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Artículo de colaboración para Borroka garaia da! Autora: Natalí Guerrero (Perú)

Quiero escribir por los muertos, aquellos que el capital tras sus distintas personificaciones ha asesinado porque eran un obstáculo a sus crueles intereses de seguir acumulando riqueza para una minoría a través de la explotación de la mayoría.

También escribo por los vivos y sobre todo para los que todavía no se han dado cuenta que pertenecen a la clase obrera. Aquellos que odian ser pobres, tener que trabajar 12 horas diarias por un pago ridículo y que no se atreven a reclamar ni formar sindicatos porque “por lo menos hay trabajo” y porque además cuando existen sindicatos muchos de ellos terminan siendo verdugos de la misma clase que los creó, haciendo el juego al capitalista, actuando de “soplones” escuchando lo que se habla entre los compañeros para correr a contarle al jefe. Aquellos que aspiran a tener todo lo que tienen los ricos. Los autos, las mansiones, la ropa y hasta las falsas relaciones. Y que con algún mínimo ejemplar de alguna de estas cosas que logremos obtener ya nos sentimos en la gloria. Pero desconocemos que hay unos señores que se llevan todo el dinero del mundo. O mejor, que se alimentan desangrando lentamente a todo lo que tiene vida sobre la tierra. Naturalmente de ellos no hemos escuchado mucho porque actúan a través de sus tentáculos invisibles que ya nos suenan un poco más, las grandes agencias de noticias de las cuales beben nuestros canales de televisión nacionales y a los cuales les creemos todo. También están las editoriales y la prensa, hijas a su vez del grupo de medios, también del grupo de los abusadores y ya se sabe que para abusar tranquilamente y sin sobresaltos, por lo menos para quien ejerce la violencia contra el pueblo, es necesario engañar.

Conozco de algunos muertos a consecuencia de la política imperialista y represora de EE.UU, ahí está Víctor Jara y el Che reconocidos mundialmente, pero también están los que nadie conoce más que sus familias, porque se los arrancaron las garras descaradamente feroces de las armas del gobierno de turno, cumpliendo órdenes del imperio como cuando con la llamada Operación Cóndor articuló a sus criminales a través de varios países de Latinoamérica para desaparecer a todo aquel que huela a protesta y revuelta, a él, a ella, los grandes medios de comunicación los etiquetan de “terroristas”, desde aquí hasta el País Vasco o sea a todo obrero que ejerciera su derecho natural a la vida, entendida en toda su expresión: vivir libres, con buenas condiciones de trabajo, disponer de tu tiempo para ver crecer a tu familia, tener salud, tener boca y hablar lo que te gusta. Porque si bien podemos desconocer que pertenecemos a una clase obrera, lo sentimos cada vez que dejamos caer el cuerpo a la cama y sentimos un dolor que nos hace llorar amargamente, a unos por la condición biológica de algún órgano ya muy dañado a otros porque conocemos las causas por las que estemos pasando por esta indeseable situación y en lo que podemos acabar. Igual seguiremos siendo anónimos como aquel trabajador que sigue vivo pero que no lo quisiera porque a consecuencia de ser explotado durante más de una docena de años, está ahora con una enfermedad incurable a la cual el médico solo le ha dado la sentencia de muerte.

A esto se le suma la vileza de la empresa, que maquilla el desprecio por la vida tras sus normas, su marketing y sus relaciones públicas, y que también transgreden abiertamente las normas impuestas por los organismos de trabajo, claro está que si lo hacen es porque saben que no les pasará nada o casi nada porque están enroscados con los gobiernos. Esta es la violencia elegante y silenciosa, esa que no te deja disfrutar de los cumpleaños de tus hijos, de tus compañeros, ni de tus padres. Esa que no te deja disfrutar ni siquiera de tus propios pensamientos porque cuando te atreves a ello o estás despedido o a ver cómo te las arreglas para cumplir con eficiencia el trabajo que te han dado: cavar tu propia tumba, y a la vez poder ir construyendo lo que buscas tú como ser humano, que más de las veces dista de la acción a la que estás obligado para ganar un sueldo que miserable o no, igual te deja mala sensación en el alma.

A cada instante y de distintos modos el sistema se ocupa de hacernos olvidar de dónde venimos, dónde estamos y hacia dónde vamos. Un salario vergonzoso, por la enorme diferencia entre unos y otros, sobre todo porque los que menos hacen ganan más, es la manifestación de que más allá del dolor o del desconocimiento de la estructura violenta que lo determina, es necesario levantarnos, entre todos los caídos, las luchas de los muertos que animen a los vivos porque de pronto en algún momento ya no lo estaremos y ¿qué queda para los que vendrán? Opuesto a la dignidad del ser humano y en línea con la humillación está el aprovecharse de la necesidad de comer cada día para usarnos como generadores de riqueza para los empresarios, al que de paso tenemos que serle siempre amables y sonrientes, no reclamarle nada y encima soportarle su asquerosidad y brutalidad manifestada en un diálogo que no es tal, que es monólogo porque habla desde y para su porquería, haciendo insinuaciones sexuales y hasta tocamientos porque es el que nos da trabajo o nos lo dará. Hay quienes lo soportan y hay quienes no. A las primeras les diría que no tengan miedo, que la línea de la incertidumbre sobre ¿qué sucederá si le respondo y lo pongo en su sitio?, es tan delgada y tan sencilla que cuando la cruzas solo puedas sentir un calorcito rico dentro, como de liberación. Claro que surge la pregunta de dónde se va a trabajar entonces. Espera, ya sé que los puestos están escasos y además muy mal pagados, pero entre soportar un tipo que se cree más que tú solo porque es hombre y tiene un fajo de billetes, y tener que buscar otro trabajo donde te van a pagar la misma miseria, este último es preferible.

Esos que nunca leen y menos aceptan el feminismo. Esos que van de revolucionarios pero que buscan arrinconar a las mujeres de sus filas a las labores convencionales impuestas por el capitalismo. A ellas les digo algo para que me lo recuerden cuando corra riesgo de olvidarlo: primero hay que tener amor propio para luego poder amar a los demás y que si queremos revolución es para liberarnos de la bota burguesa y no para subyugarnos a la de un machito que igual nos termina viendo desde el filtro de sus ojos, con todo lo que esto implica, es decir, solo nos mira para aplacar su sed y su hambre de lo que sea. No olvido a las trabajadoras sexuales.

Cuando vamos por la calle, vemos un mendigo a unos cuantos metros delante y solemos pasar de largo. ¿Y si hacemos lo contrario? ¿Y si más allá de darle una moneda le damos vueltas a las razones de su condición que es la misma para todos nosotros pero en diferentes niveles? Hay quienes no quieren entender y a los que necesitamos explicarles con datos estadísticos para que por lo menos nos dejen hablar. Estos ven la vida como algo estático, creyendo que su buena posición actual en el área que sea se mantendrá así hasta el final. Sin embargo, el dinamismo es infalible. Y de acuerdo a las medidas que tomemos o no en el presente, en algún momento podemos ser mendigos de dinero, de salud, de amor, de aire, de agua. Mendigos de nosotros mismos, porque quisieras ser tú y quisiera ser yo, y no nos encontramos, nos han inflado el cerebro con ideas convenientes al capital. Y le creemos. Este sabe perfectamente que las creencias son poderosas en el ser humano, ahí tenemos a muchos apoyando el fascismo. Ya acabamos ahora de celebrar un primero de mayo pero cerrando todos los poros de la piel para no enterarnos de la verdad y defendiendo a los corruptos y sus políticas porque en el fondo sabemos que el sueño de los que dieron su vida para lograr mejoras se está desvaneciendo, pero nos metieron miedo, y no nos decidimos a actuar.

La represión está en todos lados, llegando hasta la autorrepresión y autocensura. Naturalmente todos queremos una vida sin problemas. Creo que se puede lograr denunciar y pelear por lo que es nuestro derecho cuando todos seamos uno, sin nombres específicos, y a la vez todos, sin jefe y sin estructuras verticales que dicten quien manda a quien, e inmovilicen.

No creo en el destino, creo en las acciones de solidaridad, no la que se usa para conseguir beneficio propio sino la que busca uno mayor, que es común. Nunca he creído en las diferencias que separan aunque por todos los medios la sociedad intente dividirnos, más bien creo en las que unen por ser complementarias, fruto de las diversas vivencias de cada uno. Es preciso tener claro que entre miembros de una misma clase expuestos al mismo maltrato, no podemos depredarnos unos a otros, sino apoyarnos mediante, primero, la autocrítica para con ello reforzar la confianza en uno mismo, lograda solo a partir del propio conocimiento. Es necesario romper todas barreras de personalidad autoimpuestas, al fin y al cabo todo es dinámico y lo que no hicimos antes bien se puede hacer ahora, solo es cuestión de intentar una y otra vez hasta perfeccionar la mirada comunitaria y subversiva. Llegados a este punto, nos encantará por la sensación de libertad o al menos un mínimo de satisfacción al dirigir nuestras acciones a un “algo en común”. Antes de esto ha sido preciso crear lazos de confianza.

Cada día nos encontraremos desafíos a los cuales plantar cara y desde ya proponernos ganar, esto solo es posible cambiando el chip, como se dice habitualmente, si nos hacen sufrir, toma! Aquí me tienes insumisa y combatiente, y reclamona, creando entusiasmo de donde el opresor jamás sabrá para tener fuerzas y darle una patada en el trasero sin que se entere quién, ni cómo, ni de dónde vino.

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