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David-Rockefeller

Artículo de colaboración para Borroka garaia da! Autor: Maurício Castro (del Colectivo Editorial de Diário Liberdade / Galiza)

Ahora que en las redes sociales tenemos un escaparate inmediato de las reacciones provocadas por noticias de impacto como la muerte de algunos viejos jefazos del capital, es curioso comprobar cómo suelen reflejar visiones idealistas en el campo de la izquierda.

Cada vez más, el plan de las relacciones interpersonales sustituye el análisis de clase, opacando la verdadera comprensión de la realidad, que sería imprescindible para quien verdaderamente quiere transformarla.

La muerte del viejo magnate David Rockefeller es uno de los ejemplos más recientes. La reacción inmediata y limitada de muchos ciberativistas de izquierda fue insultarlo atribuyéndole todo tipo de inmoralidades y celebrar su desaparición física, como si de una pequeña victoria política se tratara.

En realidad, lo que podría ser comprensible en el caso de figuras de especial relieve por su posición política o, en general, como resultado de un episodio de revuelta social, se reduce casi a la irreleváncia en el caso de grandes representantes del poder económico que mueren a los 101 años o, en general, de muerte natural.

Los últimos años, ya vimos como eso sucedió con Steve Jobs (dueño de Apple, 2011), Rosalía Mera (coproprietária de Inditex, 2013), Emilio Botín (presidente del Banco de Santander, 2014) o, estos días, el banquero yanki David Rockefeller.

Y con cada nuevo episodio luctuoso de esa serie, no puedo dejar de recordar que los análisis socialmente útiles son los despersonalizados, no los fundamentados en supuestos morales. Admito que es reconfortante comprobar que, efectivamente, los ricos también mueren. Sin embargo, además de eso, ¿en qué consiste la “victoria” de asistir a la muerte de uno de esos individuos?

Intento explicarme. No tiene ninguna importancia si Rockefeller tenía una personalidad despiadada o era un abuelo amoroso para con sus nietos. Tampoco si, como nos cuentan, Steve Jobs “si hizo a sí mismo” o quitó ilegítimamente ventaja de otros competidores en Sillicon Valey. Incluso podrá haber sucedido que la millonaria Rosalía Mera mostrara ser una gran filántropa en su relación con los necesitados de a Corunha, o que Emilio Botín gestionara su imperio financiero con gran dedicación y sacrificio de su propia vida personal hasta el fin de sus días.

Nada de eso tiene ninguna relevancia para evaluar el papel jugado por cada burgués como representante de su clase. De hecho, todos ellos, como en la actualidad sus herederos, se caracterizaron por un justo y tal vez inconsciente equilibrio entre un espíritu altamente competidor en el interior de su clase y la necesaria solidaridad interburguesa frente a la clase antagonista, lo que constituye la expresión de un imprescindible instinto de supervivencia colectiva.

Cualquier patrón de una pequeña empresa sabe que debe alejar consideracciones personales a la hora de hacer cuentas y decidir cuántos obreros u obreras debe despedir o contratar el mes siguiente. De la misma forma, también nuna esfera macro, el reparto de la plusvalía determina una igualación de las tasas de beneficio particulares, con transferencias de beneficio entre ramas, para que se forme una tasa media general, a nivel de la clase burguesa entendida como uno todo (incluyendo la industrial, la comercial y la financiera, además de la propietaria o rentista), frente a la otra gran clase que, también en bloque, produjo todo ese valor: el proletariado.

Sí, es verdad, la propaganda que nos venden, partiendo del individualismo metodológico propio de la ideología liberal, nos habla del éxito o fracaso de cada persona por su esfuerzo particular, sea un patrón o un trabajador o trabajadora. Sin embargo, es un hecho que todos los patrones, todos los burgueses, se comportan como un bloque solidario frente a su antagonista histórica, la clase trabajadora, única productora de la riqueza (excepto la que se encuentra directamente en la naturaleza). Todos ellos se benefician de esa tasa general media en funcción de su participación en el mercado y no de su tamaño ni de su actitud moral.

Llama la atencción que sea precisamente la izquierda a que cada vez más reproduzca la farda ideológica burguesa y analice lo que sucede en la sociedad precisamente en términos de individuos y relacciones interpersonales “uno a uno”: políticos honrados o corruptos, millonarios filántropos o avariciosos, empresarios productivos y banqueros parásitos… y lo que es más grave, asumiendo como inevitable la extrema fragmentacción de la propia clase trabajadora en una infinita variedad de intereses particulares que impiden que ejerza también en bloque el papel que le corresponde, como única creadora de toda la riqueza social: transformar el mundo, haciéndolo avanzar.

Sería conveniente, en definitiva, que dejáramos de tragarnos el discurso dominante, que todo lo traslada al ámbito del individualismo, de la moral y de las relaciones interpersonales, donde la comprensión del que sucede alrededor de nosotros es imposible.

Esa comprensión, imprescindible para aspirar la una transformación revolucionaria del mundo, sólo vendrá de análisis críticos, categoriales y de clase. Al fin y al cabo, nosotros no queremos la muerte biológica de este o de aquel burgués: queremos el fin histórico de la burguesia.

https://gz.diarioliberdade.org/opiniom/item/140849-na-morte-de-david-rockefeller.html

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