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Autor: Borroka garaia da!

La utopía tiene varias acepciones. La más conocida se refiere a un proyecto ideal pero imposible de realizar. Es norma común tachar de utópicos los proyectos que tienen por objetivo doblegar a cualquier sistema, básicamente por la cuenta que le trae al sistema. Pero lo que está claro es que ningún sistema es inmortal. Aunque quieran hacernos creer que por ejemplo la “unidad de españa” o el capitalismo lo sean, cuando no representan más que un universo distópico. Nada indica en la historia que existan situaciones inquebrantables. Más bien indica lo contrario.

Para otras personas la utopía tiene una connotación diferente, por ejemplo para Galeano cuando decía que está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para que sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar.

En cualquier caso, caminante no hay camino, se hace camino al andar, y visto el camino realizado hasta hoy tanto aquí como allá me gustaría traer a colación tres verdades revolucionarias sagradas que quizás no lo sean tanto.

La primera de ellas en relación a los máximos y mínimos. Entendidos los máximos como la consecución de objetivos estratégicos definidos siendo los mínimos elementos de acumulación transversal o pasos tácticos. En la jodida historia de la humanidad nos hemos encontrado con que este planteamiento haya dado ningún resultado o éxito. Solo se han cumplido momentáneamente objetivos estratégicos a través de una revolución exitosa y solo a veces se han cumplido mínimos en caso de revolución fracasada. Quedando claro que en ausencia de peligro revolucionario, el reformismo se desfonda y en presencia de reformismo el giro reaccionario se incuba. El cambio lento, lineal y acumulativo no ha dado en ninguna parte del mundo absolutamente ningún resultado apreciable más que enquistar el status-quo y darle tiempo a que se recomponga. Por lo que una clase y un pueblo que no se pongan objetivos altos, es improbable que consiga los mínimos y muy probable que acabe en el mar pragmático de la agonía habiendo sido cambiados en vez de cambiar el sistema.

La segunda de ellas en relación al cálculo político maquiavélico. Estandarte oficial no reconocido en la izquierda. Como si la consecución de objetivos dependiera de un fino hilado de estratagemas y de despliegue intelectual que uniendo una pieza con otra mecánicamente resolvería el puzzle. La asunción de este paradigma ha creado una auténtica escuela de la inoperancia y del delegacionismo, cuando no, de la réplica del enemigo en casa. El resultado ha sido la pérdida de credibilidad. Ya que no es creíble hacer cosas que no se está de acuerdo con ellas. Y en todos los casos donde ha sucedido, las cosas que se han hecho y no se está de acuerdo con ellas, se han quedado para no marcharse. Por lo que una izquierda que no es sincera le costará ser izquierda y para alcanzar objetivos altos de ruptura hace falta izquierda sincera porque la ruptura solo viene de la sinceridad del pueblo en su rabia y hastío, lo cual es el único factor subjetivo que puede generar una crisis real del sistema. Siendo ello la única opción para transcenderlo.

La tercera de ellas, y volviendo al principio, es la utopía. Hoy lo utópico, no en el sentido de Galeano, sino en su uso común, no es la revolución, es la moderación pragmática. Es más probable que estalle la próxima semana una revolución socialista vasca que declare la independencia unilateral a que por ejemplo el pseudo sistema electoral español y sus instituciones impuestas en Euskal Herria hagan cualquier tipo de cambio político y económico estructural. De todos modos, las dos opciones hoy en día son de baja probabilidad, pero una de ellas es imposible.

Todo esto me ha venido a la cabeza cuando estaba repasando unas notas sobre el socialismo utópico. Aquellas corrientes proto-socialistas que no tenían en cuenta la lucha de clases, siendo todo puras formulaciones idealistas que con el tiempo se fueron disolviendo o integrando en el nuevo movimiento socialista “científico” (entre comillas ya que siempre me ha parecido demasiado presumido). Parece que el recorrido histórico de las últimas décadas ha sido desandar lo andado y volver a ese socialismo utópico y las consecuencias están a la vista. Lo cual no es incompatible con que el socialismo “científico” no haya andado hacia adelante, que esa es otra. ¿O es quizás la misma?

One thought on “La utopía

  1. Es una interesante reflexión pero no sé muy bien a dónde nos puede llevar. Se me ocurre que en vez de pensar el proceso como uno de “vanguardias” (sea “yo”, el partido, el movimiento difuso, etc.) y cómo éstas inciden, que es una forma de verlo, suelo tender a verlo primariamente como “sistemas” y su estabilidad/viabilidad, en el que las vanguardias (elementos más conscientes y activos por el cambio) suelen tener una capacidad de acción limitada mientras el sistema está estable pero que a veces puede tener grandes efectos porque aciertan a tocar en un punto débil que tiene efectos importantes en plan “bola de nieve” o “dominó” (pero aún así, si el sistema es estable, no lo va a derribar, aunque yo no sería tan pesimista respecto a los cambios positivos provocados o a la resistencia frente al cambio destructivo, la reacción, que a veces sí que es importante y sienta bases para futuras dialécticas).

    La clave seguramente está en tener el “lujo” de vivir en un momento de inestabilidad creciente, como creo que es el actual y futurible. Ahí la capacidad de influencia es mucho mayor, al menos en potencia, ya que un sistema inestable fácilmente verá amplificadas muchas de las disidencias, como p.e. un puente que “resuena” ante la frecuencia del viento racheado, derrumbándose eventualmente.

    Y críticamente es en estos períodos cuando no sólo se pueden hacer revoluciones, sino que incluso no queda otro remedio que hacerlas: es por eso que el clamor revolucionario se ve amplificado y generalizado, porque el sistema es patentemente disfuncional, porque está claro para un número creciente de gente que está roto y hay que cambiarlo.

    Pero desde el punto de vista de la vanguardia, tanto cuando el sistema es estable y las esperanzas de cambio mínimas, como cuando es inestable y la potencialidad revolucionaria crece a ojos vista, una clave es sin duda incidir donde puedes causar un efecto mayor, porque no es lo mismo intentar tirar un tabique a cabezazos que con cinco mazazos precisos.

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