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Artículo de colaboración para Borroka garaia da! Autora: Mareva Mayo

Nunca debí llegar a ciertos pensamientos que me otorgó la ausencia, la marginación, vivida, en una casa al borde del precipicio, pero con pan, con pan que alguien traía y nadie preguntaba. Sufro la vergüenza de haber nacido en un país del primer mundo, de forma atormentada para la palabra, la historia y el pájaro y el verbo.

No debí conocer nunca el playmobil, ni los trenes de madera, ni las nintendo, no debió haber una televisión en el salón de mi infancia. Fui educada, como la mayor parte de esas generaciones de los hijos del capitalismo y la burguesía propagada a la clase media, como el terrible veneno que pagará nuestro futuro y la vida de todos. Fui educada para consumir, para tenerlo todo al remover de unas monedas y no preguntar por los que no tenían, para pensar en gilipolleces, y en metafísicas del sexo de las nubes, y no mirar al otro lado, para no mirar nunca en el fondo de las cosas.

La escuela se encargaba sádicamente de generar la idea de una realidad antipolítica, antifilosófica, fingida como intelectual, como inamovible. Con asignaturas de religión y ética ciudadana para nunca rebelarse, y aceptar la violencia institucional agachando la cabeza y dándole motivos históricos y existencialista y aprender a despreciar y a condenar la defensa de los de abajo.

Fui educada en el egoismo, que era un reflejo del país, de europa, de los que habían puesto el trono y el palacio y el micrófono y vitrina en la historia y los que decidían qué historias no eran importantes y cómo silenciarlas porque pondrían en peligro su entramado de pentágonos y pirámides.

Fui amamantada por los hijos de los que perdieron la batalla e hieron tierra despedazada sobre los cadáveres desmemoriados de aquellos abuelos. Nací en esos 80, donde el socialismo español, era la muerte y la caricatura más amarga y deprorable del socialismo y de la dignidad y de la inteligencia.

Nací en el centro de la mierda con anuncios en televisión de un papel higiénico maravillosamente suave… donde no se veía ningún culo ni las heces y el papel higiénico bajaba corriendo unas escaleras y se deslizaba como alfombra roja en el esperpento de todas las casas de la sociedad. Nací en esa generación gris y rota, sin raíces. Cuando nos habían dicho que haríamos un paraiso, sobre los huesos de los muertos de medio mundo condenado a la miseria. Cuando nos habían dicho que nuestra mayor preocupación sería la de elegir un jabón suavizante espectacular que quitara las manchas de sangre girando en una lavadora y no mezclara los colores.

Fui inculcada al no tienes nada qué protestar, nada de lo que quejarte, nada que cambiar ni por lo qué luchar, estás en democracia, has caído en el país adecuado, en el de las oportunidades, en de la intelectualidad, de farol y perfume, de poemas de flores, de astronautas, ten orgullo patriota.

Fui inculcada al protege con alarmas de seguridad tu casa y ayuda a la policía a denunciar a los delincuentes, la policía te protegerá de no perder tu propiedad privada de aquellos miles que no tienen propiedad ni comida.. Trabaja rigurosamente, sin conciencia de clase obrera, sin sindicato, y si acaso acude a los gubernamentales como CCOO o UGT que comen en nuestra mesa en la ley de nuestros bancos, házte rico si puedes, si eres empresario saca el mayor beneficio a costa de lo que sea….. y sigue trayendo el dinero al capitalismo en su flujo y bucle que te dará el futuro, acumula, hay millones de tiendas que venden cosas que no son indispensables, ni necesarias, pero la gente que las adquiere son los que vuelan alto. Éstate a la última… que no se te escape, porque tú no eres tonto, compra.

Nací en la generación de las películas norteamericanas, cuando más malas en más cines aparecían, sobre la infamia y su heroismo de lombrices y de asesinos, convertidos en díscipulos de dios. Sobre miles de mierdas de historias que su único fin era que la gente meara serrin desde el cerebro. Crecí al lado de las farmacias, que tenían pastillas para la diarrea, para el estreñimiento, para las arrugas de la vejez, crecepelos si te quedas calvo, pastillitas sino puedes dormir, si estás triste, si estás demasiado contento, al eslogan “de no cuentes contigo mismo, no pienses, sé hipocondriaco, ten miedo de todo, depende de nuestros mostradores, sólo nosotros te salvaremos” y vitaminas de toda clase, para que los niños crezcan fuertes y sanos, cuando la nevera estaba llena de cocacola, de yogures danone, de pescados asesinados en redes de arrastre kilométricos, y cachos de cordero de matadero que nunca conoció la hierba ni le dio el sol.

Crecí en esas mesas donde los niños lloraban porque no querían comer, sin saber que en el otro lado del mundo, lloraban porque no podían hacerlo. Crecí en la vergüenza. En el total esperpento de la dignidad que ya no quedaba, que había muerto con Durruti….. de la cultura de lo inútil, de lo mediocre, de los ciegos, del dinero sobre todas las cosas. Del compadécete cristianamente de los que no tienen nada y da alguna limosna a las ongs amigas de la santa iglesia y del estado, pero nunca lo hagas políticamente porque acabarás en la cárcel. Cura los remordimientos de tu vida de mierda y de revista y laca de peluquería, rezando a algún dios, haciéndote místico y buscando la trascendencia de la vida humana y la divinidad. O entrégate a algunas de esas carreras universitarias y libros de la intelectualidad para desarrollar alguna genialidad de los que viven en la burbuja del palacio de cristal. Y aunque esté rodeado por el nazismo económico, y los intereses de las guerras del petróleo, del poder, de las multinacionales, acorazándote con ejércitos, para que nunca salgas de tu prisión de oro ni entren allí los avasallados, alégrate, sirve a tu patria, ten orgullo de bandera y de raza.

Crecí en esa generación donde la mentira y la manipulación, era el discurso indispensable para dar por cierto y adaptarse al sistema, rellenar el formulario, ser aceptado y aprobar el exámen.

Y donde los pocos que se rebelaban, eran terroristas, perseguidos y encarcelados..y todos en el bar, estaban de acuerdo y decían con voz solemne que habría que pegarles un tiro porque la vida es sagrada (sólo la de los buenos ciudadanos) y la democracia es lo mejor que ha pasado nunca en la historia.

Nací entre muertos con tarjetas de crédito y los ojos y la memoria que les quedaba dentro de su culo atado a su ombligo, . Donde la única salida honesta, era volverse loco o tomar el fuego de la dignidad asesinada.

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