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Raúl Zibechi

Aunque existe una larga experiencia que avala la importancia de las pequeñas iniciativas locales en la gestación de los movimientos que han cambiado el mundo, así como de las innovaciones que nacen en los márgenes y luego se difuminan hacia el resto de la sociedad, el pensamiento hegemónico en las izquierdas y las academias sigue centrado en los grandes acontecimientos y en el papel de los dirigentes.

Como si la historia y los relatos políticos y sociales fueran escritos en torno a los sucesos en las grandes alamedas y por las intervenciones providenciales de los líderes, opacando así la cotidianeidad de la gente común en la que unas y otros beben y se alimentan.

Esta historia de episodios heroicos y acontecimientos trascendentales tiene, desde hace medio siglo, una contrahistoria que aún no ha conseguido instalarse en el alma y en el cuerpo de nuestras izquierdas sociales y políticas. En la historia tradicional del movimiento obrero, como señala Castoriadis, «las fechas de las huelgas y las insurrecciones reemplazan en ella a las batallas, los nombres de los líderes o de los militantes heroicos a los de reyes y generales»2. Son relatos producidos por una cultura elitista que se resiste a dar paso a nuevos modos de sentir la vida; una vieja cultura que se asienta en la inercia de cierto sentido común que es funcional a las nuevas camadas de jerarcas, enancados en la protesta popular, pero que al reproducir viejos paradigmas anuncian que los cambios son tan superfluos como poco duraderos.

En los márgenes del relato hegemónico empiezan a aparecer otros relatos, que ponen en el centro a la gente común, a los más diversos abajos, a los ninguneados de siempre: mujeres indias y negras, niñas y niños, situados siempre en el escalón simbólico más bajo del imaginario político y social. Aunque duela decirlo, la izquierda y la academia encuentran razones para no considerarlos sujetos, sino apenas seguidoras, aplaudidoras, personas que sólo entran en la historia a través del discurso del dirigente, en general varón, escolarizado, bienhablante y, por tanto, referente ideal para analistas que, en general, son reclutados en ese mismo estrato social y cultural.

Por el contrario, los relatos y análisis políticos, históricos o periodísticos deberían parecerse a un arcoíris en el cual quepan todas las formas de ver y sentir el mundo, sin que ninguna se coloque encima de la otra, para que contengan tantos colores como la vida misma, cada uno con sus matices, gradaciones y escalas. La historia de la gente común no puede reflejarse en un tapiz de un solo color o en un relato único que siempre serán afines a las clases dominantes. Una historia monocolor sería como un monocultivo, homogéneo, igual a sí mismo, un desierto incapaz de reflejar la diversidad de la vida real de los hombres y mujeres que hacen la historia.

No se puede poner a la gente común en el centro del escenario sin amarla, sin dejarse estremecer por sus sufrimientos y de regocijarse con sus contentos. Lo que supone, a la vez, respeto sin veneración, ternura sin caridad.

Ciertamente, hilvanar escritos inspirados en esta concepción del mundo requiere de las artes y talentos de los artesanos. Personas capaces de cincelar historias de vida, esculpir narraciones y repujar relatos con la delicadeza, la perspicacia y la ternura del artesano. Quiero decir que no se puede poner a la gente común en el centro del escenario sin amarla, sin dejarse estremecer por sus sufrimientos y de regocijarse con sus contentos. Lo que supone, a la vez, respeto sin veneración, ternura sin caridad.

Colocar a la gente común en el centro de un relato, de una narración política, histórica o periodística, implica poner en juego una manera de ver el mundo, de situar a los seres humanos en él, pero también de situarse uno mismo en ese mundo y en esos relatos. Implica, sobre todo, jugar-se, en sus dos sentidos: correr el riesgo y descubrirse, mostrarse. Correr el velo de la distancia objetiva para implicarse junto con otros en una relación necesariamente horizontal. Sólo en ese tipo de relación entre iguales, entre sujetos diferentes, pueden emerger historias que serían rigurosamente ocultadas apenas el entrevistado perciba la menor intención de convertirlo en objeto de estudio.

El trabajo realizado para este libro por Emma Gascó y Martín Cúneo es el de dos artesanos viajeros que, recorriendo este continente, se redescubren a sí mismos a medida que van recorriendo comunidades, pueblos, gentes otras, tan cercanas y tan diferentes. En ese viaje, un verdadero viaje interior, el diálogo que descubre a los diferentes es un espejo en el que mirarse, mirarnos, descubriéndonos en otras y en otros.

Aparecen así, ante el lector, las más pequeñas, las más dignas, las hacedoras de buena parte de lo nuevo que está sucediendo en este continente. Las Madres de Ituzaingó, en Córdoba (Argentina), mujeres que atravesaron el dolor de sus hijos mutilados por las fumigaciones del agronegocio y se pusieron en marcha. «Mujeres comunes», como dicen ellas mismas; muy pocas, pero tan activas que lograron romper el muro de silencio con el cual el sistema enclaustra a los de abajo en las periferias, porque son seres prescindibles para la acumulación de capital. Con matices, es la misma historia que nos cuentan Emma y Martín sobre las mujeres quechuas de Ayacucho, como Mamá Angélica, que movieron cielo y tierra para encontrar a sus hijos desaparecidos por los militares en la guerra sucia de los ochenta. Una vez más, pobres, pocas, empecinadas, como las Madres de Soacha en la periferia de Bogotá, que sacaron a la luz una de las más tenebrosas maniobras del actual presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, cuando era ministro del Interior, para justificar el asesinato de jóvenes inocentes y poder cumplir con la cuota de muertos que requieren los presupuestos de la guerra interior.

Ésa es una de las grandes virtudes de este trabajo: mostrar que se puede, que es posible superar el dolor, la derrota y la humillación.

Por momentos, puede pensarse que se trata de un memorial de agravios, de la suma infinita de agresiones que sufren los pueblos indígenas, los afrodescendientes, los campesinos, los sectores populares urbanos. No es ése el centro, porque Martín y Emma no colocan a sus entrevistados como víctimas que piden, sino como sujetos dignos en resistencia. Ésa es una de las grandes virtudes de este trabajo: mostrar que se puede, que es posible superar el dolor, la derrota y la humillación. Por eso aparecen las madres, por eso aparecen dirigentes como Hugo Blanco y Felipe Quispe, que no sólo nacieron abajo sino que viven, sienten y aman abajo, cuidándose mucho de usar a los demás como escaleras, como hacen los políticos profesionales. Por eso en estas páginas veremos que en ocasiones los sujetos no tienen nombre y apellido, que se llaman comunidad, barrio, pueblo, sujetos colectivos como las decenas de comunidades mayas que se reinventan a sí mismas en la defensa de la vida frente a los grandes proyectos del capital.

Que la gente común es capaz de emanciparse por sí sola es algo que aprendimos en los libros hace más de un siglo. Si creemos de verdad en esa afirmación, debe hacerse carne en hechos concretos, como los que describe y analiza este libro. Parece necesario recordarlo, una y otra vez, cuando la religiosidad política hegemónica nos habla de líderes y caudillos —respetables muchas veces— sin conectarlos con los hechos y las luchas que les dieron vida.

Quiero comprender este libro, un libro que cuenta historias maravillosas y es un libro también maravilloso, como un toque de atención a cierta euforia progresista-izquierdista que recorre la región

Quiero comprender este libro, si Emma y Martín me lo permiten, un libro que cuenta historias maravillosas y es un libro también maravilloso, como un toque de atención a cierta euforia progresista-izquierdista que recorre la región y cuyas realizaciones han sido mitificadas en el Norte. Como si los gobiernos estuvieran construyendo una sociedad justa o realizando alguna venturosa revolución desde arriba.

Más allá de lo que cada cual piense de los actuales procesos latinoamericanos, Emma y Martín nos están diciendo que sólo mirando hacia abajo y en horizontal, podemos entender algo de lo que viene sucediendo en la última década. Que si nos limitamos a los discursos de los dirigentes, a las leyes aprobadas por los gobiernos y a los programas que anuncian, por más interesantes que nos parezcan, no habremos entendido sino una mínima parte de esta realidad.

Las claves de lo que sucede en el escenario público hay que buscarlas en las prácticas cotidianas de los sectores populares, como afirma James Scott: «Siempre que limitemos nuestra concepción de lo político a una actividad explícitamente declarada, estaremos forzados a concluir que los grupos subordinados carecen intrínsecamente de una vida política»3. Concentrarnos en el continente que está detrás de la costa visible de la política parece un paso necesario para comprender, que es el primer acto de la creatividad humana, como nos enseñó un poeta sabio.

Por último, felicitarlos por el trabajo, por el modo de escribirlo y de transitarlo, porque nos están hablando de una ética que los narradores y escribidores debemos respetar, reglas no escritas que apuntan a la lealtad con los protagonistas, que es un modo de ver el mundo y de vivirlo que anuncia todo un programa de vida, más valioso aún porque no se declara, simplemente se hace.

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2. Castoriadis, C. (1979), La experiencia del movimiento obrero, vol. 1, Tusquets, Barcelona, p. 16.

3. Scott, J.C. (2000), Los dominados y el arte de la resistencia, México, ERA, p. 233.

http://cronicasdelestallido.net/prologo-de-raul-zibechi/

One thought on “La historia de los que no tienen historia

  1. “No se puede poner a la gente común en el centro del escenario sin amarla, sin dejarse estremecer por sus sufrimientos y de regocijarse con sus contentos. Lo que supone, a la vez, respeto sin veneración, ternura sin caridad.”

    Oso ona! Salud!

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