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Autor: Borroka garaia da!

Estamos en el 2018 y que se sigan empleando términos como raza para categorizar al ser humano es algo que resulta tan común como anti-científico. De existir las razas, solo existiría una, la que evolucionó en unos 100.000 años de recorrido desde África hasta tomar todo el mundo, y de la que todos y todas formamos parte sin excepción. Los rasgos físicos diferenciales en el ser humano consecuencia de la adaptación al medio (por ejemplo el color de la piel) afecta a un número minúsculo de genes que apenas suponen el 0.01% del total. Estos rasgos superficiales no son fijos, aunque pensemos que sí debido a la exigua esperanza de vida humana y al escaso tiempo que llevamos en el universo. Y es que hace 13.700 millones de años surgió todo. Aproximadamente hace 4.557 millones de años se formó el planeta Tierra. La vida surgió unos mil millones de años después. Lo que denominamos propiamente especie humana hace solo 2,5 millones de años. Ninguna científica ni científico serio podría aceptar en la actualidad la existencia de categorías raciales en el ser humano ya que no tienen apenas ningún significado biológico ni genético digno de mención.

¿Qué serían entonces “las razas”? Ni mas ni menos que una construccíón e interpretación social que empezaría a usarse en el siglo XVI con su auge en el XIX y que no cuenta con ningún sustento científico más allá que la imagen superficial. La “biodiversidad” humana es fruto de los lazos comunitarios y culturales, tampoco fijos, sino en constante evolución, luego las comunidades humanas diferenciadas, por ejemplo las naciones, son fruto principalmente de la simple voluntad de serlo y no de una ecuación. Todo este proceso de desarrollo humano está intervenido por el motor de la historia que no es otro más que el que ya sabemos. Esa pugna permanente es la que templa el acero de los pueblos que no hay que confundir con los estados ni con la burguesía. Es por ello que una de las formas básicas de entendimiento entre pueblos es la capacidad de cada uno de ellos para autodeterminarse libremente, de ahí que cobra importancia aquello de ni guerra entre pueblos ni paz entre clases, como forma unitaria de que la “raza” humana en su diversidad, se emancipe de toda opresión. Por lo que una de las teorías de la opresión sería lo inverso, guerra entre pueblos y “paz” entre clases. Y así surgió el supremacismo histórico, cuando los imperios de Europa intentaron buscar justificaciones de la opresión nacional, el colonialismo, el genocidio o la trata de esclavos, justamente en un periodo que los cambios tecnológicos militares hicieron posible la expansión de las potencias imperiales europeas, y no supuestas taras biológicas de nadie.

La falsa “guerra de colores” en realidad lo único que encerraba y encierra es una ideología política que promueve el dominio económico, social y político de una supuesta élite por puro interés material. Por eso el capitalismo es el estadio superior actual más desarrollado del supremacismo y por eso las élites de los estados opresores promueven la guerra y el conflicto entre pueblos, entre la gente, a poder ser humilde, para guardar su paz entre clases y sus intereses.

Por eso durante décadas nos han hablado de un supuesto conflicto identitario entre vascos y españoles de poco más o menos“guerra étnica” y ahora lo hacen entre catalanes y españoles. En Irlanda lo hicieron con católicos y protestantes. A escala global nos hablan de “choque de civilizaciones”. En casi todos los lugares se inventan conceptos similares para tapar el supremacismo real, pues el tiempo tampoco pasa en balde para el imperialismo y sus formas. En su base, sigue siendo la división de la gente humilde y de clase trabajadora con la simple intención de no respetar el derecho de autodeterminación para salvaguardar su derecho de pernada sobre la clase trabajadora de cualquier pueblo, incluso de los que dicen “defender” e intentar impedir el internacionalismo. En estas condiciones, y en el pasado también, el supuesto nacionalismo de la burguesía ha sido fiel aliado de las élites, tanto directo como indirecto,  que alimenta la “versión idealista” y chouvinista de los conflictos siendo una piedra en el camino de la liberación de los pueblos y sus gentes independientemente de la bandera que se pongan encima. Son los supremacistas o los que en diferentes momentos, acaban vendiéndolo todo por su propio interés. Por eso la clase trabajadora es la única que puede ser realmente patriota de su pueblo y de la humanidad en su conjunto. Y por eso la clase trabajadora no cuenta con nadie más para liberarse que sus propias fuerzas.

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