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Artículo de colaboración para Borroka Garaia da!. Autor: Iñaki Gil de San Vicente

  • Introducción
  • La dictadura militar
  • Bajo la III República
  • La comuna de Donostia
  • Gobierno burgués vasco
  • Ejército desorganizado
  • Rendición de Santoña
  • Hacia la anomalía de los años 50

1. Introducción

Existe un paradigma teórico franco-español de interpretación de la realidad que entre otras cosas se caracteriza por una visión estato-nacional como encuadre ontológico, gnoseológico y axiológico de lo existente en su interior. Aplicado a la historia, este paradigma solucionaría todas las dudas desde dentro de la unidad material y conceptual del Estado. Un paradigma funcional a la continuidad de España y Francia como naciones únicas, aunque, en el caso español, según sus corrientes ideológicas internas, pudiera ser «nación de naciones», «nación política con nacionalidades culturales», «nación con regiones y culturas» o simplemente «nación española» a secas, por citar solo algunas. El jacobinismo francés es incluso más obtuso y cerrado.

Los pueblos oprimidos por dos Estados nos enfrentamos a dos «historias nacionales» diferentes en su forma –la francesa y la española– pero idénticas en su fondo de clase porque ambas asumen la defensa del capitalismo. Las «historias» que producen estos Estados llegan a ser incluso opuestas en las defensas de sus respectivos intereses estato-nacional burgueses, pero coinciden en la visión básica: las clases trabajadoras, los pueblos oprimidos, las mujeres explotadas, son sujetos secundarios y pasivos en el devenir.

Nosotros tenemos otra concepción de la historia. Pensamos que la historia gira alrededor de la formación del sujeto colectivo que mediante luchas, errores y victorias, va tomando conciencia-para-sí de la explotación que sufre, siempre en conflicto con su enemigo de clase, la burguesía. La unidad y lucha de contrarios sociales –lucha de clases– es el motor de la historia. Desde esta perspectiva, lo fundamental es que el eje teórico gire siempre en el núcleo de la formación y evolución de la contradicción antagónica entre el capital y el trabajo. El capital no es una cosa, sino una relación social de explotación permanentemente acrecentada del trabajo explotado.

Este nivel de concreción teórica es fundamental para entender qué papel jugó la guerra de 1936-1945 en Euskal Herria, en la que nuestra nación pagó las consecuencias de estar ocupada por dos Estados y por tener en su seno burguesías reaccionarias y fascistas. La guerra convencional de 1936-1945 forma parte de una guerra social más larga que aquí circunscribiremos a las tres décadas que van de 1917 a 1953. Naturalmente, estas fechas expresan momentos significativos que simbolizan los saltos de fases concretas dentro de las dinámicas de larga duración en las emergen las contradicciones de fondo entre la evolución de las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción.

Es fácilmente comprensible por qué incluimos la guerra de 1936-1945 en el período mundial abierto por la toma del Palacio de Invierno en 1917 hasta comienzos de los años 50 de ese siglo: las izquierdas tuvieron que enfrentarse a realidades nuevas en el plano teórico, político y práctico puestas a la orden del día por las aportaciones del bolchevismo, entre las que destacaban y destacan el derecho de autodeterminación, el imperialismo y la organización de vanguardia: los Estados español y francés eran –son– imperialistas que negaban –niegan– el derecho a la independencia de los pueblos que oprimían y oprimen. Las izquierdas franco-españolas, y algunas de los pueblos oprimidos siguen siendo cuestionadas en su dogmatismo estatalista por aquel 1917.

La guerra de 1936-1945 fue un conflicto bélico convencional dentro de esa prolongada guerra social que hemos delimitado en las tres décadas citadas. El concepto de guerra social proviene de la Roma del –I y hace referencia a la guerra entre varios Estados y pueblos para recibir el derecho a la ciudadanía romana tal cual se entendía en aquella época. Marx y Engels lo adecuaron a la guerra de clases en el capitalismo del siglo XIX, y su valor como concepto teórico y heurístico crece día a día.

La guerra social, visible o no, es el estado objetivo de la lucha de clases, al margen de las apreciaciones subjetivas. Toda guerra social simultanea momentos y coyunturas pacíficas y violentas según las clases y fracciones de clase que las disfruten o sufran, según las naciones que padezcan la paz del ocupante, según la resistencia de las mujeres a la violencia patriarcal, según la fuerza del racismo… Tales coyunturas y momentos se inter penetran e interactúan de manera compleja y hasta aparentemente caótica, pero coherente si se descubren la lucha de contrarios en su subsuelo. La guerra social es política y la forma más política de la guerra social es su forma bélica, armada, sea convencional o irregular, según las definiciones oficiales o insurgentes. Cuando la guerra social da el salto a guerra militar es cuando la lucha política se transforma en guerra abierta y cuando no hacen falta mayores argumentos para comprender que la guerra es la continuidad de la política por otros medios.

2. La dictadura militar

1917 fue un «gozne» como lo había sido 1871: en Euskal Herria y el Estado español coincidió con una Huelga General Revolucionaria ese mismo año, y en Euskal Herria y el Estado francés con el profundo malestar social y militar expresado en los motines de tropas iniciados en 1916. Las fuerzas destructivas emergidas en 1917 crearon el fascismo, los militarismos, el salazarismo, el nazismo, el franquismo…; fuerzas irracionales azuzadas por la Gran Crisis de 1929. La II República española de 1931 y la insurrección de octubre de 1934; la III República francesa en 1932 y la ofensiva de la extrema derecha francesa ese año; el Frente Popular en ambos Estados en 1936, estos y otros acontecimientos van unidos a los cambios de estrategia de la Internacional Comunista entre su VI Congreso de «clase contra clase» de 1928 y su VII Congreso de «frentes populares» de 1935.

La Huelga General Revolucionaria de agosto de 1917 había sido precedida por una huelga general en diciembre de 1916 contra la carestía de la vida, que tuvo fuerza en Euskal Herria: en Donostia hubo once heridos en los enfrentamientos. Sobre esta base, la Huelga General de 1917 se prolonga una semana. Un piquete descarriló un tren el día 13 causando cinco muertos y dieciséis heridos. Se movilizó al ejército, los barrios obreros fueron cercados y detenidas cientos de personas: el día 15 el acorazado Alfonso XIII desembarcó en Bilbo soldados de infantería y artillería, y en un tiroteo con los insurgentes hubo doce muertos. También hubo huelga en Gipuzkoa y en menor medida en Araba y Nafarroa.

Cuatro meses después estallaba la revolución bolchevique divulgándose sus aportaciones teóricas y políticas. La fundación de la Internacional Comunista en 1919 tensa las diferencias en el PSOE vasco y su mensaje penetra en sectores que empiezan a radicalizarse fuera de este partido. La crisis económica de 1921 pone el marco en el que en ese año se produce la escisión en el PSOE entre partidarios de la socialdemocracia y del comunismo. El contexto sociopolítico es duro: protestas contra la guerra en África, gran huelga en septiembre de ese año y creciente lucha de clases en los meses posteriores, paulatino acercamiento en las luchas entre bases comunistas y solidarios de ELA a pesar de su choque frontal con el españolismo de UGT. La tensión aumentará hasta 1923, lo que explica la radicalización de la juventud nacionalista.

En efecto, el PNV se había escindido en 1916 entre Comunión Nacionalista Vasca, autonomista y de derechas, económicamente unida al gran capitalista Ramón de la Sota, y Aberri, independentista, reformista en lo social y con valentía para salir en defensa de los jóvenes comunistas muertos en las huelgas, reafirmando que la juventud de Aberri era, como la comunista, «gente modesta», «gente humilde», con ideales. En 1920 la juventud de Aberri criticó ferozmente a Comunión Nacionalista y en unión con otros sectores refundó el PNV en 1921.

El sindicato nacionalista vasco ELA, creado en 1911, no podía ser impermeable a esta evolución. La lucha de clases antagónica con la línea burguesa del PNV hasta 1916. La creación de Aberri y el impacto de la oleada revolucionaria iniciada en 1917 minaban su doctrina social católica. El aumento de la juventud comunista en las zonas industriales y el hecho de que asumiera la teoría leninista de la autodeterminación de los pueblos, combatida a muerte por UGT y el PSOE, excepto por un sector muy reducido, impulsaba el acercamiento en la lucha diaria, cotidiana.

Comprendemos así que para 1922 comunistas y nacionalistas de ELA y del recién refundado PNV actuaran unidos en la huelga de la importante empresa Euskalduna, propiedad de Ramón de la Sota, capo de Comunión Nacionalista. La radicalización social de ELA alarmó a la derecha más reaccionaria, fuera españolista o autonomista vasca, sobre todo cuando se vio la influencia vasca en la fundación del Partido Comunista de España en 1922, influencia que reaparecería a partir de 1931. Por su parte, el diario Aberri sostenía que se estaban gestando las condiciones para una sangrienta revolución independentista.

En Nafarroa, la lucha de clases también estuvo muy marcada por la defensa de los comunales, o por su recuperación, contra la furia privatizadora del capital. En realidad, la defensa de lo común, lo colectivo, forma parta de la lucha del pueblo explotado desde la aparición de la propiedad privada. Por circunstancias históricas, en Nafarroa subsistía mucho comunal, y en el resto de Euskal Herria los comunales habían sido considerables hasta finales del siglo XIX. Uno de los objetivos prioritarios de la derecha navarra para rebelarse en armas era apropiarse de lo común, privatizándolo.

La dictadura militar de 1923 a 1931 tuvo como objetivo aplastar la radicalización social y nacionalista. Surge aquí una constante que va a recorrer la historia vasca hasta el presente: en el II Congreso de la Internacional Comunista, en verano de 1920, se dictan veintiuna condiciones que deben cumplir las organizaciones y partidos que quieran integrarse en la Internacional Comunista. La tercera condición dice que como no hay que fiarse de la legalidad burguesa, hay que crear un organismo clandestino paralelo a la organización legal, en previsión de los golpes represivos. La tercera condición no solo responde al certero análisis contextual realizado por la Internacional Comunista, sino también al permanente debate desde la década de 1840 entre el socialismo reformista, por un lado, y el comunismo utópico y el marxismo, por otro, sobre la cuestión organizativa, que es una cuestión política.

La dictadura española golpeó muy especialmente al diario Aberri y al PNV, no tocando apenas a Comunión Nacionalista, pero prohibiendo toda expresión nacionalista, excepto la sindical de ELA-SOV; también golpeó muy duro a la izquierda revolucionaria, a los comunistas en ascenso y a los anarquistas en declive, dejando intacta la UGT y el PSOE que colaboraron con el Directorio Militar al tener visiones muy semejantes, como en el corporativismo y el españolismo. Aunque la represión hizo daño a los comunistas, estos habían aplicado la tercera exigencia de la Internacional Comunista y, con su red clandestina, lograron crecer bajo la dictadura, asumiendo los valores nacionales vascos como se refleja en el documento de comienzos de 1930 en el que la Federación Comunista Vasco-Navarra declara que ayudará a crear la República Socialista Vasca, en unión con los obreros de todos los países y «razas».

Los anarquistas suplieron con heroísmo sus deficiencias organizativas, pero no pudieron evitar la aniquilación a finales de 1923 del grupo de cincuenta hombres armados que querían entrar por la localidad navarra de Bera: un miembro de la embajada española en París se había infiltrado desde el comienzo del plan, ayudado por otros dos agentes más.

3. Bajo la III República

Para 1930 la agonía de la dictadura era innegable porque no había podido aplastar a las fuerzas revolucionarias y nacionalistas, y porque su ideal corporativo era impotente ante las gigantescas proporciones de la Gran Crisis iniciada en octubre de 1929. A las 7 de la mañana del 13 de abril de 1931 en Eibar se declara la II República. Es como si se quitase la tapa a una cazuela en ebullición: surgen cuatro grandes corrientes que desencadenarán la guerra de 1936-1945. Una de ellas es la movilización nacionalista. Casi al instante de proclamarse la II República se proclama la República Vasca, se pide a todos los ayuntamientos que hagan lo mismo y se exige la derogación de la ley de 1839 impuesta por Madrid y que supeditaba los derechos vascos a la constitución española de 1837.

La presión para conseguir un Estatuto de Autonomía logra acercar al PNV con el carlismo y otras fuerzas, pero choca con la decidida negativa del PSOE en mayo de 1931. A pesar de todo se elabora un proyecto de Estatuto para los cuatro territorios vascos que se oficializó en junio de 1931 en Estella. En septiembre, el proyecto fue rechazado en las Cortes españolas con la excusa de que el Estatuto Vasco establecía relaciones directas con el Vaticano. En diciembre se aprueba la Constitución de la II República, laica y separada de la Iglesia, lo que impide cualquier intento de Estatuto Vasco con relaciones directas con el Vaticano.

La negativa española crea fisuras entre el carlismo y otras fuerzas políticas navarras, lo que refuerza la intransigencia del PSOE, de modo que en 1932 fracasa el segundo y último intento de Estatuto hasta 1936. Las derechas y el españolismo no solo veían que en Catalunya, Galiza, Aragón y Andalucía crecían antiguas solidaridades e identidades colectivas, sino que, también, la Diputación y la Cámara de Comercio e Industria de La Rioja pidió en ese 1932 ser parte del Estatuto Vasco por obvias razones lingüísticas, toponímicas, culturales y económicas: ese año se publicó un libro en el que se demostraba que todavía en el siglo XIII se hablaba la lengua vasca en La Rioja, además del hecho de que las primeras palabras en castellano antiguo fueron escritas por un euskaldun riojano. La petición riojana es inseparable de las necesidades socioeconómicas de su burguesía, pero también de la tendencia al alza de la (re)construcción de un ideal vasquista, como se aprecia en el movimiento cultural navarro representado por Arturo Kanpion, movimiento que el franquismo quiso exterminar con el terrible bando militar contra la lengua y cultura vasca de 1936 que iniciaba una fase de genocidio cultural, como veremos.

La segunda fue la del golpismo militar que pretendió contactar mediante el general Orgaz con el PNV en 1932, año en el que hizo su primer intento de derrocar al Gobierno. El general Sanjurjo habló con el carlismo para empezar la sublevación en Sevilla. Tras el fracaso, consiguió salvar la vida y refugiarse, en 1934, en Portugal, precisamente cuando los carlistas solicitaron dinero y armas a Mussolini para preparar la insurrección antirrepublicana. En 1931-1933, el gobierno republicano-socialista reformó el ejército pero no lo depuró. Aun así esos ligeros retoques enfurecieron a los llamados «africanistas», incondicionales del general Franco, inepto militarmente pero experto en exterminios. En el Bienio Negro, 1933-enero de 1936, la derecha miraba para otro lado dejando hacer a los golpistas creyendo que volvería a ganar las próximas elecciones.

Madrid estaba al tanto de los preparativos golpistas pero no los cortó de raíz cuando podían haberlo hecho con gran facilidad: fue mezcla de impotencia política, miedo a la clase obrera y engreimiento de la débil burguesía. El gobierno del Frente Popular de febrero de 1936, conocedor al detalle de la trama y de sus mandos, no hizo nada para abortarla y cuando estalló perdió un tiempo precioso intentando dividir a los militares y negándose a armar a los pueblos y clases explotadas. Veremos cómo las lecciones de la insurrección de octubre de 1934 y de las insurrecciones de julio de 1936 confirmaron la teoría marxista de la violencia: que el Estado es el centralizador estratégico de la violencia burguesa, que la organización revolucionaria debe tener una «oficina militar» invisible, que la militancia debe estar ética, política y teóricamente formada en la teoría de la violencia, y que la insurrección es un arte.

La tercera corriente es el avance subterráneo en la autooganización del movimiento obrero y popular vasco que, poco a poco, logró llegar a verano de 1936 con una mínima coordinación. Ya para 1929 la colaboracionista UGT había tenido que girar a la izquierda. También en ese año ELA hizo una decisiva asamblea en Bergara tomando decisiones que entonces eran muy progresistas como la de exigir la igualdad de salarios entre hombres y mujeres. La suave pero innegable radicalización de ELA alarmó a la derecha autonomista y tradicionalista que en 1932 intentó crear un sindicato amarillo y católico, como en 1911 con ELA, pero el pueblo trabajador había aprendido mucho en dos décadas y el intento fracasó. Por el lado opuesto, con las libertades burguesas recuperadas el anarquismo comenzó su remontada.

Muy difícilmente podía esperarse en 1931-1933 que se llegase en solo tres años a ese mínimo de unidad antifascista en amplias zonas de Euskal Herria porque el pistolerismo del PSOE, con sus excusas «sociales», ocultaba una defensa armada del nacionalismo español.
El objetivo español del terrorismo del PSOE coincidía con el pistolerismo de la Falange contra nacionalistas vascos. Bajo el paraguas de las fuerzas armadas y judiciales del Estado, dirigidas por el gobierno republicano-socialista en Madrid, el PSOE asesinó a más de una docena de militantes del PNV, ANV y mendigoizales sin apenas investigación judicial, ni detención firme, ni condena pública. Podría hablarse de una especie de «división del trabajo» entre el Estado y el brazo armado del PSOE.

La reacción de las corrientes nacionalistas se hizo mediante tres vías: una intensa campaña en la prensa propia llamando al cese del terrorismo; a la creación de grupos de autoprotección que respondan con la violencia defensiva, y al acercamiento a los comunistas que defienden el derecho a la independencia, actúan con mucha autonomía con respecto al Partido Comunista Español, del que se separarán en 1935, y conocen por experiencia propia el nacionalismo español y el reformismo del PSOE.

En 1932 y 1933 militantes comunistas redactan varios documentos desarrollando las tesis de 1930, en las que aplican la teoría de la autodeterminación a la realidad vasca, analizando la situación del campesinado, el proyecto autonomista del PNV, etc. Denuncian el «imperialismo español», critican el «patriotismo opresor castellano», frente al Estatuto burgués proponen el «Estatuto de la revolución, con pleno derecho a la libre disposición de su destino para Vasconia».

El derecho a la independencia no deben los pueblos mendigarlo, sino que deben conquistarlo. Es por tanto absurdo esperar en Euskadi a que esa independencia nos la sirvan en bandeja. La conquista práctica de ese derecho a la independencia es un problema de revolución y nada más que de revolución.

Apreciamos así por qué bases obreras y populares nacionalistas no veían grandes problemas en movilizarse con los comunistas en luchas concretas, sin entrar por el momento a debates entonces abstractos sobre comunismo, ateísmo, capitalismo, catolicismo, etc.: ante la crisis, ante el pistolerismo terrorista del PSOE, lo fundamental era defenderse y seguir avanzando. En el asalto al batzoki nacionalista de Usansolo se libró un tiroteo entre atacantes y defensores, muriendo una mujer de los primeros y un niño que participaba en una fiesta en el batzoki. El PSOE cesó el terrorismo pistolero cuando vio que las víctimas se reorganizan e iban ganando apoyos dentro del pueblo trabajador, y cuando, al perder el gobierno de Madrid en las elecciones de noviembre de 1933, queda a la intemperie, sin paraguas legal, judicial y armado que pueda protegerle.

Mientras se producen estos acontecimientos se desarrolla la cuarta corriente de fondo: el fortalecimiento de nacionalismos que se distancian críticamente del interclasismo y se acercan con rapidez a posturas socialistas, teniendo en cuenta las condiciones del momento. Son tres fuerzas que tienen sus raíces en diversas corrientes de la cultura popular vasca, que se alimentan también de aportaciones exteriores y que se distancian del pasivo conservadurismo de la derecha nacionalista burguesa. Mendigoizale, Jagi-Jagi y ANV, con sus diferencias, similitudes e identidades, expresaban la tendencia que ya se había mostrado sutilmente antes de 1923, como una anomalía consistente en fusionar lo «nacional» y lo «social», cortada en su superficie por la dictadura pero no en su raíz.

Si aislamos y descontextualizamos cada uno de estos nacionalismos críticos solo veremos corchos a la deriva en un océano convulso, pero desde el método marxista apreciamos el temporal en su conjunto, vemos que exceptuando las diferencias sobre el humanismo social-cristiano, el socialismo reformista, etc., les va uniendo desde 1931 a 1936 la certidumbre de que el pacifismo no vale para nada frente al imperialismo español: ya en 1931 tres mil mendigoizales de ambos sexos desfilan militarmente en Deba frente a la atónita mirada del golpista Orgaz, del que hemos hablado arriba.

Euskal Mendigoizaleen Batza (EMB) era el resultado de una confluencia de montañeros desde finales del siglo XIX, justo tras la derrota militar de 1876, con una visión socioeconómica que daba mucha importancia a la propiedad comunal precapitalista y se enfrentaba a los abusos patronales, pero sin pensar aún las relaciones entre la propiedad comunal y la propiedad socialista. Estudiaron las reglas de los comunales de los Pirineos y estribaciones. Sus ideas sobre la libertad colectiva e individual –la religión era privada– apenas chocaban con las marxistas y sus críticas al Estatuto de autonomía negociado con Madrid en 1936 eran idénticas a las de los comunistas en 1930-1933 arriba citadas en una cuestión esencial: la independencia no se mendiga sino que se practica mediante la lucha.
No eran una organización política, sino un movimiento, limitación que frenó su crecimiento, y a pesar de que empezaron rechazando participar en la «guerra entre españoles» terminaron entrando en ella.

Jagi-Jagi surgió más tarde que los mendigoizales, y como ellos tampoco fueron un partido político al uso, sino que tuvieron que organizarse tras romper definitivamente con el PNV en 1932-1933, asqueados de las ambigüedades, oscilaciones y oportunismos del PNV que, en las condiciones del momento, vuelve a rescatar contenidos de la antigua Comunión Nacionalista. En estos años, los mendigoizales y Jagi-Jagi evitan en lo posible una nueva ruptura en el nacionalismo hasta que sea inevitable. Mientras tanto se vuelcan en los movimientos euskaltzales, culturales, de mujeres, jóvenes, montañeros… y sociales, sin renunciar a la lucha contra el imperialismo español.

Así el choque entre manifestantes en protesta contra la visita del presidente español a Bilbo y las fuerzas represivas el 20 de abril de 1933 con decenas de detenidos, o la manifestación de mujeres nacionalistas de ese 3 de mayo apaleadas, deteniendo a varias de sus dirigentes, con la respuesta de una huelga general apoyada por el PNV, ANV, PC y CNT, librándose choques con las Juventudes Socialistas del PSOE y con las fuerzas represivas oficiales a ambos lados de la Ría. Jagi-Jagi y EMB impulsan más que el PNV la acción propia de la mujer vasca, y mucho más que los socialistas, estando a la par o encima de las comunistas y las anarquistas en esta decisiva lucha. En realidad, no hay diferencias teóricas entre EMB y Jagi-Jagi, y como les sucedió a los primeros, también Jagi-Jagi moviliza dos batallones fenomenales aunque al principio rechazaba entrar en la guerra de 1936-1945, y depusieron las armas nada más caer Bilbo.

Acción Nacionalista Vasca tenía un antecedente progresista en el PRNV, grupito escindido del PNV en 1911. ANV se fundó en 1930 con un ideario democrático típico de lo que ahora llamaríamos «clase media», que fue radicalizándose hacia tesis anticapitalistas pre-marxistas conforme descubría que la independencia vasca exigía, cuando menos, romper con el capitalismo. ANV también sufrió en su militancia el terrorismo español. Comparada con Jagi-Jagi, su mayor conciencia anticapitalista le llevó a valorar la intervención sociopolítica, por lo que militancia suya participó en la insurrección de 1934 y toda ella se movilizó el mismo 18 de julio de 1936 creando cuatro batallones.

La dictadura de 1923-1931 no impidió la gran efervescencia interna que estalló en los cambios analizados. Las tres fuerzas nacionalistas, la defensa comunista del derecho de autodeterminación y la sensibilidad del anarquismo hacia los derechos nacionales de su pueblo, semejante evolución daría un salto en 1936, pero antes tuvo que padecer el Bienio Negro, de finales del 33 a febrero del 36, durante el cual la derecha en el Gobierno de Madrid amplió la represión del nacionalismo, por ejemplo, en verano de 1934 cuando alrededor de 1.500 concejales y alcaldes nacionalistas sufrieron persecuciones varias.

El 5 de octubre de 1934 estalló la insurrección propiciada por el PSOE que había perdido las elecciones y quería recuperar el Gobierno de Madrid. En Euskal Herria no estaban dadas aún las condiciones objetivas ni subjetivas para una insurrección. El PNV había avisado que no se sumaría pese a lo cual el Estado había establecido un plan para ilegalizar inmediatamente al nacionalismo moderado o no, una vez estallase la insurrección obrera, como sucedió mediante el bando del gobierno civil de Bizkaia disolviendo todas las organizaciones nacionalistas «de hombres, mujeres y niños».

Fueron en gran medida las fuerzas revolucionarias, nacionalistas radicales y bases de ELA las que evitaron el ridículo a un PSOE que no se esforzó mucho en movilizar a sus bases, que apenas acudieron a los puntos de concentración a la hora estipulada, y que incumplió todos los principios del arte de la insurrección: audacia, más audacia y siempre audacia. En la decisiva Bilbo, el comité insurreccional se partió en dos antes de la lucha, cuando una parte sostuvo que la huelga debía ser pacífica y en todo caso tenía que esperar la respuesta violenta del poder, y la otra parte sostuvo lo contrario, que había que atacar y tomar por la violencia insurreccional los centros neurálgicos de la ciudad. La margen izquierda fue escenario de los más duros choques porque fue allí en donde mejor funcionó la unidad entre socialistas, comunistas, anarquistas, nacionalistas radicales y ELA.

Fue importante la insurrección en Gipuzkoa. En Donostia hubo dos muertos y en la zona de Pasaia hubo siete. Eibar y Arrasate proclamaron la República Socialista resistiéndose más allá de la derrota de la fase armada insurreccional. El campesinado navarro había sostenido una dura huelga en junio de 1934 y todavía estaba debilitado por la represión así que la insurrección de octubre se hizo en los centros urbanos, con especial fuerza en la Sakana en donde ya se concentraban algunas industrias, muriendo un obrero en Altsasu. Por todo el herrialde navarro proliferaron los sabotajes, cortes de luz, agua y teléfono, etc. Araba fue el herrialde más débil debido a que los anarquistas no la secundaron.

Octubre del 34 fue un fracaso pero sirvió de algún modo como lección para la insurrección de julio del 36 que barrió al golpe militar en Bizkaia y Gipuzkoa. Mientras tanto, en junio de 1935 se fundó el Partido Comunista de Euskadi en una asamblea clandestina. Hasta entonces las y los comunistas vascos habían actuado con bastante autonomía dentro del Partido Comunista de España, o con «demasiada» según algunos dirigentes de este partido. Al final de su documento fundacional, los comunistas proponían un «gobierno provisional revolucionario» formado por antifascistas y antiimperialistas «sinceros» para afrontar la dura etapa que se avecinaba, y expulsar de Euskal Herria a «las fuerzas de ocupación imperialista».

4. La Comuna de Donostia

La previsibilidad de la sublevación militar era admitida por las fuerzas sociopolíticas, el problema era cuándo y la influencia que tendrían los golpistas dentro del Ejército, Policía y Guardia Civil, y en las alianzas establecidas con el falangismo, el carlismo, la derecha más reaccionaria, etc. Las lecciones aprendidas en octubre de 1934, en el Bienio Negro y en la dictadura de 1923-1931, así como el esfuerzo teórico, político y organizativo realizado fundamentalmente por la Internacional Comunista en lo que concierne a la teoría de la insurrección, semejante caudal había preparado a la izquierda a pesar de tener muchos prisioneros aún en las cárceles.

El PNV estaba muy al tanto de que se gestaban varios golpes como se demuestra en un artículo de finales de marzo escrito por altos responsables del partido. En abril fue invitado a una reunión en Donostia cuando todavía el general Mola no se había hecho cargo del golpe. Además de esto, dirigentes del partido actuando «por libre» intentaron organizar con la derecha «milicias» que se enfrentarían a la izquierda si esta preparaba otra insurrección. Las reuniones continuaron a nivel más alto cuando Mola se hizo cargo de la sublevación estableciendo relaciones discretas con el PNV de Nafarroa; por su parte grupos carlistas contactaban con el PNV en muchos pueblos para hacer un frente contra la izquierda revolucionaria alrededor del 1 de mayo.

La postura del nacionalismo burgués vasco en estas reuniones era muy clara: en caso de una nueva insurrección revolucionaria el PNV protegería los centros oficiales dejando que el ejército aplastase la revolución; si los militares no se oponen a la revolución, el PNV ayudará con todas sus fuerzas y hasta el final al carlismo para sofocarla. El PNV no decía nada sobre qué haría en el caso de que fuera el ejército el que se sublevase contra la II República. Poco antes de la sublevación Mola hizo llegar sendas cartas al PNV pidiéndole y/o conminándole a que se sumase al muy próximo alzamiento.

Son sobradamente conocidas las dudas y tensiones en la dirección del PNV sobre qué hacer en los primeros días del golpe. Mientras que unos pocos se posicionaron por la II República en un comunicado radiado, luego la respuesta de la mayoría exigiendo un debate partidario porque ese comunicado reflejaba una opinión no oficial del PNV, sembró aún más desconcierto. Lo más cercano a la verdad, por no decir que fue la verdad misma, lo reconoció Ajuriagerra, poder fáctico en el PNV, en una conversación privada pero conocida públicamente: el partido salió en defensa de la legalidad republicana en Bizkaia y Gipuzkoa porque su dirección temía que las bases militantes no comprendiesen la opción neutralista ante un ataque salvaje, que si bien aún afectaba al nacionalismo conservador, ya destruía a su paso todo signo de izquierda, de democracia y de libertad.

Con Iruña tomada y en medio del terror inicial, la dirección navarra del PNV dio libertad a sus afiliados para sumarse o no al golpe, mientras que la militancia más concienciada respondía como podía e intentaba alcanzar territorios todavía libres. Tras tomar el poder en Gasteiz los militares forzaron el día 20 a la dirección del PNV para que firmara un documento a favor del golpe o que al menos lograse mantener quietas a las bases del partido que se estaban concentrando en el norte del herrialde. Como el documento no surtió el efecto necesario le obligaron a escribir otro el día 4 de agosto, manipulado abiertamente por el ejército.

Mientras tanto, en Araba y Nafarroa el terror golpeaba con indescriptible saña a cualquier demócrata, laico, republicano, socialista, comunista, anarquista… La Iglesia había ayudado a confeccionar la lista de quienes debían ser fusilados o «desaparecidos» en el acto, frecuentemente después de torturas. La violación de mujeres «sospechosas» fue habitual. Bastaba una simple acusación para ser fusilado, torturado y/o violada. Pero muy significativamente, casi en los tres primeros meses apenas se torturó y menos aún se fusiló a un nacionalista vasco. El ejército tenía la esperanza de que, al final, el PNV apoyaría la Cruzada o permanecería al margen en medio del terror. Mola había ofrecido algunos derechos y poderes al PNV si se sumaba a la sublevación. Solo cuando era ya incuestionable que la II República concedería un Estatuto como pedía el PNV se desató la represión masiva contra sus bases, como se aprecia en el bando militar del 25 de septiembre en el que se prohíbe literalmente toda identidad vasca, hasta los txistus e incluso usar el vocablo euskaldun agur obligando el uso del de ¡¡Viva España!!.

La sublevación fue derrotada en Gipuzkoa y Bizkaia por sendas insurrecciones de masas que evolucionaron de forma diferente. Comunistas, socialistas, anarquistas, aeneuvistas, militantes de ELA y militantes sueltos del PNV, fueron los primeros en sumarse a la resistencia en Gipuzkoa, más tarde lo harían los mendigoizales y Jagi-Jagi, y al final los peneuvistas, cuando el territorio guipuzcoano había sido ocupado en su gran mayoría. La forma organizativa que creó el pueblo trabajador guipuzcoano para derrotar a los militares fue la Junta de Defensa, forma que se inscribe en la experiencia histórica recurrente de autoorganización democrática directa, horizontal y asamblearia, de base, con diferentes nombres según las culturas de los pueblos: comunas, soviets, consejos, juntas, asambleas, coordinadoras…, pero la esencia es la misma: el pueblo en armas.

Si existen grupos u organizaciones revolucionarias que sinteticen teóricamente la experiencia práctica de las masas, y ayuden con esa teoría a la formación política y ética de la militancia, entonces se facilita sobre manera la materialización de la tendencia objetiva «espontánea» a la creación de poderes populares insurreccionales tanto defensivos como ofensivos. Si esos grupos u organizaciones son débiles o han sido anulados y silenciados por la represión abierta del poder o por la sutil represión del reformismo, o por ambas a la vez, entonces se dificulta mucho la tendencia objetiva «espontánea» a la autoorganización del pueblo en armas, aunque siempre late.

Las organizaciones, partidos y sindicatos contrarios de algún modo al capitalismo y a la opresión nacional, intuían o habían oído los rumores acerca de la reuniones derechistas para crear «milicias reaccionarias» en la primavera de 1936. Especial importancia tuvo aquí la tarea previa de la Internacional Comunista al extraer la quintaesencia de las experiencias insurreccionales con su alambique teórico. Aunque los comunistas eran una minoría en el total de las fuerzas vascas, eran una minoría cualificada que sabía argumentar convincentemente dentro de una cultura política progresista y democrática radical que asumía como legítimo el derecho/necesidad de la insurrección.

Las juntas de defensa surgieron casi al instante impulsadas por la dialéctica entre lo «espontáneo» y lo «organizativo». Nunca ha existido ni existirá la sola organización absolutamente aislada de la estricta espontaneidad. Ambas son los polos unidos de un proceso polifacético que se distancian en su unidad en determinados momentos para acercarse en otros. Más aún, en cuanto proceso multiforme y polícromo como es el de la lucha de clases concreta, y más aún lo es la lucha nacional de clase por la independencia del pueblo oprimo, por eso mismo ambos polos interaccionan siempre en las luchas más o menos organizadas y en las menos o más espontáneas en diversos grados y niveles.

La huelga general donostiarra se declara el domingo 19 de julio a la tarde. El lunes 20 aparecen los síntomas de lo que serán graves problemas inmediatos que resultarán insolubles a pesar de los esfuerzos de las juntas de Eibar, Beasain, Donostia, Irún, Hondarribia, Arrasate, Errenteria, Azpeitia, Zumarraga, Altza, Tolosa, Pasajes, Eskoriaza, etc.: el acaparamiento de dinero y la obstrucción económica de la burguesía, las dificultades de abastecimiento, el mercado negro, el orden público, la carencia de armas, la defensa…

La composición interna de las juntas refleja la relación de fuerzas existente en cada una de ellas, pero en la inmensa mayoría fueron las izquierdas las que llevaron el peso de los primeros combates. El PNV estuvo quieto, concentrando sus tropas, como Azpeitia y el alto de San Bartolomé en Donostia, mientras que en la ciudad se libraba una batalla salvaje en la que los sublevados ataron trabajadores en las verjas del Hotel María Cristina a modo de muralla humana para contener el ataque del pueblo, y en la que el joven comunista Karro se inmoló con un camión lleno de gasolina para abrir brecha en el casino donostiarra, en manos fascistas.

Desde el primer instante, el poder popular recuperó vehículos privados, armas, locales, medicamentos y todos los recursos necesarios para desarrollar la defensa. La Junta creó una oficina de requisas. La burguesía y la Iglesia fueron los colectivos más perjudicados por estas medidas socialistas. Desde los primeros días la Junta pidió un préstamo a la banca provincial. El 27 de julio pidió dinero a Hacienda, pero alguien se lo había llevado a Madrid: el día siguiente la Junta creó vales autorizados que hacían de dinero.
Volvió a pedirse un crédito a Madrid pero sin respuesta, aunque más adelante sí enviará dinero. Los invasores se acercan y la Junta pide otra vez dinero a la banca guipuzcoana pero esta retrasó tanto los trámites que para cuando los representantes de la Junta llegaron a París a cobrarlo, Donostia había sido ocupada y la concesión anulada.

La Junta solicitó en balde ayuda alimentaria a Madrid. Se encontraba casi sola excepto por las pocas ayudas que recibía de Bizkaia y de Iparralde. La burguesía acaparaba el dinero, sacándolo de la circulación, lo que ahogaba la economía. Los bancos se habían cerrado el mismo 18 de julio. La Junta les obligó el 3 de agosto a dar cierta cantidad a la semana, limitando los sueldos más altos, también obligó a la burguesía a depositar en los bancos el dinero de que disponía, y obligó a los patrones a abonar el sueldo íntegro a los obreros desde la huelga del 19 de julio. La Junta adelantaría el dinero a los patronos que no pudiesen pagar y obligará a los bancos a hacer lo mismo. Como unos patrones no podían pagar y otros no querían, la Junta decretó el control económico, que también era político.

A primeros de agosto, los fascistas cortaron el suministro de agua potable a Donostia y por esas fechas se crearon vales de comida que quedó reducido a un plato al día. La Junta decretó la venta del trigo al poder popular por un precio bajo, incautándolo sin contrapartida a quienes lo ocultasen. Estableció precios asequibles en los productos necesarios. Las exigencias de la guerra afectaban a todo, y los sindicatos organizaron comedores populares para ahorrar gente, tiempo y dinero; el lujoso Hotel de Londres fue convertido en hospital de guerra con atención gratuita para los gudaris y para el pueblo, y los médicos no cobraban: los adinerados turistas refunfuñaron en silencio por la intromisión del pueblo armado en su derecho al lujo. También se garantizó una cantidad básica de dinero a quienes no tenían salario. La prensa veraz llegó al pueblo.

Las conquistas sociales se sustentaban en la movilización de masas y en las leyes que decretaba la Junta. Por ejemplo, el esfuerzo de guerra exigía armas, interviniéndose 93 industrias para producir pertrechos, repuestos, municiones, etc., 41 dirigidas por consejos obreros y 52 intervenidas por la Junta. Para que la industria rinda al máximo se crearon comisariados zonales que vigilaban el cumplimiento de los planes. La guerra es cara y la Junta incautó el dinero que debía pagar al Estado según lo estipulado en el Concierto Económico: una medida crucial para asentar la independencia política y económica con respecto al Estado español. También impone serios gravámenes a las fortunas ricas y pide ayuda al pueblo trabajador. Pero a pesar de todo, la Junta está casi en bancarrota.

La militancia comunista destacó entre las demás por su formación organizativa y política. Habían realizado el esfuerzo de crear las milicias anticapitalistas obreras y campesinas (MAOC), que en julio de 1936 tenían más fuerza en Gipuzkoa que en Bizkaia, y algo en los otros dos herrialdes. Una de las bazas del MAOC era la de explicar con el ejemplo los principios del comunismo y la necesidad de organizarse para repeler con cualquier medio un previsible golpe reaccionario. La insistencia teórica y política de la Internacional Comunista en los fundamentos de la insurrección había dado sus frutos. Semejantes virtudes, unido a que siempre habían defendido los derechos nacionales vascos, hizo que en poco tiempo multiplicasen su número y su prestigio. Hubo en Bizkaia un grupito muy reducido de comunistas militantes del POUM, críticos con el estalinismo y la naturaleza burguesa del PNV, que también lucharon hasta dejar sus vidas en Santander y Asturias.

La militancia anarquista demostró su iniciativa individual y poco organizada, mermando la eficacia de su heroísmo. Las mujeres trabajadoras, de izquierda y progresistas, fueron decisivas en la retaguardia pero también en algunos frentes de combate. Las grandes conquistas sociales fueron administradas por la mujer militante, parte de la cual luchó en las trincheras. El machismo progre y de izquierdas no desapareció pese a todo, sino que se mantuvo en lo económico al decretar que los salarios femeninos fueran casi la mitad de los masculinos, y se envalentonó al oponerse a que la mujer combatiera en los frentes por aquello de las «enfermedades venéreas». En realidad era el rechazo masculino a la revolución sexual de sus esclavas que empezaba a florecer y al intenso debilitamiento de la institución patriarco-familiar y del poder adulto que se estaba producción: la juventud consciente se movilizó y se armó sin pedir permiso al poder adulto.

Al igual que en las revoluciones que comienzan, las ansias de libertad, el odio y la ira acumulada en años de sufrimiento y pobreza, el rozar con los dedos las conquistas sociales y los derechos que pueden lograrse conforme avance la revolución, el ver cómo la burguesía se resiste con todas sus fuerzas y contraataca con los peores crímenes y violaciones, las noticias sobre las atrocidades de la contrarrevolución en su avance, sus amenazas escritas en bandos militares, sus bombardeos indiscriminados, su bloqueo alimentario y de agua potable…, esto hace que el pueblo trabajador aplique su justicia revolucionaria ejecutando en Gipuzkoa a personas que, según su ética, son criminales, cifra muy inferior a la provocada por la Cruzada Nacional. Volveremos a la importante cuestión de la «Iglesia vasca» y los muertos en uno u otro bando.

Mientras tanto la guerra popular resiste como puede la envestida de un ejército superior en todo menos en valor. La gran mayoría de las y los gudaris ignoraban los rudimentos no ya del arte y la estrategia militar, sino de la táctica elemental: sus ataques son frontales y sin preparación alguna lo que les hace suicidas, y sus defensas son rodeadas por los flancos mientras sufren un aplastante bombardeo que les ata al suelo y les impide ver cómo los cercan. Si sobreviven, vuelven a la retaguardia o a casa, llevándose los pocos fusiles y municiones como si fueran suyos. La pasividad del PNV exige a las y los gudaris de izquierdas un sobrecosto en vidas y sacrificios. Habrá que esperar un mes entero, al 16 de agosto, para que en Bidania muera el primer gudari del PNV conocido.

Mientras la Europa «democrática» aplicaba la política de «no intervención» en la guerra, una de las razones decisivas en la derrota vasca de 1937 aunque no la única. Había que aplacar a la bestia nazi y por eso no podía atacarse a fondo al auge de la derecha extrema filo nazi, y había que negociar con la burguesía y el Frente Popular francés. Militantes comunistas ayudaron sin condiciones a la Junta de Defensa, pero la política oficial era la de «no injerencia», impidiendo la llegada de armas, equipos, medicamentos y comida en el momento crítico de la batalla de Irún, que se perdió el 5 de septiembre de 1936.

Hay que rendir honor a los casi doscientos combatientes internacionalistas que gracias a las organizaciones de la Internacional Comunista llegaron a tiempo para pelear hasta el final en la defensa de Irún. Tras una batalla que preludia la ferocidad defensiva de otras ciudades mártires como Madrid, Stalingrado, Varsovia, Leningrado, etc., roto el frente de Irún los gudaris no tienen otra alternativa que retroceder: apenas había municiones para recargar unos pocos fusiles con estrías gastadas. Por fin, a mediados de septiembre llegaron por contrabando a Bilbo 16.000 fusiles y varios cientos de ametralladoras ligeras checoslovacas con abundante munición, lo que permitió armar a varios batallones que en los alrededores de Eibar pararon en seco a los atacantes. Pero pronto se vería que eran pocas armas.

La Gipuzkoa insurrecta, la Junta de Gipuzkoa, la Comuna de Donostia, o como queramos denominar a la brillante iniciativa obrera y popular, mostró una vez más la grandiosa capacidad autoorganizativa del pueblo. Las deficiencias y limitaciones obvias, inevitables en el contexto extremo y fugaz en el tiempo, palidecen ante sus logros.
Gracias al poder popular guipuzcoano, Bizkaia dispuso de más de dos meses vitales para organizar su defensa. Ello fue posible, como hemos visto, por la decidida política intervencionista de la Junta, que llegó a construir instrumentos de democracia socialista no plenamente desarrollada sin los cuales nada se hubiera logrado. Una democracia socialista que la burguesía vivía y definía como dictadura proletaria.

La «Gipuzkoa Roja» fue un logro histórico que casi todas las fuerzas políticas necesitaban olvidar, y lo han hecho, excepto anarquistas, comunistas y mujeres revolucionarias. La socialdemocracia y el eurocomunismo no aceptan el poder constituyente del pueblo en armas.
La burguesía en sí odia al pueblo insurgente. El PNV no puede reconocer que su mito histórico, la Bizkaia del lehendakari Agirre que se formó gracias a la democracia obrera guipuzcoana, fue conservadora en lo social y, sobre todo, no se atrevió a dar pasos cualitativos de independencia nacional vasca. Para el nacionalismo reformista, la Comuna de Donostia es una cosa superada por la historia.

5. Gobierno burgués vasco

La Junta de Defensa de Bilbo se forma un poco más tarde que la donostiarra porque el frente de guerra está mucho más lejos, aunque las izquierdas comprenden que hay que organizar no solo el frente sino también la retaguardia. El PNV, al principio, no participa en la Junta de Defensa porque todavía un sector del partido se niega a intervenir en una «guerra de españoles». Para entonces las noticias sobre las atrocidades militares eran estremecedoras y la admiración por la resistencia guipuzcoana minaba las tesis de los neutralistas. Pese a las fuertes tensiones internas, el PNV decide participar en la Junta de Defensa pero con tan duras condiciones que, en síntesis, anulan su inicial contenido radical y hasta revolucionario; exige otorgar poderes decisivos al PNV como orden público y economía, anular la justicia popular y hacer que el presidente fuera el Gobernador Civil, es decir el representante de Madrid.

Las fuerzas integrantes de la Junta debaten las exigencias y van aceptándolas no sin discusiones internas. Todas ellas terminan dando el visto bueno. Las razones son varias. Una, y fundamental, es porque la insurrección popular no avanzó hasta ser revolución social porque no estaban agudizados los antagonismos de clase, porque las izquierdas estaban aún debilitas por la represión de octubre de 1934 y de los meses posteriores, y porque la mayoría del pueblo vasco entendía, y sabía, que el verdadero enemigo a batir en aquel momento era el fascismo. Incluso los anarquistas lo comprendieron y algunas veces tuvieron discusiones con sus correligionarios santanderinos y asturianos

Los republicanos aceptaron las exigencias porque coincidían con la ideología de orden del PNV y porque veían urgente acabar con las prácticas de justicia popular, poner en marcha la industria y el comercio, asegurar la vida financiera y bancaria… Había que cortar las alas al sector revolucionario de la Junta y del pueblo. Los comunistas porque la nueva orientación del VII Congreso la Internacional Comunista desde verano de 1935 era la de buscar alianzas con las fuerzas democrático-burguesas, con la llamada «burguesía nacional», para establecer gobiernos de Frente Popular que con su fuerza de masas derrotasen al fascismo. Además, la representación comunista en la Junta de Defensa recaía en el sector más consciente de la importancia de la reivindicación nacional, lo que facilitó el acuerdo, aunque el Partido Comunista de Euskadi desconfiaba del PNV, como el resto de fuerzas progresistas y de izquierdas por sus tratos con los golpistas, por sus contradicciones y ambigüedades en los días cruciales, y por su fría pasividad en las trincheras guipuzcoanas mientras centenares de gudaris no peneuvistas morían en el primer mes de guerra.

La mediana y pequeña burguesía que formaba la dirección del PNV –la gran burguesía era incondicionalmente franquista– quería romper con cualquier referencialidad simbólica y material hacia las milicias populares armadas que en Gipuzkoa habían vencido al fascismo en los combates decisivos, y que en los primeros días habían paralizado el golpe en Bizkaia. Les daba pavor de clase la demostración de la Comuna de Donostia. Para eso una de sus primeras leyes político-militares fue la del 18 de octubre prohibiendo el clásico mono azul de muchos trabajadores de la época, y de sus milicias, buscando uniformar a las tropas en la medida de lo posible: se trataba, otra vez, de alejar cualquier referencia de poder obrero tal cual se vestía en aquellos tiempos.

En este momento de la guerra de 1936-1945, surge definitivamente la cuestión de qué clase de guerra es: ¿una simple «guerra civil»? ¿Una «guerra entre españoles»? ¿Una guerra entre democracia y fascismo? ¿Una guerra nacional de clase? ¿El comienzo en Occidente de la Segunda Guerra Mundial? En realidad, la guerra de 1936-1945 tiene todos estos componentes y más porque es el crisol donde se funden las contradicciones que forman la Euskal Herria de la época.
Como parte de la guerra social de 1917-1953, la guerra convencional saca a la luz el contenido de clase desde su primer día tal como hemos visto, y el de contenido nacional desde finales de septiembre, contenido reafirmado con el bombardeo de Gernika y otras agresiones y medidas antivascas ulteriores como se verá. Pero hará falta esperar a que la larga fase de guerra social de 1917-1953 dé paso a una nueva generación militante a partir de finales de esos años cincuenta.

Por ejemplo, la Iglesia vasca estaba partida en dos bloques contrarios, en los extremos de una masa supuestamente «neutral». La Iglesia vasca había jugado un papel importante que queda fuera de este análisis en la defensa de los sistemas forales y de los bienes comunales frente al centralismo borbónico y a los intentos privatizadores y anexionistas de la burguesía francesa desde 1789.
Pero con la definitiva victoria del capitalismo en todos los sentidos –económico, político, militar, cultural, ideológico…– con el inevitable surgimiento de la lucha de clases anticapitalista y del nacionalismo en sus cinco vertientes: estatutismo vasco-riojano, culturalismo navarro, PNV, Jagi-Jagi y ANV, esto hizo que surgieran los dos bloques eclesiales enfrentados en el campo de batalla.

Un bloque fue el de la Iglesia golpista, carlista y reaccionaria hasta el fanatismo: confeccionó listas de fusilables, guardó armas en parroquias y conventos, asistió a la formación militar de los alrededor de 8.000 carlistas, instigó a la sublevación y al exterminio, repartió amuletos de «Detente bala, Dios está conmigo» entre las tropas para aumentar su valor mediante rituales paganos, revivió la «guerra santa» medieval con la declaración de la Cruzada Nacional contra el infiel rojo-separatista, reprimió a mujeres, niños y ancianos, informaba a la policía, legitimaba el poder omnímodo de la dictadura y del capital, combatía en el frente y era antivasca e imperialista española hasta la médula. Tras la sublevación y hasta el final de la resistencia nacional de clase en territorio vasco, en ese año, fueron ejecutados por las izquierdas de Gipuzkoa y Bizkaia casi un centenar de militantes de esta fuerza político-religiosa armada.

El otro bloque fue el formado por la Iglesia mal llamada «vasca» porque en ella existían opiniones diferentes como era el caso del obispo Mateo Mujika, pero con un denominador común: al margen de las críticas que pudieran hacerse a las políticas educativas, sociales, etc., de la II República, había que respetar el orden democráticamente elegido por la sociedad. Esta Iglesia fue reprimida con mayor o menor dureza por la Iglesia franquista bendecida por el Vaticano. El llamado «castigo divino» lo sufrieron los veinte curas que fueron fusilados, algunos sin juicio previo y otros tras ser torturados, a partir del 8 de octubre, un día después de constituirse el Gobierno Vasco.

Si los militares esperaron hasta finales de septiembre para empezar a torturar y fusilar a nacionalistas conservadores –a los de ANV y algunos de ELA los mataban en los frentes de combate o en la retaguardia desde el primer día de la guerra–, tardaron un poco más en fusilar curas porque eran conscientes del arraigo de masas de una Iglesia que defendía junto a los derechos lingüístico-culturales y nacionales también una visión social-católica muy diferente al nacional-sindicalismo de falange y al corporativismo conservador del carlismo oficial, por no hablar del «ideal social» de los militares sublevados.

El famoso debate sobre la «Iglesia vasca» en 1936 es una muestra más de la compleja interacción de fuerzas en una lucha que desborda todos los calificativos reduccionistas y estáticos y que exige una concepción de la guerra como un proceso que da un salto cualitativo en su significado y naturaleza, momento a partir del cual ya no puede ser definida a la vieja usanza. La parte de la Iglesia vasca perseguida y asesinada en 1936-1937, y luego encarcelada y desterrada durante años, es una porción más y un momento particular en la formación de esa conciencia nacional de clase y en su fortalecimiento posterior, que dará otro salto a partir de finales de la década de 1950.

Durante la guerra convencional surgirán más gérmenes de la conciencia nacional de clase. Uno de ellos fue el proceso del Estatuto de Autonomía de octubre de 1936 para Araba, Bizkaia y Gipuzkoa únicamente. A comienzos de septiembre y sin tener en cuenta las excusas del Gobierno para no conceder el Estatuto archivado, se organizó en Bilbo una Junta Regional Vasca de Defensa. Es sabido que muchas de las naciones centralizadas estatalmente comenzaron su andadura coordinándose defensivamente diversos territorios con identidad sociocultural para derrotar ataques e invasiones exteriores. Así fue el caso del primer reino de Iruña en el siglo VIII. Salvando las distancias, ahora volvía a suceder lo mismo.
Desde agosto, ANV, comunistas y PNV, y apenas socialistas y anarquistas, aumentaron la presión a Madrid para que se aprobase el Estatuto de Autonomía con un Gobierno Vasco que centralizase el esfuerzo de guerra.

La sensación que se extendía entre sectores populares era que Madrid retrasaba el Estatuto a fin de obligar a las fuerzas nacionalistas y de izquierdas a aceptar uno muy devaluado. A finales de septiembre existía una creciente tendencia en el PNV a pedir a Gran Bretaña que declarase Bizkaia un protectorado indirecto, pero los contactos fracasaron, aunque tal posibilidad hizo que a comienzos de octubre se azuzasen los debates muy serios dentro de la II República y del PNV.
La situación económico-militar pedía a gritos una centralización vasca aceptada por los socialistas y por los anarquistas a regañadientes. Simultáneamente, otros dirigentes del PNV mantenían contactos con los franquistas para intentar llegar a una paz por separado entre el muy cercano Gobierno Vasco y los sublevados. Por fin se concedió el Estatuto y el Gobierno Vasco juró su cargo el 7 de octubre el Gernika.

En lo socioeconómico los talleres y fábricas seguían en poder de la burguesía, excepto en las empresas abandonadas por sus propietarios, que fueron incautadas y administradas por juntas sin control obrero pero con su presencia en ellas. Sí se impuso a la burguesía un impuesto del 50% sobre las rentas. El Gobierno Vasco no incautó oro ni dinero, ni valores guardados en la importante banca de Bilbo: respetó la propiedad del capital en los momentos de mayor penuria económica, precisamente cuando más falta hacía para comprar armas, materias primas y alimentos. Las condiciones laborales empeoraron por la carestía, la mala alimentación, etc., generando protestas que las izquierdas hacían llegar a un Gobierno Vasco medio incapaz y medio indiferente.

Antes de la guerra, las fábricas y los talleres producían armas ligeras, se diseñó un mortero de 81 mm como prototipo para el mercado pero sin mira, también se estaba diseñando algo parecido a un tanque.
Pero el cerco de los puertos por la marina de guerra de varios Estados, no solo de los fascistas, frenó en seco la llegada de los productos necesarios para las armas y explosivos, existiendo una verdadera penuria hasta el desembarco de armas checas a mediados de septiembre que se agotaron muy pronto. El siguiente desembarco de armas fue a finales de octubre al atracar barcos soviéticos con varios aviones, tanques, coches, municiones y otro material de guerra que, sin embargo, pronto empezó a escasear porque empezaron a retrasarse los envíos hasta prácticamente cesar antes de la entrada en los sublevados ocho meses después. En este tiempo desembarcó en Bilbo algo de artillería, pero muy insuficiente para las necesidades.

Se ha discutido sobre la escasa producción militar realizada en esos meses por la industria vasca, excepto en cartuchería. La falta de materias primas es un argumento relativo porque el Gobierno Vasco podía haber aplicado una intensa economía de guerra: colecta masiva de hierro y metales, de productos químicos para explosivos e incautación obligatoria de todo lo que fuera necesario para tal fin.
En las crisis de 1921 y 1929 la industria demostró gran adaptabilidad, lo que sugiere que podía haber hecho lo mismo en 1936, teniendo en cuenta además la lección guipuzcoana. De hecho, las órdenes tajantes para que entregasen las prensas industriales fueron cumplidas, aunque esta demostración de eficacia no borra la duda sobre el comportamiento general de la burguesía vizcaína y la falta de dureza para con ella de un sector del PNV.

El Gobierno Vasco y las fuerzas de izquierda pidieron ayuda militar a Madrid varias veces. La caída de Gipuzkoa, las dificultades de Asturias y Santander para disponer de equipos, la política internacional burguesa de «no intervención», las grandes dificultades espaciales y geográficas, las propias carencias del Ejército Republicano, estas y otras razones han sido aducidas por los defensores de la II República para justificar la casi nula ayuda militar al Norte, y en especial a Bizkaia. Por el lado vasco se ha sostenido que por ejemplo la Marina y la Aviación republicana no se esforzaron mucho en planificar esa ayuda. Sin entrar ahora al debate que requeriría mucho espacio, lo cierto es que en Bizkaia se extendió la idea de que Madrid se desentendía bastante de las y los vascos.

6.Ejército desorganizado

Otra cuestión político-militar crucial fue la negativa del PNV a organizar brigadas y divisiones, en vez de mantener el ineficaz sistema de batallones. El Ejército Vasco estaba compuesto por batallones con una dotación oficial de 660 soldados cada uno de ellos, pero no por brigadas y menos aún por divisiones. Sobre el número de batallones hay discrepancias, desde quienes lo cifran en alrededor de 40 hasta la lista oficial del Ejército Vasco de finales de abril de 1937 en 80, aunque probablemente algunos habían dejado de ser operativos, otros se habrían creado con menos tropas, etc., por lo que la cifra más plausible es la de 60 batallones completos y 10 en formación. Se habla incluso de más de 82.000 soldados aunque muchos sin armas, pero la cifra más segura es la de 57.000 gudaris en enero de 1937. Al no estar organizada en brigadas y divisiones, esta cantidad no podía desarrollar su cualidad combativa.

Los batallones obedecían al mando central, pero obedecían en los momentos críticos del combate a sus mandos políticos, ya que eran batallones formados por partidos y sindicatos. Pese al voluntarioso esfuerzo centralizador y planificador del mando, coordinar varias decenas de batallones era una tarea difícil incluso en una ofensiva, cuando el atacante lleva ventaja e impone la dinámica del combate.

En la ofensiva sobre Villarreal de final de noviembre y primera quincena de diciembre de 1936 fue complicada la coordinación de 29 batallones y otras unidades, dificultad que facilitó su fracaso, debido también al agotamiento de municiones y repuestos, a la debilidad del sistema sanitario, a la mayor formación y disciplina militar del ejército sublevado, a las desavenencias siempre latentes entre las diversas corrientes políticas de los batallones vascos… Se ha dicho también que la ofensiva fue muy prematura, que se debía haber esperado a disponer de tropas más formadas, las que había estaban apenas formadas y debieron suplir con heroísmo su ignorancia del arte de la guerra y su escasez de medios para una ofensiva tan ambiciosa.

Algo parecido volvió a suceder en la participación de seis batallones vascos en el intento de reconquista republicana de Oviedo en febrero de 1937. Las discusiones internas en el PNV fueron muy tensas y al final solo intervino un batallón peneuvista y otra sección de ametralladoras de este partido, siendo el resto de ANV, CNT, JSU, PCE y UGT. Pese a disponer de más medios técnicos que en Villarreal, sobre todo de teléfonos de campaña y retransmisiones, la coordinación fue otra vez muy deficitaria acabando en una completa desorganización anterior a la desmoralización, no sin un heroísmo que causó el 34% de muertos en el batallón de ANV, por ejemplo. Hay que decir que en esta ofensiva, las tropas asturianas y santanderinas, así como los voluntarios gallegos y leoneses que escaparon del terror, actuaban ya en forma de brigadas encuadradas en divisiones. Los vascos no. El servicio secreto franquista, muy efectivo, informó del impacto negativo de esta derrota en la moral de combate del Ejército Vasco de entonces.

Vencido por el pueblo en armas de Madrid, el ejército internacional fascista atacó a Bizkaia a partir de marzo. Era entonces el segundo frente más importante en el Estado: el norte, con sus fábricas vascas, minas asturianas, producción agropecuaria y puertos cantábricos desde Bilbo hasta Oviedo. Además, la existencia de dos frentes mermaba el esfuerzo de guerra para intentar otro ataque a Madrid. Por último, en el norte resistía «Euzkadi», calificada como «aberración» por un notorio franquista vasco.

Para la Cruzada Nacional española era intolerable que siguiera existiendo por un segundo más un Gobierno Vasco confesional en lo religioso, protector de la propiedad y del orden, apoyado por las izquierdas pese a los problemas habidos con la CNT… Todo valía para acabar con esa «aberración»: en el invierno de 1936-1937 se había intentado canjear prisioneros en varios lugares del Estado, pero el franquismo prohibió que también se realizasen en el País Vasco. Sobre este trasfondo de aniquilación se desató la ofensiva contra el Ejército Vasco con una apenas concebible superioridad de medios. Uno a uno los batallones vascos fueron inmolándose en la trituradora humana que los nazis habían montado para mayor grandeza de España y de su Iglesia.

No es verdad que el bombardeo de Gernika el 26 de abril de 1937 fuera el primero de la historia realizado sobre un casco urbano. Varios pueblos vascos lo fueron… y Madrid antes que todos ellos. Los alemanes bombardearon Londres con zepelines en la Primera Guerra Mundial. Gernika no era un centro militar neurálgico para el Ejército Vasco, pero sí tenía una carga simbólica referencial incuestionable para Euskal Herria como expresión de las libertades nacionales preburguesas. Su himno, Gernikako Arbola, fue creado en una reunión de vascos en Madrid por Iparragirre en 1853 a la vuelta de su primer destierro. El himno es un canto a las libertades desde el sincretismo entre el culto pagano al árbol y el catolicismo, lo que fascinó al pueblo al unir sus antiguas tradiciones y su presente de soterrada destrucción de sus derechos forales.

Recuérdese que la primera guerra carlista terminó en 1839, la segunda en 1849, pero con apenas incidencia en Euskal Herria, y que la tercera empezaría en 1872. El Gobierno español se alarmó por el fulminante uso político del himno y desterró de nuevo a Iparragirre en 1855, intentando impedir su difusión. Ochenta y cuatro años después la aviación nazi bombardeó Gernika para romper la moral de lucha, experimentar el poder destructivo de la mezcla de bombas rompedoras, explosivas e incendiarias, y para mejorar la coordinación de las oleadas de bombardeos. Para dejar claro el contenido antivasco del Alzamiento español, dos meses después, en junio, Gipuzkoa y Bizkaia fueron declaradas «provincias traidoras» a España.

Pese a lo irracional de la organización en batallones, la creación de brigadas fue muy tardía, lo que estuvo a punto de acelerar la caída de Bilbo cuando en esa primavera surgieron tensiones entre la CNT y el Gobierno Vasco por el otorgamiento de imprentas. La CNT había comprado una con la mejor rotativa, pero pocos días después el Gobierno decretó una nueva ley por la que la CNT debía entregarla al PCE. Se niegan los anarquistas y varios de sus dirigentes son detenidos. Al enterarse, batallones de la CNT abandonan el frente y están a punto de liarse a tiros con batallones del PCE y PNV en el centro de Bilbo. Son sus comandantes, compañeros del frente, los que evitan el desastre. Pero no se acaba con la forma-batallón.

Hay que esperar a que se perdiese el frente de Bizkaia y a punto de romperse la enclenque línea defensiva de Santander para que se crearan las brigadas. La interpretación más realista del rechazo sobre todo del PNV a crear grandes unidades bajo un mando único, por encima de las diferencias políticas, consiste en pensar que buena parte de su dirección creía al principio que a la rápida victoria sobre los franquistas le sucedería un intento de revolución social realizado por los batallones izquierdistas, en previsión de lo cual el PNV tenía que mantener al menos el control sobre sus batallones. Una extensión de este argumento diría que una vez comprobado que era muy difícil la victoria sobre el fascismo, disponer de batallones de obediencia exclusiva propios garantizaría una cada vez más una previsible negociación de paz entre el PNV y los atacantes, cosa que sería mucho más complicada existiendo un ejército vasco unificado.

Sin caer en la historia-ficción, de hecho cuatro acontecimientos de gran trascendencia validarían la tesis fuerte de que la débil vertebración militar del Ejército Vasco benefició a la burguesía y facilitó el proyecto negociador de una parte del PNV.
Cronológicamente expuestos, son estos: el primero trata sobre la apreciable impunidad con la que se movía en Bizkaia el servicio de información franquista, la «quinta columna», y la red de deserciones que generalmente se realizaban por una línea del frente defendida por el conocido popularmente como «batallón esponja» del PNV, en el que buscaban integrarse los llamados despectivamente «leales geográficos» a la espera de poder saltar al bando franquista. Este primer aspecto va unido con los visto arriba sobre el escaso esfuerzo militar de la industria vasca.

El segundo está también directamente relacionado con el este: la tranquilidad con la que trabajaron los dos diseñadores de las defensas de Bizkaia, Murga y Goikoetxea, que era traidores. El primero fue fusilado pero Goikoetxea se pasó al enemigo con los planos del cinturón defensivo que había costado entre 20 y 30 millones de pesetas pero contravenía el arte y la ciencia militares. Goikoetxea fue mimado luego por el franquismo y fue el constructor del tren Talgo. Los comunistas tenían muchas sospechas sobre ambos, sobre cómo estaba diseñando las trincheras, y las hicieron llegar al Gobierno sin resultado alguno.

Pocos días antes del ataque decisivo, dos fogueados y duros batallones del PNV habían descansado en el sitio por donde iba a producirse la ofensiva avisando de que era prácticamente indefendible por las pocas y malas trincheras existentes. Con el plano en la mano, Franco concentró en esos pocos cientos de metros indefensos todo el poder destructor de su ejército fascista internacional dotado de las mejores armas en experimentación en campo real.

El tercero hace referencia a la entrega de la industria vizcaína casi intacta a los fascistas. Si bien un testigo presencial y cronista respetado asegura que existía la decisión y la orden del mando militar de destruir la industria para que Franco no la pusiera a producir armas masivamente, como ocurrió al muy poco tiempo gracias a los técnicos nazis y a la sobreexplotación de la clase obrera militarmente vencida, pese a esta orden un batallón del PNV que fue el último en retirarse, entregó las fábricas tras una conversación con las tropas italianas que ocupaban la otra parte de la ría. Desde entonces se ha discutido sobre lo acertado o no de esta decisión.

Por un telegrama interceptado al Gobierno Vasco, el Gobierno de Madrid estaba al tanto de que el PNV había propuesto a Franco entregar «intacta» la ciudad de Bilbo, es decir, con sus industrias en perfectas condiciones de funcionamiento. Partiendo de este dato y sin divagar sobre historia-ficción, sí es patente que la entrega de la industria surge de los intereses de la burguesía vizcaína para empezar a recuperar su tasa de ganancia cuanto antes, sobre todo teniendo en cuenta que se le había subido el impuesto a la mitad de sus rentas. La entrega también es coherente con el proyecto burgués del PNV para una futura nación capitalista que, si bien entonces parecía imposible debido al avance franquista, podría llegar tras una posible victoria republicana. Desde esta perspectiva, el hecho de que fuera el franquismo el beneficiario inmediato de la producción industrial no era un problema mayor teniendo en cuenta las ganancias ulteriores.

7. Rendición de Santoña

El cuarto y último acontecimiento surge del desarrollo lógico de lo visto hasta ahora: la rendición en Santoña, en agosto de 1937, de buena parte de los batallones del PNV a los italianos, obedeciendo sus exclusivas órdenes y rompiendo la unidad de mando. Hemos visto que hubo contactos entre los primeros golpistas y la dirección del nacionalismo conservador desde 1932, intensificándose desde abril de 1936, para mantenerse por diversos canales hasta su definitiva eclosión en verano de 1937. Hemos visto que la dirección del PNV, en medio de vacilaciones y contradicciones internas, optó por la democracia burguesa porque sabía que sus bases querían luchar contra los sublevados, que no comprenderían una postura «neutral» y pasiva bajo la ocupación militar española y, por último, que frente a todo ello, el PNV optó por sumarse a la guerra sin mucho interés en sus cúpulas con la condición de que se pusiera en marcha el Estatuto.

La rendición de Santoña, un pueblito de la costa santanderina, fue la conclusión necesaria de esta evolución. Las izquierdas desconocían los entresijos y los detalles de los contactos entre fascistas y peneuvistas, pero sí sabían de su existencia y conforme avanzaba la guerra y se esfumaba la victoria las dudas se trasladaron de la pregunta sobre si iba o no iba a producirse un acuerdo de paz al margen del resto del Ejército Vasco, a la cuestión crítica de cuándo se iba a rendir el PNV. Huyendo siempre de la historia-ficción y en base a lo conocido, todo sugiere que los servicios secretos franquistas en connivencia con los fascistas y el Vaticano, jugaron con el PNV como lo hace el gato con el ratón.

El lehendakari Agirre tuvo la idea de desplazar la mayor parte de los restos del Ejército Vasco desde Santander hasta Catalunya para seguir allí la guerra e incluso intentar volver a Euskal Herria desde Aragón. Era un plan fantasioso que necesitaba el permiso del Gobierno de Madrid, necesitado de esas tropas para impedir la caída de Asturias lo más posible. Sobre todo necesitaría la colaboración internacional para asegurar el traslado desde Santander y Asturias a los puertos de Baiona y Burdeos del Ejército embarcado sin que las marinas franquista y nazifascista lo abortasen, milagro previo para, luego, trasladar con el apoyo francés miles de combatientes desde el Atlántico hasta Catalunya. Era una fantasía irrealizable dado el contexto internacional.

El gato franquista jugó como quiso con el ratón peneuvista, que creyó que los italianos iban a cumplir su palabra de respetar la vida de los rendidos, de trasladar a Iparralde a la dirección político-militar, de facilitar el atraque en Santoña de barcos contratados por el PNV para atender a los heridos y transportar a varios miles de personas, etc. Todo se incumplió. Los fascistas se fueron y aparecieron los franquistas con crueldad vengativa. Se ha hablado mucho sobre si el lehendakari Agirre y sus consejeros estaban al tanto de los pormenores de la rendición pactada que terminó siendo incondicional, o si solo conocían sus grandes líneas; se ha achacado la responsabilidad de la humillación al sector del PNV dirigido por Ajuriagerra.

Dado el limitado espacio de este escrito, no merece la pena alargarnos en la búsqueda de culpables ya que en realidad fueron diferencias dentro de una estrategia realizaba a tumbos por una dirección compuesta por medianos y pequeños burgueses nacionalistas arrastrados por la historia a una guerra que les superaba y de la que intentaron salirse cuanto antes.

8. Hacia la anomalía de los años cincuenta

Miles de vascos continuaron la lucha por conciencia y por el deseo de recuperar el orgullo herido tras la traición de Santoña. Arrinconados junto a los restos del Ejército Popular en un trocito asturiano, muchos vascos llegaron al Estado francés y a Catalunya, otros se escondieron e intentaron llegar a la zona republicana, siendo apresados los demás. Aun así, la guerra no había terminado sino que, por un lado, la II República siguió resistiendo y cientos de gudaris se integraron individualmente en sus unidades; el pueblo catalán dio acogida a miembros del Gobierno Vasco y a gudaris y civiles; y a pesar de las durísimas condiciones carcelarias, pronto surgieron en algunas de ellas y más aún en los batallones de trabajo –los esclavos del franquismo– pequeñas células para contactar con el exterior, organizar fugas, resistir en aquellas condiciones…

Y por otro lado, quienes habían logrado llegar a Iparralde y al Estado francés tuvieron que pasar a la clandestinidad para eludir la persecución francesa ayudada por la derecha vasca. La situación empeoró para ellos porque los acuerdos de Múnich de 1938 con Hitler, y el pacto de este con Stalin en 1939, reforzaron al franquismo y a la extrema derecha francesa. Aunque no se apreció en el momento, el Estado francés salió debilitado tras esas cesiones y la parte que ocupaba de Euskal Herria entrará desde verano de 1940 en la guerra convencional de 1936-1945, pero ahora bajo la bota nazi y la de Vichy.

Antes de la llegada de los nazis, los franceses habían recluido en el campo de Gurs a cientos de presos de todas las ideologías y pueblos, aunque la mayoría eran vascos. Un dato muy significativo es que fueron puestos en libertad los miembros del servicio secreto del PNV porque colaboraban con los servicios secretos franceses. El PNV pasaría luego a integrarse en el espionaje norteamericano no solo en la Europa ocupada sino también en Latinoamérica, en donde con la excusa de luchar contra el nazifascismo realizaban tareas de información para Estados Unidos y contra las izquierdas y fuerzas progresistas.

Al hundirse la resistencia francesa ante el avance alemán, Gurs se quedó prácticamente sin vigilancia escapándose los presos: la mayoría de ellos empezaron a organizar la resistencia armada. Nada más entrar los alemanes en París, la Gestapo y policías españoles allanaron el local de la delegación vasca en busca de información sobre la resistencia. A partir de aquí nazis, franquistas y colaboracionistas franceses actuarían al unísono en la represión de la resistencia que tuvo que moverse en un fuerte aislamiento hasta que Alemania invadió la URSS un año después, como veremos. La población de Euskal Herria norte era mayoritariamente conservadora. El centralismo estatal de París había desindustrializado al País Vasco desde mediados del siglo XIX, y ahora la clase obrera era reducida, aunque mantuvo algunas luchas y huelgas. Los nazis apenas tuvieron problemas para encontrar colaboradores entre la derecha vasca, el PPF, la Milicia Francesa, la Legión de Voluntarios franceses, los voluntarios en las SS, los racistas y antisemitas, el Orden Legionario, la Nueva Europa… No sorprende que fracasase el intento anarquista de ejecutar a Franco en octubre de 1940 durante su reunión con Hitler.

Mientras tanto se estaban organizando las primeras redes de fugas desde el norte de la Europa ocupada hasta las embajadas aliadas en el Estado español.
Euskal Herria era un excelente lugar de paso. Pese a la fuerza de la derecha conservadora y de los grupos pro-nazi, las redes de contrabando estaban legitimadas entre el pueblo porque suponían una ayuda económica apreciable y habían servido desde finales del siglo XVIII para salvar a miles de vascas y vascos perseguidos en uno u otro Estado, y para trasladar toda clase de ayuda militar, económica, diplomática… a las guerras defensivas. La red más efectiva, la Comète, ya tenía sus enlaces vascos en junio de 1941 justo cuando comenzaba la invasión nazifascista de la URSS.

Todo cambió. Al igual que el resto de los comunistas de obediencia estalinista, el Partido Comunista Francés había sentido como un golpe en sus esencias el pacto entre Hitler y Stalin. Tuvo que hacer filigranas verbales para justificarlo entre su militancia y para imponerles la pasividad pacifista frente al ocupante nazi durante el larguísimo año 1940-1941. Gente dura, combativa, acostumbrada a pegarse con la policía y el fascismo francés, pero con una absoluta incomprensión de los derechos nacionales de los pueblos oprimidos dentro de su Estado, los comunistas apoyaron a la II República incluso ilegalmente, contraviniendo el mandato de «no intervención». Por esto no entendían la orden de no relacionarse con los grupitos resistentes republicanos que sobrevivían como podían. Una vez liberados de esas cadenas, demostraron las excelencias de la teoría marxista de la organización.

Sucedió otro tanto con las bandas republicanas. La preparación de los comunistas para la lucha les dio una enorme ventaja sobre las guerrillas no comunistas. La «Agrupación Guerrillera» en el Pirineo del Estado francés fue un ejemplo de esa efectividad. En ella participaron muchos gudaris de izquierdas y las mujeres destacaron por sus acciones heroicas. La experiencia y la preparación hicieron que la Agrupación Guerrillera superara el boicot británico en el envío de armas. Los nazis, impotentes, lanzaron contra ella unidades selectas de una división selecta: división Waffen SS Das Reich, que debilitó temporalmente a la Agrupación sin destruirla.

Un sector de nacionalistas del PNV mantuvo esperanzas de que los nazis respetaran algunos derechos vascos por razones de conservadurismo sociopolítico, creencias en raíces antropológicas, etc., no resultando nada serio si exceptuamos una película alemana sobre el pueblo vasco. Los nacionalistas de este partido fueron encuadrados en pequeños grupos de resistentes que solo en muy contadas ocasiones realizaban acciones armadas. Eran grupos de derechas pero no filonazis, sino patriotas franceses conservadores. El PNV había contactado con su dirección gracias a los servicios de información del partido, que contactaron con los servicios secretos franceses. Solo al final de la Segunda Guerra Mundial se creó el Batallón Gernika que intervino en una acción de guerra.

En Hegoalde, la zona vasca controlada por España, las condiciones socioeconómicas se endurecieron en extremo. Nada más entrar en Bilbo los franquistas pusieron las fábricas intactas en funcionamiento y repararon los escasos destrozos habidos. Con la ayuda técnica nazi, el potencial industrial fue multiplicado también con horarios de trabajo cercanos al esclavismo. Los derechos en su conjunto fueron suspendidos y cualquier queja o reivindicación reprimida. El «Fuero del Trabajo», dictado en marzo de 1938, regulaba el sistema de explotación laboral hasta el detalle más nimio. Los sindicatos intentaron reorganizarse en la clandestinidad siendo desmantelados cada cierto tiempo y otro tanto le sucedía a la izquierda política y al nacionalismo.

La guerra, las migraciones, el sistema policial omnipresente y la pobreza dificultaban la recuperación de la militancia activa tras una detención. Sin embargo, las condiciones objetivas facilitaban que tarde o temprano el malestar obrero, popular y nacional se mostrase públicamente más allá de la subjetividad escondida en el domicilio y en la convivencia. Un informe de 1942 de la policía de Bilbo reconoce que el ambiente social es receptivo a las «propagandas perniciosas». Ese mismo año se rompía la alianza entre el carlismo y el franquismo a raíz de fuertes choques en Bilbo entre ambas fuerzas y del suceso conocido como «atentado de Begoña». Comenzaba así el declive interno de la autoridad de Franco en las fuerzas sublevadas en 1936, crisis importante a medio plazo en Nafarroa y zonas carlistas populares de Euskal Herria necesaria para entender el rápido arraigo del nacionalismo de izquierdas desde finales de los años cincuenta.

Ya para entonces, algunos militantes comunistas y anarquistas se movían armados por ciudades industriales vascas, intentando organizar la lucha porque flotaba en el ambiente la sensación de que las fuerzas guerrilleras acantonadas en el Pirineo intentarían entrar en Aragón y Euskal Herria sur. La Agrupación Guerrillera había crecido en fuerza, siendo por un tiempo un doble poder armado en amplias zonas pirenaicas. La burguesía francesa no podía tolerarlo por mucho tiempo y tampoco Estados Unidos que negociaban desde 1943 y durante ese año de 1944 acuerdos con la URSS para establecer las nuevas fronteras europeas. La dirección guerrillera sabía que era el momento para atacar porque un retraso aumentaría las dificultades de todo tipo.

La operación se realizó en octubre de 1944. El Ejército franquista la esperaba con un enorme despliegue. La guerrilla apenas llevaba armas semipesadas lo que era una debilidad insuperable frente a la artillería enemiga.

Algunas unidades lograron pasar pero se encontraron con que el apoyo popular para obtener alimentos y escondites era menor de lo esperado.

Era tanto el terror que el pánico atomizó a muchos de los pueblitos agrícolas. En una semana la operación fue aplastada, pero algunos guerrilleros llegaron a las zonas industriales de Euskal Herria. No por esto el maquis se dio por vencido y aunque sus acciones fueron decayendo, la última de la que se tiene noticia es en verano de 1962 con un atentado fallido contra Franco en Donostia.

También en 1944 se inició una purga, incluso sangrienta, al peor estilo de Beria en los partidos comunistas vasco y español, por no hablar ahora del PSUC, de militantes defensores de la autodeterminación de las naciones oprimidas por España, tesis defendida de los años treinta. El Partido Comunista Vasco perdió su independencia política pasando a ser una simple delegación regional del Partido Comunista Español.

Comenzaba así el desarraigo de la realidad vasca, lo que le llevaría a su desaparición práctica, aunque no oficial. En marzo de 1945 las fuerzas democráticas y revolucionarias vascas firmaron el Pacto de Baiona que aumentó la voluntad de resistencia del pueblo que seguía con mucha atención las noticias de la derrota nazi. Las organizaciones se recomponían tras las detenciones y al calor del malestar popular creciente y del contexto internacional surgieron en 1946 protestas obreras en Araba, Gipuzkoa y Bizkaia. La Huelga General de 1947 fue un éxito, abriéndose una breve fase de esperanza y lucha que llegó hasta 1953 al agotarse el impulso de las huelgas de 1951, pero también al conocerse la victoria internacional de la dictadura.

Estados Unidos creó dos organizaciones imprescindibles para entender qué es ahora España: la CIA en 1947, año en el que también frenó en la ONU una condena al franquismo, y la OTAN en 1949, año en el que un banco yanqui concedió el primer préstamo a la dictadura y en el que una misión militar estadounidense visitó Madrid. En 1950 la ONU retiró el veto a la dictadura franquista. En 1953 Franco firmó el Concordato con el Vaticano y al mes siguientes los acuerdos de Madrid con Estados Unidos. Para entonces el PNV había desmantelado la pequeña «unidad militar» que tenía, los planes de algunos de sus dirigentes de llevar la resistencia armada al sur de Euskal Herria fueron abandonados,y su espionaje trabajaba estrechamente con los yanquis.

Los maquis se apagaron en 1962 porque entre otras razones en 1953 cundió el desánimo en el grueso de la resistencia en el interior, excepto en un pequeño grupo de jóvenes que se tomaron muy en serio el consejo de Lenin sobre la seguridad organizativa. Concluía la fase de 1917-1953 y empezaba otra. ¿Un anómalo tallito verde en el desierto social de la época? Lenin, que había estudiado a Hegel, también aconsejó que había que impulsar las anomalías con paciencia porque de alguna de ellas podría surgir la izquierda revolucionaria…

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