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retazos

Artículo de colaboración para Borroka garaia da! Autor:  Lakarama

“Soy un asqueroso narcisista” dice con desdeño un narcisista, y se enreda en sí mismo, casi sin darse cuenta: “Dios, soy un narcisista, ¿qué debería hacer? Otra vez con la misma mierda”. No se da cuenta que se está perpetuando a sí mismo como tal. “Eh” le habla una voz desde fuera que suena embotellada, “escúchame, mira, estoy aquí” repite la voz. Resulta ser un sonido que cumple la función de fondo para toda la vorágine mental del narcisista que se preocupa por no serlo. Necesita un grito, una palabra fuerte, más volumen, algo que se sobreponga al nivel de su actividad mental.

“¡No me estás escuchando, eres un egoista!” sobresale la voz embotellada y consigue algo de protagonismo en su cabeza. “¿Egoísta yo? Si estoy intentando no serlo, maldita sea” se queja y sigue sin entender nada. Absolutamente nada. No lo entiende porque está ciego. “¿Qué querrá decir con egoista?” se dice para sus adentros nuevamente y sigue sin ver nada. Está mutilado, le falta el cuerpo y el afuera para comprender, y no es consciente de ello. “¿Cómo podría dejar de ser egoista? ¿Qué debo hacer?” se pregunta una vez más y no ve que la respuesta la tiene justo delante de sus narices. No ve porque está ciego de sí mismo.

El azar es lo único que lo puede salvar: la aparición de una solidaridad rebelde y espontánea escondida en algún recoveco de su inconsciente, una distracción perdida que le recuerda que hay un mundo ahí fuera, una inspiración creativa que le hace ver que no respira, una alucinación auditiva antes de que ésta sea patologizada, el dolor físico o un beso en la mejilla, o una mano que se posa sobre la suya para colarse por alguna grieta de su rígida personalidad que, por cierto, no para de retorcerse violentamente por dentro. Se trata de ese azar que luego se fragmenta en pequeños retazos de voluntad. Pero todavía es pronto para eso. Quizá haya alguna posibilidad para abandonarse a su suerte y estar a su altura.

Quizá aprenda a ver que ese individualismo recalcitrante y ese machismo arrogante que no dejan de cotillear en su campo perceptivo son la fuente de su sufrimiento. Ese “quizá” es paradójicamente determinante en el devenir del narcisista. Ahora, simplemente, necesita parar de escribir y olvidar todo esto, pues, está vez, el azar requiere de su llanto y nada más. Ahora es el momento para esos pequeños retazos de voluntad.

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