso mencionó el hallazgo de una carta de despedida, encontrada cerca del cuerpo del auditor de la que, lógicamente, se excusó dar detalles.

La familia de Shandelon rechazó la versión del suicidio y según, el periódico flamenco The Morning, sus familiares refirieron que el auditor había participado de una fiesta navideña en su propia oficina la noche anterior a su muerte.

Además, la familia denunció que el auditor Shandelon había comentado que estaba recibiendo llamadas “extrañas”.

Las versiones acerca de la localización del arma utilizada para el suicidio se contraponen. Algunas fuentes mencionan que el arma fue encontrada junto a su cuerpo, como sería lógico, mientras otras insisten que la pistola utilizada estaba dentro de la guantera de auto, lo que derrumbaría de hecho la teoría del suicidio. De ser cierta esta última versión, no queda dudas que además de ser un asesinato, el o los sicarios estabas dejando un claro mensaje a alguien. Más allá del lugar de donde quedó el arma, sí se confirmó que no era ninguna de las tres que Shandelon tenía registrada a su nombre.

Shandelon era responsable de la contabilidad interna en la Agencia de Apoyo y Contratación de la OTAN (NSPA), y de las investigaciones externas sobre actividades de lavado de dinero y el financiamiento del terrorismo, temas de altísima seguridad, lo que quizás explique el silencio que la OTAN mantiene desde su muerte.

Algunas fuentes, en procura de culpables, ya apuntan sospechas, o bien contra Rusia, como una devolución de “gentilezas” tras el asesinato de su embajador en Ankara, Andrei Karlov, o bien especulan que el atentado habría podido llegar desde el mundo árabe, ya que es bien conocida la financiación de los grupos fundamentalistas musulmanes por Arabia Saudita y Qatar, entre otros países sunitas de la región.

Todo el mundo sabe y fundamentalmente la OTAN, que en junio de 2013 el entonces emir qatarí, jeque Hamad bin Jalifa al-Thani, debió abdicar a favor de su hijo Tamim bin Hamad al-Thani, tras el escándalo financiero que sacudió al emirato, justamente por el drenaje de miles de millones de dólares a los grupos terroristas que combatían en Siria.

Por otra parte, es bien sabido que el Príncipe Bandar bin Sultan bin Abdul Aziz al-Saud, uno de los miembros más influyentes de la Casa Saud, embajador en Estados Unidos durante 22 años y jefe de la inteligencia saudita -hasta que por pedido de Barack Obama debió renunciar en 2014-, fue el primer gran reclutador de mercenarios enviados a Libia y después a Siria.

Riad no sólo ha hecho grandes aportes a muchos grupos terroristas salafistas como el Talibán, al-Qaeda o Estado Islámico, sino que también, y a pedido del Pentágono, ha financiado grupos que actuaron en occidente, como la Contra nicaragüenses o el grupo neofascista Ordine Nuevo, autor del atentado contra la Estación de Bolonia en agosto de 1980, que dejó 85 muertos y 200 heridos.

Francia es otro de los países altamente comprometidos en el sostenimiento de grupos terroristas, a fines de 2011; por ejemplo, entregó una importante cantidad de armamento a los grupos “moderados” en Siria, que apenas meses después, en abril de 2012, aparecieron en manos de miembros de al-Qaeda para el Magreb Islámico (AQMI) en el norte de Mali, a más de 5000 kilómetros de Siria, durante la última sublevación Tuareg.

Mismas razones, mismos métodos, mismos responsables

El 18 de julio de 2003, David Kelly, de 59 años, apareció también suicidado en un bosque a siete kilómetros de su casa en Oxfordshire, en el sureste de Inglaterra. Se había abierto las venas con una tijera de jardinería.

Kelly, candidato al Premio Nobel de la Paz en los años noventa, era un científico experto en armas biológicas del Ministerio de Defensa del Reino Unido, que trabajó como inspector de armas en Irak entre 1991 y 2003, período en que realizó casi 40 viajes a Irak.

Su muerte se produjo poco tiempo después de que se supiera que había sido la fuente de un informe de la BBC, donde dejaba en evidencia la manipulación del primer ministro Tony Blair, quien había tergiversado sus informes para justificar la invasión a Irak en marzo de 2003.

El informe del grupo de expertos, del que Kelly era el jefe, había dictaminado que Hassan Husein no disponía del armamento de destrucción masiva del que el Pentágono insistía tenía escondido, demoliendo así la principal excusa de George W. Bush para la invasión que finalmente se produjo en marzo de 2003.

Falsear los informes de Kelly permitió no sólo la invasión sino todas las consecuencias que hasta hoy seguimos padeciendo y que, sin duda, se prologarán durante siglos. Los cientos de miles de proyectiles con uranio empobrecido utilizado por las fuerzas invasoras han contaminado la atmosfera, la superficie y las napas de extensas zonas del país, que han quedado inutilizadas para siempre. Con sólo chequear el crecimiento exponencial de casos de cáncer y los nacimientos con deformaciones en esos territorios sirve para entender las consecuencias.

Días antes de su muerte, Kelly había enviado un correo a una periodista con un críptico mensaje que decía: “Muchos actores oscuros están jugando”.

Apenas enterado de la muerte de Kelly, Blair ordenó la conformación de un grupo de expertos encabezados por Lord Brian Hutton para que se investigue la muerte del científico.

La investigación, aunque nunca se completó, dictaminó que Kelly era un mitómano depresivo y que los informes de los servicios secretos eran correctos, desechando así todas las acusaciones contra Tony Blair.

Toda la investigación de la comisión de Lord Hutton, como los detalles de la autopsia y las pruebas de toxicología, fueron clasificadas como secretas por los siguientes 70 años para proteger la “privacidad” de la familia de Kelly.

Las muertes de Yves Shandelon y David Kelly son trágica y patéticamente parecidas, donde queda bien claro que los Estados Unidos y sus socios menores de la OTAN hacen de la hipocresía una de las bellas artes.

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