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Artículo de colaboración para Borroka garaia da! Autores: José Luis Herrero y Antton Azkargorta. Profesores despedidos de la UPV

Continuación de 25 años de historia de una pancarta (Parte primera)

El 3 de diciembre de 1993 cinco profesores anteriormente despedidos y un funcionario solidario fuimos desterrados del campus de Leioa. Los profesores habíamos sido despedidos el 31 de Marzo de1992 por no firmar los contratos administrativos que nos ofrecían. Nos habíamos declarados insumisos a este tipo de contrato temporal y discriminatorio con respecto a los contratos de los funcionarios. Veníamos reclamando desde hacía tiempo una relación laboral con la Universidad equiparada en derechos y obligaciones con los profesores funcionarios, únicos que en aquellos momentos tenían la condición de permanentes. Habíamos confeccionado una pancarta con los lemas: Autonomía Universitaria, Profesorado Propio, No a los despidos. Y habíamos intentado seguir dando clases pues nos considerábamos profesores despedidos ya que habíamos llegado a un acuerdo con el rector para continuar como profesores con un contrato específico no administrativo que había sido rechazado por la Junta de Gobierno. Nuestra perseverancia en la lucha y la negativa de la UPV a volver a negociar nos habían llevado a un enfrentamiento con la institución cuyo desenlace final fue la expulsión del Campus de Leioa. Los acontecimientos que le precedieron vienen recogidos en la primera parte de esta historia publicada anteriormente. Nos colocamos con la pancarta en la puerta de entrada, protegidos por un muro y vigilados estrechamente por guardas jurados que nos impedían el paso. Comenzaba una nueva fase de esta larga lucha por el contrato laboral.

Destierro

Habíamos sido desterrados por dos años del campus de Leioa, destierro que se prolongó arbitrariamente otros dos años más. Tuvimos que reflexionar sobre lo que hacer ante las nuevas circunstancias y adaptarnos a la situación. Desde luego seguíamos firmes en no firmar el contrato administrativo y no teníamos intención de irnos a casa. Los sucesos pasados nos habían motivado mucho y los dirigentes universitarios, a pesar de los recursos de que disponían, no habían conseguido doblegarnos. Habíamos entrado en una fase de la lucha que obligaba a la resistencia.

Decidimos luchar por la libertad de circulación por el campus de Leioa que ahora se nos negaba. Cualquier ciudadano podía hacerlo menos nosotros y nos íbamos a oponer con todas nuestras fuerzas a esa insólita medida. Asimismo seguiríamos reivindicando la aplicación del acuerdo alcanzado con el Rector Goiriena para nuestra reincorporación a la UPV. Su rechazo por parte de la Junta de Gobierno que ratificaba nuestra exclusión lo valorábamos como un acto de marcado carácter ideológico-político y por eso siempre hemos considerado que fuimos injustamente despedidos.

De todas formas nos preocupaba que este tipo de peripecias y reclamaciones, surgidas como consecuencia del devenir del proceso de insumisión al contrato administrativo iniciado en el año 1990, oscureciese nuestro principal objetivo: la consecución de un profesorado propio con contrato laboral equiparado en derechos y obligaciones al profesorado funcionario. Por eso debíamos impulsar con fuerza renovada esta reivindicación estratégica, llenarla de contenido político y no solo laboral, abrirla no solo a la Universidad sino a la sociedad vasca, conectarla con los intereses nacionales de nuestro pueblo, construir un cuerpo de fidelidad a esta causa más allá del pequeño grupo de seis personas que habíamos quedado y universalizar así nuestra lucha. Constituía una necesidad apremiante para romper el aislamiento al que nos querían someter los dirigentes universitarios y el numeroso grupo que formaban sus aliados. Por eso una de nuestras principales tareas en la nueva coyuntura habría de ser la de definir, categorizar y conceptuar en lo posible el enunciado de Profesorado Propio, excediéndolo de su anclaje jurídico-estructural de mera relación laboral. Sin olvidarnos, claro está, de elaborar proyectos claros de nuevas figuras contractuales laborales para su difusión en los marcos universitarios, políticos y sociales. Una gran tarea de pensamiento y actividad nos esperaba.

Decidimos mantenernos con la pancarta en la puerta de entrada del Campus todos los días de lunes a viernes. Cumpliendo un horario laboral equivalente en aquellos momentos a los del Personal de Administración y Servicios (PAS); es decir de 8 de la mañana a 5 ½ de la tarde con una pausa para comer. Nuestra posición era privilegiada en relación a captar la atención del personal universitario pues era la puerta principal de entrada al recinto. Aunque teníamos el inconveniente de encontrarnos a la intemperie protegidos solo por una pared. Sabíamos que la lluvia, el viento y las bajas temperaturas, sobre todo en invierno, nos iban a atormentar pero conocíamos también el efecto que nuestra presencia permanente en ese lugar iba a provocar en la conciencia de muchas personas.

Al principio la vigilancia de los guardas jurados resultaba asfixiante, con un tropel de ellos colocados prácticamente encima de nosotros. En estas condiciones era imposible el acceso al interior burlando su vigilancia. Incluso nos seguían con vehículos cuando bajábamos a comer a Leioa. Con el paso del tiempo la sensación de militarización que causaba su presencia se les volvió en contra y la Universidad decidió retirar a la mayoría de los guardianes de esa puerta, ubicándolos en el interior. Esta situación la aprovechamos para introducirnos en el interior del recinto a través de diversos medios: coches, autobuses, furgonetas e incluso a pie disfrazados para evitar ser reconocidos por los vigilantes que guardaban todas las entradas. Una vez dentro del Campus nos dirigíamos a la puerta de ciertas aulas simbólicas donde habíamos impartido clase anteriormente, a oficinas departamentales o a las aulas de algunos profesores que nos apoyaban explicando a los estudiantes nuestra situación. Asimismo, nos colocábamos con la pancarta en lugares específicos donde circulaban o permanecían muchos universitarios como el comedor, el edificio de la biblioteca etc. para impedir la acción de los guardas jurados que tenían la misión de neutralizarnos. Sin embargo, más tarde determinamos que nos debíamos colocar en otros sitios con menos protección para nosotros como elDecanato de periodismo, el Rectorado o los espacios entre facultades. Una vez situados allí éramos rodeados sistemáticamente por los guardas de seguridad que una y otra vez intentaban llevarnos de nuevo a la puerta principal. Al resistirnos éramos apaleados y arrastrados por el suelo contando solo con la ayuda de un pequeño grupo de estudiantes que intentaba protegernos, bajo la mirada de profesores y otros alumnos que no hacían nada para impedir las agresiones. Salíamos de esas batallas a veces magullados y otras con heridas graves como roturas de menisco o fisuras. Un clima de terror se había instalado en la Universidad pues muchos universitarios habían interiorizado que cualquier ayuda hacia nosotros podía ser perjudicial para sus intereses. Resultaba patético el comportamiento de antiguos compañeros o estudiantes que huían cuando nos veían entrar por miedo a que cualquier gesto de colaboración con nosotros se volviera en su contra. Se trataba de un miedo irracional creado por la violencia y amenazas de las autoridades. Recordamos aquel día en donde nuestro compañero José Ramón Etxebarria fue arrastrado por el suelo y se refugió durante tres horas debajo de un vehículo con los guardas de Protecsa golpeando a diestro y siniestro y los ertzainas intentando con peligrosas maniobras sacarlo del inusual emplazamiento. Mientras tanto, contemplando el espectáculo se agruparon cientos de personas, la mayoría increpando a policías y guardas. La imagen de un Joserra cansado pero firme, descamisado y cubierto de golpes constituyó la portada de algunos periódicos. Nosotros lo interpretamos como un gran triunfo de resistencia, a pesar que otro miembro de la pancarta tuvo que acudir al hospital a consecuencia de un golpe de porra recibido en la cabeza. Por nada del mundo íbamos a renunciar al derecho a circular libremente.

Sin embargo, esta dinámica de forzar la entrada y ser continuamente reprimidos, aunque desgastaba a las autoridades académicas e inestabilizaba a la Universidad, iba resultando excesivamente costosa para nosotros y no estaba dando lugar a apoyos sólidos para nuestra causa. En estas circunstancias era difícil que la UPV negociase y el tema del contrato laboral se mantenía un tanto aparcado. Había que dar un paso adelante para implicar a los sindicatos y a los estudiantes. Por eso decidimos recluirnos en la sede del sindicato LAB en Leioa. Buscábamos un sitio para protegernos de las acometidas de Protecsa y que se convirtiese además en un centro operativo para organizar nuestras acciones, llevar a cabo ciertos trabajos y estudios y convocar y reunirnos con nuestros apoyos. Una vez instalados, y contando con el permiso un tanto a regañadientes de ese sindicato, que nos otorgaba cierto grado de protección ante posibles desalojos, nos pusimos a la difícil tarea de reconquistar el espacio de las clases que lo habíamos perdido con nuestro destierro y el asentamiento de los esquiroles.

Construimos unas pequeñas cartulinas que nos las colgamos en el pecho con la frase “No a los despidos” y acudimos a las clases de los esquiroles como antes, permaneciendo en silencio dentro de las aulas mientras que el esquirol impartía enseñanza. Esto duró poco porque los esquiroles no admitían nuestra presencia y nos denunciaban a las autoridades, suspendiendo estas la docencia y trasladándola a otro lugar. Mientras tomaban nota de lo que sucedía para ir engordando las acusaciones contra nosotros de cara a próximos juicios o resoluciones de la Universidad. La mayoría de los estudiantes de las líneas de euskera se oponía a los esquiroles, pedían que se negociase con nosotros y boicoteaban ellos mismos la docencia. Una paradoja se daba entonces porque las acciones de los estudiantes nos permitían no acudir a las aulas porque ellos se encargaban ahora de rechazar a ciertos profesores. Llegó un momento en que los esquiroles venían a las clases acompañados de los guardas de Protecsa lo que originaba continuos tumultos que hacían imposible cualquier intento de ofertar una enseñanza en condiciones. Algunos estudiantes incluso llegaron a encerrarse y pasar las navidades en la Universidad en un local de la facultad de Periodismo situado muy cerca de la sede donde nosotros permanecíamos encerrados, compartiendo con ellos algunas veladas. De estas experiencias surgirían posteriormente los grupos de apoyo más sólidos que hemos tenido en esta larga lucha.

Los mandatarios universitarios habían sufrido una derrota. Ellos esperaban que con nuestro destierro del Campus el problema quedaría liquidado y los de la “pankarta” tendríamos que elegir entre marcharnos a casa o firmar derrotados el viejo y desprestigiado contrato administrativo. Sin embargo, no solo no habíamos cedido sino que habíamos conseguido romper el destierro, instalarnos en un local universitario y volver de nuevo a las clases con nuestras protestas. Además algunos estudiantes se oponían a recibir docencia con los esquiroles y las continuas actuaciones represivas de los guardas jurados estaban creando un clima de inestabilidad en la UPV que dañaba gravemente la imagen de esta institución en la sociedad. Por ello establecieron una estrategia que pensaban nos sacaría definitivamente del Campus.

Policías de paisano empezaron a proliferar por el recinto. Ellos y los guardas jurados a los que denominábamos “Gujus” se abalanzaban contra nosotros cuando salíamos de nuestro refugio para dirigirnos a las aulas. Se cebaban especialmente con Enrike López. Quizás por su habilidad en sortearlos y por sus continuos “escraches” a los dirigentes de la facultad de periodismo a los cuales reprochaba y responsabilizaba de la violencia ejercida contra nosotros. Policías y guardias le atrapaban, golpeaban, tiraban y arrastraban por el suelo, intentando sacarle del recinto. Cada vez más estudiantes al ver estas violentas escenas intentaban protegerle, enfrentándose con la “madera”, en medio de la indignación de las personas que contemplaban estos fallidos desalojos y que increpaban a esas fuerzas. Las autoridades comprendieron el coste que representaban para ellos estos espectáculos tan violentos y cambiaron de táctica dentro de la estrategia de desalojo que se habían marcado. Ahora policías de paisano se acercaban al local de LAB y nos conminaban a su abandono bajo amenaza de sanciones, mostrándonos para intimidarnos las órdenes de destierro emitidas por los dirigentes universitarios. Pero al responderles una y otra vez con negativas adoptaron una especie de solución final: vigilaban nuestras entradas y salidas del Campus y aprovechaban ciertos momentos para retenernos, llamar a la Ertzaintza y en un furgón policial llevarnos detenidos a la comisaria. Allí pasábamos la noche y al día siguiente nos trasladaban ante el juez que iniciaba el procedimiento de instrucción correspondiente. Nos soltaban con cargos a la espera del juicio correspondiente. Y así 1, 2, 3, 4, 5, 6 y 7 veces. Estos cargos generalmente eran los habituales de desórdenes públicos y resistencia a la autoridad. Tuvimos a lo largo del tiempo unos 14 juicios por diversas causas, perdidos naturalmente casi todos, con condenas en todos los casos inferiores a los 2 años, con la intención clara de que no entrásemos en prisión. En estas sentencias se incluían multas, abonos por responsabilidad civil, embargos de bienes y demás. El objetivo era desmoralizarnos y desmovilizarnos bajo la amenaza de la cárcel y el detrimento económico para nuestros bolsillos que todo esto representaba. Algunos de nosotros entramos en la cárcel de Basauri por no pagar una multa y también sufrimos arrestos sustitutorios. Especial fue el caso de Enrike. Este se declaró insumiso a los jueces, no nombró abogado ni se presentó en los juicios. Esto le acarreo varias detenciones y el ingreso en dos ocasiones en la cárcel. El resto de las otras cinco personas que componíamos la “Pankarta” nos presentamos a los juicios. Queríamos aprovechar la ocasión para denunciar nuestra situación e impulsar a través de ellos nuestras reivindicaciones. Las comisiones de apoyo se movilizaban en todo el proceso. Acudían a la entrada de las comisarías y de la cárcel, se desplegaban en los juicios y se esmeraban por difundir nuestra situación en la Universidad y en la prensa. Estas detenciones y los juicios politizados constituyeron unos importantes instrumentos de lucha por el eco propagandístico que ellos supusieron. El rector Pello Salaburu retiró, en una fase determinada de los procedimientos, a la UPV como acusación particular pero los fiscales siguieron con las causas. Y ello a pesar que una sentencia del TSJ un tanto tardía, de comienzos del siglo, declaró nulo nuestro destierro. Hay que tener en cuenta que la mayoría de las detenciones y juicios contra nosotros tuvieron lugar bajo el pretexto de que habíamos vulnerado la medida citada. Reinterpretando la sentencia del TSJ los fiscales siguieron acusándonos y los jueces castigándonos. La Universidad no recurrió la sentencia del TSJ ni tampoco se disculpó por la grave medida tomada y sus consecuencias. Hasta el día de hoy, ningún alto responsable universitario ha reconocido públicamente los atropellos e injusticias cometidos contra nosotros ni ha habido ningún reconocimiento de nuestra contribución al logro de un profesorado propio con contrato laboral.

Las detenciones continuas y el paso por los juzgados no habían conseguido que desistiéramos de nuestra lucha y abandonásemos el encierro que veníamos efectuando en la oficina del sindicato LAB. Pero aunque el tema del profesorado propio y el número de universitarios que se posicionaban a favor de nuestro reingreso en la UPV seguía aumentando no habíamos logrado, tres años después de nuestro destierro, en 1996, y ya con Pello Salaburu como nuevo Rector sustituyendo a Goiriena, forzar a una nueva negociación a las autoridades académicas y tampoco conseguir que nuestros compañeros en activo rompiesen con la dinámica de suscribir periódicamente el denostado contrato administrativo, a pesar que la propia Junta de Gobierno había elaborado unas bases que reconocían figuras propias de contrato laboral. Aunque esto último se trataba de una mera propuesta, pues su aplicación debería ser recogida por el Parlamento vasco a través de una ley específica o por el propio Gobierno mediante un decreto. Como siempre volvía el interrogante político de ¿Qué hacer?

Las huelgas de hambre

Decidimos iniciar una serie de huelgas de hambre rotatorias en las que íbamos a entrar todos los miembros de la “Pankarta”, a excepción de uno de ellos por motivos de salud. Habíamos planeado mantener la huelga durante 15 días cada uno con la intención de sostener la tensión universitaria durante más de dos meses. No eran las primeras huelgas de hambres en que habíamos participado ni serían las últimas. Utilizamos profusamente este instrumento de lucha por su significado rompedor en un espacio como el universitario, bastante elitista. De hecho, en la historia de la UPV no conocíamos caso alguno de huelgas de hambre tan prolongadas realizadas por el profesorado, sector de trabajadores que la sociedad considera que goza de un estatus social relevante y privilegiado. Además, estas acciones iban en consonancia con el carácter de desobediencia civil pacífica que siempre hemos intentado dar a nuestro movimiento. Estas medidas, por el sacrificio que representan, fomentan en ciertas coyunturas propicias y en lugares específicos como la Universidad fuertes solidaridades, sobre todo de estudiantes, importantes movilizaciones y un gran eco no solo en la Universidad sino en ciertos ambientes sociales. Constituyen una considerable fuente de presión sobre los mandatarios universitarios, sobre todo cuando se prolongan en el tiempo. Suelen ser factor de consolidación de los grupos y comisiones de apoyo.

En total realizamos a lo largo de todo el proceso de lucha unas cuatro huelgas de hambre por profesor. Como fuimos 5 los que participamos en ellas, serian cerca de 20 las efectuadas en total. Unas fueron defensivas, como las efectuadas a raíz de nuestra sustitución por esquiroles. Otras afirmativas para presionar a las autoridades a negociar. Algunas se llevaron a cabo para solidarizarnos con los presos políticos encerrados en cárceles alejadas como “El Salto del Negro “y sometidos a un grado elevado de violencia. Hubo una huelgas de hambre protagonizadas por Nikolas Xamardo -funcionario que fue castigado por apoyarnos- y José Ramón Etxebarria, para impulsar la aprobación por la Junta de Gobierno de la UPV de unas bases de profesorado que incluían, como hemos ya señalado, modalidades de profesorado propio con contrato laboral indefinido en la nueva figura creada (Agregado). Así como unas fórmulas de estabilización provisional del contratado administrativo. Proyecto que ya hemos apuntado no tuvo recorrido legal. Las huelgas de hambre fueron a veces espontaneas, decisión propia de los participantes en ellas, y otras planificadas desde un principio, como las rotatorias que hemos comentado al inicio. Aunque casi siempre las circunstancias, más o menos aleatorias, romperían con las secuencias previstas en la organización previa.

El primero que inicio el turno huelguístico fue José Luis Herrero. No llevaba más que 7dias de huelga de hambre cuando varios ertzainas lo desalojaron de la sede de LAB donde mantenía su acción. Sin permiso del sindicato y por primera vez desde que comenzó el encierro en este local las autoridades académicas dieron autorización para violar ese supuesto espacio aforado. La incapacidad de los dirigentes universitarios por poner fin a nuestra persistente lucha les había conducido a esta salida represiva. Pero la rotación continuaba y ahora sería Enrike el que tomaría el relevo en la misma sede de LAB, siendo acompañado por varios estudiantes de la comisión de apoyo. Este compañero no se limitó, sin embargo, a cumplir con el periodo de 15 días planificado sino que se lanzó a una huelga indefinida. Cuando llevaba 32 días de ayuno y había perdido cerca de 13 kilos. Aprovechando una salida nocturna los servicios unos policías se abalanzaron sobre él y lo llevaron semidesnudo a la comisaria de Erando. Allí se declaró en huelga de sed y conducido ante el juez este le dejo en libertad sin declarar, a instancias del forense dado su delicado estado. Sin embargo, sería procesado por desobediencia con una petición de 6 meses y multa de 200.000 pts. de aquella época (Abril de 1996, con Pello Salaburu como Rector). Enrike no dejó su huelga de hambre y acudió al encierro-ayuno que un numeroso grupo de amigos y miembros de la comisión de apoyo realizó en solidaridad con él en la Basílica de Begoña. Intentó posteriormente acceder a la sede de LAB pero al encontrarla cerrada se situó en una tienda de campaña en la puerta de la UPV para continuar con su ayuno. Unos días después, cuando se iban a cumplir los 40 días de su huelga de hambre, abandonó este tipo de interpelación. Cerca de 500 estudiantes le acompañaron en ese momento.

Antton Azkargorta fue el siguiente huelguista. Dadas las trabas puestas por el Rectorado para llevar a cabo este tipo de acciones se decidió que efectuase la huelga en una caravana situada próxima a la puerta de entrada pero fuera del recinto de Leioa para evitar la intervención de la policía autónoma. Igual que Enrike, se declaró en huelga de hambre indefinida. Cuando llevaba 21 días con esta medida unos emisarios vinieron a comunicarnos que el rector Pello Salaburu quería comenzar un proceso de diálogo con nosotros. Antton dejó la huelga. Una nueva etapa se abría ante nosotros. Nuestra perseverancia, las consecuencias negativas que este tipo de lucha estaba produciendo para una imagen ya bastante deteriorada de la UPV y las importantes movilizaciones que habían acompañado todo este rosario de huelgas y sucesos había por fin forzado a las autoridades universitarias a ceder en su inmovilismo negociador. Más de tres años después de la primera negociación con Goiriena se abría ahora otra. Conociendo el talante de ese rector no éramos demasiado optimistas en lo que se refiere a la posibilidad de conseguir un acuerdo digno.

Hemos mencionado la importancia de las comisiones de apoyo durante el ciclo de huelgas. Hay que señalar que, una vez que Enrike fue desalojado de la sede de LAB, los estudiantes que nos ayudaban volvieron a ocuparla, cumpliendo ahora el papel de centro de operaciones de la comisión de apoyo estudiantil en la labor solidaria de organizar y difundir en la UPV nuestras acciones y reivindicaciones. El intento de la Universidad en desalojarnos de ese local se había traducido en huelgas de hambre, movilizaciones varias y nueva ocupación de la sede, ahora por parte de los estudiantes solidarios. Una vez más la acción represiva violenta de los mandatarios universitarios se había traducido en un reforzamiento de nuestras posiciones y el regreso a la mesa negociadora

La constitución del Cuerpo-Sujeto

Los despedidos constituíamos un minúsculo ejército de 6 personas enfrentados a un gigantesco conglomerado de fuerzas que se habían aliado para que desistiéramos de nuestra lucha. Teníamos en contra las leyes universitarias y el aparato universitario con su poderoso despliegue ideológico, represivo y estructural. Teníamos que padecer la desafección total de los sindicatos abertzales (LAB, STEE-EILAS, ELA) y la actitud agresiva de los unionistas (CC.OO Y UGT), que nos habían negado todo apoyo, dado órdenes para no contribuir a la caja de resistencia y criticaban y condenaban continuamente de palabra y pluma e incluso, en algunos casos, de obra, nuestra decisión de no firmar el contrato administrativo y nuestra forma de lucha. Padecíamos, asimismo, la política de las organizaciones de la Izquierda Abertzale, incluida su rama estudiantil (Ikasle Abertzaleak) encaminada sistemáticamente a ocultar y ningunear nuestra lucha. Por supuesto éramos carne de cañón de guardas, policías y jueces y sufríamos las descalificaciones y la política, habitual por estos lares, de criminalización de parte de la mayoría de medios de comunicación y partidos políticos. Y sin embargo, todas estas potentes fuerzas no conseguían doblegarnos e incluso con el paso del tiempo nos íbamos fortaleciendo cada vez más. ¿Cómo era ello posible?

Podríamos mencionar como explicación el contexto socio-político de Euskal Herria donde tenía lugar una gran confrontación política de carácter nacional que había engendrado numerosas organizaciones y movimientos contrarios al estado de cosas y que se oponían a la reforma post-franquista. La UPV, como institución que formaba parte de esta sociedad politizada, incluía en su seno a numerosos grupos, organizaciones y colectivos de estudiantes y trabajadores con una dinámica partidaria del cambio político, social y educativo y que desde hace tiempo venían enfrentándose a los diversos gobiernos universitarios y a sus políticas, así como a las estructuras académicas que fijaban los términos y límites del orden universitario, orden por cierto muy dependiente de las normas y decisiones emanadas del Estado. Nosotros definíamos a la UPV como la Universidad española radicada en las vascongadas. Existían pues en el espacio universitario un conglomerado de valores, ideologías, sensibilidades y fuerzas de oposición, rechazo o confrontación activa con el sistema vigente. Toda esta situación singular conformaba un caldo de cultivo propicio, en un principio, para la confrontación-político-laboral y la expansión y aceptación amplia de las ideas que defendíamos y los objetivos que reclamábamos. Y eso con independencia de las críticas que recibíamos por las formas de lucha utilizadas, formas por cierto obligadas por nuestra escasa dimensión cuantitativa, la terrible violencia empleada contra nosotros, la importancia política de nuestra apuesta y la singular y poderosa alianza de fuerzas que intentaba frenarnos.

Asimismo, no podemos dejar de mencionar la tradicional división entre las diversas facciones, camarillas y poderes académicos y sindicales que poblaban la UPV, origen de numerosas disputas internas, que dificultaban la adopción por parte de esta institución de una política y unidad de acción comunes en momentos de conflicto y crisis, llegando esta división a debilitar a veces la toma de decisiones e incluso paralizando gravemente en algunos casos el propio funcionamiento interno del UPV. Esto permitía a los sectores y grupos críticos o rupturistas entre los que nos encontrábamos un margen amplio de maniobra en determinadas coyunturas, el logro de ciertas reivindicaciones, la influencia en la toma de muchas medidas y cierta defensa ante las desigualdades e injusticias presentes. En el marco universitario además siempre ha existido una larga tradición por preservar a la entidad de las consecuencias derivadas de los antagonismos y conflictos exteriores. Y no se aprobaba, salvo en ciertos círculos, la incorporación a la Universidad de consensos represivos fraguados por los grupos políticos contra la Izquierda Abertzale. Igualmente las políticas impositivas y el empleo de la violencia por parte de las autoridades, aunque aplicadas en la UPV a mansalva, eran vistas en general como un fracaso de los mandatarios y de la propia Universidad, con independencia de que tuvieran o no éxito. Se preferían, en general, las políticas que llevaran al diálogo, la negociación y los acuerdos y los dirigentes universitarios que sostuvieron tozudamente una práctica contraria terminaron todos sus mandatos sin poder volver a presentarse a la reelección, o sufriendo graves derrotas en medio de críticas, la indiferencia o el alivio por su retirada, aunque algunos recibieran los agasajos institucionales y las habituales muestras diplomáticas de reconocimiento. Sin duda todo lo anterior, perfectamente conocido por los miembros de la “Pankarta”, nos otorgaba cierta ventaja en la lucha respecto a otros conflictos no universitarios.

Además de esta multiplicidad de agentes y factores a favor de un cambio en las coordenadas universitarias y de las singularidades propias de la UPV que hemos señalado, y que podemos calificar como aspectos objetivos -aunque vayan asociados a elementos subjetivos-, la energía desplegada por nuestro pequeño grupo contra la alianza de fuerzas reactivas estuvo impulsada por aspectos netamente subjetivos. Los acontecimientos ya relatados del periodo que abarca los años 1990 y 1991 nos motivaron excepcionalmente. Sin ellos no habríamos iniciado la travesía que nos ocupa y no habríamos sido capaces de continuar en nuestra aventura. Queríamos ser fieles a todo aquello que nos embargó y arrastró, a toda aquella ruptura temporal del orden universitario. Si uno no ha vivido aquellos momentos u otros parecidos es muy difícil que pueda valorar nuestra decisión insumisa. Solo dentro del interior de esa experiencia se puede llegar a comprender algo de nuestra intervención considerada por casi todos, dada la relación de fuerzas tan desigual, como un acto de locura. Como toda fuerza, todo impulso subjetivo tiene algo de incomunicable y es difícil registrarlo en un escrito. Como es difícil expresar literariamente cualquier acto creativo. Una aproximación a las causas y consecuencias de la decisión tomada se encuentra recogida en nuestra obra colectiva: “Historia de una Pancarta”, obra con una gran carga subjetiva escrita en el fragor de la batalla. Lo que sí nos ayudó mucho es la composición del grupo de 6 personas que al final quedamos. Había en el colectivo profesores con larga experiencia en la lucha histórica por el contrato laboral, profesores con una amplia trayectoria en el mundo de la política, la lengua vasca, la cultura y la enseñanza. Personas conocidas en la Euskal-prensa. Personas movilizadas en defensa del modelo D, activistas en numerosas luchas insumisas. Todas ellas pertenecientes a la Izquierda Abertzale, no entendida como aparato organizativo social o político sino como espíritu fiel a los enunciados de independencia, autodeterminación, territorialidad y socialismo. De hecho, nos habíamos desvinculado del sindicato LAB por su posición en el conflicto y eso que entre nosotros se encontraba el fundador del sindicato en la UPV, el antiguo mahiakide José Ramón Etxeberria. La mayoría, personas muy conocidas y respetadas en el amplio espectro del abertzalismo e incluso más allá y con una trayectoria ejemplar militante en varios campos. Eso favoreció también la expansión del movimiento ya que las singularidades individuales juegan un rol importante en toda empresa colectiva.

Pero ni la proliferación de movimientos y organizaciones de carácter nacional y popular, ni la división de las elites universitarias, ni la amplia historia de lucha a favor del contrato laboral, ni las peculiaridades y valores universitarios, ni la subjetivación combativa engendrada por los acontecimientos de 1990 y 1991, ni las características individuales de los miembros de la “Pankarta” constituyen condiciones suficientes para explicar el largo proceso de resistencia del colectivo de profesores despedidos ni sus importantes logros. Sin la existencia de un cuerpo organizado, de un sujeto fiel a los enunciados recogidos en la pancarta -Profesorado Propio, Autonomía Universitaria, No a los despidos- no hubiera sido posible ese proceso. La pregunta entonces es: ¿Quién compone este sujeto?

En primer lugar está el núcleo fundamental formado por los seis profesores actuando como colectivo; es decir con una potencia superior a la simple suma de sus elementos aislados. Este órgano del cuerpo tiene la dirección política, señala la línea estratégica a seguir y toma las decisiones más importantes durante el recorrido del proceso. Pero junto a él van a ir apareciendo personas, y grupos más o menos organizados que actuando de servicio de apoyo se irán configurando a lo largo del tiempo como partes de ese cuerpo general. Son las comisiones de apoyo. Desde el principio del movimiento hemos recibido la ayuda de numerosas personas y colectivos que de una u otra manera nos prestaban cobertura. Pero veíamos que se hacía preciso conformar y consolidar una estructura organizativa más sólida que, actuando en común pero al mismo tiempo con autonomía de sus diversos componentes, permitiera una ayuda eficaz tanto en las labores de apoyo a las acciones e iniciativas de los despedidos como en la importante tarea de difundir y expandir sus ideas y proyectos. El nexo de unión, lo que iba a dar consistencia y hacer compatible a los diversos miembros de ese cuerpo general iba a ser el proyecto de Profesorado Propio, vinculado a un nuevo modelo educativo nacional y al euskera y la reincorporación a la UPV de los despedidos. Estos diferentes miembros respetaban por supuesto la apuesta por la insumisión y las formas, iniciativas y decisiones de ese núcleo del cuerpo formado por los despedidos.

Se redactó un borrador de manifiesto y se convocó una reunión a finales de noviembre de 1992 en la facultad de Ciencias. A esa reunión asistieron personas del mundo euskaltzale, profesores, estudiantes, sindicalistas y diversos colectivos populares. Se aprobó el manifiesto que posteriormente sería firmado por personas a título individual, 36 organismos y 20 ikastolas. Esa reunión constituyó una especie de pistoletazo de salida de ese cuerpo-sujeto. Se conformaron tres comisiones de apoyo, una por cada territorio, aparte las comisiones específicas estudiantiles que poseían una dinámica propia aunque integrada en el proyecto general. A lo largo del tiempo han sido muchas las tareas y actividades desarrolladas por las comisiones de apoyo: manifestaciones, concentraciones, reuniones con partidos políticos, autoridades universitarias, el Consejo Social y los sindicatos. Recogida de firmas, elaboración de documentos, debates, envíos de telegramas, artículos en la prensa, funcionamiento de la caja de resistencia, difusión de información, organización de campañas a favor del profesorado propio y la Universidad nacional. Sin olvidarnos de su participación y cobertura en las huelgas de hambre, encierros y juicios. A lo largo de la vida de estas comisiones hubo entradas y salidas de miembros y algunas de ellas fueron más efectivas que otras. Queremos destacar la labor de tres funcionarios: Laura Mintegi, Iñaki Zabaleta y Antxon Mendizábal en el interior de la UPV con sus escritos, esfuerzo desarrollado en la recogida de firmas de apoyo entre los profesores a nuestra readmisión, organización de la caja de resistencia , denuncia de los tribunales universitarios sancionadores y otras muchas tareas. En un ambiente enrarecido por la represión y las campañas difamatorias en nuestra contra. Recordamos también las dos grandes manifestaciones en el campus de Leioa con participación de familiares y amigos de presos, madres de estudiantes y miembros de la comisión de apoyo y la labor coordinadora y de impulso del que denominábamos cariñosamente “Clero Indígena”, grupo de sacerdotes y ex-sacerdotes euskaldunes. Nosotros y miembros de las comisiones de apoyo nos desplegamos en cierto periodo por diversos foros recogiendo firmas del manifiesto. Así acudíamos a la Feria del libro de Durango, campeonato de Bertsolaris, Ikastolas. Escuelas, Institutos Asociaciones pro-euskera etc. Asistíamos también con nuestra pancarta a ciertas manifestaciones, jornadas de insumisos, concentraciones etc. Participábamos en charlas, programas de radio y televisión y dábamos nuestro apoyo a colectivos de trabajadores y movimientos populares que se ponían en huelga de hambre o se encerraban por reivindicaciones propias aportándoles nuestra experiencia. Con ocasión del video realizado por Enrike sobre episodios de nuestra lucha con la colaboración de estudiantes y del libro redactado por los despedidos hicimos innumerables visitas a centros de enseñanza, facultades, gaztetxes, herriko tabernas, centros culturales etc. donde difundíamos nuestra lucha. Era una manera de conectar con el rico mundo cultural, asociativo y educativo vasco para extender y explicar la experiencia que estábamos viviendo, recabar solidaridades y ampliar el campo de nuestros apoyos. Queríamos hacer ver a ciertos colectivos y personas que la lucha nuestra no era simplemente una cuestión universitaria particular sino la expresión local de la lucha de nuestro pueblo por la soberanía y la autodeterminación. Un aspecto localizado de la lucha por la emancipación nacional y social. Era por lo tanto un mensaje de carácter universal que concernía a todos los abertzales y a todos los luchadores por los derechos de nuestro pueblo. Era necesario salir del estricto marco universitario para romper nuestro aislamiento, conectar con la parte más dinámica y movilizada de nuestra sociedad e impulsar entre todos los objetivos que perseguíamos. Sabíamos que esto iba a tener un efecto de influencia en el plano interno de la Universidad y en las instancias políticas, espacios por cierto donde las demandas populares deben formalizarse en forma de acuerdos, normas y leyes. En este sentido las comisiones de apoyo se convirtieron en un instrumento de enorme eficacia, componentes indisociables de una organización general de carácter político pero fuera de las organizaciones políticas clásicas, de un cuerpo-sujeto de fidelidad a los enunciados generales y particulares de carácter nacional. Esta organización, por su naturaleza específica, estaba dotada de flexibilidad y actuaba en una dialéctica de concentración- dispersión. Concentración de fuerzas subjetivas para impulsar unitariamente el proceso y dispersión de sus partes para dotarlas de capacidad y autonomía política propia en aras de la extensión de nuestras reclamaciones y propuestas. Era una manifestación práctica de la posibilidad de ejercer una política sin partido, es decir sin delegar nuestros intereses en partidos u organizaciones similares. Una política con iniciativas y leyes internas propias, a distancia del Estado y de los partidos, es decir no subordinada a las instancias habituales de delegación. Una política-movimiento, organizada en un cuerpo-sujeto cuya fuerza era sobre todo subjetiva y no cuantitativa ni electoral. Una organización cuyo ser consistía en pensar, actuar, movilizarse y comprometerse, gestionando la lucha y las conquistas e intentando construir lo nuevo en ruptura-oposición a lo existente caduco. Una organización de militantes activos, a la vez local y universal, actuando sobre un objeto concreto (la Universidad) y con objetivos también concretos y delimitados pero cuya dimensión política superaba su emplazamiento inicial. Solo a través de una organización de ese tipo se podía llegar a conseguir algunos de los objetivos propuestos en un plano de desigualdad de fuerzas abrumadora. Y eso muy pocos lo comprendían. Un destacado miembro de Herri Batasuna justificaba de este modo la falta de apoyo real de esta organización a nuestro movimiento: “Es que sois muy pocos”. Como si el número fuese la medida evaluadora de la legitimidad y potencia de una política.

En el medio universitario la eficacia del cuerpo-sujeto se la otorgaban principalmente las comisiones de apoyo integradas por estudiantes. Dada la duración de los estudios universitarios estas comisiones se creaban y renovaban continuamente y las entradas y salidas de sus miembros estaban determinadas por múltiples factores siendo la agudización de los problemas, la represión sobre nosotros y los alumnos y la influencia del conflicto interno sobre sus estudios e intereses los más influyentes. Esta variabilidad hacía que no supiéramos realmente ni el numero ni la composición de estos grupos que gozaban además de una total autonomía en su organización, toma de decisiones y formas de actuar. Se puede decir que, aparte de sus labores de apoyo a nuestras iniciativas, llevaban una dirección política propia, librándonos nosotros muy mucho de lanzarles consignas de intervención. Aunque, naturalmente, nuestra propia dinámica condicionaba la suya. Ello raramente produjo contradicciones en los momentos más álgidos del movimiento pues se mantenía la unidad y consistencia de ese cuerpo-sujeto en la identificación de sus partes con los enunciados y los objetivos del movimiento y en la adopción de una línea de acción compartida sin necesidad de llevar a cabo grandes contactos y reuniones. Esa flexibilidad e independencia mutua volvía locos a las autoridades y a los guardas jurados pues hacia muy difícil encontrar vínculos orgánicos entre la “pankarta” y ellos, aunque sabían que había una conexión evidente, una conexión que podíamos calificar de invisible, sobre todo en las primeras fases del proceso. Esto hacía de las comisiones estudiantiles órganos de gran eficacia en el proceso de lucha interna universitaria.

Los miembros de las comisiones tenían diversa procedencia. Unos venían de la antigua candidatura Ertza. Otros de la organización Ikasle Abertzaleak (IA), enfadados por la falta de solidaridad de esa organización con los despedidos. Muchos provenían de aquellos grupos que no habían realizado exámenes con los tribunales o se había sublevado contra los esquiroles que se habían hecho cargo de nuestras asignaturas. Otros se incorporaban al indignarse por la represión que recibíamos o como consecuencia de nuestros encierros y huelgas de hambre. La gran mayoría eran euskaldunes pero había también erdaldunes. Existía cierta pluralidad ideológica aunque en general comulgaban con los postulados político-ideológicos de la Izquierda Abertzale, bien desde un principio o bien por adhesión a lo largo del proceso.

Los miembros de las comisiones participaban en otros movimientos u organizaciones estudiantiles, así como en movilizaciones más generales de universitarios, intentando desde este tipo de plataformas fomentar la solidaridad estudiantil y presionar a las autoridades para abrir vías de negociación con nosotros. Durante el rectorado de Peio Salaburu se formó la comisión de apoyo más potente que hemos tenido. Sus miembros alcanzaron cierto grado de estructuración organizativa y actuaron ya abiertamente como comisión de apoyo a los despedidos. Su colaboración fue clave en aquellos momentos difíciles de detenciones, huelgas de hambre y encierros en un agudo clima represivo. Organizaron una amplia cobertura de ayuda, nos acompañaron en todas estas vicisitudes, ocuparon la sede de LAB, realizaron una acampada primero al lado de la facultad de Periodismo y luego en el Rectorado bajo la continua presión de los guardas y de la Ertzantza y efectuaron algunos escraches espectaculares. De algunos de sus componentes salieron iniciativas creativas como el nacimiento de la revista ZAZPI BAIETZ, primera revista íntegramente euskaldun en el medio universitario. De bello y cuidado formato esta revista se conformó como tribuna informativa critica de la situación de la Universidad y refugio de acogida de los movimientos rupturistas y de oposición universitaria entre ellos el nuestro. Por ello autoridades pertenecientes a Euskaltzaindia como Peio Salaburu y Miren Azkarate le retiraron la subvención. También componentes de esta comisión promocionaron la candidatura electoral Irauli, una candidatura insumisa con un programa que era una síntesis renovada de los contenidos de Ertza y en la que participaron estudiantes, presos políticos vascos y miembros de la “Pankarta”, con un candidato a rector estudiante y que tuvo influencia en otras organizaciones de alumnos.

La movilización estudiantil

El regreso a la mesa de negociaciones estuvo también motivado por el tremendo deterioro universitario provocado por una política represiva iniciada por el rector Goiriena y continuada de forma ampliada por Peio Salaburu. Después de una primera fase donde se había impuesto un auténtico estado de terror por las autoridades en el vano intento de liquidar nuestra resistencia, volvieron a hacer acto de presencia en el mundillo universitario los variopintos movimientos y organizaciones que siempre lo han poblado. Con sus correspondientes reivindicaciones y actividades. Estimulados tal vez por nuestra lucha y por la continua presencia de “gujus” y ertzainas que actuaban con total impunidad. Ante las reclamaciones y movilizaciones de estudiantiles los para-policiales de Protecsa arremetían salvajemente contra ellos creyendo que eran aliados nuestros y les adjudicaban la intención perversa de deteriorar la vida universitaria. Los guardas rompían carteles y murales, obligaban a borrar las pintadas, retenían y golpeaban a alumnos, profesores y miembros del PAS que intentaban parar aquello. Una acampada de los insumisos a la “mili” fue violentamente abortada rajando algunas tiendas y una tradicional fiesta vasca no pudo ni iniciarse ante la tormenta de porrazos descargados contra organizadores y participantes. Una petición de los alumnos de Bellas Artes de profesores de euskera terminó con heridos y detenidos. Los estudiantes de esta facultad se declararon en huelga indefinida y se encerraron durante un mes en su interior organizando la Universidad Alternativa, experiencia en las que las diversas actividades docentes eran organizadas por los alumnos fuera de las clases habituales oficiales, contando con la ayuda de artistas y conferenciantes externos. Nosotros participamos en algunas de estas charlas como invitados. La policía autónoma entraba a la menor ocasión en el recinto teniendo permiso para introducirse incluso en el interior de las facultades. Las autoridades académicas veían nuestro “fantasma” por todas partes pues al detectar a miembros de nuestras comisiones de apoyo en algunas movilizaciones suponían que los despedidos estábamos implicados. Pero la verdad es que no teníamos nada que ver con estas movidas. Bastante teníamos con esquivar las acometidas contra nosotros.

Los estudiantes de Ikasle Abertzaleak, al principio un tanto paralizados por las instrucciones que recibían de sus mayores en el sentido de no apoyar nuestro movimiento, ante la gravedad de las agresiones que afectaban ya a un amplio colectivo de universitarios decidieron actuar. Organizaron huelgas generales que se convertían en ocasiones en huelgas de toda la enseñanza y llamaban a manifestaciones en el campus de Leioa. La entrada de la Ertzantza, que siempre acudía a estos eventos, originaba batallas campales y acciones de grupos de estudiantes encapuchados que les hacían frente. Algunas de estas jornadas de lucha tuvieron influencia incluso en el proceso electoral de designación de rector. Sustituyendo a Goiriena se presentó como candidato único el ingeniero Arias Ergueta. La IA convoco por esas fechas una nueva jornada de lucha. En ella grupos de encapuchados lanzaron piedras contra el rectorado después de una manifestación y atacaron la garita de los guardas jurados. Se desencadenó una tremenda batalla con lanzamiento de pelotas de goma y botes de humo por parte de la policía. Hubo rotura de cristales, lanzamientos de sillas y mesas, heridos, detenidos y demás en una lucha casi cuerpo a cuerpo en varias facultades. Estos acontecimientos y la tensión electoral influyeron probablemente en la renuncia a presentarse del candidato, aquejado por ciertos problemas de salud. Le sustituyó Peio Salaburu que saldría posteriormente elegido.

Peio Salaburu no hizo más que echar gasolina a la hoguera que ya venía encendida desde varios años atrás. Ya hemos relatado la cadena de detenciones y pasos por comisaria de los miembros de nuestro colectivo. Y la ampliación de la represión a otros grupos y actividades que se movilizaban y que no tenían nada que ver con nosotros. Pero a raíz de la muerte del catedrático Francisco Tomás y Valiente por un atentado de ETA en Madrid Peio se “desmelenó”. Se inventó que el atentado iba dirigido contra la Universidad, cuando estaba claro que su papel de profesor universitario era secundario y que el atentado se debía a su figura ideológica e institucional pues había sido presidente del Tribunal Constitucional y era miembro del Consejo de Estado. Además consideró que la UPV tenía que implicarse abiertamente en la condena de su muerte. La Universidad decretó luto oficial, hizo una declaración institucional, y organizó una manifestación el día 15 de marzo de 1996 decretando un paro oficial en la UPV para ello. No contento con esto volvió a convocar un acto oficial el 25 de marzo invitando a catedráticos y otros universitarios españoles. Este nuevo Cid Campeador quería armar al ejército unionista y lanzarlo contra el enemigo a batir que era la Izquierda Abertzale que estaba bien implantada en la UPV y algunos de sus miembros disfrutaban de un reconocimiento académico e institucional totalmente homologable al de otras eéites universitarias. Salieron unos manifiestos firmados por “universitarios vascos” y más tarde por “profesores de la Universidad española” en los que se consideraba a la IA como los herederos del franquismo y las “actitudes de HB y sus simpatizantes incompatibles con la convivencia humana y la civilización”. En otro escrito de varios profesores de la UPV estos se pronunciaban por la exclusión de docentes que simplemente se identificasen con la IA, que no eran pocos. Así, compañeros académicos pedían lisa y llanamente se depurara a otros compañeros que tuviese un vínculo con la Izquierda Abertzale. En el acto del día 25 un exultante Salaburu exclamaba: “No pasaran; ni ellos ni quienes en cada elección avalan con su voto el asesinato”. En esta jornada se hizo una autentica apología de la constitución española. En toda esta histeria organizada por los unionistas había quizás una intención política de aplicar los pactos de Ajuria Enea contra la IA en el espacio universitario, algo que era rechazado por la mayoría de los universitarios por sus terribles efectos sobre la convivencia universitaria. La Universidad es un lugar en donde el rendimiento académico e investigador y la producción científica e intelectual dependen mucho del clima de convivencia y colaboración entre los universitarios y de la normalización de sus actividades. Una polarización como la que solicitaban abiertamente Salaburu y sus secuaces sería mortal para la institución pues daría lugar a unos enfrentamientos de tal calibre que haría invivible el espacio universitario. La enorme conflictividad ya existente y de la que parecían alimentarse el rector y su equipo eran una confirmación que ese camino resultaba suicida.

Una prueba de esto último la tenemos en los enfrentamientos acaecidos en el campus de Leioa ese día 25. Ante las graves acusaciones y ataques de los unionistas la izquierda abertzale convocó una protesta en ese campus. Los enfrentamientos entre policías y guardas de un lado y manifestantes contrarios a esos actos se extendieron durante toda la jornada. El balance final fue de 20 heridos, muchos retenidos y varios detenidos algunos de ellos puestos a disposición judicial, después de otra de las habituales batallas campales. Los despedidos, que nos encontrábamos encerrados en la sede de LAB, recibíamos en el local a numerosos estudiantes afectados de diversas heridas. Todo ello era la consecuencia lógica de la política de guerra declarada por el rector y que después se volvería en su contra.

La situación de conflicto permanente en la UPV no podía evolucionar en términos más favorables para nosotros, hablando, claro está, en términos políticos. Se había pasado de la confrontación con nosotros a la confrontación con movimientos y organizaciones estudiantiles y después a la confrontación con la Izquierda Abertzale en su conjunto. Incluso sectores nacionalistas moderados se sentían a disgusto con los manifiestos unionistas, la defensa de la constitución española, la invitación a profesores de universidades españolas a ocupar el espacio universitario y el intento de polarizar la vida universitaria. Y arreciaron las críticas de todos estos sectores al comportamiento de los mandatarios universitarios. Poco a poco la lucha política iba derivando a un conflicto entre unionistas y constitucionalistas españoles y nacionalistas y soberanistas vascos, que anticipaba de algún modo lo que luego sería la vía Lizarra-Garazi, y en esa contradicción nos encontrábamos cómodos. Nuestro enfrentamiento con los dirigentes universitarios se diluía en un enfrentamiento más amplio y demostraba a todo el mundo que nuestras reclamaciones y lucha se inscribían en el ámbito más universal de las reclamaciones de soberanía nacional y autodeterminación de nuestro pueblo. Y eso nos concedía una legitimidad indudable y acallaba a todas esas voces que difundían que nuestra lucha era una cuestión particular. Además daba lugar a ciertas alianzas que antes parecían imposibles. Ante las medidas represivas generalizadas se establecían plataformas integradas por los sindicatos abertzales, Ikasle Abertzaleak, grupos de estudiantes, nuestras comisiones de apoyo y la “Pankarta”. Para defender objetivos comunes como la salida de Protecsa, la prohibición de entrada de la Ertzantza en el recinto universitario y las libertades de expresión y manifestación. Incluso la comisión de apoyo estudiantil actuaba al unísono con Ikasle Abertzaleak y otros grupos de alumnos en contra de los expedientes académicos a estudiantes que la Universidad, en su inútil intento de apagar el fuego, había incoado. Desgraciadamente estas plataformas conjuntas -exceptuando la alianza de estudiantes- se disolvían rápidamente. Una de las razones de ello se encontraba en que de ninguna manera los sindicatos abertzales querían admitir que un posible éxito en esta política antirepresiva se pudiera interpretar como un éxito de la “Pankarta”, cuando tanto criticaban nuestros métodos de lucha y nuestra decisión de no firmar el contrato administrativo. Pero había otra razón más profunda. Los sindicatos habían justificado la reincorporación de los contratados a la docencia en la suposición de que luchando desde dentro, en el interior de las estructuras universitarias y con la tranquilidad y seguridad que esto produce se podía llegar a conseguir objetivos como el contrato laboral, la estabilidad en el empleo y beneficios económicos y laborales. Precisamente a partir de pactos y acuerdos con los sindicatos españolistas y los órganos de gobierno de la UPV. Una revolución tranquila sin los sobresaltos de una ruptura que ellos consideraban ahora perniciosa para esos intereses. Revolución tranquila, sueño de todos los reformistas del mundo. Lo malo para nuestros compañeros es que algunas de las reivindicaciones superaban, en una interpretación legal, las competencias de la UPV y se necesitaba de cambios legislativos no solo en el parlamento vasco sino en la legislación universitaria estatal. Y claro los funcionarios se encontraban muy cómodos con estas leyes centrales pues a ellas se debían sus privilegios y suponían que una modificación del campo legal les iba a perjudicar. Por ello no tenían ningún interés en que los acuerdos alcanzados con los contratados se materializasen. Al final utilizaron a estos contratados para aprobar medidas que llenaron sus bolsillos sin que los asociados pudieran llevarse ni siquiera unas migajas. Ese es el drama de los reformistas. Para conseguir ciertas reformas es necesario que alguien mueva el árbol mediante procesos políticos que implican ruptura e insumisión, Pero esto conlleva sacrificios y penalidades, lo que los reformistas no están dispuestos a padecer. Ellos lo saben muy bien pero necesitan de un cierto discurso legitimador de cara a sí mismos y a los demás.

Negociación a la española

La situación universitaria conflictiva fue la que obligó al rector Peio Salaburu a dar un aparente giro en su política represiva e iniciar contactos con nosotros de cara a una nueva negociación. Les hacía daño el rosario de huelgas de hambre que estábamos realizando y creían que al abrir un proceso de diálogo las cosas en el convulso ambiente universitario se calmarían. Ya dijimos que Antton Azkargorta dejó la huelga a instancia de unos mensajeros que comunicaron la disposición a negociar del rector. En señal de buena voluntad nosotros decidimos no acudir a las clases de los esquiroles. Todo proceso de dialogo exige una cierta tregua entre los contendientes.

Pronto nos dimos cuenta que la voluntad de Peio era el inmovilizarnos durante un tiempo para parar nuestras actuaciones y de paso evitar las de los demás. Habíamos acordado que el proceso negociador se realizara en dos tiempos. El primero consistiría en unas reuniones periódicas entre una representación nuestra y la vicerrectora Miren Azkarate con la presencia de cinco observadores, personas muy destacadas en el mundo cultural vasco. En un segundo tiempo se abordaría la negociación propiamente dicha en el marco del Consejo Social y en el participarían la propia Miren que actuaría en nombre del rector y tres representantes de los despedidos, contando con la mediación del presidente del Consejo Social, Pedro Larrea. Pues bien, el proceso duró cerca de un año -entre mayo de 1996 y abril de 1997- y fue bastante traumático. Mientras estábamos conversando los guardas nos prohibían circular por el recinto y la Ertzaintza nos detenía una y otra vez llevándonos a comisaria y ante los jueces. Al lanzarles un ultimátum de que así no íbamos a continuar nos permitieron entrar y circular por el Campus pero bajo una asfixiante vigilancia, insultos y agresiones físicas, llegando hasta amenazarnos de muerte. Las conversaciones se retrasaban y se suspendían habitualmente y cuando se celebraban Miren se limitaba a escuchar el pormenorizado relato de nuestras innumerables quejas. Lo que pretendían era conducirnos a una negociación en la que a cambio de ceder en nuestras reivindicaciones ellos nos volvía a otorgar el derecho a circular libremente y previsiblemente retirarse como acusación particular en los numerosos juicios que teníamos provocados, precisamente por nuestra negativa a admitir el destierro al que nos querían obligar. Es decir quería intercambiar paz universitaria por libertad de circulación y mejora en la situación procesal. A esto le llamábamos “negociación a la española”. Nos querían presos y encadenados para luego chantajearnos en la mesa de negociación. Ante el nuevo y definitivo ultimátum que les dimos no tuvieron al fin más remedio que iniciar la fase de negociación que hemos señalado. Como no queríamos seguir su dinámica les pusimos dos razonables condiciones para entrar en materia: En primer lugar queríamos que la negociación fuese con todo el equipo rectoral y no solo con una parte pues Miren se presentaba solo como representante de Salaburu y nos quería vender la moto que otra parte del equipo no sabía nada de esta negociación. En segundo lugar les exigimos que la Universidad se retirase como acusación particular en los juicios y se negociase una fórmula para sobreseerlos, fórmula presentada por nuestro abogado y utilizada en casos parecidos. La Universidad se negó a esos dos requerimientos y ahí se acabó todo. No se llegó a tratar ningún otro punto, por ejemplo el de la forma de incorporación a la docencia a través de un formato parecido al que negociamos con el anterior rector Goiriena.

No consideramos que el proceso había sido un fracaso. Se nos había vuelto a admitir como parte y reconocido nuestro papel de interlocutores, lo que volvía a otorgarnos legitimidad y demostraba nuestra voluntad negociadora. Pedíamos transparencia y tanto hacia dentro como hacia fuera de la Universidad exponíamos con claridad los argumentos empleados, las peticiones y las posiciones de las partes. La gente en general al conocerlos los veía razonables y criticaban la posición tramposa del rector. Acumulamos capital político que podía proyectarse de cara al futuro y que nos era necesario conservar. El resultado no era positivo pero sabíamos que nuestra lucha no se limitaba a unas batallas y teníamos confianza en nuestras fuerzas y determinación. El panorama universitario y el político general estaban cambiando y la experiencia y nuestra firmeza nos decían que el poder universitario no nos podía derrotar. En las conversaciones y negociaciones primaron siempre por nuestra parte los principios éticos, las concepciones nacionales y los valores de justicia nunca los interese personales y quedó claro que no queríamos un simple intercambio de cromos. Miren estuvo siempre a la defensiva, como avergonzada del triste papel que le encomendaron y Pedro Larrea nos transmitió la dificultad de una negociación en la que los términos no eran meramente materiales, cuantificables. Nuestro problema era evidentemente político y a ese nivel tenía que solucionarse. Y a pesar de nuestra obligada neutralización durante el año de conversaciones la tranquilidad no volvió a los campus universitarios. Más bien ocurrió al revés y las luchas se extendieron al resto de los territorios. Las movilizaciones fueron continuas por los presos, el euskera, los planes de estudio y la situación política general. Se repetían las huelgas, las ocupaciones y demás movilizaciones. La campaña de Ikasle Abertzaleak contra el autoritarismo y los expedientes que tuvo el apoyo de nuestra comisión de estudiantes fue prolongada y se tradujo al final en una victoria. La Universidad se encontraba desbordada y Peio no pudo presentar ese balance de normalidad que los poderes superiores le exigían y su credibilidad ya muy deteriorada se volvió a resentir. Parecía un personaje en franco declive y sus enfrentamientos posteriores con Pedro Larrea no le ayudaron mucho a revertir la tendencia. Le salvaron del K.O. la campana de su finta corporativista y el inicio del proceso de Lizarra Garazi.

El Profesorado propio en primer plano

Los despedidos nos encontrábamos de nuevo, como tantas veces en este largo e intenso proceso de lucha, en una nueva encrucijada. Se había cerrado la fase negociadora por nuestra readmisión y no vislumbrábamos en el horizonte próximo una nueva apertura. Agotada la posibilidad de reincorporación a la UPV se imponía otra estrategia para continuar. Debíamos actuar por elevación, demandando la creación de nuevas figuras contractuales a través de cambios legales. Pensábamos que de surgir la figura del profesorado propio con contrato laboral nuestra posibilidad de reintegrarnos a nuestros puestos de trabajo aumentaba. Para ello y como primer paso era necesario que la Junta de Gobierno aprobase el proyecto de nuevas figuras contractuales elaborado por una comisión en 1995 y que el rector tenía secuestrado. Era el paso previo para que el Parlamento de Gasteiz incorporara su contenido como proyecto de ley. Sabíamos de la dificultad de dar estos pasos por parte de los poderes universitarios y políticos pues la Consejera de Educación del Gobierno vasco venía repitiendo la falta de competencia legislativa por parte de ese parlamento en esa materia. Sin embargos sabíamos que había un ambiente cada vez más favorable a esa reivindicación, creado precisamente por nuestra insistencia y los graves y continuos conflictos en la UPV y cuyo epicentro se encontraba en esa reclamación. Conocíamos que en las dos negociaciones que habíamos mantenido con la Universidad había intervenido el PNV. Precisamente ante la iniciativa del Gobierno vasco de llevar al parlamento para ser aprobada la Ley de Ordenación Universitaria (LOU), ley que no era más que una simple ordenación de estudios universitarios en la CAV dentro del marco de la ley estatal vigente (LRU), el todo poderoso Pedro Larrea, hombre de confianza del PNV, se destapó con unas declaraciones significativas. En ellas solicitó a los parlamentarios que la futura LOU no fuese una réplica de la LRU y no se” limitara a foralizar la ley estatal, porque no es lo que necesita la Universidad”. Pedro Larrea se lamentaba de la “ausencia de un proyecto universitario en Euskadi”.

Los despedidos nos encerramos ahora en el departamento de Periodismo de la facultad homónima reclamando la aprobación del documento sobre el profesorado propio por la Junta de Gobierno. Pero Salaburu y el decano Manu Montero avisaron a la Ertzanta que nos desalojó, detuvo y envió a la comisaria y al juez, como de costumbre. Posteriormente decidimos de nuevo encerrarnos en la sede de LAB para evitar nuevas detenciones y allí continuamos hasta finales de curso. Pero a comienzos del curso de 1997-1998 los despedidos, junto a la comisión de apoyo y los estudiantes de IA, organizamos una inauguración alternativa a la oficial planteando como temas fundamentales el Profesorado Propio y la Universidad Nacional. Más adelante nos encerramos en la facultad de Ciencias durante 11 días, en pleno decanato con la continua amenaza de una intervención de la Ertzaintza para desalojarnos. Pero al final llegamos a un acuerdo con el decano de esa facultad y otros intermediarios, entre ellos un enviado del propio Peio Salaburu, para que responsables académicos, sindicales y políticos iniciasen gestiones afín de que el proyecto de profesorado propio aprobado por la comisión universitaria, que ya hemos mencionado, entrase en el orden del día de la próxima Junta de Gobierno. Pero con nuestra salida se abortó el proyecto. Ni Salaburu ni el Gobierno vasco querían presentar ningún proyecto que forzase a los parlamentarios. Por cierto, ante nuestros continuos encierros y acciones, el enviado de Salaburu vino a proponernos iniciar unas nuevas conservaciones. Pero sabíamos que el fruto estaba madurando y le hicimos ver que el tema no se encontraba ahora ya en nuestra simple readmisión, sino la cuestión del profesorado propio. La resolución o encauzamiento de este problema se había convertido para nosotros en una precondición para abrir cualquier proceso negociador. Más adelante comprobamos que en realidad, Peio Salaburu, venía con la misma historia de la firma del contrato administrativo, pero ahora dándole solemnidad al asunto.

Aprovechamos el proceso de aprobación de la LOU para realizar una gran campaña de difusión por toda Euskal Herria del tema del profesorado propio y la petición de que fuera incluido dentro del marco de la mencionada ley. La Comisión de Apoyo hizo un gran esfuerzo en este sentido. Se elaboró un texto donde se vinculaba el profesorado propio al proceso de construcción nacional de nuestro pueblo, texto que sería firmado por 330 personas entre miembros del universo del euskera y cualificados euskaltzales. Este escrito y otro firmado por 309 profesores universitarios fueron enviados al rector, al Ararteko y al Consejo Social. Artículos nuestros y de la Comisión de Apoyo empezaron a inundar las páginas de los periódicos, intentando sensibilizar a la sociedad sobre la necesidad de profesorado propio y una ley universitaria propia. Se llevaron a cabo debates y mesas redondas y la Comisión escribió una carta a todos los parlamentarios para que apoyasen la incorporación al texto de la LOU del documento sobre figuras de profesorado propio aprobado por una comisión universitaria. Se concertaron, asimismo, entrevistas con distintos partidos y organizaciones sociales para recabar su opinión sobre el profesorado propio y la LOU. En la entrevista con HB les planteamos a los participantes en ella la conveniencia de redactar una ley propia universitaria, aunque no se atuviese al marco jurídico existente para presentarla en el parlamento vasco y difundirla en la sociedad. Nos respondieron que iban a presentar una enmienda a la totalidad y enmiendas parciales a la LOU dentro del marco normativo legal para su exclusiva discusión en la institución parlamentaria. En una segunda parte de la campaña se redactó un manifiesto suscrito por más de 100 personalidades vascas entre ellas varios miembros de la mesa nacional de HB. En él se decía que el profesorado propio, la lucha por un sistema educativo específico y la Euskal Unibertsitatea eran elementos importantes e indisociables del proceso de construcción de la nación vasca.

Por nuestra parte utilizamos el video elaborado por Enrike y unos estudiantes para difundir nuestro mensaje por varios puntos de la geografía vasca, intentando llegar a ambientes un tanto alejados de la problemática universitaria para demostrar la vinculación de las reivindicaciones que sosteníamos con la construcción nacional vasca y el derecho a decidir de nuestro pueblo. En el mes de marzo de 1998 nos trasladamos a Gasteiz para encerrarnos durante un día en la facultad de Filosofía junto a un grupo de estudiantes solidarios. Al día siguiente, junto a los miembros de la comisión de apoyo de Gasteiz, nos mantuvimos durante todo un día con una pancarta enfrente de la sede del Gobierno vasco en Lakua. A pesar de todos los esfuerzos y las campañas no pudimos ni nuestro movimiento ni los sindicatos abertzales -contrarios también a la ley- alterar las líneas maestras de la norma, ni incorporar el profesorado propio en ella. En junio de ese año se aprobaría definitivamente el proyecto, De todos modos los despedidos, junto a algunos miembros de la Comisión de Apoyo, estuvimos con nuestra pancarta en las puertas del parlamento. Para demostrar hasta el final nuestro desacuerdo.

Del terror a la explosión del movimiento asambleario estudiantil

El curso 1997-1998 fue especialmente movido en la UPV. Durante el mismo tuvo lugar el resurgimiento de poderosos movimientos asamblearios estudiantiles algunos de ellos de carácter masivo que irrumpieron en la vida universitaria, aunque la conflictividad en esta Universidad databa de muchos años atrás y había atrapado en ella a los rectorados de Emilio Barberá, Juan José Goiriena de Gandarias y Peio Salaburu. Había pues un caldo de cultivo muy apropiado para estos estallidos. El primer gran movimiento surgió en octubre de 1997 con el tema de los planes de estudio. Estos planes habían reducido el número de años de docencia y habían pasado las materias de anuales a cuatrimestrales. Sin embargo tanto las horas lectivas, como las asignaturas y los créditos habían aumentado considerablemente convirtiendo a los estudiantes en auténticos robots vivientes y su objetivo prioritario el de aprobar a toda costa. Se conocía la situación pero nadie hacia nada hasta que estalló la tormenta. Hubo paros y manifestaciones en los tres campus, encierros permanentes en Bellas Artes y Periodismo y huelgas generales. En los encierros, los alumnos elegían a sus representantes y tomaban las decisiones asambleariamente prescindiendo de los representantes oficiales y los organismos institucionales de representación. Dada la masividad y la justeza de las peticiones las autoridades académicas jugaban a la defensiva y no tenían más remedio que intentar capear el temporal y tomar alguna medida paliativa para que el incendio no fuera a más. Al final el Ministerio de Educación español se vio obligado a modificar los planes reduciendo considerablemente el número de asignaturas y el tiempo programado en las clases presenciales. Con estas modificaciones un mes más tarde el conflicto terminó, con la resistencia de algunos grupos de estudiantes que habían aumentado el número de esas reclamaciones a lo largo de la lucha

El segundo gran movimiento asambleario se dio en la segunda mitad del curso y fue más selectivo pues afectó principalmente a los alumnos euskaldunes. La protesta surgió con la elaboración del 2 plan de euskaldunizacion de la Universidad. Los estudiantes organizados alrededor de las ramas de euskera dirigen el movimiento. Su petición es la de participar en la elaboración del mencionado plan. Se encierran en varios centros y realizan asambleas continuas. Se ocupan las delegaciones de Educación de los tres territorios pero el punto de mira de los estudiantes se centra en la intervención en los claustros para forzar una negociación con las autoridades. Por dos veces un grupo de ellos penetra con sus pancartas y sube al estrado. El rector Salaburu, enfurecido, arremete contra una pancarta y suspende la sesión. Se producen unos incidentes pero al final los estudiantes logran su propósito de negociar con los mandatarios consiguiendo un acuerdo por el que se aprueba su participación en la elaboración del plan dentro de la comisión de euskera encargado de redactarlo, acuerdo que el vicerrector de euskara negaría posteriormente con el cabreo consiguiente de los alumnos. La venganza de Salaburu se salda con 9 estudiantes denunciados ante el juzgado de Getxo por “desordenes públicos” con lo que no hace sino aumentar el número de “amigos” del rector y la conflictividad universitaria. Por si esto fuera poco se introduce con fuerza en la Universidad la problemática de los presos políticos vascos que siempre ha estado presente. Esto da lugar a incidentes y en la facultad de Letras de Gasteiz el decano intenta clausurar el centro durante 5 días.

Durante el curso 1997-1998 los diversos campus de la UPV muestran una notable vitalidad poblándose de pancartas, murales, y carteles. Se desarrollan en su interior multitud de actividades culturales como teatro, cine, bertsolarismo, conferencias y proyecciones de vídeo. Aparecen revistas en euskera y abundan las concentraciones, manifestaciones paros, huelgas, encierros y otros actos reivindicativos protagonizados por numerosos grupos de estudiantes. Y también concentraciones de denuncia por parte de las autoridades ante alguno de estos actos y ciertos episodios calificados de violencia por los dirigentes universitarios. Se aprecia un gran dinamismo en la UPV fruto de una Universidad que quiere ser participativa y solidaria. Contrasta esto con el clima de terror impuesto en el periodo previo por las políticas autoritarias de Goiriena y Salaburu. Se ha producido una revitalización del movimiento universitario estimulado por el ansia participativa de los alumnos, los problemas presentes, el autoritarismo represivo de los mandatarios y la resistencia de los profesores de la “Pankarta” y sus aliados. Lo que ha quedado meridianamente claro para casi todos es que sin resolver el problema de los despedidos no es posible la normalidad en la Universidad. Y que el Profesorado Propio se ha convertido en una exigencia casi general que ha traspasado la esfera universitaria y se ha forzado a introducirlo en la agenda política de los partidos, las instituciones e importantes sectores sociales.

Peio Salaburu, un rector quemado y amortizado tendrá sin embargo un final de mandato bastante plácido. A ello contribuirá sobre todo cierto clima de paz universitaria que se produce por el periodo de tregua de ETA y el desarrollo del proceso de Lizarra-Garazi. Pero también el tanto que se apunta entre las élites funcionariales por los acuerdos alcanzados entorno a las primas por méritos académicos de los que van a beneficiarse exclusivamente los funcionarios, aumentándose las diferencias salariales con los pobres contratados administrativos que además de tener que seguir firmando la renovación de sus desvalorizados contratos administrativos se van a ver desposeídos de unas rentas complementarias a las que aspiraban. Y para lo que tuvieron que aliarse con los sindicatos españoles y Salaburu para a la postre engordar el poder político y la cartera de estos. Pero el siglo 21 está a la vuelta de la esquina y con él vendrán los grandes cambios legislativos que posibilitarán el nacimiento de un profesorado propio con contrato laboral. Pero esto es materia para una tercera parte.

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